Muchos cristianos anhelan orar mejor, pero no saben por dónde empezar. Sus oraciones se sienten pobres, repetitivas, pronto agotadas. A todos ellos —es decir, a casi todos nosotros— Dios les ha dado un regalo extraordinario: un libro de oración encuadernado en el centro mismo de la Biblia. Los Salmos son ciento cincuenta oraciones y cantos inspirados, dados no solo para ser leídos, sino para ser orados. Durante miles de años el pueblo de Dios ha encontrado en ellos las palabras que no lograba encontrar por sí mismo. Aprender a orar con los Salmos es uno de los caminos más seguros para cultivar una vida de oración rica y sincera. Así puedes empezar.

Por qué los Salmos están hechos para orar

La mayor parte de la Escritura es la palabra de Dios para nosotros; los Salmos son únicos porque son, en gran medida, nuestras palabras de vuelta a Dios, y aun así inspiradas, aun así palabra suya, de modo que en ellos Dios mismo nos enseña a hablarle. Aquí está cada nota del corazón humano. Hay salmos de alabanza que se elevan: “Bendice, alma mía, al Señor, y bendiga todo mi ser su santo nombre” (Salmo 103:1). Hay salmos de lamento descarnado: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?” (Salmo 22:1). Hay salmos de confesión (Salmo 51), de confianza (Salmo 23), de gratitud, de anhelo, de desconcierto, de gozo sereno. Sea cual sea el estado de tu alma, hay un salmo que ya ha estado allí antes que tú, lo que significa que nunca tienes que presentarte ante Dios sin nada que decir. Incluso Jesús oró con los Salmos: en la cruz clamó las primeras palabras del Salmo 22, y con su último aliento oró el Salmo 31:5: “En tu mano encomiendo mi espíritu” (Lucas 23:46). Si el Hijo de Dios oró con los Salmos, podemos estar seguros de que son una escuela adecuada para nosotros.

Haz tuyas las palabras del salmo

La manera más sencilla de orar un salmo es leerlo despacio y convertir sus palabras en tu propia oración, línea por línea. Es la antigua práctica que Madame Guyon, en Método corto y fácil de oración, llamó orar la Escritura: no recorrer un capítulo a toda prisa, sino detenerse en un versículo, dejar que cale hondo y devolvérselo a Dios como propio. Toma el Salmo 23. No te limites a leer “Jehová es mi pastor; nada me faltará” (Salmo 23:1); óralo: Señor, sé hoy mi pastor; enséñame a no desear nada más que a ti. Cuando llegues a “Él restaura mi alma”, detente y pídele que restaure la tuya. Cuando una línea describa una necesidad que sientes, quédate allí; cuando exprese una alabanza, ofrécela. Así el salmo se convierte en un cauce que lleva el clamor de tu propio corazón en palabras que Dios mismo ha provisto. Descubrirás que los Salmos dan voz a sentimientos que de otro modo no sabrías expresar, y elevan tus oraciones por encima del estrecho círculo de tus propias preocupaciones.

Deja que los Salmos ensanchen tus oraciones

Si nos dejan a nuestra suerte, nuestras oraciones tienden a encogerse hasta ser una breve lista de peticiones personales. Los Salmos las ensanchan. Nos enseñan a alabar a Dios por quién es, no solo a pedirle lo que necesitamos: “Grande es Jehová, y digno de suprema alabanza” (Salmo 145:3). Nos enseñan el lamento sincero: a traer a Dios nuestro dolor, e incluso nuestro desconcierto, en lugar de esconderlo, porque los salmistas derraman quejas que quizá nos parecerían demasiado crudas para la oración, y Dios tuvo a bien inspirarlas. Nos enseñan a confesar el pecado a fondo: “Crea en mí, oh Dios, un corazón limpio, y renueva un espíritu recto dentro de mí” (Salmo 51:10). Nos enseñan a confiar en la oscuridad: “En el día que temo, yo en ti confío” (Salmo 56:3). Orar a lo largo de los Salmos con el tiempo da a nuestra alma una dieta más completa de la que jamás elegiríamos por nuestra cuenta: toda la gama de una vida sana con Dios, alabanza y tristeza, arrepentimiento y esperanza a la vez.

Los Salmos para cada estación del alma

Uno de los grandes regalos de orar con los Salmos es que nos salen al encuentro en cualquier condición, y nos enseñan a llevar con sinceridad ante Dios incluso las más duras. Cuando tu corazón rebosa de alabanza, los Salmos te dan palabras más grandes que las tuyas: “¡Alabad a Jah! Porque es bueno cantar salmos a nuestro Dios” (Salmo 147:1). Cuando estás aplastado por la tristeza, no te permiten fingir delante de Dios, sino que te ponen en los labios el lenguaje del dolor sincero —“¡De lo profundo, oh Jehová, a ti clamo!” (Salmo 130:1)— y luego, versículo a versículo, te van llevando de nuevo hacia la esperanza. Cuando has pecado y te sientes impuro, el Salmo 51 te conduce paso a paso al arrepentimiento y al gozo restaurado. Cuando estás angustiado, el Salmo 46 te da firmeza: “Dios es nuestro amparo y fortaleza, nuestro pronto auxilio en las tribulaciones”. Cuando estás cansado y agotado, el Salmo 121 levanta tus ojos: “Alzaré mis ojos a los montes; ¿de dónde vendrá mi socorro?”. Este es el genio pastoral del Salterio: no ofrece un solo estado de ánimo, sino toda la gama del corazón creyente, de modo que ninguna etapa de la vida te encuentre sin una oración. Incluso los salmos más oscuros, los que terminan todavía en sombra, son un regalo, porque nos aseguran que a la fe se le permite llevar su desconcierto y su dolor a Dios en lugar de esconderlos, y que él es lo bastante grande para recibirlos.

Orar así con los Salmos también cura en silencio un problema común en la oración: el ensimismamiento. Si nos dejan solos, tendemos a orar por las mismas pocas preocupaciones con las mismas pocas palabras. Los Salmos nos sacan de ese círculo estrecho. Nos ponen a orar por la honra de Dios en toda la tierra, por justicia para los oprimidos, por la venida de su reino: inquietudes mucho más grandes que las nuestras, que sin embargo se vuelven nuestras al orarlas. Así el libro de oración de la Biblia ensancha poco a poco el corazón y nos enseña a interesarnos por lo que a Dios le interesa.

Un patrón sencillo para empezar

No necesitas ningún método especial, solo una Biblia y un poco de tiempo sin prisa. Elige un salmo; quizá uno breve para empezar, como el Salmo 23, el Salmo 100 o el Salmo 121. Léelo entero una vez para escucharlo. Luego léelo de nuevo despacio, deteniéndote en cada versículo para devolvérselo a Dios en oración con tus propias palabras: alabando donde alaba, pidiendo donde pide, confesando donde confiesa, confiando donde confía. No te apresures a terminar; es mejor orar tres versículos con hondura que recorrer treinta por encima. A algunos les ayuda orar un salmo cada mañana, o avanzar despacio por todo el libro a lo largo de meses. Otros guardan unos cuantos favoritos para épocas concretas: un salmo de lamento para el duelo, un salmo de alabanza para la alegría, el Salmo 51 para el arrepentimiento. Charles Spurgeon, que amaba los Salmos casi por encima de toda la Escritura y pasó años escribiendo sobre ellos, animaba a los cristianos a hacer de ellos el compañero diario de sus oraciones, seguro de que un corazón empapado en los Salmos nunca se quedaría sin palabras delante de Dios.

El fruto de orar con los Salmos

Algo nos sucede cuando oramos con los Salmos a lo largo del tiempo. Nuestras oraciones se vuelven más hondas y más sinceras, porque los Salmos no nos dejan fingir delante de Dios. Se vuelven más ricas en alabanza, porque los Salmos están impregnados de la grandeza de Dios. Se vuelven más firmes en la prueba, porque hemos ensayado, con las palabras de los salmistas, cómo confiar en Dios en la oscuridad. Y poco a poco nuestro corazón aprende a amar lo que aman los Salmos: a Dios mismo, por encima de todo don. Este es el genio callado de devolverle a Dios la Escritura en oración: su palabra no solo informa nuestras oraciones, sino que forma nuestro corazón, y nos enseña a desear bien y a sentir bien mientras oramos. “La palabra de Cristo more en abundancia en vosotros” (Colosenses 3:16); no hay manera más rica de dejar que more en ti que orarla.

Así que, si tus oraciones se han vuelto secas o pobres, no te esfuerces por fabricar mejores sentimientos. Sencillamente abre los Salmos y comienza a orar. Deja que el arrepentimiento de David se haga tuyo, y la sinceridad de Asaf, y el anhelo de los hijos de Coré, y la alabanza del coro entero. Descubrirás que Dios ya te ha dado las palabras, que el propio libro de oración de la Biblia te está esperando para enseñarte a orar. “¡Venid, aclamemos alegremente a Jehová; cantemos con júbilo a la roca de nuestra salvación!” (Salmo 95:1). Empieza ahí, y deja que los Salmos te lleven de vuelta a casa, a Dios. Generaciones de creyentes, desde la iglesia primitiva hasta hoy, han aprendido a orar exactamente en esta escuela, y tú también puedes: un salmo, un versículo, una oración sincera a la vez. Las palabras ya están dadas; solo tienes que hacerlas tuyas.