Si anhelas ver a Dios moverse con poder —ver a una iglesia fría despertar, a una familia endurecida ablandarse, a una nación volverse a Cristo—, la primera y la última obra es la oración. Todo avivamiento digno de ese nombre ha nacido en ella, se ha sostenido por ella y, cuando su historia se escribe con honestidad, se remonta a ella. El avivamiento es de Dios, y solo él lo da; pero él se ha comprometido a darlo a un pueblo que lo pide. Así que la pregunta práctica no es si orar por avivamiento, sino cómo. ¿Cómo orar para que el cielo se abra?
La Escritura y la historia de cada despertar responden con una coherencia notable. La oración que busca el avivamiento es unida, perseverante, honesta y centrada en Dios. Tiene menos que ver con la elocuencia que con la desesperación. No es una técnica para forzar la mano de Dios —él no se deja manipular—, sino el hambre misma por medio de la cual él se prepara para responder. Así es como se ora por avivamiento, y como se sigue orando hasta que llega.
Comienza donde ha comenzado todo avivamiento: de rodillas y juntos
Antes de que el Espíritu descendiera en Pentecostés, la iglesia hacía una sola cosa: orar. Lucas registra que los discípulos “perseveraban unánimes en oración” (Hechos 1:14). Durante diez días, un grupo pequeño y atemorizado se entregó a la intercesión unida, y entonces vinieron el viento y el fuego. Ese orden no es casual; es el patrón de todo el libro. Cuando la iglesia volvió a orar en Hechos 4, “el lugar en que estaban congregados tembló; y todos fueron llenos del Espíritu Santo, y hablaban la palabra de Dios con denuedo” (Hechos 4:31).
Fíjate en la palabra juntos. La oración por avivamiento rara vez es obra de un héroe solitario; es un pueblo que clama unánime. Los grandes despertares de la historia se gestaron en reuniones de oración, a menudo pequeñas, a menudo desconocidas, y muchas veces durante años antes de que se moviera algo visible. Lo que importa no es el tamaño de la reunión, sino su unidad y su fervor. Si quieres orar por avivamiento, no ores solo en tu aposento, por precioso que eso sea. Busca a dos o tres más que tengan hambre, y entréguense juntos a buscar a Dios. El cielo tiene un afecto particular por el acuerdo de un pueblo que ora (Mateo 18:19–20). Lo que Dios hizo por medio de ciento veinte en un aposento alto, puede hacerlo por medio de los pocos que encuentre reunidos y pidiendo.
Ora por un espíritu de gracia y de oración
Hay un misterio en el corazón de la oración por avivamiento: el deseo mismo de orar por avivamiento es un don de Dios. Antes de derramar la bendición, derrama la carga. Zacarías vio de antemano el día en que Dios diría: “derramaré sobre la casa de David, y sobre los moradores de Jerusalén, espíritu de gracia y de oración” (Zacarías 12:10), y vio también el llanto y la conversión que vendrían después. El anhelo mismo de ver a Dios moverse, la santa insatisfacción con un cristianismo cómodo y sin poder, es la primera gota de la lluvia que viene.
Así que no menosprecies los pequeños comienzos en tu propio corazón. Si te encuentras afligido por la muerte espiritual que te rodea y con hambre de más de Dios, esa aflicción no viene de ti: es el Espíritu encendiendo un fuego que se propone extender. Pídele a Dios más de ella. Ora: “Señor, danos el espíritu de oración; haznos gemir por lo que tú anhelas dar”. Una iglesia que ha perdido incluso el deseo de orar por avivamiento debería hacer de eso su primera petición: que Dios avive su oración antes de avivar cualquier otra cosa.
Sé importuno: ora como quien no aceptará un no por respuesta
Jesús contó toda una parábola para enseñar una sola cosa acerca de la oración: que “es menester orar siempre, y no desmayar” (Lucas 18:1). La viuda rindió a un juez injusto a fuerza de negarse a desistir; ¿cuánto más, dice Jesús, responderá el Dios justo a sus escogidos, “que claman a él día y noche”? La oración por avivamiento es oración importuna. No pide una vez para luego archivar la petición; se aferra a Dios y no lo suelta.
Isaías describe esa oración como una vigilia nocturna que nunca calla: “Sobre tus muros, oh Jerusalén, he puesto guardas que jamás callarán, ni de día ni de noche. Vosotros que hacéis memoria del Señor, no calléis, ni le deis reposo, hasta que restablezca a Jerusalén y la ponga por alabanza en la tierra” (Isaías 62:6–7). No darle reposo a Dios: esa es la audacia a la que nos invita la Escritura. No es irreverencia; es la fe que toma sus promesas lo bastante en serio como para presentárselas de nuevo en súplica. La oración que cambió naciones rara vez fue cortés y ocasional. Fue el clamor de personas que habían decidido que preferían morir antes que seguir como estaban.
Los hombres son el método de Dios. La Iglesia anda buscando mejores métodos; Dios anda buscando mejores hombres.E. M. Bounds
Bounds, que escribió sobre la oración con más hondura que casi nadie, entendía que Dios obra por medio de personas que oran más que por medio de programas pulidos. El motor de todo despertar no es la maquinaria, sino la intercesión, y los intercesores que Dios usa son sencillamente creyentes comunes que se niegan a dejar de pedir.
Ora con confesión, no solo con petición
La oración por avivamiento es honesta respecto al pecado, y ante todo respecto al propio. Los profetas que intercedían por su pueblo no oraban como espectadores de las faltas ajenas; confesaban como miembros de una comunidad culpable. Daniel oró: “hemos pecado, hemos cometido iniquidad”. Cuando Santiago promete que “la oración eficaz del justo puede mucho” y señala a Elías, que oró y el cielo dio lluvia, lo pone junto a un mandato: “confesaos vuestras ofensas unos a otros, y orad unos por otros, para que seáis sanados” (Santiago 5:16–18). La lluvia del avivamiento suele caer sobre una tierra que primero ha sido roturada por el arrepentimiento.
Así que deja que tu oración por avivamiento incluya una confesión pausada y concreta: de la frialdad, de la falta de oración, de los pecados que la iglesia ha aprendido a tolerar. No pases de largo por aquí para llegar a la parte emocionante. Esta es la parte emocionante, porque Dios habita “con el quebrantado y humilde de espíritu, para hacer vivir el espíritu de los humildes” (Isaías 57:15). Un pueblo dispuesto a ser escudriñado es un pueblo preparado para ser visitado.
Pídele a Dios mismo que descienda
Por encima de todo, la oración por avivamiento pide a Dios mismo: no solo resultados, bendiciones o números, sino su presencia manifiesta. La gran oración de avivamiento de Isaías es anhelo desnudo: “¡Oh, si rompieses los cielos, y descendieras, y a tu presencia se escurriesen los montes!” (Isaías 64:1). Y el salmista clama: “Oh Dios de los ejércitos, vuelve ahora; mira desde el cielo, y considera... Así no nos apartaremos de ti; vida nos darás, e invocaremos tu nombre. ¡Oh Jehová, Dios de los ejércitos, restáuranos! Haz resplandecer tu rostro, y seremos salvos” (Salmos 80:14, 18–19).
Esta es la nota más profunda de todas. El avivamiento no es un programa que dirigimos ni un ambiente que generamos; es Dios acercándose a un pueblo hasta que este ya no puede confundir su presencia. Pide eso. Pídele que descienda. Y recuerda el asombroso aliento que Jesús unió a esa clase de petición: el Padre da “el Espíritu Santo a los que se lo pidan” (Lucas 11:13). Si el avivamiento es, en el fondo, el Espíritu derramado, entonces Jesús nos ha dicho con claridad cómo buscarlo: pide el Espíritu, y sigue pidiéndolo.
Ora con precisión, y espera que Dios responda
La oración vaga espera poco y recibe poco. La oración por avivamiento, en cambio, es audaz y definida: nombra lo que pide y está atenta a la respuesta. La propia invitación de Dios es asombrosa en su amplitud: “Clama a mí, y yo te responderé, y te enseñaré cosas grandes y ocultas que tú no conoces” (Jeremías 33:3). Él no se limita a tolerar que le pidamos; nos invita a hacerlo, y promete mostrarnos cosas que superan todo lo que imaginamos. Jesús insistió en la misma confianza: “Pedid, y se os dará; buscad, y hallaréis; llamad, y se os abrirá. Porque cualquiera que pide, recibe” (Mateo 7:7–8).
Así que ora concretamente por tu propia iglesia, tu propia ciudad, tu propia familia y tus amigos, por nombre. Pide a Dios que salve a personas concretas, que ablande durezas concretas, que derrame su Espíritu en un lugar concreto. Y luego espera la respuesta con fe expectante, porque “todo lo que pidiereis orando, creed que lo recibiréis, y os vendrá” (Marcos 11:24). La fe no significa certeza acerca del momento; Dios a menudo espera, y parte de la oración importuna es confiar en su sabiduría sobre el cuándo. Pero sí significa orar como si el Dios que prometió fuera real y estuviera escuchando, porque lo es. Lleva un registro, si te ayuda, de lo que estás pidiendo, y deja que cada oración contestada se convierta en combustible nuevo para la siguiente. Un pueblo que ora sin esperar nada orará con desgana; un pueblo que ora esperando que Dios se mueva orará hasta que lo haga.
Ponte en la brecha, y no te rindas
Dios buscó una vez en toda una nación a un solo intercesor: “Busqué entre ellos hombre que hiciese vallado y que se pusiese en la brecha delante de mí, a favor de la tierra, para que yo no la destruyese; y no lo hallé” (Ezequiel 22:30). Es un versículo que hace pensar y que a la vez emociona: hace pensar, porque el juicio llegó por falta de alguien que orara; emociona, porque muestra cuánto está dispuesto Dios a hacer en respuesta a una sola persona que se ponga en la brecha.
Tú puedes ser esa persona. La abuela que ora, el pequeño grupo de entre semana, el creyente que madruga para suplicar por una iglesia dormida: estas son las personas por medio de las cuales Dios ha comenzado una y otra vez sus obras más grandes. No esperes una multitud, una plataforma o un sentimiento. Comienza. Reúne a quien quiera venir. Confiesa con honestidad, pide con audacia y niégate a parar hasta que él responda. La historia y la Escritura coinciden en esto: Dios nunca ha retenido por mucho tiempo el avivamiento a un pueblo dispuesto a humillarse y orar, y nunca lo ha derramado sobre un pueblo que no quisiera hacerlo. Así que tómale la palabra, y no le des reposo. ¿No te pondrás en la brecha para orar hasta que él venga?