Pocos hábitos son tan provechosos para un cristiano como memorizar las Escrituras. Llevar la palabra de Dios en el corazón es tenerla disponible en todo momento —como consuelo en la tristeza, como fuerza en la tentación, como guía en las decisiones, como adoración en las horas corrientes—, aun cuando no tienes una Biblia en la mano. El salmista nombró el tesoro y su propósito en un solo versículo: “En mi corazón he guardado tus dichos, para no pecar contra ti” (Salmo 119:11). Las Escrituras memorizadas se vuelven un pozo del que puedes sacar agua en cualquier lugar, una espada siempre al alcance de la mano. Muchos creen que sencillamente “no pueden memorizar”, pero casi cualquiera puede, con el enfoque adecuado. Así es como puedes guardar la palabra de Dios en tu corazón.
¿Por qué memorizar las Escrituras?
Antes del cómo, el porqué, porque es la motivación la que sostiene el esfuerzo. Las Escrituras memorizadas son un arma espiritual. Cuando Jesús fue tentado en el desierto, respondió a cada ataque no con razonamientos ingeniosos sino con la Escritura traída a la memoria: “Escrito está...” (Mateo 4:4, 7, 10). Tenía la palabra a mano, y así venció. Si el Hijo de Dios, que no tuvo pecado, enfrentó la tentación con las Escrituras memorizadas, cuánto más las necesitamos nosotros.
Las Escrituras memorizadas también purifican y guían. “¿Con qué limpiará el joven su camino? Con guardar tu palabra” (Salmo 119:9). Alimentan nuestra meditación, pues solo podemos meditar de día y de noche (Salmo 1:2) en lo que llevamos con nosotros. Avivan nuestras oraciones, sobre todo cuando se afirma en nosotros la promesa de Jesús: “Si permanecéis en mí, y mis palabras permanecen en vosotros, pedid todo lo que queréis, y os será hecho” (Juan 15:7). Y llegan a ser un gozo sereno, como lo fueron para Jeremías: “Tu palabra me fue por gozo y por alegría de mi corazón” (Jeremías 15:16). Las razones son tan ricas que el esfuerzo vale la pena toda una vida.
Empieza poco a poco y de forma concreta
La razón más común por la que la gente se rinde es que intenta memorizar demasiado y demasiado rápido, y se desanima. Empieza en cambio con un solo versículo, uno que te hable, que quieras llevar contigo. Domínalo antes de seguir adelante. Un versículo aprendido de verdad y retenido vale más que diez aprendidos a medias y perdidos. El éxito con una meta pequeña da la confianza y el impulso para continuar.
Elige versículos que importen en tu vida ahora mismo: una promesa para un temor que enfrentas, un mandamiento que quieres obedecer, una verdad acerca de Dios que quieres recordar. Cuando un versículo responde a una necesidad real, se aloja en la memoria con mucha más facilidad que uno memorizado en abstracto. Ten una pequeña lista de versículos que quieras aprender, y añade otros a medida que lees. La meta no es impresionar a nadie con la cantidad, sino ir guardando, con el tiempo, una rica provisión de la palabra de Dios en tu corazón.
Entiende antes de memorizar
Es mucho más fácil recordar lo que entiendes. Así que, antes de memorizar un versículo, dedica un momento a captar su sentido: lee el contexto que lo rodea, fíjate en cómo fluye el pensamiento, descubre por qué dice lo que dice. Un versículo que tiene sentido para ti es un versículo que tu mente puede retener; una ristra de palabras sueltas se pierde enseguida. La comprensión convierte la memorización, de una repetición mecánica, en el acto de guardar una verdad que de veras posees.
Por eso memorizar pasajes enteros, cuando ya estés preparado, suele ser más fácil que memorizar versículos aislados: el hilo del pensamiento te lleva de una línea a la siguiente. Pero sea un versículo o un pasaje, empieza siempre por entenderlo. Pregúntate qué enseña acerca de Dios, acerca de ti mismo, acerca de cómo vivir. La palabra se dio para ser entendida y obedecida, no solo recitada, y la comprensión ayuda a la memoria y a la vez hace útil la palabra memorizada.
Usa la repetición, el repaso y la voz
La memoria se construye con repetición, así que repite el versículo en voz alta, muchas veces, durante varios días. Decirlo en voz alta involucra más la mente que leer en silencio, y permite detectar los errores. Léelo, tápalo, intenta decirlo, compruébalo y repite. Incluye la referencia como parte del versículo —di la referencia al principio y al final—, para que puedas encontrarlo de nuevo y sepas dónde está.
Sin embargo, el verdadero secreto es el repaso. Los versículos se aprenden en días, pero se retienen a lo largo de semanas y meses de volver a ellos. Guarda tus versículos memorizados en tarjetas o en una nota, y repásalos con regularidad, tanto los antiguos como los nuevos. Un versículo repasado de vez en cuando a lo largo de un año se vuelve una posesión permanente; un versículo aprendido una vez y nunca repasado se escapa. Incorpora el repaso a tu rutina: mientras vas al trabajo, mientras esperas, mientras caminas o al quedarte dormido. La instrucción de Dios a Israel era tener sus palabras siempre delante: “las repetirás... y hablarás de ellas estando en tu casa, y andando por el camino, y al acostarte, y cuando te levantes” (Deuteronomio 6:7). Entretejidos a lo largo del día, los versículos permanecen.
Métodos prácticos para que se queden
Cada mente recuerda a su manera, así que prueba varios métodos y quédate con lo que te funcione. Escribir un versículo a mano, varias veces, activa la memoria con fuerza; muchos descubren que aprenden un versículo más rápido escribiéndolo tres veces que leyéndolo veinte. Otros recuerdan mejor cantando las Escrituras, o poniéndoles una melodía conocida; las canciones que aprendimos de niños nos acompañan toda la vida precisamente porque tienen música. Algunos usan el método de la “primera letra”: escriben solo la primera letra de cada palabra como pista y luego van quitando incluso esas letras.
Las estructuras pequeñas y constantes ayudan muchísimo. Lleva una tarjeta con un versículo en el bolsillo o pon el versículo en la pantalla de bloqueo de tu teléfono, y échale un vistazo a lo largo del día. Fíjate una meta modesta —un versículo por semana, por ejemplo— y une el repaso a algo que ya haces cada día, como tu café de la mañana o tu trayecto al trabajo. Y memoriza con otros: tu cónyuge, un amigo, un grupo pequeño o tus hijos, recitando juntos y animándoos con amabilidad a rendir cuentas unos a otros. La palabra de Dios estaba pensada para conversarse en los ritmos corrientes de la vida, “estando en tu casa, y andando por el camino” (Deuteronomio 6:7), y aprenderla junto a otros convierte una disciplina privada en un gozo compartido, mucho más fácil de sostener.
Medita, ora y obedece lo que memorizas
Memorizar las Escrituras no es un fin en sí mismo; existe para alimentar el alma. Así que no te limites a archivar versículos: medita en ellos, dándoles vueltas en la mente y preguntándote cómo se aplican. Ora devolviéndoselos a Dios, haciendo de las promesas tus peticiones y de los mandamientos tus compromisos. Sobre todo, obedécelos, porque la palabra se guarda en el corazón precisamente para “no pecar contra” Dios (Salmo 119:11), sino andar en sus caminos.
La meditación es el puente entre la memoria y la transformación. A Josué se le mandó no apartar la palabra de su boca: “de día y de noche meditarás en él, para que guardes y hagas conforme a todo lo que en él está escrito” (Josué 1:8): la memoria al servicio de la meditación, y la meditación al servicio de la obediencia. A medida que dejas que la palabra memorizada more en abundancia en ti (Colosenses 3:16), hace su obra lenta y profunda, transformando tus pensamientos, serenando tus emociones y dirigiendo tus pasos. El versículo que memorizaste en un momento de quietud se levantará para ayudarte en una crisis que nunca viste venir.
Haz de ello un hábito de toda la vida, lleno de gracia
No esperes volverte un experto de la noche a la mañana, y no te desanimes por tener mala memoria ni por los versículos que se te escapan. Este es un hábito de toda la vida, que se construye despacio, y Dios honra el más pequeño esfuerzo fiel. Pídele que te ayude; el mismo Espíritu que inspiró la palabra se deleita en traerla a tu memoria. Apóyate en la gracia, no en la fuerza de voluntad, y sigue adelante aun cuando el progreso parezca lento.
Empieza hoy con un versículo. Apréndelo, entiéndelo, repásalo, óralo, obedécelo, y luego añade otro. Con los meses y los años descubrirás que has reunido en tu corazón un tesoro de la palabra de Dios que ningún ladrón puede robar y ninguna circunstancia puede quitarte: una lámpara a tus pies y una lumbrera a tu camino (Salmo 119:105), lista en cada hora de necesidad. Pocas inversiones de unos minutos al día dan frutos tan duraderos. Considera también, con el tiempo, memorizar algo más que versículos aislados —un salmo favorito, un párrafo rico de una epístola, el Sermón del Monte—, para que pasajes enteros lleguen a formar parte de ti, disponibles para consolar, enseñar y fortalecerte a ti y a otros. Algunos de los creyentes espiritualmente más firmes de la historia fueron aquellos que, separados de sus Biblias por la cárcel o la persecución, aún tenían la palabra dentro de sí, escondida donde nadie podía quitársela. Empieza hoy con un versículo, y deja que Dios llene tu corazón, a lo largo de toda una vida, con su palabra viva.