Capítulo 10 · 22 min de lectura · 29 min de escucha
Sobre los celos y la envidia
Argumento.—Después de señalar que los celos o la envidia son un pecado tanto más odioso cuanto más oculta está su maldad, y que su origen ha de buscarse en el diablo, ofrece ejemplos de envidia tomados del Antiguo Testamento y deduce, por referencia a vicios particulares, que la envidia es la raíz de toda maldad. Por eso, con razón, el odio fraterno fue prohibido no en un solo lugar, sino por Cristo y por sus apóstoles. Finalmente, exhortando al amor a los enemigos con el ejemplo de Dios, aparta del pecado de la envidia, poniendo delante las recompensas prometidas a quienes se entregan al amor.
1. Tener celos de lo que se ve que es bueno, y envidiar a los que son mejores que uno mismo, les parece a algunos, amados hermanos, una falta leve y mezquina; y, por tenerse por cosa trivial y de poca importancia, no se la teme; al no temerla, se la desprecia; al despreciarla, no se la evita fácilmente; y así se convierte en un mal oscuro y oculto que, como no se percibe de modo que los prudentes se guarden de él, aflige en secreto a los ánimos incautos. Pero, además, el Señor nos mandó ser prudentes y nos encargó velar con solícito cuidado, no sea que el adversario, que siempre está al acecho y siempre tiende emboscadas, se deslice furtivamente en nuestro pecho y avive una llama con las chispas, agrandando las cosas pequeñas hasta hacerlas grandísimas; y así, mientras adormece a los desprevenidos y descuidados con un aire más suave y una brisa más blanda, levante tempestades y torbellinos, y provoque la ruina de la fe y el naufragio de la salvación y de la vida. Por tanto, amados hermanos, hemos de estar en guardia y esforzarnos con todas nuestras fuerzas por rechazar, con solícita y plena vigilancia, al enemigo que se enfurece y dirige sus dardos contra cada parte de nuestro cuerpo en que podemos ser alcanzados y heridos, conforme a lo que el apóstol Pedro, en su epístola, advierte y enseña, diciendo: «Sed sobrios, y velad; porque vuestro adversario el diablo, como león rugiente, anda alrededor buscando a quien devorar».
2. Anda alrededor de cada uno de nosotros; y, como un enemigo que asedia a los que están encerrados (en una ciudad), examina los muros y tantea si hay alguna parte de ellos menos firme y menos segura, por cuya entrada pueda penetrar hasta el interior. Presenta a los ojos formas seductoras y placeres fáciles, para destruir la castidad por la vista. Tienta los oídos con música armoniosa, para relajar y enervar el vigor cristiano con la audición de sonidos dulces. Provoca la lengua con injurias; incita la mano, con agravios que exasperan, a la temeridad del homicidio; para hacer al tramposo, le presenta ganancias deshonestas; para cautivar el alma con el dinero, amontona tesoros dañinos; promete honores terrenos, para privar de los celestiales; ostenta cosas falsas, para robar las verdaderas; y cuando no puede engañar a escondidas, amenaza abierta y francamente, esgrimiendo el temor de una persecución turbulenta para vencer a los siervos de Dios: siempre inquieto y siempre hostil, astuto en la paz y feroz en la persecución.
3. Por eso, amados hermanos, contra todas las asechanzas engañosas del diablo o sus amenazas manifiestas, el ánimo debe estar preparado y armado, siempre tan dispuesto a rechazar como el enemigo está siempre dispuesto a atacar. Y puesto que son más frecuentes aquellos dardos suyos que se nos acercan a escondidas, y su lanzamiento más oculto y secreto resulta tanto más grave y frecuentemente eficaz para herirnos cuanto menos se percibe, estemos también vigilantes para entender y rechazar estos, entre los cuales está el mal de los celos y la envidia. Y si alguno lo examina de cerca, hallará que de nada debe guardarse más el cristiano, nada debe vigilar con más cuidado, que ser cautivado por la envidia y la malicia, para que nadie, enredado en los lazos ciegos de un enemigo engañoso, al volverse el hermano por envidia al odio contra su hermano, sea él mismo destruido sin advertirlo por su propia espada. Para que podamos reunir esto más plenamente y percibirlo con más claridad, remontémonos a su fuente y origen. Consideremos de dónde nacen los celos, y cuándo y cómo comienzan. Porque un mal tan dañino lo evitaremos con más facilidad si conocemos tanto la fuente como la magnitud de ese mismo mal.
4. De esta fuente, ya en los mismos comienzos del mundo, el diablo fue el primero que pereció (él mismo) y perdió (a otros). Aquel que estaba sostenido en la majestad angélica, aquel que era acepto y amado de Dios, cuando vio al hombre hecho a imagen de Dios, prorrumpió en celos con envidia malévola; no derribando a otro por el impulso de sus celos antes de ser él mismo derribado primero por los celos, cautivo antes de cautivar, perdido antes de perder a otros. Mientras, a instigación de los celos, despoja al hombre de la gracia de la inmortalidad que le había sido concedida, él mismo perdió lo que antes había sido. ¡Qué gran mal es este, amados hermanos, por el cual cayó un ángel, por el cual aquella grandeza excelsa e ilustre pudo ser defraudada y derribada, por el cual el que engañó fue él mismo engañado! Desde entonces la envidia hace estragos en la tierra, pues el que va a perecer por los celos obedece al autor de su ruina, imitando al diablo en sus celos; como está escrito: «Mas por envidia del diablo entró la muerte en el mundo». Por eso lo imitan los que son de su partido.
5. De ahí, en suma, comenzaron los primeros odios de la nueva fraternidad, de ahí los abominables fratricidios, cuando el injusto Caín tiene celos del justo Abel, cuando el malvado persigue al bueno con envidia y celos. Tanto prevaleció la furia de la envidia hasta consumar aquella obra de maldad, que no se tuvo en cuenta ni el amor al hermano, ni la enormidad del crimen, ni el temor de Dios, ni el castigo del pecado. Fue herido injustamente el que había sido el primero en mostrar la justicia; sufrió el odio el que no había sabido odiar; fue muerto impíamente el que, al morir, no resistió. Y que Esaú fuera hostil a su hermano Jacob nació también de los celos. Porque, como este había recibido la bendición de su padre, aquel se inflamó en un odio perseguidor con las teas de los celos. Y que José fuera vendido por sus hermanos, la razón de venderlo procedió de la envidia. Cuando, con sencillez y como hermano a sus hermanos, les expuso la prosperidad que se le había mostrado en visiones, su ánimo malévolo prorrumpió en envidia. Además, que el rey Saúl odiara a David, hasta buscar con persecuciones repetidas una y otra vez darle muerte —a él, inocente, misericordioso, apacible, paciente en la mansedumbre—, ¿qué otra provocación tuvo sino el aguijón de los celos? Porque, cuando fue muerto Goliat, y con la ayuda y la condescendencia de Dios fue derrotado tan gran enemigo, el pueblo, admirado, prorrumpió con el sufragio de su aclamación en alabanzas a David, Saúl concibió por los celos la furia de la enemistad y la persecución. Y, para no extendernos enumerando cada caso, observemos la ruina de un pueblo que pereció de una vez para siempre. ¿No perecieron los judíos por esta razón, porque prefirieron envidiar a Cristo antes que creerle? Menospreciando aquellas grandes obras que hizo, fueron engañados por unos celos que los cegaban, y no pudieron abrir los ojos de su corazón al conocimiento de las cosas divinas.
6. Considerando estas cosas, amados hermanos, fortifiquemos con vigilancia y valor nuestros corazones consagrados a Dios contra un mal tan destructor. Sirva la muerte de otros para nuestra seguridad; procure el castigo de los necios la salud a los prudentes. Además, no hay motivo para que nadie suponga que un mal de esa clase está encerrado en una sola forma, o contenido en breves límites dentro de un estrecho confín. El daño de los celos, múltiple y fecundo, se extiende ampliamente. Es la raíz de todos los males, la fuente de las desgracias, el semillero de los crímenes, la materia de las transgresiones. De ahí nace el odio, de ahí procede la animosidad. Los celos inflaman la avaricia, porque uno no puede contentarse con lo suyo mientras ve a otro más rico. Los celos despiertan la ambición, cuando uno ve a otro más encumbrado en honores. Cuando los celos oscurecen nuestras percepciones y someten a su mando los resortes secretos de la mente, se desprecia el temor de Dios, se descuida la enseñanza de Cristo, no se tiene presente el día del juicio. La soberbia hincha, la crueldad amarga, la infidelidad prevarica, la impaciencia agita, la discordia se enfurece, la ira se enciende; y el que ha quedado sometido a un poder ajeno ya no puede contenerse ni gobernarse a sí mismo. Por esto se rompe el vínculo de la paz del Señor; por esto se viola la caridad fraterna; por esto se adultera la verdad y se divide la unidad; los hombres se precipitan en herejías y cismas cuando se menosprecia a los sacerdotes, cuando se envidia a los obispos, cuando uno se queja de no haber sido ordenado él en lugar de otro, o desdeña soportar que otro sea puesto por encima de él. De ahí que el hombre altivo por los celos y perverso por la envidia cocee, de ahí que se rebele, adversario, en su ira y malicia, no del hombre, sino de la dignidad.
7. Pero ¡qué gusano roedor del alma es, qué llaga de nuestros pensamientos, qué herrumbre del corazón, tener celos de otro, ya por su virtud, ya por su dicha; es decir, odiar en él o sus propios méritos o los beneficios divinos; convertir las ventajas ajenas en daño propio; atormentarse con la prosperidad de los hombres ilustres; hacer de la gloria ajena la propia pena y, por así decirlo, aplicar una especie de verdugo al propio pecho, llevar los atormentadores a los propios pensamientos y sentimientos, para que nos desgarren con dolores intestinos y hieran los rincones secretos del corazón con la pezuña de la malevolencia! Para estos ningún alimento es gozoso, ninguna bebida puede ser alegre. Siempre están suspirando, gimiendo y afligiéndose; y como el envidioso nunca se despoja de la envidia, el corazón poseído se desgarra sin tregua día y noche. Los demás males tienen su límite, y cualquier agravio que se comete queda acotado por la consumación del crimen. En el adúltero la ofensa cesa una vez perpetrada la violación; en el caso del salteador, el crimen descansa una vez cometido el homicidio; la posesión del botín pone fin a la rapacidad del ladrón; y el engaño consumado pone límite al agravio del tramposo. Los celos no tienen límite; son un mal que dura continuamente y un pecado sin fin. Cuanto mayor es el éxito del que es envidiado, tanto más se abrasa el envidioso en los fuegos de los celos.
8. De ahí el semblante amenazador, el aspecto torvo, la palidez en el rostro, el temblor en los labios, el rechinar de dientes, las palabras locas, los insultos desenfrenados, la mano pronta a la violencia de la matanza; aunque por el momento se vea privada de espada, armada sin embargo con el odio de una mente enfurecida. Y por eso dice el Espíritu Santo en los Salmos: «No tengas celos del que prospera en su camino». Y también: «El impío acechará al justo, y crujirá sobre él sus dientes. Mas Dios se reirá de él; porque ve que viene su día». El bienaventurado apóstol Pablo designa y señala a estos cuando dice: «Veneno de áspides hay debajo de sus labios, y su boca está llena de maldición y de amargura. Sus pies son ligeros para derramar sangre; quebranto y desventura hay en sus caminos, y no conocieron el camino de la paz; no hay temor de Dios delante de sus ojos».
9. El daño es mucho más leve, y el peligro menor, cuando los miembros son heridos con la espada. La curación es fácil donde la herida es manifiesta; y, aplicado el remedio, la llaga que se ve recobra pronto la salud. Las heridas de los celos son ocultas y secretas, y no admiten el remedio de una cura saludable, pues se han encerrado con un sufrimiento ciego en los escondrijos de la conciencia. Quienquiera que seas tú, envidioso y malévolo, observa cuán astuto, dañino y odioso eres para aquellos a quienes odias. Sin embargo, de nadie eres tan enemigo del bienestar como del tuyo propio. Aquel, quienquiera que sea, a quien persigues con tus celos puede evadirte y escapar de ti. Tú no puedes escapar de ti mismo. Dondequiera que estés, tu adversario está contigo; tu enemigo está siempre en tu propio pecho; tu daño está encerrado dentro; estás atado y sujeto con los eslabones de unas cadenas de las que no puedes librarte; estás cautivo bajo la tiranía de los celos; y ningún consuelo te servirá de ayuda. Es un mal obstinado perseguir a un hombre que pertenece a la gracia de Dios. Es una calamidad sin remedio odiar a los dichosos.
10. Y por eso, amados hermanos, el Señor, previendo este peligro, para que nadie cayese en el lazo de la muerte por celos de su hermano, cuando sus discípulos le preguntaron quién de ellos sería el mayor, dijo: «El que fuere el menor entre todos vosotros, este será el grande». Con su respuesta cortó toda envidia. Arrancó y desarraigó toda causa y materia de la envidia que roe. El discípulo de Cristo no debe tener celos, no debe ser envidioso. Entre nosotros no puede haber contienda por encumbrarse; desde la humildad crecemos hasta las más altas cumbres; hemos aprendido de qué manera podemos agradar. Y finalmente, el apóstol Pablo, instruyendo y advirtiendo que nosotros, que, iluminados por la luz de Cristo, hemos escapado de las tinieblas de la conducta de la noche, debemos andar en las obras y acciones de la luz, escribe y dice: «La noche ha pasado, y el día se acerca: desechemos, pues, las obras de las tinieblas, y vistámonos las armas de la luz. Andemos honestamente, como de día; no en glotonerías y borracheras, no en lascivias y disoluciones, no en contiendas y celos». Si las tinieblas se han retirado de tu pecho, si la noche se ha disipado de él, si la oscuridad ha sido ahuyentada, si el resplandor del día ha iluminado tus sentidos, si has comenzado a ser hombre de luz, haz las cosas que son de Cristo, porque Cristo es la Luz y el Día.
11. ¿Por qué te precipitas en las tinieblas de los celos? ¿Por qué te envuelves en la nube de la malicia? ¿Por qué apagas toda la luz de la paz y de la caridad en la ceguera de la envidia? ¿Por qué vuelves al diablo, al que habías renunciado? ¿Por qué te comportas como Caín? Porque el que tiene celos de su hermano y lo aborrece está atado por la culpa del homicidio, lo declara el apóstol Juan en su epístola, diciendo: «Cualquiera que aborrece a su hermano es homicida; y sabéis que ningún homicida tiene vida permanente en sí». Y también: «El que dice que está en la luz, y aborrece a su hermano, está en tinieblas hasta ahora, y anda en tinieblas, y no sabe adónde va; porque las tinieblas le han cegado los ojos». Cualquiera que aborrece —dice— a su hermano anda en tinieblas y no sabe adónde va. Porque va sin advertirlo a la gehena, en ignorancia y ceguera; corre al castigo, apartándose, es decir, de la luz de Cristo, que advierte y dice: «Yo soy la luz del mundo; el que me sigue no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida». Y sigue a Cristo el que se mantiene en sus preceptos, el que anda por el camino de su enseñanza, el que sigue sus pisadas y sus caminos, el que imita lo que Cristo hizo y enseñó; conforme a lo que también Pedro exhorta y advierte, diciendo: «Cristo padeció por nosotros, dejándoos ejemplo, para que sigáis sus pisadas».
12. Debemos recordar con qué nombre llama Cristo a su pueblo, con qué título designa a su rebaño. Los llama ovejas, para que su inocencia cristiana sea como la de las ovejas; los llama corderos, para que su sencillez de ánimo imite la naturaleza sencilla de los corderos. ¿Por qué se esconde el lobo bajo vestido de oveja? ¿Por qué deshonra el rebaño de Cristo el que falsamente se dice cristiano? Revestirse del nombre de Cristo y no andar por el camino de Cristo, ¿qué otra cosa es sino una burla del nombre divino, sino un abandono del camino de la salvación? Pues él mismo enseña y dice que llegará a la vida el que guarda sus mandamientos, y que es sabio el que oye y hace sus palabras; que, además, es llamado el mayor doctor en el reino de los cielos el que así hace y enseña; que, por tanto, aprovechará al predicador lo que bien y útilmente ha predicado, si lo que pronuncia su boca lo cumplen las obras que siguen. Pero ¿qué inculcó el Señor con más frecuencia a sus discípulos, qué mandó guardar y observar más entre sus consejos saludables y sus preceptos celestiales, sino que, con el mismo amor con que él amó a los discípulos, también nosotros nos amemos unos a otros? ¿Y de qué manera guarda la paz o el amor del Señor aquel que, cuando irrumpen los celos, no puede ser ni pacífico ni amoroso?
13. Así también el apóstol Pablo, cuando encarecía los méritos de la paz y de la caridad, y cuando afirmaba y enseñaba con fuerza que ni la fe ni las limosnas, ni aun la pasión misma del confesor y del mártir le servirían de nada si no guardaba íntegras e inviolables las exigencias de la caridad, añadió y dijo: «La caridad es magnánima; la caridad es benigna; la caridad no tiene envidia»; enseñando, sin duda, y mostrando que quien es magnánimo, benigno y ajeno a los celos y al rencor, ese puede mantener la caridad. Además, en otro lugar, cuando aconsejaba que el hombre que ya ha sido lleno del Espíritu Santo, e hijo de Dios por el nacimiento celestial, no atienda sino a las cosas espirituales y divinas, lo establece y dice: «Y yo, hermanos, no pude hablaros como a espirituales, sino como a carnales, como a niños en Cristo. Os di a beber leche, y no vianda; porque aún no podíais, ni aun ahora podéis. Porque todavía sois carnales; pues habiendo entre vosotros celos, y contiendas, y disensiones, ¿no sois carnales, y andáis como hombres?».
14. Hay que pisotear los vicios y los pecados carnales, amados hermanos, y hollar con vigor espiritual la peste corruptora del cuerpo terreno, no sea que, al volvernos de nuevo a la conducta del hombre viejo, quedemos enredados en lazos mortales, tal como el apóstol, con previsión y de modo saludable, nos advirtió de esto mismo, y dijo: «Así que, hermanos, no vivamos conforme a la carne; porque si vivís conforme a la carne, comenzaréis a morir; mas si por el Espíritu mortificáis las obras de la carne, viviréis. Porque todos los que son guiados por el Espíritu de Dios, estos son hijos de Dios». Si somos hijos de Dios, si comenzamos ya a ser templos suyos, si, habiendo recibido el Espíritu Santo, vivimos santa y espiritualmente, si hemos levantado los ojos de la tierra al cielo, si hemos elevado nuestros corazones, llenos de Dios y de Cristo, a las cosas de arriba y divinas, no hagamos sino lo que es digno de Dios y de Cristo, tal como el apóstol nos despierta y exhorta, diciendo: «Si habéis resucitado con Cristo, buscad las cosas de arriba, donde está Cristo sentado a la diestra de Dios; ocupad vuestra mente en las cosas de arriba, no en las de la tierra. Porque muertos sois, y vuestra vida está escondida con Cristo en Dios. Mas cuando Cristo, vuestra vida, se manifieste, entonces también vosotros seréis manifestados con él en gloria». Así pues, nosotros, que en el bautismo hemos muerto y hemos sido sepultados en cuanto a los pecados carnales del hombre viejo, que hemos resucitado con Cristo en la regeneración celestial, pensemos y hagamos las cosas que son de Cristo, tal como el mismo apóstol enseña y aconseja de nuevo, diciendo: «El primer hombre es del polvo de la tierra; el segundo hombre es del cielo. Cual es el de la tierra, tales son también los que son de la tierra; y cual es el celestial, tales son también los celestiales. Como hemos traído la imagen del que es de la tierra, traigamos también la imagen del que es del cielo». Pero no podemos traer la imagen celestial si, en el estado en que ya hemos comenzado a estar, no mostramos la semejanza de Cristo.
15. Porque esto es cambiar lo que habías sido y comenzar a ser lo que no eras: que resplandezca en ti el nacimiento divino, que la conducta piadosa responda a Dios Padre, que en la honra y alabanza de la vida sea Dios glorificado en el hombre; como él mismo exhorta, y advierte, y promete a los que lo glorifican una recompensa a su vez, diciendo: «A los que me glorifican, yo los glorificaré, y el que me desprecia será despreciado». Para esta glorificación, el Señor, formándonos y preparándonos, y el Hijo de Dios, infundiendo la semejanza de Dios Padre, dice en su Evangelio: «Oísteis que fue dicho: Amarás a tu prójimo, y aborrecerás a tu enemigo. Mas yo os digo: Amad a vuestros enemigos, y orad por los que os persiguen; para que seáis hijos de vuestro Padre que está en los cielos, que hace salir su sol sobre buenos y malos, y hace llover sobre justos e injustos». Si para los hombres es motivo de gozo y de gloria tener hijos semejantes a ellos —y resulta más grato haber engendrado descendencia cuando la prole que queda responde al progenitor con rasgos semejantes—, ¡cuánto mayor es la alegría de Dios Padre cuando alguien nace espiritualmente de tal modo que en sus actos y alabanzas se proclama la divina nobleza de su linaje! ¡Qué palma de justicia es, qué corona, ser tal que el Señor no diga de ti: «Crie hijos y los engrandecí, pero ellos me despreciaron»! Que más bien Cristo te aplauda y te invite a la recompensa, diciendo: «Venid, benditos de mi Padre, recibid el reino que está preparado para vosotros desde el principio del mundo».
16. La mente debe fortalecerse, amados hermanos, con estas meditaciones. Con ejercicios de esta clase debe afirmarse contra todos los dardos del diablo. Esté la lectura divina en las manos, los pensamientos del Señor en la mente; que la oración constante no cese nunca; que persevere el trabajo saludable. Ocupémonos siempre en acciones espirituales, para que, cuantas veces se acerque el enemigo, por mucho que intente aproximarse, encuentre el pecho cerrado y armado contra él. Porque la corona del cristiano no es solo la que se recibe en tiempo de persecución: también la paz tiene sus coronas, con las que son coronados los vencedores de un combate variado y múltiple, cuando su adversario queda postrado y sometido. Haber vencido la concupiscencia es la palma de la continencia. Haber resistido a la ira, a la injuria, es la corona de la paciencia. Despreciar el dinero es un triunfo sobre la avaricia. Es alabanza de la fe sufrir la adversidad del mundo confiando en lo futuro. Y el que no es altivo en la prosperidad obtiene gloria por su humildad; y el que se inclina a la misericordia de socorrer a los pobres obtiene la retribución de un tesoro celestial; y el que no sabe tener celos, y con un solo corazón y con mansedumbre ama a sus hermanos, es honrado con la recompensa del amor y de la paz. En esta carrera de virtudes corremos cada día; a estas palmas y coronas de justicia llegamos sin interrupción de tiempo.
17. Para que también tú, que habías sido poseído por los celos y el rencor, llegues a estas recompensas, desecha toda aquella malicia que antes te tenía sujeto, y transfórmate hacia el camino de la vida eterna siguiendo las huellas de la salvación. Arranca de tu pecho espinas y abrojos, para que la semilla del Señor te enriquezca con un fruto fértil, para que el sembrado divino y espiritual abunde en la plenitud de una cosecha fecunda. Arroja el veneno de la hiel, arroja la ponzoña de las discordias. Purifíquese la mente que la malicia de la serpiente había infectado; ablándese con la dulzura de Cristo toda amargura que se había asentado dentro. Si tomas comida y bebida del sacramento de la cruz, que el madero que en Mara sirvió en figura para endulzar el sabor te sirva en realidad para calmar tu pecho ablandado; y no tendrás que esforzarte en buscar medicina para tu creciente salud. Cúrate con aquello mismo con que habías sido herido. Ama a los que antes odiabas; favorece a los que envidiabas con injustos menosprecios. Imita a los buenos, si puedes seguirlos; pero si no puedes seguirlos, al menos alégrate con ellos y felicita a los que son mejores que tú. Hazte partícipe con ellos en un amor unido; hazte su compañero en la alianza de la caridad y en el vínculo de la fraternidad. Tus deudas te serán perdonadas cuando tú mismo hayas perdonado. Tus sacrificios serán aceptados cuando vengas en paz a Dios. Tus pensamientos y acciones serán dirigidos desde lo alto cuando consideres las cosas que son divinas y justas, como está escrito: «Considere el corazón del hombre las cosas justas, para que sus pasos sean dirigidos por el Señor».
18. Y tienes muchas cosas que considerar. Piensa en el paraíso, donde no entra Caín, que por celos mató a su hermano. Piensa en el reino celestial, al que el Señor no admite sino a los que son de un mismo corazón y de un mismo ánimo. Considera que solo pueden llamarse hijos de Dios los pacificadores, los que por el nacimiento celestial y por la ley divina han sido hechos uno, y responden a la semejanza de Dios Padre y de Cristo. Considera que estamos bajo la mirada de Dios, que recorremos la carrera de nuestra conducta y de nuestra vida mientras Dios mismo mira y juzga, para que al fin podamos llegar a contemplarlo, si ahora agradamos con nuestras acciones a aquel que nos ve, si nos mostramos dignos de su favor y de su indulgencia; si nosotros, que hemos de agradarle siempre en su reino, le agradamos antes en el mundo.
Capítulo 10 completado
Sobre los celos y la envidia