Capítulo 1 · 2 min de lectura
Traducción por IA — pendiente de revisión
Prefacio a la edición protestante inglesa
Quizá se necesite alguna disculpa cuando un protestante presenta así, ante lectores protestantes, las obras de una autora católica romana tan consecuente. La defensa ha de ser que la doctrina y la experiencia que aquí se describen son esencialmente protestantes; y lejos de contar con la aprobación de la Iglesia Católica Romana, su autora fue perseguida por sostenerlas y difundirlas.
En cuanto a la experiencia de Madame Guyon, conviene tener presente que, aunque las gloriosas alturas de comunión con Dios que ella alcanzó pueden ser escaladas por el más débil de los escogidos de Dios, de ningún modo es necesario llegar a ellas por el mismo camino, en apariencia arduo y dilatado, por el cual ella fue conducida.
Los “Torrentes”, sobre todo, deben considerarse más bien como el relato de la experiencia personal de la autora que como el plan que Dios invariablemente, o siquiera de ordinario, adopta para llevar al alma a un estado de unión consigo mismo. Es cierto que, para que podamos “vivir a la justicia”, debemos estar “verdaderamente muertos al pecado”; y que ha de haber una crucifixión del yo antes de que la vida de Cristo pueda manifestarse en nosotros. Solo cuando podemos decir “Con Cristo estoy juntamente crucificado” somos capaces de añadir: “y vivo, no ya yo, mas Cristo vive en mí”. Pero de ello no se sigue que esta muerte interior deba ser siempre tan lenta como en el caso de Madame Guyon. Ella misma nos dice que la razón fue que no estaba del todo resignada a la voluntad divina, ni dispuesta a ser privada de los dones de Dios para gozar de la posesión del Dador. Esta resistencia a la voluntad de Dios implica sufrimiento por parte de la criatura, y castigo por parte de Dios, a fin de que Él sujete a sí mismo lo que no le es entregado voluntariamente.
Del gozo de una entrega completa a Dios no es necesario hablar aquí: millares de hijos de Dios están experimentando por sí mismos su bienaventuranza, y comprobando que no es carga alguna, sino un gozo inefable, presentarse a Dios como sacrificio vivo, para no vivir ya más para sí mismos, sino para Aquel que murió por ellos y resucitó.
Una simple confianza en un Salvador vivo y personal; el apartar, por su gracia, todo lo que se sabe que se opone a su voluntad; y un entero abandono de sí mismo en sus manos, para que sus designios se cumplan en nosotros y por medio de nosotros: tal es la sencilla llave del santuario escondido de la comunión.
Un método breve de oración
Torrentes espirituales
Parte I
Parte II
Un método breve de oración
“Anda delante de mí, y sé perfecto.”—Gén. xvii. 1.