Capítulo 1 · 6 min de lectura
Prefacio
Preciosas promesas dispuestas
Para uso diario
Con breves comentarios de la experiencia
Por
C. H. Spurgeon
PREFACIOUna promesa de Dios puede compararse, de manera muy instructiva, con un cheque pagadero a la orden. Se entrega al creyente con el fin de concederle algún bien. No se pretende que la lea con comodidad y que ahí acabe todo. No; ha de tratar la promesa como una realidad, como un hombre trata un cheque.
Ha de tomar la promesa y endosarla con su propio nombre, recibiéndola personalmente como verdadera. Por la fe ha de aceptarla como suya. Sella con ello que Dios es veraz, y veraz en cuanto a esta palabra concreta de promesa. Va más lejos, y cree que posee la bendición al tener la promesa segura de ella, y por eso pone su nombre en ella para dar testimonio de haber recibido la bendición.
Hecho esto, debe presentar con fe la promesa al Señor, como un hombre presenta un cheque en la ventanilla del banco. Debe alegarla en oración, esperando verla cumplida. Si ha llegado al banco del Cielo en la fecha debida, recibirá de inmediato la suma prometida. Si la fecha resultara ser más adelante, debe esperar con paciencia hasta que llegue; pero, entretanto, puede contar la promesa como dinero, pues el banco pagará sin falta cuando llegue el tiempo señalado.
Algunos no ponen sobre el cheque el endoso de la fe, y así no reciben nada; y otros son negligentes en presentarlo, y estos tampoco reciben nada. Esto no es culpa de la promesa, sino de quienes no obran con ella de un modo sensato y práctico.
Dios no ha dado ninguna prenda que no vaya a cumplir, ni ha alentado ninguna esperanza que no vaya a satisfacer. Para ayudar a mis hermanos a creer esto, he preparado este pequeño volumen. La sola vista de las promesas es buena para los ojos de la fe: cuanto más estudiamos las palabras de gracia, más gracia derivaremos de esas palabras. A las alentadoras Escrituras he añadido testimonios míos, fruto de la prueba y de la experiencia. Creo todas las promesas de Dios, pero muchas de ellas las he probado y comprobado personalmente. He visto que son verdaderas, porque se han cumplido en mí. Esto, confío, será alentador para los jóvenes; y no sin consuelo para los de más edad. La experiencia de un hombre puede ser de suma utilidad para otro; y por eso el varón de Dios de la antigüedad escribió: «Busqué al Señor, y él me oyó»; y de nuevo: «Este pobre clamó, y le oyó el Señor.»
Comencé estas porciones diarias cuando me hallaba braceando entre el oleaje de la controversia. Desde entonces he sido arrojado a «aguas en que nadar,» que, de no ser por la mano sustentadora de Dios, habrían resultado aguas en que ahogarse. He soportado tribulación de muchos azotes. Un agudo dolor corporal sucedió al abatimiento del alma, y este vino acompañado tanto de duelo como de aflicción en la persona de alguien tan querido como la vida misma. Las aguas entraban sin cesar, ola tras ola. No menciono esto para exigir compasión, sino simplemente para que el lector vea que no soy un marinero de tierra firme. He surcado muchas veces esos océanos que no son Pacíficos: conozco el vaivén de las olas y el embate de los vientos. Nunca me fueron tan preciosas las promesas de Jehová como en esta hora. Algunas de ellas no las entendí hasta ahora; no había alcanzado la fecha en que maduraban, pues yo mismo no era lo bastante maduro para percibir su sentido.
¡Cuánto más maravillosa es para mí la Biblia ahora de lo que lo era hace unos meses! Al obedecer al Señor y llevar Su vituperio fuera del campamento, no he recibido nuevas promesas; pero el resultado para mí es casi el mismo que si las hubiera recibido, porque las antiguas se me han abierto con más ricos tesoros. De manera especial, la Palabra del Señor a Su siervo Jeremías ha sonado sumamente dulce en mis oídos. Le tocó hablar a quienes no querían oír, o que, oyendo, no querían creer. Suya fue la tristeza que nace del amor decepcionado y de la lealtad resuelta; habría querido apartar a su pueblo de sus errores, pero él mismo no quiso abandonar el camino del Señor. Para él hubo palabras de profundo poder sostenedor, que impidieron que su ánimo desfalleciera allí donde la naturaleza, sin ayuda, habría tenido que hundirse. Estas y otras semejantes frases doradas de gracia las he amado más que mi pan necesario, y con ellas he enriquecido estas páginas.
¡Oh, si pudiera consolar a algunos de los siervos de mi Maestro! He escrito desde mi propio corazón con el fin de consolar el suyo. Les diría en sus pruebas: Hermanos míos, Dios es bueno. No los abandonará; los llevará hasta el final. Hay una promesa preparada para sus necesidades presentes; y si ustedes la creen y la alegan en el propiciatorio por medio de Jesucristo, verán la mano del Señor extendida para ayudarlos. Todo lo demás fallará, pero Su palabra nunca fallará. Él ha sido conmigo tan fiel en incontables ocasiones que debo animarlos a confiar en Él. Sería ingrato con Dios y descortés con ustedes si no lo hiciera.
¡Que el Espíritu Santo, el Consolador, infunda en el pueblo del Señor una fe renovada! Sé que, sin Su divino poder, todo cuanto pueda decir será en vano; pero, bajo Su influencia vivificadora, aun el más humilde testimonio afirmará las rodillas debilitadas y fortalecerá las manos flojas. Dios es glorificado cuando Sus siervos confían en Él sin reservas. Nunca seremos demasiado como niños con nuestro Padre celestial. Nuestros pequeños no hacen preguntas sobre nuestra voluntad ni sobre nuestro poder, sino que, una vez recibida una promesa del padre, se regocijan ante la perspectiva de su cumplimiento, sin dudar jamás de que es tan segura como el sol. Que muchos lectores, a quienes quizá nunca vea, descubran el deber y el deleite de una confianza tan infantil en Dios mientras leen la pequeña porción que he preparado para cada día del año.
Durante largos años, varios miles del pueblo de Dios han leído mi MAÑANA TRAS MAÑANA y TARDE TRAS TARDE, y muchos de ellos han tenido la bondad de escribirme para reconocer el provecho de tal lectura. Espero que este pequeño libro no interfiera con aquellos volúmenes. Estas porciones diarias están recogidas de una gama más variada de temas, y resultan tanto más provechosas porque tratan de doctrina, experiencia, práctica y todo lo demás. Este es un dulce compuesto solo de promesa, y no debe interferir con las comidas más completas: antes bien, espero que despierte el deseo de ellas.
Que nuestro Señor Jesús acepte este servicio mío por Sus ovejas y corderos, de parte de
Su indigno Siervo,
C.H. Spurgeon
Capítulo 1 completado
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