La mayoría de nosotros hemos orado por algo y nos hemos preguntado en silencio si alguien nos escuchaba. George Müller pasó sesenta años respondiendo a esa pregunta con su vida. Cuidó de más de diez mil huérfanos en Bristol, Inglaterra, construyó cinco grandes casas para alojarlos y costeó todo ello sin apelar jamás a una sola persona en busca de fondos. Le pedía a Dios, anotaba lo que pedía y luego registraba la respuesta cuando llegaba. Al final de su vida, sus diarios contenían decenas de miles de oraciones concretas, fechadas y respondidas.

Su intención nunca fue mostrar que él fuera excepcionalmente santo, sino que Dios es excepcionalmente fiel, y que los creyentes comunes rara vez ponen a prueba esa fidelidad. Si quieres orar de modo que Dios responda, los hábitos de Müller son un buen punto de partida.

Le pedía a Dios, y a nadie más

Müller hizo de una sola regla el eje de todo: presentaría sus necesidades únicamente a Dios. Cuando llegaba el momento de pagar la cuenta de la leche y no había dinero, no lanzaba indirectas a amigos adinerados ni anunciaba la carencia desde un púlpito. Oraba y esperaba, y una y otra vez llegaba la suma exacta, a veces minutos antes de que hiciera falta. Lo hacía a propósito, para que nadie pudiera decir que los huérfanos se alimentaban gracias a una hábil recaudación de fondos y no a un Dios vivo.

El comienzo de la ansiedad es el fin de la fe, y el comienzo de la verdadera fe es el fin de la ansiedad.George Müller

Esa sola disciplina replantea la oración. Deja de ser una manera religiosa de hablar de nuestros planes y se convierte en una petición real a un Padre real que puede actuar.

Cómo oraba Müller en realidad

Al leer sus diarios, ciertos hábitos se repiten tan a menudo que parecen un método:

  • Oraba por cosas concretas. No “bendice la obra”, sino la suma de dinero, la necesidad particular, la persona con nombre. Una oración vaga no tiene respuesta visible; una concreta sí.
  • Esperaba una respuesta y la buscaba. Müller oraba como si Dios se propusiera responder; luego aguardaba la respuesta y la anotaba cuando llegaba. La gratitud, para él, era una disciplina de la atención.
  • Seguía orando cuando la respuesta tardaba. Oró durante décadas por la conversión de dos amigos; uno llegó a la fe poco antes de que Müller muriera, y el otro poco después. Para él, la demora nunca equivalía a una negativa.
  • Serenaba su corazón antes de orar. Cada mañana procuraba poner su alma “feliz en el Señor” —por lo general leyendo la Escritura despacio hasta que un versículo se convertía en oración— antes de pedir cosa alguna.

Dónde comienza la oración

Ese último hábito es el que la mayoría pasamos por alto, y Müller lo consideraba el más importante. Llegó a creer que el primer asunto de cada día no era orar por cosas, sino alegrarse en Dios mismo, para que la petición brotara de la confianza y no del temor. La oración que recibe respuesta, según su experiencia, suele comenzar ahí: no con una lista, sino con un Padre en quien vale la pena confiar.

Nada de esto convierte la oración en una técnica para conseguir lo que queremos. Müller enterró a una esposa amada y conoció largas temporadas de dificultad. Lo que su vida muestra es algo más limitado y más esperanzador que una fórmula: que se puede confiar a Dios las necesidades reales, que él responde a las oraciones reales, y que una vida edificada sobre pedirle a él no es ingenua, sino bien fundada.