Algunos libros se escriben para consolar a los lectores que se quedan en casa. Las cosas como son se escribió para inquietarlos. Publicado en 1903, es el informe franco y de primera mano de Amy Carmichael desde el campo misionero del sur de la India: un relato tan implacable que algunos sostenedores en Inglaterra se negaron a creerlo, y una edición posterior tuvo que añadir notas firmadas por otros misioneros que confirmaban que sí, la obra era de verdad así de dura. A Carmichael no le interesaba el “lado bueno” que hacía agradable la lectura. Había ido a la India a ganar almas arrancándolas de las garras de la casta y la idolatría, y entre sus cargas más hondas estaban las niñas del templo —niñas pequeñas entregadas a vidas de explotación ritual—, y se propuso mostrar a sus lectores la verdad, costara lo que les costara a ellos o a ella.
Esta guía acompaña al texto completo, que puedes leer gratis en Ochorus. Explica qué es el libro, cómo está construido, qué le pide de verdad Carmichael a su lector y cómo leer hoy un libro de cartas misioneras de hace más de cien años sin apartar la mirada ni convertirlo en una pieza de museo. Puedes leer Las cosas como son completo aquí, y vale la pena leerlo despacio.
Qué es el libro y por qué Carmichael lo escribió con tanta franqueza
Las cosas como son es una colección de cartas y estampas escritas desde el distrito de Tinnevelly, en el sur de la India, donde Carmichael trabajó antes de fundar la Dohnavur Fellowship. Lleva por subtítulo “La obra misionera en el sur de la India”, y esa sencillez es justamente lo esencial. Dos amigos de visita, que habían visto el campo con sus propios ojos, la animaron a reunir sus cartas en un libro para que otros pudieran ver “exactamente lo que ellos habían visto”. Ella dudó —el mundo ya tiene muchos libros—, pero aceptó con una condición de conciencia: el libro diría la verdad y nada más.
Lo que la movía era la convicción de que a los sostenedores de su tierra se les estaba contando una novela romántica. Los informes se detenían en conversiones y avivamientos; decían poco de la resistencia, de los años lentos, de los conversos devueltos a golpes a sus familias, de la oscuridad espiritual que ella sentía oprimir la obra. Carmichael creía que la oración edificada sobre una ilusión valía poco: que los intercesores no podían estar de verdad junto a los misioneros si no sabían a qué se enfrentaban realmente. Así que se negó a suavizar el cuadro. En un capítulo advierte sin rodeos al lector acomodado:
Deja este capítulo si quieres “algo interesante que leer”; mantén el dedo en la llama de una vela si quieres saber lo que es escribirlo.Amy Carmichael
Ese es el espíritu del libro. Se sitúa bajo el texto que ella puso al frente de toda la empresa: “Nada podemos contra la verdad, sino por la verdad” (2 Corintios 13:8). Carmichael no confundía la honestidad con la desesperación. Escribió con franqueza precisamente porque creía que la verdad sirve al evangelio y la ilusión no.
Cómo está estructurado el libro
No hay un único hilo narrativo. Las cosas como son está hecho de capítulos breves, la mayoría de unas pocas páginas, cada uno encabezado por un epígrafe tomado de otros misioneros —David Brainerd, Henry Martyn, Hudson Taylor, James Gilmour, Lilias Trotter—, de modo que el lector oye el testimonio de Carmichael dentro de un coro de testigos de todo el campo misionero. Los capítulos van de lo ordinario a lo insoportable.
Al principio describe la pura monotonía de la obra —toda una tarde de predicación que no gana ni un solo buen oyente— y la geografía y el mundo social del sur tamil de la India, que divide en “las Clases y las Masas”, intentando explicar la realidad inamovible de la casta a lectores que no conocen nada parecido. Luego el libro desciende. Capítulo a capítulo acerca al lector a la práctica que a ella le parecía más terrible: la dedicación de niñas pequeñas a los templos, “casadas con el dios”, y la casi imposibilidad de rescatarlas. Títulos como “Detrás de la puerta”, “Casada con el dios” y “Al borde del abismo” marcan el descenso. El libro termina volviéndose hacia fuera y hacia arriba —“Se buscan voluntarios”, “¿Cuánto creemos que valen?” y, por último, “¡Muéstrame tu gloria!”— para que el peso acumulado de la oscuridad se convierta en un llamado a la oración y a la obediencia costosa, y no en un consejo de desesperación.
Los temas centrales
El costo de la obediencia
Carmichael mide el avance del evangelio no en números sino en costo. Cita a Hudson Taylor —“lo que cuesta poco vale poco”— y vive dentro de esa frase. Los conversos de sus páginas son azotados, encerrados en sus propias casas, desterrados, a veces “simplemente asesinados”. Un muchacho, heredero de una propiedad, es atado y golpeado dos veces por un padre que lo ama, y no vacila. Carmichael se niega a prometer comodidad a quien esté pensando en el campo misionero, y recurre a la propia imagen del Señor de la fecundidad por medio de la muerte: si el grano de trigo no cae en la tierra y muere, queda solo (Juan 12:24). La obediencia, en este libro, no es un sentimiento sino una entrega de la propia vida.
La intercesión
El libro es, en definitiva, un llamado a la oración: no una vaga buena voluntad, sino una intercesión informada y esforzada. Carmichael es mordaz con la “fe ignorante” que espera que el muro de la casta caiga porque se ha desprendido un grano de polvo de un ladrillo. Llama a sus lectores a la fe de Abraham, que consideró los hechos con honestidad y, aun así, no dudó, sino que se fortaleció (Romanos 4:19–20). Les recuerda que ciertas fortalezas solo ceden ante la oración perseverante —“este género no sale sino con oración y ayuno” (Mateo 17:21)— y que la cosecha es del Señor, así que hemos de rogar al Señor de la mies que envíe obreros a su mies (Mateo 9:38). Todo su argumento es que no puedes orar como es debido por lo que te niegas a ver.
La realidad de la oscuridad espiritual
Carmichael escribe como quien cree estar en una batalla real contra poderes reales, no solo contra la ignorancia o la costumbre. En el capítulo “Cabos perdidos” relata un sueño que se ha convertido en uno de los pasajes más citados de todo lo que escribió:
Los tam-tams retumbaron sin cesar toda la noche, y la oscuridad se estremecía a mi alrededor como una cosa viva y sensible.Amy Carmichael
El libro toma en serio lo que Pablo llama las potestades de las tinieblas (Efesios 6:12), y lo hace sin sensacionalismo: titula un capítulo “Diablura deificada” y se disculpa por el título, diciendo que no puede escribir otro. Pero la oscuridad nunca tiene la última palabra. Carmichael le opone la confianza de que Cristo ya ha triunfado, y todo el libro se tiende hacia la oración de Moisés que da nombre al capítulo final: “Muéstrame tu gloria” (Éxodo 33:18).
El amor por los niños
Bajo el reportaje late una ternura que no deja de asomar, sobre todo hacia los niños. Carmichael escribe de una niña traviesa a la que llama la Duendecilla con el deleite de una madre, y de las niñas del templo con un dolor casi insoportable: niñas vendidas o dedicadas por sus propias familias, a las que a menudo no podía alcanzar, ni probar lo que les ocurría, ni llevarse por la fuerza. Esta es la carga que pronto la llevaría a hacer de Dohnavur un refugio precisamente para niños así. Detrás de cada página está la palabra del Señor, “Dejad a los niños venir a mí” (Marcos 10:14), y el recordatorio de que ni un solo pajarillo cae a tierra sin vuestro Padre (Mateo 10:29). Es el amor, no la curiosidad, lo que le hace tan intolerable la oscuridad que describe, y quiere que se vuelva intolerable también para sus lectores.
Quién debería leerlo
Este es un libro para todo el que ora por las misiones y quiere que sus oraciones se apoyen en la realidad y no en un folleto. Es para quienes están sopesando un llamado a lugares difíciles y necesitan calcular el costo con los ojos abiertos antes de ir. Es para los lectores que sospechan que el cristianismo moderno se ha vuelto demasiado cómodo y quieren estar un rato con alguien que pagó un alto precio y no se quejó por ello. Y es para cualquiera que se sienta atraído por la propia Amy Carmichael: es una de sus primeras obras y de las más características, y explica por qué el resto de su larga vida tomó la forma que tomó. Puedes explorar más de su vida y sus escritos en la página de autora de Amy Carmichael.
Una palabra de advertencia: el tema es duro. Carmichael escribe sobre la explotación ritual de niños con seriedad y contención —dice sin rodeos que no puede contar toda la verdad, porque si la escribiera no podría imprimirse—, pero el dolor es real y no se oculta. Los lectores sensibles deberían acercarse a él en oración, y quizá no todo de una vez.
Cómo leerlo hoy
Léelo despacio, uno o dos capítulos cada vez, y deja que cada uno haga su obra antes de seguir. El libro nació de cartas y está pensado para tomarse a sorbos, no para tragarse de un golpe. Detente en los epígrafes; sitúan a Carmichael en una larga fila de testigos y merece la pena buscarlos por sí mismos.
Léelo con caridad hacia su época. El lenguaje de “paganos” y el tono seguro con que presenta el Imperio pertenecen a 1903, y un lector moderno sentirá la distancia. No dejes que esa distancia te cierre los oídos a lo que en él es atemporal: la honestidad, la intercesión, la negativa a cambiar la verdad por la comodidad. Y léelo como Carmichael pedía: no como “lectura interesante”, sino como un llamado. Sobre la monotonía del trabajo fiel y sin recompensa pone el texto “Se requiere de los administradores que cada uno sea hallado fiel” (1 Corintios 4:2), y luego añade su propio comentario:
Alabado sea Dios, no dice “exitoso”.Amy Carmichael
Mejor aún, léelo con una Biblia y una lista de oración abiertas a tu lado. El libro es un argumento a favor de la oración; la respuesta natural es orar. Deja que los campos que describe te devuelvan a las palabras del Señor de que los campos ya están blancos para la siega (Juan 4:35), y convierte lo que has visto en intercesión.
Si el libro te deja con hambre de más de ese mismo espíritu, el siguiente paso natural es el clásico diario de un hombre al que Carmichael cita y a quien claramente amaba, Vida y diario de David Brainerd. El relato de Brainerd sobre su predicación a los pueblos nativos de Norteamérica, desgastado por la enfermedad y aun así entregado por completo a Dios, es la misma clase de testimonio que ofrece Carmichael: honesto sobre el costo y radiante de esperanza por debajo de él.
Para la reflexión
Ya leas a solas o en grupo, estas preguntas pueden ayudarte a detenerte en el libro en lugar de solo terminarlo:
- Carmichael temía que a los sostenedores de su tierra se les estuviera dando una imagen idealizada de las misiones. ¿En qué parte de tu propia visión de la obra de la iglesia —cercana o lejana— podrías preferir la versión cómoda a “las cosas como son”? ¿Qué cambiaría si insistieras en la verdad?
- Escribe que lo que se requiere de los administradores es la fidelidad, no el éxito (1 Corintios 4:2). ¿Cómo cambiaría tu idea de un “buen” día de servicio cristiano si la medida fuera la fidelidad y no los resultados visibles?
- El libro trata la oscuridad espiritual como real y la oración como un verdadero trabajo (Mateo 17:21; Efesios 6:12). ¿Se parece tu oración más a “un ejercicio sencillo y agradable” o más a velar y luchar? ¿Qué haría falta para dar ese paso?
- El amor de Carmichael por las niñas del templo le hizo insoportable su situación. ¿Qué sufrimiento ha puesto Dios ante tus ojos que has aprendido a pasar por alto? ¿Qué podría pedirte el amor allí?
- El capítulo final pasa de la oscuridad al clamor “Muéstrame tu gloria” (Éxodo 33:18). Después de ver lo que Carmichael te muestra, ¿cuál es una manera concreta en que vas a responder: en la oración, en la ofrenda, yendo, o en una obediencia que Dios ya te ha dejado clara?