Respuestas a la oración
Comienzo y primeros días de la obra de los huérfanos

Capítulo 1 · 45 min de lectura · 58 min de escucha

Comienzo y primeros días de la obra de los huérfanos

«Para que la prueba de vuestra fe, mucho más preciosa que el oro, el cual perece, aunque sea probado con fuego, sea hallada en alabanza, gloria y honra cuando Jesucristo sea manifestado.»—1 Pedro 1:7.


George Müller, fundador de las Nuevas Casas de Huérfanos de Ashley Down, en Bristol (instituciones que durante muchos años han sido los mayores monumentos de los tiempos modernos a un Dios que responde a la oración), expone en ese valiosísimo e instructivo libro, «Relato de algunos de los tratos del Señor con George Müller», vol. I, entre otras razones para fundar una Casa de Huérfanos, las siguientes:

«A veces encontraba a hijos de Dios afligidos en su mente ante la perspectiva de la vejez, cuando quizá ya no pudieran trabajar, y por eso atormentados por el temor de tener que ir al asilo de pobres. Si en un caso así les señalaba cómo su Padre celestial siempre ha ayudado a los que ponen su confianza en él, quizá no siempre dijeran que los tiempos han cambiado; pero aun así era bastante evidente que no veían a Dios como el Dios vivo. Mi espíritu se abatía a menudo por esto, y anhelaba poner delante de los hijos de Dios algo por lo cual pudieran ver que él no abandona, ni siquiera en nuestros días, a los que se apoyan en él.

«Otra clase de personas eran hermanos dedicados a los negocios, que sufrían en su alma y cargaban de culpa su conciencia al llevar sus negocios casi del mismo modo que lo hacen los inconversos. La competencia en el comercio, los malos tiempos, el país superpoblado, se daban como razones por las que, si el negocio se llevaba sencillamente conforme a la palabra de Dios, no se podía esperar que prosperara. Un hermano así quizá expresaba el deseo de encontrarse en otra situación; pero muy rara vez veía yo que se tomara una posición firme por Dios, que hubiera la santa determinación de confiar en el Dios vivo y depender de él, a fin de mantener una buena conciencia. También a esta clase deseaba yo mostrar, mediante una prueba visible, que Dios es inmutablemente el mismo.

«Había además otra clase de personas: individuos que ejercían profesiones en las que no podían continuar con buena conciencia, o personas que se hallaban en una posición contraria a las Escrituras en cuanto a las cosas espirituales; pero ambas clases temían, por las consecuencias, abandonar la profesión en la que no podían permanecer con Dios, o dejar su posición, no fuera que se quedaran sin empleo. Mi espíritu anhelaba ser instrumento para fortalecer su fe, dándoles no solo ejemplos tomados de la palabra de Dios de su voluntad y su poder para ayudar a todos los que se apoyan en él, sino mostrándoles con pruebas que él es el mismo en nuestros días. Bien sabía yo que la Palabra de Dios debería bastar, y por gracia me bastaba a mí; pero aun así consideraba que debía tender una mano a mis hermanos, por si de algún modo, mediante esta prueba visible de la inmutable fidelidad del Señor, podía fortalecer sus manos en Dios; porque recordaba la gran bendición que mi propia alma había recibido por medio de los tratos del Señor con su siervo A. H. Franke, quien, dependiendo solo del Dios vivo, fundó una inmensa Casa de Huérfanos que yo había visto muchas veces con mis propios ojos. Por tanto, me consideré obligado a ser siervo de la Iglesia de Dios en el punto particular en que yo había alcanzado misericordia: a saber, en poder tomar a Dios por su palabra y apoyarme en ella. Todos estos ejercicios de mi alma, que nacían del hecho de que tantos creyentes a quienes llegaba a conocer estaban atormentados y angustiados en su mente, o cargaban de culpa su conciencia, por no confiar en el Señor, fueron usados por Dios para despertar en mi corazón el deseo de poner delante de la iglesia en general, y delante del mundo, una prueba de que él no ha cambiado en lo más mínimo; y me pareció que la mejor manera de hacerlo era fundar una Casa de Huérfanos. Tenía que ser algo que pudiera verse incluso con el ojo natural. Ahora bien, si yo, un hombre pobre, solo por la oración y la fe, obtenía, sin pedir nada a ninguna persona, los medios para fundar y sostener una Casa de Huérfanos, habría algo que, con la bendición del Señor, podría servir para fortalecer la fe de los hijos de Dios, además de ser un testimonio a la conciencia de los inconversos de la realidad de las cosas de Dios. Esta fue, pues, la razón principal para fundar la Casa de Huérfanos. Ciertamente deseaba de corazón que Dios me usara para beneficiar el cuerpo de niños pobres, privados de padre y madre, y procurar, con la ayuda de Dios, hacerles bien en otros aspectos de esta vida; también anhelaba de modo especial que Dios me usara para que los queridos huérfanos fueran criados en el temor de Dios; pero aun así, el primer y principal objeto de la obra era (y sigue siendo) que Dios fuera engrandecido por el hecho de que los huérfanos a mi cargo reciben todo lo que necesitan solo por medio de la oración y la fe, sin que yo ni mis colaboradores pidamos nada a nadie, por lo cual pueda verse que Dios ES FIEL TODAVÍA y OYE LA ORACIÓN TODAVÍA. Que no me equivoqué lo ha demostrado abundantemente lo ocurrido desde noviembre de 1835, tanto por la conversión de muchos pecadores que han leído los relatos publicados en relación con esta obra, como por la abundancia de fruto que ha seguido en el corazón de los santos, por lo cual deseo, desde lo más íntimo de mi alma, estar agradecido a Dios; y la honra y la gloria de ello no solo le corresponden solo a él, sino que yo, con su ayuda, puedo atribuírselas a él.»


«ENSANCHA TU BOCA.»

En el relato que Müller escribió con fecha 16 de enero de 1836 acerca de la Casa de Huérfanos que se proyectaba fundar en Bristol en relación con el Instituto de Conocimiento Bíblico para el País y el Extranjero, leemos:

«Cuando últimamente revivió en mi mente la idea de fundar una Casa de Huérfanos, dependiendo del Señor, durante las dos primeras semanas solo oré pidiendo que, si era del Señor, él la llevara a cabo; pero si no, que en su gracia tuviera a bien quitar de mi mente todo pensamiento al respecto. Mi incertidumbre sobre cuál era la mente del Señor no nacía de dudar si sería agradable a sus ojos que se proveyera un hogar y una educación bíblica para niños desamparados, sin padre ni madre, sino de si era su voluntad que yo fuera el instrumento para poner en marcha tal empresa, pues mis manos estaban ya más que llenas. Mi consuelo, sin embargo, era que, si era su voluntad, él proveería no solo los medios, sino también personas idóneas para cuidar de los niños, de modo que mi parte en la obra solo ocuparía aquella porción de mi tiempo que, considerando la importancia del asunto, yo pudiera dar a pesar de mis muchos otros compromisos. En todas esas dos semanas nunca pedí al Señor dinero ni personas que se dedicaran a la obra.

«Sin embargo, el 5 de diciembre, el tema de mi oración cambió de repente. Estaba leyendo el Salmo 81, y me impresionó especialmente, más que nunca antes, el versículo 10: “Ensancha tu boca, y yo la llenaré.” Medité unos momentos en estas palabras, y luego fui guiado a aplicarlas al caso de la Casa de Huérfanos. Me di cuenta de que nunca había pedido al Señor nada al respecto, excepto conocer su voluntad sobre si debía fundarse o no; y entonces caí de rodillas y ensanché mi boca, pidiéndole mucho. Pedí con sumisión a su voluntad, y sin fijar un plazo en que debiera responder a mi petición. Oré para que me diera una casa, es decir, ya fuera prestada, o que alguien fuera movido a pagar el alquiler de una, o que se diera una permanentemente para este fin; además, le pedí £1000; y también personas idóneas para cuidar de los niños. Aparte de esto, desde entonces he sido guiado a pedir al Señor que ponga en el corazón de su pueblo enviarme muebles para la casa y algo de ropa para los niños. Cuando hacía la petición, era plenamente consciente de lo que hacía, es decir, de que pedía algo que no tenía ninguna perspectiva natural de obtener de los hermanos que conozco, pero que no era demasiado para que el Señor lo concediera.»

«10 de diciembre de 1835.—Esta mañana recibí una carta en la que un hermano y una hermana escribían así: “Nos ofrecemos para el servicio de la Casa de Huérfanos proyectada, si nos considera aptos para ello; también para entregar para su uso todos los muebles, etc., que el Señor nos ha dado; y para hacerlo sin recibir salario alguno, creyendo que, si es la voluntad del Señor emplearnos, él suplirá todas nuestras necesidades, etc.”

«13 de diciembre.—Un hermano fue movido hoy a dar 4s. por semana, o £10 8s. al año, mientras el Señor le dé los medios; dio 8s. como suscripción de dos semanas. Hoy un hermano y una hermana se ofrecieron, con todos sus muebles y todas las provisiones que tienen en casa, por si pueden ser empleados útilmente en los asuntos de la Casa de Huérfanos.»


UN GRAN ESTÍMULO.

«17 de diciembre.—Anoche y esta mañana estuve bastante abatido respecto a este asunto, preguntándome si debía ocuparme en él de esta manera, y fui guiado a pedir al Señor que me diera algún estímulo más. Poco después, un hermano envió dos piezas de tela estampada, una de siete yardas y la otra de 23¾, 6¾ yardas de calicó, cuatro piezas de forro, de unas cuatro yardas en total, una sábana y una vara de medir. Esta tarde otro hermano trajo un tendedero, tres vestidos, cuatro delantales, seis pañuelos, tres colchas, una manta, dos saleros de peltre, seis tazas de hojalata y seis cucharillas de metal; trajo también 3s. 6d. que le habían dado tres personas distintas. Al mismo tiempo me dijo que a una persona se le había puesto en el corazón enviar mañana £100.»


MIL LIBRAS.

«15 de junio de 1837.—Hoy me entregué una vez más con fervor a la oración respecto al resto de las £1000. Esta tarde se dieron £5, de modo que ahora la suma entera está completa. Para la gloria del Señor, de quien soy y a quien sirvo, quiero repetir que cada chelín de este dinero, y todas las prendas de ropa y los muebles mencionados en las páginas anteriores, me han sido dados sin que yo haya pedido nada a una sola persona.»


HUÉRFANOS PARA EL EDIFICIO.

En una tercera declaración, que contenía el anuncio de la apertura de la Casa de Huérfanos para niñas desamparadas y una propuesta para fundar una Casa de Huérfanos para párvulos, y que se envió a la imprenta el 18 de mayo de 1836, Müller escribió:

«Hasta donde recuerdo, llevaba ante el Señor en mis peticiones aun las circunstancias más pequeñas relacionadas con la Casa de Huérfanos, consciente de mi propia debilidad e ignorancia. Había, sin embargo, un punto por el que nunca había orado: que el Señor enviara niños; pues, como es natural, daba por sentado que habría solicitudes de sobra. Sin embargo, cuanto más se acercaba el día fijado para recibir solicitudes, más tenía una secreta conciencia de que el Señor podía frustrar mis expectativas naturales y mostrarme que yo no podía prosperar en una sola cosa sin él. Llegó el día señalado, y no se presentó ni una sola solicitud. Antes de esto había sido probado repetidamente con la duda de si, después de todo, no me habría metido en la obra en contra de la mente del Señor. Esta circunstancia me llevó ahora a postrarme ante mi Dios en oración toda la tarde del 3 de febrero, y a examinar mi corazón una vez más en cuanto a todos los motivos relacionados con ella; y pudiendo decir, como antes, que su gloria era mi objetivo principal, es decir, que se viera que no es cosa vana confiar en el Dios vivo, y que mi segundo objetivo era el bienestar espiritual de los niños huérfanos, y el tercero su bienestar corporal; y perseverando aún en oración, fui llevado por fin a tal estado que podía decir de corazón que me gozaría en que Dios fuera glorificado en este asunto, aunque fuera reduciéndolo todo a nada. Pero como, después de todo, me seguía pareciendo que fundar y hacer prosperar la Casa de Huérfanos contribuía más a la gloria de Dios, pude entonces pedirle de corazón que enviara solicitudes. Disfruté desde entonces de un estado de paz en mi corazón respecto al asunto, y estuve también más seguro que nunca de que Dios la establecería. Al día siguiente mismo, el 4 de febrero, se presentó la primera solicitud, y desde entonces se han presentado 42 más.»


«SOLO POR HOY.»

Más adelante, cuando había casi 100 personas que mantener y los fondos se habían reducido a unas £20, Müller escribe:

«22 de julio [1838].—Esta tarde paseaba por nuestro pequeño jardín, meditando en Hebreos 13:8: “Jesucristo es el mismo ayer, y hoy, y por los siglos.” Mientras meditaba en su inmutable amor, poder, sabiduría, etc., y lo convertía todo, a medida que avanzaba, en oración respecto a mí mismo; y mientras aplicaba también su inmutable amor, poder y sabiduría, etc., tanto a mis circunstancias espirituales como a las temporales del momento, de repente vino a mi mente la necesidad presente de la Casa de Huérfanos. Inmediatamente fui guiado a decirme: Jesús, en su amor y poder, me ha provisto hasta ahora de lo que he necesitado para los huérfanos, y con el mismo amor y poder inmutables me proveerá de lo que pueda necesitar en adelante. Un torrente de gozo inundó mi alma al comprender así la inmutabilidad de nuestro adorable Señor. Como un minuto después me trajeron una carta que contenía una letra de cambio por £20. En ella estaba escrito: “Le ruego que aplique el importe de la letra adjunta al fomento de los fines de su Sociedad de Conocimiento Bíblico, o de su Establecimiento de Huérfanos, o a la obra y la causa de nuestro Maestro de cualquier modo que él mismo le indique cuando se lo pida. No es una gran suma, pero es provisión suficiente para la necesidad de hoy; y es para las necesidades de hoy para las que, ordinariamente, provee el Señor. El mañana, al traer sus demandas, hallará su provisión, etc.”

«[De estas £20 tomé £10 para el fondo de los huérfanos y £10 para los demás fines, y así pude hacer frente a los gastos de unas £34 que, en relación con las Casas de Huérfanos, me sobrevinieron en los cuatro días siguientes, y que yo sabía de antemano que vendrían.]»


ESPERANDO AYUDA.

«21 de noviembre de 1838.—Nunca habíamos estado tan escasos de fondos como hoy. Entre las encargadas de las tres casas no había ni medio penique en caja. Sin embargo, hubo una buena comida, y ayudándonos unas casas a otras con pan, etc., había perspectiva de salir adelante también este día; pero para ninguna de las casas teníamos perspectiva de poder comprar pan. Cuando dejé a los hermanos y hermanas a la una, después de orar, les dije que debíamos esperar ayuda y ver cómo nos libraría el Señor esta vez. Yo estaba seguro de la ayuda, pero en verdad estábamos en apuros. Al llegar a Kingsdown sentí que necesitaba más ejercicio, pues tenía mucho frío; por eso no fui a casa por el camino más corto, sino dando la vuelta por Clarence Place. A unas veinte yardas de mi casa me encontré con un hermano que volvió caminando conmigo, y después de conversar un poco me dio £10 para que las entregara a los hermanos diáconos, a fin de proveer a los santos pobres de carbón, mantas y ropa de abrigo; también £5 para los huérfanos y £5 para los demás fines del Instituto de Conocimiento Bíblico. El hermano había pasado dos veces mientras yo había ido a las Casas de Huérfanos, y si yo hubiera llegado medio minuto más tarde, no lo habría encontrado. Pero el Señor conocía nuestra necesidad, y por eso permitió que me encontrara con él. Envié enseguida las £5 a las encargadas.»


MÁS ALLÁ DE LA DECEPCIÓN.

«21 de septiembre [1840], lunes. Con lo que había en caja para los huérfanos y con lo que entró ayer, la necesidad de hoy está más que cubierta, pues hay también para mañana. Hoy un hermano de las cercanías de Londres me dio £10, para emplearlas donde más se necesitaran. Como llevamos muchos días orando por los fondos de las Escuelas, de la Biblia y de las Misiones, lo destiné todo a ellos. Este hermano no sabía nada de nuestra obra cuando llegó a Bristol hace tres días. Así el Señor, para mostrar su cuidado continuo sobre nosotros, levanta nuevos colaboradores. ¡Los que confían en el Señor jamás serán confundidos! Algunos que ayudaron por un tiempo pueden dormirse en Jesús; otros pueden enfriarse en el servicio del Señor; otros pueden desear ayudar tanto como siempre, pero ya no tener los medios; otros pueden tener a la vez un corazón dispuesto a ayudar y también los medios, pero ver que la voluntad del Señor es emplearlos de otro modo; y así, por una causa u otra, si nos apoyáramos en el hombre, seguramente seríamos confundidos; pero apoyándonos solo en el Dios vivo, estamos MÁS ALLÁ de la decepción, y MÁS ALLÁ de ser abandonados a causa de la muerte, o de la falta de medios, o de la falta de amor, o a causa de las demandas de otra obra. ¡Qué precioso es haber aprendido en alguna medida a estar solo con Dios en el mundo, y aun así ser feliz, y saber que ciertamente ningún bien nos será negado mientras andemos en integridad!»


CONVERSIÓN DE UN GRAN PECADOR.

En su REPASO DEL AÑO 1841, Müller escribe:

«Durante este año me informaron de la conversión de uno de los mayores pecadores de que he oído hablar en todo mi servicio al Señor. Repetidas veces caí de rodillas con su esposa y pedí al Señor su conversión, cuando ella venía a mí en la más profunda angustia de alma por el trato bárbaro y cruel que recibía de él, en su amarga enemistad contra ella por causa del Señor, y porque no podía provocarla a encolerizarse, y ella no quería devolverle los golpes, y cosas semejantes. Cuando la situación estaba en su peor momento, invoqué especialmente a favor de él la promesa de Mateo 18:19: “Otra vez os digo, que si dos de vosotros se pusieren de acuerdo en la tierra acerca de cualquiera cosa que pidieren, les será hecho por mi Padre que está en los cielos.” Y ahora este terrible perseguidor se ha convertido.»


ORACIÓN POR BENDICIÓN ESPIRITUAL ENTRE LOS SANTOS.

«El 25 de mayo comencé a pedir al Señor una prosperidad espiritual real entre los santos con quienes trabajo en Bristol, mayor que la que jamás había habido entre ellos; y ahora tengo que dejar constancia, para alabanza del Señor, de que verdaderamente ha respondido a esta petición; pues, considerándolo todo, en ningún período ha habido entre nosotros mayor manifestación de gracia y de verdad, y de poder espiritual, que ahora, mientras escribo esto para la imprenta (1845). No es que hayamos alcanzado lo que podríamos; estamos lejos, muy lejos de ello; pero el Señor ha sido muy, muy bueno con nosotros, y tenemos sobrados motivos para dar gracias.»


SE APLAZA EL INFORME.

«9 de diciembre [1841].—Hoy entraron para los huérfanos 10s. 10d. por la venta de medias. Llegamos ahora al cierre del sexto año de esta parte de la obra, teniendo en caja solo el dinero apartado para el alquiler; pero durante todo este año se nos ha provisto de todo lo necesario.

«Durante los tres últimos años habíamos cerrado las cuentas en este día, y pocos días después habíamos celebrado algunas reuniones públicas en las que, para provecho de los oyentes, contábamos cómo nos había tratado el Señor durante el año, y lo esencial de lo dicho en esas reuniones se imprimía después para provecho de la iglesia en general. Esta vez, sin embargo, nos pareció mejor aplazar por un tiempo tanto las reuniones públicas como la publicación del Informe. Por gracia habíamos aprendido a apoyarnos solo en el Señor, seguros de que, aunque nunca volviéramos a decir ni escribir una sola palabra más sobre esta obra, aun así se nos proveerían los medios mientras él nos capacitara para depender solo de él. Pero aunque no habíamos celebrado esas reuniones públicas con el propósito de exponer nuestra necesidad, ni habíamos publicado el relato de los tratos del Señor con nosotros para influir con ello en los sentimientos de los lectores y moverlos así a dar dinero, sino solo para que nuestra experiencia beneficiara a otros santos, a algunos podría haberles parecido que, al dar a conocer nuestras circunstancias, nos movían motivos de esa clase. ¿Qué mejor prueba, pues, podíamos dar de que dependíamos solo del Dios vivo, y no de reuniones públicas ni de Informes impresos, que el hecho de que, en medio de nuestra profunda pobreza, en lugar de alegrarnos de que hubiera llegado el momento en que podíamos dar a conocer nuestras circunstancias, siguiéramos adelante en silencio por algún tiempo más, sin decir nada? Por tanto, decidimos, ya que en esta obra procurábamos y aún procuramos actuar para provecho de los santos en general, aplazar tanto las reuniones públicas como el Informe por unos meses. Naturalmente, desde luego, nos habría alegrado tanto como a cualquiera exponer nuestra pobreza en aquel momento; pero espiritualmente no podíamos, aun entonces, deleitarnos en la perspectiva del mayor beneficio que la iglesia en general podría obtener de nuestra manera de actuar.

* * * * *

«18 de diciembre. Sábado por la mañana. Hay ahora la mayor necesidad, y solo 4d. en caja, que encontré en la alcancía de mi casa; sin embargo, creo plenamente que el Señor nos proveerá también este día de todo lo necesario. ¡Detente unos momentos, querido lector! ¡Observa dos cosas! Actuamos para Dios al aplazar las reuniones públicas y la publicación del Informe; pero el camino de Dios lleva siempre a la prueba, en lo que toca a la vista y los sentidos. La naturaleza siempre será probada en los caminos de Dios. El Señor decía por medio de esta pobreza: “Ahora veré si de verdad te apoyas en mí, y si de verdad miras a mí.” De todas las temporadas por las que había pasado desde que vivía de esta manera, hasta ese momento, nunca conocí período alguno en que mi fe fuera probada tan duramente como durante los cuatro meses del 12 de diciembre de 1841 al 12 de abril de 1842. Pero observa además: aun entonces podríamos haber cambiado de parecer respecto a las reuniones públicas y la publicación del Informe; pues nadie conocía nuestra decisión en ese momento sobre este punto. Antes al contrario, sabíamos con qué gozo muchísimos hijos de Dios esperaban recibir nuevos relatos. Pero el Señor nos mantuvo firmes en la conclusión a la que habíamos llegado bajo su dirección.»


«ÉL PERMANECE FIEL.»

Con fecha 25 de enero de 1842, Müller escribe:

«Quizá, querido lector, hayas dicho en tu corazón antes de leer hasta aquí: “¿Qué pasaría si los fondos para los huérfanos se redujeran a nada, y los que trabajan en la obra no tuvieran nada propio que dar, y llegara la hora de comer y no tuvieras alimento para los niños?”

«Así podría ser, en efecto, porque nuestro corazón es perverso en extremo. Si alguna vez fuéramos dejados a nosotros mismos hasta el punto de no depender ya del Dios vivo, o de que “en nuestro corazón miráramos a la iniquidad”, entonces, tenemos razones para creerlo, se produciría tal estado de cosas. Pero mientras se nos capacite para confiar en el Dios vivo, y mientras, aunque quedemos cortos en todo de lo que podríamos y deberíamos ser, al menos seamos guardados de vivir en pecado, tal estado de cosas no puede darse. Por tanto, querido lector, si tú mismo andas con Dios, y si por eso su gloria te es querida, te ruego afectuosa y encarecidamente que le supliques que nos sostenga; pues ¡qué terrible sería la deshonra traída sobre su santo nombre si nosotros, que tan públicamente nos hemos gloriado en él y hemos hablado bien de él, fuéramos dejados para deshonrarlo, ya sea por incredulidad en la hora de la prueba, o por una vida de pecado en otros aspectos!»


TARDA, PERO LLEGA.

«9 de marzo [1842].—En un momento de la mayor necesidad, tanto en las Escuelas Diurnas como con los huérfanos, tan grande que no habríamos podido seguir adelante sin ayuda, recibí hoy £10 de un hermano que vive cerca de Dublín. El dinero se dividió entre las Escuelas Diurnas y las Casas de Huérfanos. Respecto a este donativo, merece notarse la siguiente pequeña circunstancia: como nuestra necesidad era tan grande, y mi alma, por gracia, esperaba de veras en el Señor, aguardaba provisión en el curso de esta mañana. Sin embargo, el correo ya había llegado, y no había venido ninguna provisión. Esto no me desanimó en lo más mínimo. Me dije: el Señor puede enviar medios sin el correo, o aun ahora, aunque el correo ya ha llegado, por este mismo reparto de cartas puede haber enviado medios, aunque el dinero no esté todavía en mis manos. No mucho después de haberme hablado así, conforme a mi esperanza en Dios, fuimos socorridos; pues el hermano que nos envió las £10 había dirigido esta vez su carta a la Casa de Huérfanos de Niños, desde donde me la enviaron.»


«COMO EL PADRE.»

«17 de marzo.—Del 12 al 16 habían entrado £4 5s. 11½d. para los huérfanos. Esta mañana nuestra pobreza, que ya duraba, en mayor o menor grado, desde hacía varios meses, había llegado a ser extremadamente grande. Salí de casa pocos minutos después de las siete para ir a las Casas de Huérfanos, a ver si había dinero suficiente para recibir la leche, que traen hacia las ocho. Por el camino mi petición especial fue que el Señor tuviera a bien compadecerse de nosotros, como el padre se compadece de los hijos, y que no pusiera sobre nosotros más de lo que él nos capacitara para llevar. Le supliqué especialmente que tuviera a bien refrescar ahora nuestro corazón enviándonos ayuda. Le recordé asimismo las consecuencias que resultarían, tanto respecto de los creyentes como de los incrédulos, si tuviéramos que abandonar la obra por falta de medios, y que por eso no permitiera que quedara en nada. Además, confesé de nuevo delante del Señor que yo no merecía que él siguiera usándome por más tiempo en esta obra. Mientras oraba así, a unos dos minutos a pie de las Casas de Huérfanos, me encontré con un hermano que a esa hora tan temprana iba a su trabajo. Después de cruzar unas palabras con él, seguí mi camino; pero al poco corrió tras de mí y me dio £1 para los huérfanos. Así respondió el Señor rápidamente a mi oración. Verdaderamente vale la pena ser pobre y muy probado en la fe, a cambio de tener día tras día pruebas tan preciosas del amoroso interés que nuestro bondadoso Padre toma en todo lo que nos concierne. ¿Y cómo podría nuestro Padre obrar de otro modo? El que nos ha dado la mayor prueba posible de su amor, al darnos a su propio Hijo, sin duda nos dará también con él, gratuitamente, todas las cosas.»


LA CONFIANZA EN EL SEÑOR, MEJOR QUE LAS PROMESAS DE LOS HOMBRES.

«6 de mayo [1845].—Hace unas seis semanas, un hermano tuvo la bondad de avisarme que esperaba cierta suma considerable de dinero, y que, si la obtenía, una parte de ella se daría al Señor, de modo que £100 se destinarían a la obra que tengo entre manos, y el resto a los gastos personales del hermano Craik y míos. Sin embargo, pasaba un día tras otro y el dinero no llegaba. Yo no confiaba en ese dinero; pero como durante todo este tiempo, casi sin excepción, estuvimos más o menos necesitados, pensé una y otra vez en la promesa de este hermano, aunque, por la gracia de Dios, no confiaba en el hermano que la había hecho, sino en el Señor. Así pasó una semana tras otra, y el dinero no llegaba. Pues bien, esta mañana me vino a la mente que tales promesas deben estimarse, en cierto sentido, como nada, es decir, que la mente nunca debe dirigirse a ellas ni por un momento, sino
al Dios vivo, y solo al Dios vivo. Vi que tales promesas no debían valer ni un cuarto de penique, en lo que respecta a pensar en ellas en busca de ayuda. Por eso, cuando, como de costumbre, oraba con mi amada esposa acerca de la obra que tengo entre manos, pedí al Señor que tuviera a bien quitar por completo de mi mente todo este asunto de aquella promesa, y que me ayudara a no darle el menor valor, sí, a tratarla como si no valiera ni un cuarto de penique, y a mantener la mirada puesta solo en él. Y pude hacerlo. Aún no habíamos terminado de orar cuando recibí la carta siguiente:

——5 de mayo de 1845

Amado hermano:

¿Siguen siendo tus banqueros los señores Stuckey y Cía., de Bristol, y siguen siendo los banqueros de estos los señores Robarts y Cía., de Londres? Te ruego que me informes al respecto; y si así fuera, te ruego que consideres esta carta como aviso de que se han pagado £70 a los señores Robarts y Cía., por cuenta de los señores Stuckey y Cía., para ti. Aplica esta suma según el Señor te dé sabiduría. No enviaré nada a Robarts y Cía. hasta tener noticias tuyas.

Siempre afectuosamente tuyo, * * * *



«Así recompensó el Señor de inmediato esta determinación de procurar no mirar en lo más mínimo a aquella promesa de un hermano, sino solo a él. Pero esto no fue todo. Hacia las dos de esta tarde recibí del hermano que, hacía más de cuarenta días, había hecho aquella promesa, £166 18s., pues hoy recibió él el dinero en cuya confianza la había hecho. De esta suma, £100 se usarán para la obra que tengo entre manos, y el resto para los gastos personales del hermano Craik y míos.»

Con fecha de 1842 escribe el señor Müller:—

«Deseo que todos los hijos de Dios que lean estos detalles sean llevados por ellos a una confianza mayor y más sencilla en Dios para todo lo que necesiten en cualquier circunstancia, y que estas numerosas respuestas a la oración los animen a orar, particularmente en lo que respecta a la conversión de sus amigos y parientes, su propio progreso en la gracia y el conocimiento, el estado de los santos a quienes conozcan personalmente, el estado de la iglesia de Dios en general y el éxito de la predicación del evangelio. Especialmente les advierto con afecto que no se dejen arrastrar por el engaño de Satanás de pensar que estas cosas son peculiares mías y que no pueden disfrutarlas todos los hijos de Dios; porque aunque, como ya se ha dicho, no todo creyente está llamado a fundar Casas de Huérfanos, escuelas de caridad, etc., y a confiar en el Señor para los medios, sin embargo todos los creyentes están llamados, en la sencilla confianza de la fe, a echar todas sus cargas sobre él, a confiar en él para todo, y no solo a hacer de todo un motivo de oración, sino a esperar respuesta a las peticiones que han hecho conforme a su voluntad y en el nombre del Señor Jesús.—No pienses, querido lector, que tengo el don de fe, es decir, aquel don del que leemos en 1 Corintios 12:9, y que se menciona junto con “dones de sanidades”, “operaciones de milagros”, “profecía”, y que por esa razón puedo confiar en el Señor. Es cierto que la fe que se me concede ejercer es enteramente don de Dios; es cierto que solo él la sostiene y que solo él puede aumentarla; es cierto que, momento a momento, dependo de él para ella, y que, si fuera dejado a mí mismo un solo momento, mi fe fallaría por completo; pero no es cierto que mi fe sea aquel don de fe del que se habla en 1 Corintios 12:9, por las siguientes razones:—

«1. La fe que se me concede ejercer con respecto a las Casas de Huérfanos y a mis propias necesidades temporales no es aquella “fe” de la que se dice en 1 Corintios 13:2 (evidentemente en alusión a la fe mencionada en 1 Corintios 12:9): “Si tuviese toda la fe, de tal manera que traspasase los montes, y no tengo caridad (amor), nada soy”; sino que es la misma fe que se halla en todo creyente, y cuyo crecimiento percibo muy claramente en mí mismo; porque poco a poco ha ido aumentando durante los últimos sesenta y nueve años.

«2. Esta fe que se ejerce respecto de las Casas de Huérfanos y de mis propias necesidades temporales se manifiesta en la misma medida, por ejemplo, en los puntos siguientes: durante los últimos sesenta y nueve años nunca se me ha permitido dudar de que mis pecados están perdonados, de que soy hijo de Dios, de que soy amado de Dios y de que finalmente seré salvo; porque, por la gracia de Dios, se me concede ejercer fe en la palabra de Dios y creer lo que Dios dice en los pasajes que zanjan estas cuestiones (1 Juan 5:1—Gálatas 3:26—Hechos 10:43—Romanos 10:9, 10—Juan 3:16, etc.).... Además, cuando a veces todo ha estado oscuro, sumamente oscuro, con respecto a mi servicio entre los santos, a juzgar por las apariencias naturales; sí, cuando de veras me habría visto abrumado por la tristeza y la desesperación si hubiera mirado las cosas según la apariencia exterior, en esos momentos he procurado fortalecerme en Dios, asiéndome por la fe de su gran poder, su amor inmutable y su sabiduría infinita, y me he dicho: Dios puede y quiere librarme, si es bueno para mí; porque escrito está: “El que aun a su propio Hijo no perdonó, antes le entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará también con él todas las cosas?” Romanos 8:32. Esto, esto fue lo que, creído por mí por gracia, guardó mi alma en paz.—Además, cuando en relación con las Casas de Huérfanos, las escuelas diurnas, etc., me han sobrevenido pruebas mucho más pesadas que la falta de medios, cuando se difundían informes falsos de que los huérfanos no tenían lo suficiente para comer, o de que en otros aspectos eran tratados con crueldad, y cosas semejantes; o cuando me han sobrevenido en relación con esta obra otras pruebas, aún mayores, que no puedo mencionar, y eso en un tiempo en que me hallaba a casi mil millas de Bristol y tenía que permanecer ausente semana tras semana: en esos momentos mi alma se apoyaba en Dios; creía su palabra de promesa aplicable a tales casos; derramaba mi alma delante de Dios y me levantaba de rodillas en paz, porque la angustia que había en el alma había sido echada sobre Dios en oración creyente, y así era guardado en paz, aunque veía que era la voluntad de Dios que permaneciera lejos de la obra.—Además, cuando he necesitado casas, colaboradores, maestros y maestras para los huérfanos o para las escuelas diurnas, se me ha concedido esperarlo todo del Señor y confiar en él para recibir ayuda.—Querido lector, puede parecer que me jacto; pero, por la gracia de Dios, no me jacto al hablar así. Desde lo más íntimo de mi alma atribuyo solo a Dios que me haya capacitado para confiar en él, y que hasta ahora no haya permitido que mi confianza en él desfallezca. Pero me pareció necesario hacer estas observaciones, no fuera que alguien pensara que mi dependencia de Dios era un don particular que se me había dado a mí, y que otros santos no tienen derecho a esperar; o no fuera que se pensara que esta dependencia mía de él tenía que ver solo con la obtención de DINERO por la oración y la fe. Por la gracia de Dios deseo que mi fe en Dios se extienda a TODAS las cosas: a los más pequeños de mis propios asuntos temporales y espirituales, y a los más pequeños de los asuntos temporales y espirituales de mi familia; a los santos entre los cuales trabajo, a la iglesia en general, a todo lo que tiene que ver con la prosperidad temporal y espiritual del Instituto de Conocimiento Bíblico, etc. Querido lector, no pienses que he alcanzado en la fe (¡y cuánto menos en otros aspectos!) el grado que podría y debería alcanzar; pero da gracias a Dios por la fe que me ha dado, y pídele que la sostenga y la aumente. Y por último, una vez más, no dejes que Satanás te engañe haciéndote pensar que tú no podrías tener la misma fe, sino que es solo para personas que están en una situación como la mía. Cuando pierdo algo, como una llave, pido al Señor que me guíe hasta ella, y espero respuesta a mi oración; cuando una persona con quien he concertado una cita no llega a la hora fijada, y empieza a causarme inconvenientes, pido al Señor que tenga a bien apresurarla hacia mí, y espero respuesta; cuando no entiendo un pasaje de la palabra de Dios, elevo mi corazón al Señor para que tenga a bien instruirme por su Santo Espíritu, y espero ser enseñado, aunque no fijo cuándo ni de qué manera haya de ser; cuando voy a ministrar la Palabra, busco ayuda del Señor, y mientras comienzo este servicio suyo consciente de mi incapacidad natural y de mi total indignidad, no me abato, sino que tengo buen ánimo, porque espero su ayuda y creo que él, por amor de su amado Hijo, me ayudará. Y así, en otros de mis asuntos temporales y espirituales, oro al Señor y espero respuesta a mis peticiones; ¿y no puedes hacer tú lo mismo, querido lector creyente? ¡Oh! Te ruego que no me consideres un creyente extraordinario, con privilegios por encima de los demás amados hijos de Dios, que ellos no pueden tener; ni veas mi manera de obrar como algo que no serviría para otros creyentes. ¡Haz la prueba! Tan solo quédate quieto en la hora de la prueba, y verás la ayuda de Dios, si confías en él. Pero ¡cuántas veces se abandonan los caminos del Señor en la hora de la prueba, y así se pierde el alimento de la fe, el medio por el cual nuestra fe puede aumentar! Esto me lleva al siguiente punto importante. Preguntas: ¿Cómo puedo yo, que soy un verdadero creyente, ver fortalecida mi fe? La respuesta es esta:—

«I.—Toda buena dádiva y todo don perfecto es de lo alto, que desciende del Padre de las luces, en el cual no hay mudanza, ni sombra de variación.» Santiago 1:17. Como el aumento de la fe es una buena dádiva, tiene que venir de Dios, y por eso se le debe pedir esta bendición.

«II.—Sin embargo, deben emplearse los siguientes medios:—1, La lectura atenta de la palabra de Dios, unida a la meditación en ella. Mediante la lectura de la palabra de Dios, y especialmente mediante la meditación en la palabra de Dios, el creyente llega a conocer cada vez más la naturaleza y el carácter de Dios, y así ve cada vez más, además de su santidad y justicia, qué Ser tan bondadoso, amoroso, lleno de gracia, misericordioso, poderoso, sabio y fiel es él; y, por tanto, en la pobreza, la aflicción del cuerpo, la pérdida de un ser querido en su familia, la dificultad en su servicio, la falta de un puesto o de empleo, descansará en la capacidad de Dios para ayudarle, porque no solo ha aprendido de su palabra que él es de poder omnipotente y sabiduría infinita, sino que también ha visto en las Sagradas Escrituras un caso tras otro en que su poder omnipotente y su sabiduría infinita se han ejercido efectivamente para ayudar y librar a su pueblo; y descansará en la buena disposición de Dios para ayudarle, porque no solo ha aprendido de las Escrituras qué ser tan bondadoso, bueno, misericordioso, lleno de gracia y fiel es Dios, sino porque también ha visto en la palabra de Dios cómo, en una gran variedad de casos, ha demostrado serlo. Y la consideración de esto, si Dios se nos ha dado a conocer mediante la oración y la meditación en su propia palabra, nos llevará, al menos por lo general, a apoyarnos en él con cierta medida de confianza; y así la lectura de la palabra de Dios, junto con la meditación en ella, será un medio especial para fortalecer nuestra fe. 2, Así como, con respecto al crecimiento de toda gracia del Espíritu, es de suma importancia que procuremos mantener un corazón recto y una buena conciencia, y por tanto no nos permitamos a sabiendas y habitualmente aquellas cosas que son contrarias a la mente de Dios, así ocurre también, de modo particular, con respecto al crecimiento en la fe. ¿Cómo podría yo seguir ejerciendo fe en Dios respecto de cualquier cosa, si habitualmente le estoy contristando y procuro restar gloria y honra a aquel en quien profeso confiar, de quien profeso depender? Toda mi confianza para con Dios, todo mi apoyo en él en la hora de la prueba desaparecerá si tengo una conciencia culpable y no procuro deshacerme de esa conciencia culpable, sino que sigo haciendo las cosas que son contrarias a la mente de Dios. Y si, en algún caso particular, no puedo confiar en Dios a causa de la conciencia culpable, entonces mi fe queda debilitada por ese caso de desconfianza; porque la fe, con cada nueva prueba, o bien aumenta confiando en Dios y obteniendo así ayuda, o bien disminuye al no confiar en él; y entonces hay cada vez menos poder para mirar a él con sencillez y directamente, y se engendra o se fomenta un hábito de depender de uno mismo. Una u otra de estas cosas sucederá siempre en cada caso particular. O confiamos en Dios, y en ese caso no confiamos ni en nosotros mismos, ni en nuestros semejantes, ni en las circunstancias, ni en ninguna otra cosa; o SÍ confiamos en una o más de estas, y en ese caso NO confiamos en Dios. 3, Si de veras deseamos que nuestra fe se fortalezca, no deberíamos rehuir las ocasiones en que nuestra fe pueda ser probada y, por tanto, fortalecida mediante la prueba. En nuestro estado natural nos desagrada tratar solo con Dios. Por nuestro alejamiento natural de Dios, nos apartamos de él y de las realidades eternas. Esto se nos pega en mayor o menor grado, aun después de nuestra regeneración. De ahí que, en mayor o menor grado, aun como creyentes, sintamos la misma resistencia a estar a solas con Dios,—a depender solo de él,—a mirar solo a él:—y, sin embargo, esta es precisamente la posición en que deberíamos estar si queremos que nuestra fe se fortalezca. Cuanto más me encuentre en situación de ser probado en la fe con respecto a mi cuerpo, mi familia, mi servicio al Señor, mis negocios, etc., más oportunidad tendré de ver la ayuda y la liberación de Dios; y cada nuevo caso en que él me ayuda y me libra contribuirá al aumento de mi fe. Por esta razón, pues, el creyente no debería rehuir las situaciones, posiciones y circunstancias en que su fe pueda ser probada, sino abrazarlas gustosamente como oportunidades en que puede ver la mano de Dios extendida a su favor, para ayudarle y librarle, y por las cuales puede así ver fortalecida su fe. 4, El último punto importante para el fortalecimiento de nuestra fe es que dejemos que Dios obre por nosotros cuando llega la hora de la prueba de nuestra fe, y que no procuremos librarnos por nuestra cuenta. Dondequiera que Dios ha dado fe, la ha dado, entre otras razones, precisamente con el propósito de que sea probada.

«Sí, por débil que sea nuestra fe, Dios la probará; solo con esta restricción: que así como en todo nos conduce con suavidad, poco a poco, con paciencia, así también con respecto a la prueba de nuestra fe. Al principio nuestra fe será probada muy poco en comparación con lo que puede serlo después; porque Dios nunca pone sobre nosotros más de lo que está dispuesto a capacitarnos para llevar. Ahora bien, cuando llega la prueba de la fe, nos inclinamos por naturaleza a desconfiar de Dios y a confiar más bien en nosotros mismos, o en nuestros amigos, o en las circunstancias.

«Preferimos procurarnos una liberación por nuestra cuenta, de un modo u otro, antes que simplemente mirar a Dios y esperar su ayuda. Pero si no esperamos con paciencia la ayuda de Dios, si nos procuramos una liberación por nuestra cuenta, entonces en la siguiente prueba de nuestra fe volverá a suceder lo mismo: de nuevo nos inclinaremos a librarnos a nosotros mismos; y así, con cada nuevo caso de esa clase, nuestra fe disminuirá; mientras que, por el contrario, si nos estuviéramos quietos para ver la salvación de Dios, para ver su mano extendida a nuestro favor, confiando solo en él, entonces nuestra fe aumentaría, y con cada nuevo caso en que la mano de Dios se extiende a nuestro favor en la hora de la prueba de nuestra fe, nuestra fe aumentaría todavía más.

«Así pues, si el creyente quiere ver fortalecida su fe, debe especialmente dar tiempo a Dios, que prueba su fe para demostrar a su hijo, al final, cuán dispuesto está a ayudarle y librarle en el momento en que le conviene.»

En los primeros años del Instituto, el señor Müller y sus colaboradores tuvieron que soportar muchas y duras pruebas de fe, como muestran algunos de estos casos.

El señor Müller, al escribir sobre este período, dice:—

«Aunque ahora (julio de 1845), desde hace unos siete años, nuestros fondos han estado tan agotados que ha sido un caso raro que hubiera medios a mano para cubrir las necesidades de más de 100 personas durante tres días seguidos, sin embargo solo una vez he sido probado en el espíritu, y fue el 18 de septiembre de 1838, cuando por primera vez el Señor pareció no atender a nuestra oración. Pero cuando él envió ayuda en aquella ocasión, y vi que habíamos sido llevados tan bajo solo para la prueba de nuestra fe, y no porque él hubiera abandonado la obra, mi alma quedó tan fortalecida y animada que no solo no se me ha permitido desconfiar del Señor, sino que ni siquiera me he abatido estando en la más profunda pobreza desde entonces.»


UN DONATIVO DE £12.

«20 de agosto [1838].—Las £5 que había recibido el día 18 se habían dado para los gastos de la casa, de modo que hoy volvía a estar sin un penique. Pero mis ojos estaban puestos en el Señor. Me entregué a la oración esta mañana, sabiendo que esta semana necesitaría de nuevo al menos £13, si no más de £20. Hoy he recibido £12 en respuesta a la oración, de una señora que se aloja en Clifton, a quien nunca antes había visto. ¡Adorable Señor, concede que esto sea para mí un nuevo aliento!»


UNA CRISIS SOLEMNE.

Acerca de uno de los tiempos de prueba más duros, escribe el señor Müller:—

«10 de septiembre [1838]. Lunes por la mañana. Ni el sábado ni ayer había entrado dinero alguno. Me pareció entonces necesario dar algunos pasos a causa de nuestra necesidad, es decir, ir a las Casas de Huérfanos, reunir a los hermanos y hermanas (que, excepto el hermano T——, nunca habían sido informados del estado de los fondos), exponerles el caso, ver cuánto dinero se necesitaba por el momento, decirles que en medio de toda esta prueba de fe yo seguía creyendo que Dios ayudaría, y orar con ellos. Especialmente quería ir también para decirles que no se comprara ningún artículo más de los que tuviéramos medios para pagar, pero que no faltara nada en modo alguno a los niños en lo que respecta a alimento nutritivo y ropa necesaria; porque preferiría despedirlos de inmediato antes que dejar que padecieran necesidad. Quería ir también para ver si quedaban aún artículos que se habían enviado con el fin de venderlos, o si había artículos realmente innecesarios, para convertirlos en dinero. Sentía que el asunto había llegado ahora a una crisis solemne. Hacia las nueve y media entraron seis peniques, que alguien había echado anónimamente en la caja de la capilla Gideon. Este dinero me pareció como unas arras de que Dios tendría compasión y enviaría más. Hacia las diez, después de volver de casa del hermano Craik, a quien otra vez había abierto mi corazón, mientras oraba una vez más pidiendo ayuda, llegó una hermana que dio dos soberanos a mi esposa para los huérfanos, diciendo que se había sentido movida a venir y que ya había tardado demasiado en hacerlo. Pocos minutos después, cuando entré en la habitación donde ella estaba, me dio dos soberanos más, y todo esto sin saber lo más mínimo de nuestra necesidad. Así el Señor, con suma misericordia, nos ha enviado un poco de ayuda, para gran aliento de mi fe. Pocos minutos después me pidieron dinero de la Casa de Huérfanos de Párvulos, a la que envié £2, y £1 0s. 6d. a la Casa de Huérfanos de Niños, y £1 a la Casa de Huérfanos de Niñas.»


UNA PRECIOSA LIBERACIÓN.

«17 de septiembre [1838].—La prueba continúa todavía. Ahora resulta cada vez más difícil, aun para la fe, a medida que llega cada día. Verdaderamente, el Señor tiene sabios propósitos al permitir que clamemos a él tanto tiempo pidiendo ayuda. Pero estoy seguro de que Dios enviará ayuda, si tan solo sabemos esperar. A uno de los colaboradores le había entrado un poco de dinero, del cual dio 12s. 6d.; otra colaboradora dio 11s. 8d., todo el dinero que le quedaba; esto, con 17s. 6d., que en parte había entrado y en parte estaba a mano, nos permitió pagar lo que había que pagar y comprar provisiones, de modo que hasta ahora no ha faltado nada en modo alguno. Esta noche estaba algo cansado por la larga demora en llegar sumas mayores; pero, movido a acudir a las Escrituras en busca de consuelo, mi alma fue grandemente refrescada y mi fe fortalecida de nuevo por el Salmo 34, de modo que fui con mucha alegría a reunirme con mis queridos colaboradores para orar. Les leí el Salmo y procuré alegrar su corazón con las preciosas promesas que contiene.»

«18 de septiembre.—El hermano T. tenía 25s. a mano, y yo tenía 3s. Esta £1 8s. nos permitió comprar la carne y el pan que hacían falta, un poco de té para una de las casas, y leche para todas; no se necesita más que esto. Así el Señor ha provisto no solo para este día, pues hay pan a mano para dos días. Ahora, sin embargo, hemos llegado a un extremo. Los fondos están agotados. Los colaboradores que tenían un poco de dinero han dado mientras les quedó algo. ¡Observa ahora cómo nos ayudó el Señor! Una señora de los alrededores de Londres, que traía un paquete con dinero de parte de su hija, llegó a Bristol hace cuatro o cinco días y tomó alojamiento en la casa contigua a la Casa de Huérfanos de Niños. Esta tarde ella misma tuvo la bondad de traerme el dinero, que asciende a £3 2s. 6d. Habíamos quedado reducidos a tal punto que estábamos a punto de vender las cosas de las que se podía prescindir; pero esta mañana había pedido al Señor que, si era posible, evitara esa necesidad. Que el dinero hubiera estado tan cerca de las Casas de Huérfanos durante varios días sin ser entregado es una prueba clara de que desde el principio estaba en el corazón de Dios ayudarnos; pero, como él se deleita en las oraciones de sus hijos, había permitido que orásemos tanto tiempo; también para probar nuestra fe y para hacer la respuesta mucho más dulce. Es en verdad una preciosa liberación. Prorrumpí en fuertes alabanzas y acciones de gracias en cuanto me quedé solo, después de recibir el dinero. Esta noche me he reunido de nuevo con mis colaboradores para orar y alabar; su corazón quedó no poco animado. Este dinero se repartió esta noche, y cubrirá holgadamente todo lo que se necesitará mañana.»


Capítulo 1 completado

Comienzo y primeros días de la obra de los huérfanos

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