Capítulo 9 · 31 min de lectura · 41 min de escucha
Sobre el bien de la paciencia
Argumento.—Cipriano mismo expone brevemente la ocasión de este tratado al final de su carta a Jubayano, de esta manera: «La caridad de espíritu, el honor de nuestro colegio, el vínculo de la fe y la concordia sacerdotal son mantenidos por nosotros con paciencia y mansedumbre. Por esta razón, además, hemos escrito, según lo mejor de nuestras pobres capacidades, con el permiso y la inspiración del Señor, un opúsculo “Sobre el bien de la paciencia”, que, en atención a nuestro mutuo amor, os hemos enviado». Año 256 d. C.
1. Puesto que voy a hablar, amados hermanos, de la paciencia, y a declarar sus ventajas y beneficios, ¿por dónde había de comenzar mejor que por esto: que veo que aun ahora, para que me escuchéis, es necesaria la paciencia, ya que ni siquiera podéis cumplir este deber de oír y aprender sin paciencia? Porque la enseñanza y la razón saludables se aprenden con eficacia cuando lo que se dice se escucha con paciencia. Y no hallo, amados hermanos, entre los demás caminos de la disciplina celestial por los que se dirige la senda de nuestra esperanza y nuestra fe a la consecución de las recompensas divinas, nada de mayor provecho, ya sea más útil para la vida o de más ayuda para la gloria, que el que nosotros, que nos esforzamos en los preceptos del Señor con la obediencia del temor y de la devoción, cuidemos especialmente, con toda nuestra vigilancia, de la paciencia.
2. También los filósofos profesan que buscan esta virtud; pero en ellos la paciencia es tan falsa como lo es también su sabiduría. Porque ¿cómo puede ser sabio o paciente el que no ha conocido ni la sabiduría ni la paciencia de Dios? Pues él mismo nos advierte, y dice de los que se tienen por sabios en este mundo: «Destruiré la sabiduría de los sabios, y reprobaré la inteligencia de los prudentes». Además, el bienaventurado apóstol Pablo, lleno del Espíritu Santo y enviado para el llamamiento y la instrucción de los gentiles, da testimonio y nos instruye diciendo: «Mirad que nadie os despoje por medio de filosofías y vanas sutilezas, según la tradición de los hombres, conforme a los elementos del mundo, y no según Cristo, porque en él habita toda la plenitud de la divinidad». Y en otro lugar dice: «Nadie se engañe a sí mismo; si alguno entre vosotros se cree sabio, hágase necio para este mundo, a fin de llegar a ser sabio. Porque la sabiduría de este mundo es necedad para con Dios. Pues escrito está: Reprenderé a los sabios en la astucia de ellos». Y otra vez: «El Señor conoce los pensamientos de los sabios, que son necios». Por tanto, si la sabiduría entre ellos no es verdadera, tampoco puede ser verdadera la paciencia. Porque si es sabio el que es humilde y manso —y no vemos que los filósofos sean humildes ni mansos, sino muy pagados de sí mismos y, por el hecho mismo de agradarse a sí mismos, desagradables a Dios—, es evidente que no hay verdadera paciencia entre ellos, donde está la insolente audacia de una libertad afectada y la impúdica jactancia de un pecho descubierto y medio desnudo.
3. Pero nosotros, amados hermanos, que somos filósofos no de palabras sino de hechos, y no ostentamos nuestra sabiduría en el vestido sino en la verdad; que conocemos mejor la conciencia de las virtudes que su jactancia; que no decimos cosas grandes, sino que las vivimos, mostremos, como siervos y adoradores de Dios, en nuestra obediencia espiritual, la paciencia que aprendemos de las enseñanzas celestiales. Porque esta virtud la tenemos en común con Dios. De él comienza la paciencia; de él toman su origen su gloria y su dignidad. El origen y la grandeza de la paciencia proceden de Dios como de su autor. El hombre debe amar lo que es caro a Dios; el bien que ama la Majestad divina, ella misma lo recomienda. Si Dios es nuestro Señor y Padre, imitemos la paciencia de quien es a la vez nuestro Señor y nuestro Padre; porque conviene que los siervos sean obedientes, no menos que corresponde a los hijos no degenerar.
4. Pero ¡cuál y cuán grande es la paciencia en Dios, que, soportando con suma paciencia los templos profanos y las imágenes de tierra, y los ritos sacrílegos instituidos por los hombres en desprecio de su majestad y honor, hace que el día comience y que la luz del sol salga igualmente sobre buenos y malos; y mientras riega la tierra con lluvias, nadie queda excluido de sus beneficios, sino que sobre justos e injustos por igual derrama sus lluvias sin distinción! Vemos que, con una igualdad indistinta de paciencia, por mandato de Dios, las estaciones sirven a culpables e inocentes, a religiosos e impíos, a los que dan gracias y a los ingratos; que los elementos los atienden; que soplan los vientos, manan las fuentes, crece la abundancia de las cosechas, maduran los frutos de las viñas, se cargan de frutos los árboles, se visten de hojas los bosques y de verdor los prados; y que Dios, mientras es provocado con ofensas frecuentes, y aun continuas, templa su indignación y aguarda con paciencia el día de la retribución, fijado una vez para siempre; y aunque tiene la venganza en su poder, prefiere guardar paciencia por largo tiempo, soportando, es decir, con misericordia, y aplazando, para que, si fuera posible, la maldad largamente prolongada cambie alguna vez, y el hombre, envuelto en el contagio de los errores y los crímenes, se convierta a Dios aunque sea tarde, como él mismo advierte y dice: «No quiero tanto la muerte del que muere como que se convierta y viva». Y otra vez: «Volveos a mí, dice el Señor». Y otra vez: «Convertíos al Señor vuestro Dios; porque es misericordioso, y clemente, y paciente, y grande en misericordia, y que inclina su juicio respecto de los males infligidos». A lo cual se refiere también el bienaventurado apóstol, y, llamando al pecador al arrepentimiento, lo presenta y dice: «¿O menosprecias las riquezas de su benignidad, y paciencia, y longanimidad, ignorando que la paciencia y benignidad de Dios te guía al arrepentimiento? Pero por tu dureza y por tu corazón no arrepentido atesoras para ti mismo ira para el día de la ira y de la manifestación del justo juicio de Dios, el cual pagará a cada uno conforme a sus obras». Dice que el juicio de Dios es justo, porque es tardío, porque es largo y muy diferido, a fin de que por la larga paciencia de Dios el hombre sea beneficiado para la vida eterna. El castigo se ejecuta sobre el impío y el pecador cuando el arrepentimiento del pecado ya no puede servir de nada.
5. Y para que entendamos más plenamente, amados hermanos, que la paciencia es cosa de Dios, y que cualquiera que es apacible, paciente y manso es imitador de Dios Padre: cuando el Señor en su Evangelio daba preceptos para la salvación y, sacando a luz advertencias divinas, instruía a sus discípulos para la perfección, lo estableció y dijo: «Oísteis que fue dicho: Amarás a tu prójimo, y tendrás odio a tu enemigo. Pero yo os digo: Amad a vuestros enemigos, y orad por los que os persiguen; para que seáis hijos de vuestro Padre que está en los cielos, que hace salir su sol sobre buenos y malos, y hace llover sobre justos e injustos. Porque si amáis a los que os aman, ¿qué recompensa tendréis? ¿No hacen también lo mismo los publicanos? Y si saludáis a vuestros hermanos solamente, ¿qué hacéis de más (que los otros)? ¿No hacen también lo mismo los gentiles? Sed, pues, vosotros perfectos, como vuestro Padre que está en los cielos es perfecto». Dijo que así llegarían a ser perfectos los hijos de Dios. Mostró que así quedaban consumados, y enseñó que eran restaurados por un nacimiento celestial, si la paciencia de Dios nuestro Padre mora en nosotros, si la semejanza divina que Adán había perdido por el pecado se manifiesta y resplandece en nuestras acciones. ¡Qué gloria es llegar a ser semejantes a Dios! ¡Qué felicidad, y cuán grande, poseer entre nuestras virtudes lo que puede ponerse a la altura de las alabanzas divinas!
6. Y no enseñó esto, amados hermanos, Jesucristo, nuestro Dios y Señor, solo con palabras, sino que también lo cumplió con hechos. Y puesto que había dicho que había descendido para esto, para hacer la voluntad de su Padre, entre las demás maravillas de sus virtudes, con las que mostró las señales de una majestad divina, mantuvo también la paciencia de su Padre en la constancia de su sufrimiento. En fin, todas sus acciones, desde su misma venida, están marcadas por la paciencia como compañera; porque, ante todo, descendiendo de aquella sublimidad celestial a las cosas terrenas, el Hijo de Dios no desdeñó vestirse de la carne del hombre y, aunque él mismo no era pecador, cargar con los pecados de otros. Dejada entretanto a un lado su inmortalidad, consiente en hacerse mortal, para que el inocente sea muerto por la salvación de los culpables. El Señor es bautizado por el siervo; y el que había de otorgar la remisión de los pecados no desdeña lavar su cuerpo en el lavacro de la regeneración. Durante cuarenta días ayuna aquel por quien otros son saciados. Tiene hambre y padece necesidad, para que los que habían estado hambrientos de la palabra y de la gracia sean saciados con el pan celestial. Lucha con el diablo que lo tienta y, contento solo con haber vencido al enemigo, no pelea más allá de las palabras. Gobernó a sus discípulos no como a siervos con el poder de un amo, sino que, bondadoso y manso, los amó con amor fraterno. Se dignó incluso lavar los pies a los apóstoles, para enseñar con su ejemplo, siendo el Señor tal entre sus siervos, cómo debe ser un consiervo entre sus pares e iguales. Y no es de extrañar que se mostrara tal entre los obedientes, puesto que pudo soportar a Judas hasta el final con larga paciencia; pudo comer con su enemigo; pudo conocer al enemigo de su casa y no señalarlo abiertamente, ni rehusar el beso del traidor. Además, al soportar a los judíos, ¡cuánta ecuanimidad y cuánta paciencia: al atraer a los incrédulos a la fe por la persuasión, al apaciguar a los ingratos con la condescendencia, al responder con mansedumbre a los que lo contradecían, al soportar con clemencia a los soberbios, al ceder con humildad ante los perseguidores, al querer reunir a los que mataban a los profetas y a los que siempre fueron rebeldes contra Dios, hasta la hora misma de su cruz y de su pasión!
7. Y además, en su misma pasión y cruz, antes de llegar a la crueldad de la muerte y al derramamiento de la sangre, ¡qué infamias de oprobio escuchó con paciencia, qué burlas de ultraje sufrió, hasta el punto de que él recibió los salivazos de los que lo insultaban, él que poco antes había hecho ojos a un ciego con su saliva; y el que en cuyo nombre son ahora azotados por sus siervos el diablo y sus ángeles, sufrió él mismo azotes! Fue coronado de espinas el que corona a los mártires con flores eternas. Fue golpeado en el rostro con las palmas el que da las verdaderas palmas a los vencedores. Fue despojado de su vestido terreno el que viste a otros con la vestidura de la inmortalidad. Fue alimentado con hiel el que dio el alimento celestial. Se le dio a beber vinagre, el que instituyó la copa de la salvación. Aquel inocente, aquel justo —más aún, el que es la inocencia misma y la justicia misma— es contado entre los transgresores, y la verdad es oprimida con falsos testigos. Es juzgado el que ha de juzgar; y el Verbo de Dios es llevado en silencio al matadero. Y cuando, ante la cruz del Señor, las estrellas se confunden, los elementos se turban, la tierra tiembla, la noche oculta el día, el sol, para no verse obligado a mirar el crimen de los judíos, retira sus rayos y sus ojos, él no habla, ni se inmuta, ni proclama su majestad ni aun en su misma pasión. Hasta el fin todo lo soporta con perseverancia y constancia, para que en Cristo se consume una paciencia plena y perfecta.
8. Y después de todo esto, todavía recibe a sus asesinos, si se convierten y vienen a él; y con paciencia salvadora, él, que es benigno para preservar, no cierra su Iglesia a nadie. A aquellos adversarios, a aquellos blasfemos, a aquellos que siempre fueron enemigos de su nombre, si se arrepienten de su pecado, si reconocen el crimen cometido, los recibe no solo al perdón de su pecado, sino a la recompensa del reino celestial. ¿Qué puede decirse más paciente, qué más misericordioso? Hasta el que derramó la sangre de Cristo es vivificado por la sangre de Cristo. Tal y tan grande es la paciencia de Cristo; y si no hubiera sido tal y tan grande, la Iglesia nunca habría tenido a Pablo por apóstol.
9. Pero si también nosotros, amados hermanos, estamos en Cristo; si nos vestimos de él, si él es el camino de nuestra salvación, nosotros que seguimos a Cristo en las huellas de la salvación, andemos según el ejemplo de Cristo, como nos instruye el apóstol Juan diciendo: «El que dice que permanece en Cristo, debe andar también él como él anduvo». También Pedro, sobre quien por la condescendencia del Señor fue fundada la Iglesia, lo establece en su epístola y dice: «Cristo padeció por nosotros, dejándoos ejemplo, para que sigáis sus pisadas; el cual no hizo pecado, ni se halló engaño en su boca; quien cuando lo maldecían, no respondía con maldición; cuando padecía, no amenazaba, sino que se entregaba al que lo juzgaba injustamente».
10. En fin, hallamos que tanto los patriarcas como los profetas, y todos los justos que en su semejanza anticipada llevaron la figura de Cristo, en la alabanza de sus virtudes en nada velaron tanto como en conservar la paciencia con una ecuanimidad fuerte y firme. Así Abel, que fue el primero en iniciar y consagrar el origen del martirio y la pasión del justo, no opone resistencia ni lucha contra su hermano fratricida, sino que con humildad y mansedumbre es muerto pacientemente. Así Abraham, creyendo a Dios, y estableciendo el primero la raíz y el fundamento de la fe, cuando es probado en cuanto a su hijo, no vacila ni se demora, sino que obedece los mandatos de Dios con toda la paciencia de la devoción. E Isaac, prefigurado como imagen de la víctima del Señor, cuando es presentado por su padre para el sacrificio, se muestra paciente. Y Jacob, expulsado de su tierra por su hermano, parte con paciencia; y después, con mayor paciencia, lo atrae suplicante a la concordia con presentes pacíficos, cuando aquel es aún más impío y perseguidor. José, vendido y desterrado por sus hermanos, no solo los perdona con paciencia, sino que incluso les otorga, generosa y misericordiosamente, provisiones gratuitas de trigo cuando acuden a él. Moisés es con frecuencia despreciado por un pueblo ingrato e infiel, y casi apedreado; y sin embargo, con mansedumbre y paciencia, ruega al Señor por ese pueblo. Pero en David, de quien, según la carne, procede el nacimiento de Cristo, ¡cuán grande, admirable y cristiana es la paciencia, que tuvo muchas veces en su poder dar muerte al rey Saúl, que lo perseguía y deseaba matarlo, y sin embargo prefirió salvarlo cuando estuvo puesto en su mano y entregado a él, no devolviendo el mal a su enemigo, sino, por el contrario, vengándolo incluso cuando fue muerto! En suma, tantos profetas fueron muertos, tantos mártires fueron honrados con muertes gloriosas, y todos han alcanzado las coronas celestiales por la alabanza de la paciencia. Porque no puede recibirse la corona de los dolores y sufrimientos si no la precede la paciencia en el dolor y el sufrimiento.
11. Pero para que se conozca de manera más manifiesta y plena cuán útil y necesaria es la paciencia, amados hermanos, considérese el juicio de Dios que, ya en el principio del mundo y del género humano, recibió Adán, olvidado del mandamiento y transgresor de la ley dada. Entonces sabremos cuán pacientes debemos ser en esta vida los que hemos nacido en tal condición que aquí trabajamos entre aflicciones y combates. «Por cuanto», dice, «obedeciste a la voz de tu mujer, y comiste del árbol del cual solo te había mandado que no comieras, maldita será la tierra en todas tus obras: con dolor y gemido comerás de ella todos los días de tu vida. Espinos y cardos te producirá, y comerás el alimento del campo. Con el sudor de tu rostro comerás tu pan, hasta que vuelvas a la tierra de la cual fuiste tomado; pues polvo eres, y al polvo irás». Todos estamos atados y sujetos con la cadena de esta sentencia, hasta que, borrada la muerte, salgamos de esta vida. Con dolor y gemido hemos de estar necesariamente todos los días de nuestra vida; es necesario que comamos nuestro pan con sudor y trabajo.
12. De ahí que cada uno de nosotros, cuando nace y es recibido en la posada de este mundo, toma su comienzo de las lágrimas; y, aun siendo todavía inconsciente e ignorante de todo, no sabe otra cosa en ese primerísimo nacimiento sino llorar. Por una previsión natural, el alma inexperta lamenta las inquietudes y trabajos de la vida mortal, y ya desde el principio da testimonio con sus vagidos y gemidos de las tempestades del mundo en el que entra. Porque el sudor de la frente y el trabajo son la condición de la vida mientras dura. Y no pueden ofrecerse a los que sudan y se fatigan otros consuelos que la paciencia; consuelos que, si en este mundo son convenientes y necesarios para todos los hombres, lo son especialmente para nosotros, que somos más sacudidos por el asedio del diablo; que, puestos cada día en el campo de batalla, nos fatigamos con las luchas de un enemigo veterano y hábil; para nosotros, que, además de las diversas y continuas batallas de las tentaciones, debemos también, en la lucha de las persecuciones, abandonar nuestros patrimonios, sufrir la cárcel, llevar cadenas, entregar nuestra vida, soportar la espada, las fieras, el fuego, la cruz; en suma, toda clase de tormentos y penas, que han de soportarse con la fe y el valor de la paciencia; como el Señor mismo nos instruye y dice: «Estas cosas os he hablado para que en mí tengáis paz. Pero en el mundo tendréis aflicción; mas confiad, yo he vencido al mundo». Y si nosotros, que hemos renunciado al diablo y al mundo, padecemos las tribulaciones y males del diablo y del mundo con más frecuencia y violencia, ¡cuánto más debemos guardar la paciencia, con la cual, como ayudante y aliada, podemos soportar todas las cosas dañinas!
13. Es saludable precepto de nuestro Señor y Maestro: «El que persevere —dice— hasta el fin, este será salvo»; y también: «Si vosotros permaneciereis —dice— en mi palabra, seréis verdaderamente mis discípulos; y conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres». Hemos de sufrir y perseverar, amados hermanos, para que, admitidos a la esperanza de la verdad y de la libertad, podamos alcanzar la verdad y la libertad mismas; porque el hecho mismo de que seamos cristianos es sustancia de fe y de esperanza. Pero para que la esperanza y la fe lleguen a su fruto, es necesaria la paciencia. Porque no vamos en pos de la gloria presente, sino de la futura, conforme a lo que también nos advierte el apóstol Pablo cuando dice: «En esperanza somos salvos; mas la esperanza que se ve no es esperanza; porque lo que alguno ve, ¿a qué esperarlo? Pero si lo que no vemos esperamos, por paciencia lo aguardamos». Así pues, son necesarias la espera y la paciencia, para que cumplamos lo que hemos comenzado a ser y recibamos lo que creemos y esperamos, según Dios mismo lo muestra. Además, en otro lugar el mismo apóstol instruye a los justos y a los que hacen buenas obras, y a los que se hacen tesoros en el cielo con el acrecentamiento de la usura divina, para que también ellos sean pacientes; y los enseña diciendo: «Así que, entre tanto que tenemos tiempo, obremos el bien para con todos, y mayormente para con los domésticos de la fe. Pero no desmayemos de hacer bien, que a su tiempo segaremos». Amonesta a que nadie desfallezca con impaciencia en su trabajo, a que nadie, apartado o vencido por las tentaciones, desista en medio de la alabanza y en el camino de la gloria; y así perezca lo pasado, mientras lo comenzado deja de llegar a su perfección; como está escrito: «La justicia del justo no lo librará el día en que se rebelare»; y también: «Retén lo que tienes, para que ninguno tome tu corona». Palabra que nos exhorta a perseverar con paciencia y fortaleza, para que quien se esfuerza hacia la corona, con la alabanza ya cercana, sea coronado por la constancia de la paciencia.
14. Pero la paciencia, amados hermanos, no solo custodia lo bueno, sino que también rechaza lo malo. En armonía con el Espíritu Santo, y unida a lo celestial y divino, lucha con la defensa de su fortaleza contra las obras de la carne y del cuerpo, con que el alma es asaltada y apresada. Examinemos brevemente unas pocas cosas entre muchas, para que por las pocas se entiendan también las demás. El adulterio, el fraude, el homicidio son crímenes mortales. Sea la paciencia fuerte y firme en el corazón, y ni el cuerpo santificado y templo de Dios se manchará con el adulterio, ni la inocencia consagrada a la justicia se mancillará con el contagio del fraude, ni, después de haber llevado la Eucaristía, se ensuciará la mano con la espada y la sangre.
15. La caridad es el vínculo de la fraternidad, el fundamento de la paz, el sostén y la seguridad de la unidad; es mayor que la esperanza y que la fe, aventaja a las buenas obras y a los martirios, y permanecerá siempre con nosotros, eterna con Dios en el reino de los cielos. Quítale la paciencia, y, privada de ella, no perdura. Quítale la sustancia del sufrir y del soportar, y se queda sin raíces ni fuerza. Por eso el apóstol, cuando quiso hablar de la caridad, le unió la tolerancia y la paciencia. «La caridad —dice— es magnánima; la caridad es benigna; la caridad no tiene envidia, no se envanece, no se irrita, no piensa el mal; todo lo ama, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta». Con ello muestra que puede perseverar tenazmente, porque sabe soportarlo todo. Y en otro lugar: «Soportándoos los unos a los otros —dice— en amor, esforzándoos por guardar la unidad del espíritu en el vínculo de la paz». Demostró que no pueden guardarse ni la unidad ni la paz si los hermanos no se sobrellevan con mutua tolerancia y no guardan el vínculo de la concordia por mediación de la paciencia.
16. ¿Qué más diré? ¿Que no jures ni maldigas; que no reclames tus bienes cuando te los quitan; que, cuando recibas una bofetada, ofrezcas la otra mejilla al que te hiere; que perdones al hermano que peca contra ti no solo siete veces, sino setenta veces siete, y aun todos sus pecados juntos; que ames a tus enemigos; que ores por tus adversarios y perseguidores? ¿Puedes cumplir estas cosas si no mantienes la firmeza de la paciencia y de la tolerancia? Y esto lo vemos cumplido en Esteban, quien, siendo muerto por los judíos con violencia y a pedradas, no pidió venganza para sí, sino perdón para sus asesinos, diciendo: «Señor, no les imputes este pecado». Así convenía que fuese el primer mártir de Cristo, que, adelantándose a los mártires que habían de seguirle en una muerte gloriosa, fue no solo predicador de la pasión del Señor, sino también imitador de su pacientísima mansedumbre. ¿Qué diré de la ira, de la discordia, de la contienda, cosas que no deben hallarse en un cristiano? Haya paciencia en el pecho, y estas cosas no podrán tener cabida en él; o, si intentan entrar, pronto son expulsadas y se retiran, para que permanezca en el corazón una morada pacífica, donde se complace en habitar el Dios de la paz. Finalmente, el apóstol nos advierte y enseña, diciendo: «No contristéis al Espíritu Santo de Dios, con el cual estáis sellados para el día de la redención. Toda amargura, y enojo, e ira, y gritería, y maledicencia sea quitada de vosotros». Porque si el cristiano se ha apartado del furor y de la contienda carnal como de las tempestades del mar, y ha comenzado ya a estar tranquilo y manso en el puerto de Cristo, no debe admitir en su pecho ni ira ni discordia, puesto que no debe devolver mal por mal ni guardar odio.
17. Y además, también para los diversos males de la carne y los frecuentes y graves tormentos del cuerpo, con que el género humano es cada día fatigado y acosado, es necesaria la paciencia. Porque, como en aquella primera transgresión del mandamiento se fue la fortaleza del cuerpo junto con la inmortalidad, y vino la debilidad con la muerte —y la fortaleza no puede recibirse sino cuando se haya recibido también la inmortalidad—, nos conviene, en esta fragilidad y flaqueza corporal, luchar y combatir siempre. Y esta lucha y combate no puede sostenerse sino con la fuerza de la paciencia. Mas, como hemos de ser examinados y probados, se nos presentan diversos padecimientos, y se nos inflige una múltiple variedad de tentaciones con las pérdidas de los bienes, con los ardores de las fiebres, con los tormentos de las heridas, con la pérdida de nuestros seres queridos. Y nada distingue tanto a los injustos de los justos como que en la aflicción el injusto se queja con impaciencia y blasfema, mientras que el justo es probado por su paciencia, como está escrito: «En el dolor soporta, y en tu humillación ten paciencia; porque el oro y la plata se prueban en el fuego».
18. Así fue examinado y probado Job, y fue elevado a la más alta cumbre de alabanza por la virtud de la paciencia. ¡Qué dardos del diablo fueron lanzados contra él! ¡Qué torturas se emplearon! Se le inflige la pérdida de su hacienda, se le dispone la privación de una numerosa descendencia. El señor, rico en hacienda, y el padre, más rico en hijos, de repente ya no es ni señor ni padre. Se añade la llaga de las heridas; y además, una plaga devoradora de gusanos consume sus miembros llagados y consumidos. Y para que no quedase absolutamente nada que Job no experimentase en sus pruebas, el diablo arma también a su mujer, valiéndose de aquel viejo ardid de su maldad, como si pudiera engañar y extraviar a todos por medio de las mujeres, tal como hizo al principio del mundo. Y, sin embargo, Job no es quebrantado por sus duros y repetidos combates, ni deja de proclamar la bendición de Dios en medio de aquellas dificultades y pruebas suyas, por la victoria de la paciencia. También Tobías, que después de las sublimes obras de su justicia y misericordia fue probado con la pérdida de sus ojos, en la medida en que soportó con paciencia su ceguera, en esa misma medida mereció mucho ante Dios por la alabanza de la paciencia.
19. Y, amados hermanos, para que el bien de la paciencia resplandezca aún más, consideremos, por el contrario, qué daño puede causar la impaciencia. Porque así como la paciencia es bien de Cristo, así, por el contrario, la impaciencia es daño del diablo; y así como aquel en quien Cristo habita y permanece se muestra paciente, así siempre aparece impaciente aquel cuya mente posee la maldad del diablo. Miremos brevemente los mismos comienzos. El diablo llevó con impaciencia que el hombre fuera hecho a imagen de Dios. Por eso fue el primero en perecer y en perder a otros. Adán, contra el mandato celestial acerca del alimento mortífero, cayó por impaciencia en la muerte, y no guardó bajo la custodia de la paciencia la gracia recibida de Dios. Y para que Caín diese muerte a su hermano, fue impaciente respecto de su sacrificio y su ofrenda; y en cuanto Esaú descendió de los derechos de primogénito a los del menor, perdió su primacía por impaciencia por el potaje. ¿Por qué el pueblo judío fue infiel e ingrato respecto de los beneficios divinos? ¿No fue por el crimen de la impaciencia por lo que primero se apartaron de Dios? No pudiendo soportar las demoras de Moisés, que hablaba con Dios, se atrevieron a pedir dioses profanos, para llamar guías de su marcha a una cabeza de buey y a una imagen de barro; y nunca desistieron de su impaciencia, hasta que, siempre impacientes de la docilidad y de la amonestación divina, dieron muerte a sus profetas y a todos los justos, y se precipitaron incluso en el crimen de la crucifixión y del derramamiento de la sangre del Señor. Además, la impaciencia hace herejes en la Iglesia y, a semejanza de los judíos, los empuja como rebeldes contra la paz y la caridad de Cristo a un odio hostil y furioso. Y, para no enumerar por extenso los casos uno a uno, absolutamente todo lo que la paciencia edifica con sus obras para gloria, la impaciencia lo derriba en ruina.
20. Por tanto, amados hermanos, habiendo ponderado con diligencia tanto los bienes de la paciencia como los males de la impaciencia, mantengamos con plena vigilancia la paciencia por la cual permanecemos en Cristo, para que con Cristo podamos llegar a Dios; paciencia que, copiosa y múltiple, no se ve restringida por estrechos límites ni encerrada en angostas fronteras. La virtud de la paciencia se manifiesta ampliamente, y su fecundidad y largueza proceden, ciertamente, de una fuente de un solo nombre, pero se difunden en corrientes desbordantes por muchos caminos de gloria; y nada en nuestras acciones puede valer para la perfección de la alabanza si no recibe de ella la sustancia de su perfección. Es la paciencia la que nos recomienda a Dios y nos guarda para él. Es la paciencia, también, la que templa la ira, refrena la lengua, gobierna la mente, guarda la paz, rige la disciplina, quebranta el ímpetu de la concupiscencia, reprime la violencia de la soberbia, apaga el fuego de la enemistad, contiene el poder de los ricos, alivia la necesidad de los pobres, protege en las vírgenes una bienaventurada integridad, en las viudas una cuidadosa castidad, en los unidos en matrimonio un solo afecto. Hace a los hombres humildes en la prosperidad, valientes en la adversidad, mansos ante las injurias y los desprecios. Nos enseña a perdonar pronto a quienes nos ofenden y, si tú mismo ofendes, a suplicar largo tiempo y con insistencia. Resiste las tentaciones, sufre las persecuciones, consuma las pasiones y los martirios. Es la paciencia la que fortifica con firmeza los cimientos de nuestra fe. Es ella la que eleva a lo alto el crecimiento de nuestra esperanza. Es ella la que dirige nuestro obrar, para que podamos mantenernos en el camino de Cristo mientras andamos por su paciencia. Es ella la que nos hace perseverar como hijos de Dios, mientras imitamos la paciencia de nuestro Padre.
21. Pero como sé, amados hermanos, que muchísimos están ansiosos, ya por el peso, ya por el dolor de injurias punzantes, de vengarse pronto de quienes los tratan con dureza y se ensañan contra ellos, no debemos callar, ni en el último detalle, que, puestos como estamos en medio de estas tempestades de un mundo discorde, y además de las persecuciones tanto de judíos como de gentiles y de herejes, debemos esperar con paciencia el día de la venganza (de Dios), y no apresurarnos a vengar nuestro sufrimiento con quejumbrosa prisa, puesto que está escrito: «Esperadme, dice el Señor, en el día en que me levantaré para testimonio; porque mi juicio es para las congregaciones de las naciones, para apoderarme de los reyes y derramar sobre ellos mi furor». El Señor nos manda esperar y soportar con valerosa paciencia el día de la venganza futura; y habla también en el Apocalipsis, diciendo: «No selles las palabras de la profecía de este libro; porque ya el tiempo está cerca para que los que perseveran en hacer daño hagan daño, y el que es sucio sea sucio todavía; pero el que es justo haga cosas todavía más justas, y asimismo el que es santo haga cosas todavía más santas. He aquí, yo vengo pronto, y mi galardón conmigo, para recompensar a cada uno según sus obras». Por eso también a los mártires, que claman y se apresuran hacia su venganza con un dolor que estalla, se les manda esperar todavía y tener paciencia hasta que se cumplan los tiempos y se complete el número de los mártires. «Y cuando él abrió —dice— el quinto sello, vi debajo del altar de Dios las almas de los que habían sido muertos por la palabra de Dios y por su testimonio; y clamaban a gran voz, diciendo: ¿Hasta cuándo, Señor, santo y verdadero, no juzgas y vengas nuestra sangre de los que moran en la tierra? Y les fueron dadas a cada uno ropas blancas, y se les dijo que reposasen todavía un poco de tiempo, hasta que se complete el número de sus consiervos y hermanos, que después han de ser muertos según su ejemplo».
22. Pero cuándo vendrá la venganza divina por la sangre justa, lo declara el Espíritu Santo por medio del profeta Malaquías, diciendo: «He aquí, viene el día del Señor, ardiente como un horno; y todos los extranjeros y todos los impíos serán estopa; y aquel día que vendrá los abrasará, dice el Señor». Y esto leemos también en los Salmos, donde se anuncia la llegada de Dios Juez como digna de reverencia por la majestad de su juicio: «Dios vendrá manifiesto, nuestro Dios, y no callará; fuego consumirá delante de él, y en derredor suyo habrá tempestad grande. Convocará a los cielos de arriba y a la tierra de abajo, para separar a su pueblo. Juntad para él a sus santos, los que establecen su pacto con sacrificios; y los cielos anunciarán su justicia, porque Dios es el juez». E Isaías predice lo mismo, diciendo: «Porque he aquí que el Señor vendrá como fuego, y su carro como torbellino, para dar venganza con ira; porque con el fuego del Señor serán juzgados, y con su espada serán heridos». Y también: «El Señor Dios de los ejércitos saldrá y desmenuzará la guerra; despertará la batalla y clamará con fuerza contra sus enemigos: He callado; ¿callaré siempre?».
23. Pero ¿quién es este que dice que antes calló y que no callará para siempre? Ciertamente es aquel que fue llevado como oveja al matadero, y como cordero delante de su trasquilador enmudeció, y así no abrió su boca. Ciertamente es aquel que no clamó, ni se oyó su voz en las plazas. Ciertamente aquel que no fue rebelde ni contradijo cuando ofreció su espalda a los azotes y sus mejillas a las bofetadas, ni apartó su rostro de la inmundicia de los esputos. Ciertamente es aquel que, acusado por los sacerdotes y los ancianos, nada respondió y, para asombro de Pilato, guardó un silencio pacientísimo. Este es aquel que, aunque calló en su pasión, no callará después en su venganza. Este es nuestro Dios, es decir, no el Dios de todos, sino de los fieles y creyentes; y él, cuando venga manifiesto en su segunda venida, no callará. Porque aunque vino primero envuelto en humildad, vendrá manifiesto en poder.
24. Esperémosle, amados hermanos, a él, nuestro Juez y Vengador, que vengará igualmente, juntamente consigo, a la congregación de su Iglesia y al número de todos los justos desde el principio del mundo. El que se apresura y es demasiado impaciente por su venganza, considere que ni siquiera él mismo, que es el Vengador, ha sido vengado todavía. Dios Padre ordenó que su Hijo fuese adorado; y el apóstol Pablo, atento al mandato divino, lo establece y dice: «Dios lo ensalzó, y le dio un nombre que es sobre todo nombre, para que en el nombre de Jesús se doble toda rodilla de los que están en los cielos, y de los que están en la tierra, y de los que están debajo de la tierra». Y en el Apocalipsis el ángel resiste a Juan, que quiere adorarle, y dice: «Mira que no lo hagas; porque yo soy consiervo tuyo y de tus hermanos. Adora a Jesús el Señor». ¡Cuán grande es el Señor Jesús, y cuán grande su paciencia, que el que es adorado en el cielo todavía no es vengado en la tierra! Consideremos, amados hermanos, su paciencia en nuestras persecuciones y padecimientos; prestemos a su venida una obediencia llena de expectación; y no nos apresuremos, siervos como somos, a ser defendidos antes que nuestro Señor, con un afán irreligioso e inmodesto. Más bien, avancemos y trabajemos, y, velando con todo el corazón y firmes en toda paciencia, guardemos los preceptos del Señor; para que, cuando venga aquel día de ira y de venganza, no seamos castigados con los impíos y pecadores, sino honrados con los justos y con los que temen a Dios.
Capítulo 9 completado
Sobre el bien de la paciencia