Capítulo 1 · 6 min de lectura · 8 min de escucha
Del prefacio del presidente Edwards
Hay algo, fácil de advertir en la vida de Brainerd, que muchos podrían considerar una objeción contra las extraordinarias pruebas de su religión y devoción, a saber, que era, por su constitución y su temperamento natural, muy propenso a la melancolía y al abatimiento de espíritu. Hay quienes piensan que toda religión es cosa melancólica, y que lo que se llama experiencia cristiana es poco más que melancolía que trastorna el cerebro y excita imaginaciones exaltadas. Pero que el temperamento o la constitución de Brainerd lo inclinara al desaliento no es motivo justo para suponer que su extraordinaria devoción fuera solo fruto de una imaginación ardiente. A pesar de esa inclinación al desaliento, era evidentemente uno de esos hombres que suelen estar más lejos de una imaginación desbordante: era de ingenio penetrante, de pensamiento claro, de razonamiento riguroso y de juicio muy exacto, como resultaba patente a todos los que lo conocieron. Así como tenía una gran comprensión de la naturaleza humana y era en general muy perspicaz y juicioso, sobresalía en juicio y conocimiento en teología, pero sobre todo en la religión experimental. Distinguía con suma exactitud entre la piedad real y sólida y el fanatismo; entre los afectos racionales y bíblicos, que tienen su fundamento en la luz y el juicio, y los que se fundan en ocurrencias caprichosas, fuertes impresiones sobre la imaginación y vehementes emociones de los espíritus animales. Era muy consciente de lo expuestos que están los hombres a estas cosas; de cuán extensamente habían prevalecido y de cuántas multitudes habían sido engañadas por ellas; de sus perniciosas consecuencias y del terrible daño que habían causado en el mundo cristiano. No tenía confianza alguna en semejante religión, y dio abundante testimonio contra ella, en vida y en la muerte; y era rápido para discernir cuándo surgía algo de esa naturaleza, aun en sus primeros brotes y bajo los disfraces más hermosos y plausibles. Tenía un talento, que apenas he visto igualado, para describir las diversas operaciones de esta religión imaginaria y fanática, para poner de manifiesto su falsedad y vanidad, y para demostrar la gran diferencia entre ella y la verdadera devoción espiritual.
Su buen juicio no se manifestaba solo al discernir entre las experiencias de otros, sino también entre los diversos ejercicios de su propia mente; en particular, al discernir qué había en él que debía atribuirse a la melancolía; en lo cual superó a todas las personas melancólicas que yo haya conocido. Esto se debía sin duda a una fuerza peculiar de su juicio; pues es cosa rara, en verdad, que las personas bajo el influjo de la melancolía sean conscientes de su propia enfermedad y estén convencidas de que han de atribuirle aquellas cosas que son sus genuinas operaciones y frutos. Brainerd no alcanzó ese grado de destreza de una vez, sino poco a poco, como el lector podrá advertir en el relato de su vida que sigue. En la primera parte de su carrera religiosa, atribuía al abandono espiritual mucho de aquella clase de lobreguez de ánimo que, en la última parte de su vida, reconocía plenamente que se debía a la enfermedad de la melancolía; y, en consecuencia, a menudo habla de ella expresamente en su diario como procedente de esa causa. Con frecuencia hablaba en la conversación de la diferencia entre la melancolía y la tristeza piadosa; entre la verdadera humillación y el abandono espiritual; del gran peligro de confundir lo uno con lo otro, y de la naturaleza muy dañina de la melancolía; y discurría sobre ello con gran juicio, y sin duda con mucho más acierto por lo que conocía por su propia experiencia.
Otra imperfección de Brainerd, que podrá observarse en el relato de su vida que sigue, fue que era excesivo en sus trabajos, y no cuidaba de proporcionar sus fatigas a sus fuerzas. Es verdad que los aparentes llamamientos de la Providencia eran muy a menudo tales que le resultaba sumamente difícil evitar trabajar más allá de sus fuerzas; más aún, sus circunstancias y la tarea de su misión entre los indios eran tales que las grandes fatigas y penalidades resultaban del todo inevitables. Sin embargo, al final se convenció de que había errado en este asunto, y de que debió haber tenido un cuidado más esmerado y haber sido más resuelto para resistir las tentaciones de trabajar hasta un grado que dañaba su salud; y, en consecuencia, advirtió a su hermano, que le sucedió en su misión, que se cuidara de evitar este error.
Además de las imperfecciones ya mencionadas, se admite de buen grado que hubo algunas imperfecciones que recorrieron toda su vida y se mezclaron con todos sus afectos y ejercicios religiosos: cierta mezcla de lo natural con lo espiritual, como sucede siempre en los mejores santos de este mundo. Sin duda, el temperamento natural tuvo alguna influencia en los ejercicios religiosos de Brainerd, como muy evidentemente la tuvo en los del devoto David y en los de los apóstoles Pedro, Juan y Pablo. Hubo indudablemente, muy a menudo, cierta mezcla de melancolía con la verdadera tristeza piadosa y la genuina humildad cristiana; cierta mezcla del fuego natural de la juventud con su santo celo por Dios; y cierta influencia de principios naturales, mezclada con la gracia en otros diversos aspectos, como siempre ha sido y siempre será con los santos mientras estén de este lado del cielo. Quizá nadie fue más consciente de las imperfecciones de Brainerd que él mismo, ni pudo distinguir con más exactitud que él entre lo natural y lo espiritual. Al lector juicioso le es fácil observar que sus gracias maduraron, que los ejercicios religiosos de su corazón se hicieron cada vez más puros y que él fue cada vez más perspicaz en su juicio cuanto más vivió. Tuvo mucho que lo enseñara y lo purificara, y no dejó de sacar provecho de ello.
A pesar de todas estas imperfecciones, todo lector piadoso y juicioso reconocerá de buen grado que lo que aquí se le presenta es un ejemplo notable de piedad verdadera y eminente, en el corazón y en la práctica, que tiende en gran manera a confirmar la realidad de la religión vital y el poder de la piedad; que es sumamente digno de imitación y, de muchas maneras, apto para promover el provecho espiritual del observador atento.
El lector debe saber que lo que Brainerd escribió en su diario, del cual se ha tomado principalmente el relato de su vida que sigue, fue escrito solo para su uso privado, y no para obtener honra y aplauso en el mundo, ni con intención alguna de que el mundo lo viera jamás, ni en vida ni después de su muerte; excepto algunas cosas que escribió estando moribundo, después de que se le persuadió, con dificultad, de no suprimir por completo todos sus escritos privados. Se mostró casi invenciblemente contrario a que se publicara parte alguna de su diario después de su muerte; y cuando se creyó que estaba muriendo en Boston, dio las órdenes más estrictas y terminantes en contrario. Pero algunos de sus amigos de allí lo convencieron de retirar una prohibición tan estricta y absoluta, y finalmente tuvo a bien ceder hasta el punto de que «sus papeles quedaran en mis manos, para que yo dispusiera de ellos como juzgara que sería más para la gloria de Dios y el interés de la religión».
JONATHAN EDWARDS.
Capítulo 1 completado
Del prefacio del presidente Edwards