Si has abierto La libertad de la voluntad y te ha dado vueltas la cabeza con sus frases largas y sus implacables cadenas de razonamiento, no eres el único, y no lo estás haciendo mal. Jonathan Edwards escribió lo que muchos consideran la obra de filosofía más rigurosa jamás producida en América, y la escribió para resolver una sola pregunta que toca cada oración, cada conversión y cada cuenta que un día daremos de nuestra vida: ¿somos libres, y en qué sentido? Esta guía está aquí para hacer accesible ese argumento. Léela primero, o tenla a tu lado mientras avanzas por el libro, y la niebla debería empezar a disiparse.
Qué es el libro y por qué lo escribió Edwards
Publicado en 1754, su título completo es a la vez una etiqueta de advertencia y una promesa: Una investigación cuidadosa y rigurosa sobre las nociones modernas predominantes de esa libertad de la voluntad que se supone esencial para la agencia moral. Edwards, pastor de Nueva Inglaterra y más tarde rector de una universidad, respondía a una postura que a lo largo del libro llama arminiana: la enseñanza de que la voluntad posee un “poder autodeterminante”, una soberanía sobre sí misma por la cual puede elegir en un sentido o en otro sin que nada decida la cuestión salvo el simple acto de la propia voluntad.
¿Por qué importaba esto tanto como para dedicarle un libro entero? Porque Edwards creía que, si la gracia ha de ser gracia, si la salvación es un regalo de Dios y no un logro nuestro, entonces la voluntad humana no puede ser la dueña última y sin causa de sus propias decisiones. Pero también creía que la Escritura nos hace verdaderamente responsables: “Escoge la vida” (Deuteronomio 30:19) es un mandato real dirigido a agentes reales. Todo el libro es su intento de mostrar que estas dos verdades no chocan. Es una defensa de la soberanía de Dios que se niega a comprar esa soberanía convirtiéndonos en títeres.
El argumento central en términos sencillos
Edwards empieza despejando el terreno con definiciones, y es aquí donde el lector paciente recibe su recompensa. Primero, ¿qué es la voluntad? No un misterioso gobernante interior, sino sencillamente la facultad de elegir:
“la Voluntad (sin ningún refinamiento metafísico) es aquello por lo cual la mente elige cualquier cosa.”
Jonathan Edwards
Segundo, y esta es la bisagra de toda la obra: la voluntad siempre sigue al motivo más fuerte. Nunca elegimos en el vacío. En cualquier momento, lo que nos parece más agradable, más digno de elegirse, más bueno en ese instante es lo que elegimos. Edwards lo expresa con cuidado:
“tiene que ser cierto, en algún sentido, que la voluntad siempre es según el mayor bien aparente.”
Jonathan Edwards
Fíjate en lo que no está diciendo. No dice que se nos obligue contra nuestra voluntad. Dice que nuestro elegir no es azaroso: brota de quiénes somos y de lo que amamos. Imaginar una elección sin ninguna razón detrás, una voluntad que se determina a sí misma a partir de la nada, es, sostiene Edwards, o bien una regresión infinita (una elección antes de la elección antes de la elección) o bien un efecto sin causa alguna, lo cual es absurdo. Esa es exactamente la libertad que exige el esquema arminiano, y Edwards dedica buena parte de la Parte II a mostrar que no se sostiene.
Este es el replanteamiento que lo cambia todo: la verdadera libertad no es la voluntad flotando sin razón alguna por encima de sus decisiones. La verdadera libertad es sencillamente poder hacer lo que quieres hacer.
“El significado claro y evidente de las palabras Libertad y Albedrío, en el habla común, es El poder, la oportunidad o la ventaja que cualquiera tiene de hacer lo que le place.”
Jonathan Edwards
Según esa definición corriente, la única, dice Edwards, que de hecho usa cualquiera que haya “aprendido a hablar”, somos libres. Nadie nos arrastra a nuestros pecados; corremos hacia ellos. Y precisamente por eso somos responsables de ellos.
La gran distinción: incapacidad natural frente a incapacidad moral
Si hay una idea que llevarte de este libro, es esta. Edwards observa que usamos la palabra no poder para dos situaciones muy distintas.
La incapacidad natural se da cuando algo ajeno a tu voluntad te lo impide: no puedes volar, no puedes ver en la oscuridad, no puedes amar a Dios si nunca has oído hablar de él. El obstáculo está en tu naturaleza o en tus circunstancias, no en tu querer.
La incapacidad moral es distinta: reside en el querer mismo:
“La Incapacidad Moral no consiste en ninguna de estas cosas, sino o bien en la falta de inclinación, o en la fuerza de una inclinación contraria, o en la falta de motivos suficientes a la vista para inducir y excitar el acto de la Voluntad, o en la fuerza de motivos aparentes en sentido contrario.”
Jonathan Edwards
Una madre amorosa “no puede” abandonar a su hijo; un hombre íntegro “no puede” dejarse sobornar. Son perfectamente capaces en el sentido natural, pues nada detiene sus miembros, pero su corazón no irá allí. Esto es incapacidad moral. Y aquí está el punto decisivo de Edwards: la incapacidad moral nunca nos excusa. La razón por la que un pecador “no puede” venir a Cristo no es una puerta cerrada con llave, sino un corazón que no quiere, y un corazón que no quiere no es una coartada: es precisamente aquello de lo que somos culpables.
Aquí es donde la filosofía se vuelve pastoral. La Escritura dice de la mente natural que “no se sujeta a la ley de Dios, ni tampoco puede” (Romanos 8:7). Jesús dice: “Ninguno puede venir a mí, si el Padre no le trajere” (Juan 6:44). Jeremías pregunta si el leopardo puede mudar sus manchas (Jeremías 13:23), y Pablo gime: “el querer el bien está en mí, pero no el hacerlo” (Romanos 7:18). Todos estos pasajes describen un verdadero no poder, pero moral: una esclavitud de los afectos que nos deja plenamente responsables y del todo necesitados de la gracia que nos dé un corazón nuevo (Ezequiel 36:26).
Temas centrales en los que fijarse
- La causalidad y la presciencia de Dios. Edwards argumenta que, si Dios conoce con certeza de antemano nuestras decisiones, esas decisiones tienen que ser ciertas, y eso es justo lo que la voluntad autodeterminante no puede admitir. La presciencia divina y el elegir humano están entretejidos; no son rivales.
- Necesidad no es coacción. Buena parte de la confusión, dice Edwards, viene de oír “necesario” e imaginarse cadenas. La necesidad moral es sencillamente la conexión segura entre un corazón y lo que ama, y el ser más seguro, más libre y más digno de alabanza de todos es Dios, cuya bondad es necesaria y, sin embargo, infinitamente virtuosa.
- La virtud reside en la naturaleza del corazón, no en su origen. Que una buena disposición haya sido causada no afecta en absoluto a que sea buena; lo que hace que un acto sea digno de alabanza o de reproche es lo que es, su amor o su rebelión, no algún linaje sin causa.
- Cristo y la libertad humana. La obediencia sin pecado de Jesús fue, en términos de Edwards, moralmente necesaria, pues él no podía pecar, y aun así supremamente virtuosa y digna de recompensa. Si la necesidad destruyera la virtud, destruiría el valor de la propia obediencia de Cristo, cosa que ningún cristiano concederá.
- La gracia hace la obra profunda. Detrás de toda la lógica está Filipenses 2:13: “Dios es el que en vosotros produce así el querer como el hacer, por su buena voluntad.” La voluntad que corre hacia Cristo es una voluntad que Dios ha renovado.
Quién debería leerlo, y cómo abordar un libro exigente
Seamos sinceros: este no es un devocional para leer con el café de la mañana. Es un argumento filosófico sostenido, escrito en la densa prosa de largos periodos de la década de 1750, que discute con sus oponentes por su nombre. Recompensa al lector que está dispuesto a ir despacio.
Es para ti si has luchado con las preguntas sobre el libre albedrío y la predestinación y quieres algo más que eslóganes; si eres pastor, maestro o estudiante serio de teología; o si simplemente te encanta ver a una mente de primer orden construir un caso ladrillo a ladrillo. Si no es tu momento, no pasa nada: empieza por un Edwards más accesible, como sus Afectos religiosos o sus sermones, y vuelve aquí más adelante.
Cuando lo leas, algunos hábitos te ayudarán muchísimo:
- Domina las definiciones de la Parte I antes de seguir. Edwards define voluntad, motivo, necesidad e incapacidad con gran cuidado, y todos los argumentos posteriores se apoyan en ellas. No hojees estas páginas por encima; son las llaves de la casa.
- Lee en sesiones cortas. Una sección cada vez. Reformula cada argumento con tus propias palabras antes de seguir; si no puedes, vuelve a leerlo.
- Ten siempre delante la distinción entre lo natural y lo moral. Nueve de cada diez veces, cuando un pasaje parezca enredado, esta distinción será el hilo que lo desenrede.
Cómo leerlo hoy
Los lectores modernos a veces temen que Edwards nos deje reducidos a simples máquinas. Él responde a esa objeción de forma directa y extensa en la parte final: los medios, las oraciones y los esfuerzos no se vuelven “vanos” con su postura, sino que son los instrumentos mismos por los que Dios mueve los corazones. Oras, predicas y te esfuerzas precisamente porque esos son los motivos por los que Dios atrae la voluntad.
Lee el libro, entonces, no como un determinismo frío, sino como una defensa de la sublime gracia. Su fruto práctico es enorme. Te libera de la agotadora idea de que tu salvación descansa, al final, en un acto autogenerado de tu propia autonomía, y fundamenta tu seguridad en el Dios que obra en ti. También hace más honda la gratitud: si Cristo te ha hecho libre (Juan 8:36), si ahora te descubres deseándolo donde antes no lo deseabas, ese nuevo deseo es en sí mismo fruto del Espíritu (2 Corintios 3:17), el don de un corazón de carne en lugar de un corazón de piedra. Incluso los grandes males de nuestra historia, nos recordaría Edwards, Dios puede entretejerlos para bien, como confesó José: “Vosotros pensasteis mal contra mí, mas Dios lo encaminó a bien” (Génesis 50:20).
Acompaña tu lectura con los Evangelios y con Romanos, y deja que las propias palabras de Jesús reposen sobre toda la investigación: “sin mí nada podéis hacer” (Juan 15:5). Esa sola frase es el corazón pastoral de un libro muy largo.
Para reflexionar
- Edwards define la verdadera libertad como el poder “de hacer lo que le place”. ¿En qué aspectos de tu vida experimentas de verdad la libertad de ese modo? ¿Cambia eso tu forma de pensar sobre ser “libre”?
- Piensa en algo que “no puedes” decidirte a hacer o a dejar de hacer. ¿Es una incapacidad natural o una moral? ¿Qué revela la respuesta sobre tu corazón?
- Si nuestras decisiones siguen siempre lo que nos parece más bueno en el momento, ¿qué dice eso sobre la importancia de lo que contemplamos, amamos y ponemos delante de nuestros ojos?
- ¿Cómo moldea la verdad de que “Dios es el que en vosotros produce así el querer como el hacer” (Filipenses 2:13) tu manera de orar por ti y por los demás?
- Fundamentar tu salvación en la obra de Dios y no en tu propia autonomía, ¿te hace sentir más ansioso o más seguro? ¿Por qué?
Cuando estés listo, el texto completo está aquí para leerlo gratis en La libertad de la voluntad. Tómatelo con calma, ten esta guía a mano y deja que una de las mentes teológicas más grandes de la historia entrene la tuya.