Los tratados de Cipriano
Sobre la vanidad de los ídolos

Capítulo 6 · 15 min de lectura · 19 min de escucha

Sobre la vanidad de los ídolos

Argumento.—Este encabezamiento abarca las tres divisiones principales de este tratado. El autor muestra, ante todo, que aquellos en cuyo honor se fundaron templos, se modelaron estatuas, se sacrificaron víctimas y se celebraron días festivos fueron reyes y hombres, y no dioses; y que, por tanto, su culto no podía servir de nada ni a los extranjeros ni a los romanos, y que el poder del Imperio romano debía atribuirse al hado más que a ellos, puesto que había surgido por cierta buena fortuna y se avergonzaba de su propio origen.

1. Que no son dioses aquellos a quienes adora el vulgo se conoce por esto. Fueron antiguamente reyes que, por la memoria de su realeza, comenzaron luego a ser adorados por sus pueblos aun después de muertos. De ahí que se les fundaran templos; de ahí que se esculpieran imágenes para retener por la semejanza los rostros de los difuntos; y los hombres sacrificaban víctimas y celebraban días festivos para tributarles honor. De ahí que para la posteridad se volvieran sagrados aquellos ritos que al principio se habían adoptado como consuelo. Y veamos ahora si esta verdad se confirma en los casos particulares.

2. Melicertes y Leucótea se arrojan al mar, y luego se convierten en divinidades marinas. Los Cástores mueren por turnos, para poder vivir. Esculapio es fulminado por el rayo, para elevarse a dios. Hércules, para despojarse del hombre, es abrasado en los fuegos del Eta. Apolo apacentó los rebaños de Admeto; Neptuno levantó murallas para Laomedonte, y no recibió —¡desdichado constructor!— salario alguno por su obra. En Creta puede verse la cueva de Júpiter, y se muestra su sepulcro; y es manifiesto que Saturno fue expulsado por él, y que de él recibió su nombre el Lacio, por haber sido su escondite. Él fue el primero que enseñó a imprimir letras; él fue el primero que enseñó a acuñar moneda en Italia, y de ahí que el tesoro se llame el erario de Saturno. Y él fue también el cultivador de la vida rústica, por lo que se le pinta como un anciano que lleva una hoz. Jano lo había acogido como huésped cuando fue expulsado, y de su nombre se llama el Janículo y se estableció el mes de enero. A él mismo se le representa con dos caras, porque, colocado en medio, parece mirar igualmente hacia el año que comienza y hacia el que termina. Los mauros, en efecto, adoran abiertamente a reyes, y no ocultan su nombre con disfraz alguno.

3. Por esto la religión de los dioses cambia de diversos modos entre las distintas naciones y provincias, ya que no hay un solo dios adorado por todos, sino que cada cual conserva como propio el culto de sus antepasados. Para probar que así es, Alejandro Magno escribe, en el notable volumen dirigido a su madre, que por miedo a su poder un sacerdote le había revelado la doctrina, mantenida en secreto, de que los dioses eran hombres; que lo que en realidad se conservaba era la memoria de los antepasados y de los reyes, y que de ahí habían nacido los ritos del culto y del sacrificio. Pero si los dioses nacieron en algún tiempo, ¿por qué no nacen también en estos días?, a no ser, en verdad, que Júpiter se haya vuelto quizá demasiado viejo, o que a Juno le haya faltado la facultad de dar a luz.

4. Pero ¿por qué piensas que los dioses pueden valer en favor de los romanos, cuando ves que nada pueden hacer por sus propios adoradores frente a las armas romanas? Pues sabemos que los dioses de los romanos son autóctonos. Rómulo fue hecho dios por el perjurio de Próculo, y Pico, y Tiberino, y Pilumno, y Conso, a quien Rómulo quiso que se adorase como dios de la traición, como si hubiera sido dios de los consejos, cuando su perfidia desembocó en el rapto de las sabinas. Tacio también inventó y adoró a la diosa Cloacina; Hostilio, al Miedo y a la Palidez. Más tarde, no sé por quién, se consagró a la Fiebre, y a Aca y a Flora, las rameras. Estos son los dioses romanos. Pero Marte es tracio, y Júpiter cretense, y Juno argiva, o samia, o cartaginesa, y Diana de Táuride, y la madre de los dioses del Ida; y hay monstruos egipcios, no divinidades, que ciertamente, si hubieran tenido algún poder, habrían conservado sus propios reinos y los de sus pueblos. Hay, sin duda, también entre los romanos los Penates vencidos que el fugitivo Eneas introdujo allí. Hay también una Venus calva, mucho más deshonrada en Roma por su calvicie que por haber sido herida en Homero.

5. Los reinos no se elevan a la supremacía por mérito, sino que varían por azar. El imperio lo tuvieron antes los asirios, los medos y los persas; y sabemos también que griegos y egipcios han ejercido dominio. Así, en las cambiantes vicisitudes del poder, el tiempo del imperio ha llegado también a los romanos, como a los demás. Pero si te remontas a su origen, por fuerza has de sonrojarte. Se reúne un pueblo de disolutos y criminales, y, al fundarse un asilo, la impunidad de los crímenes hace grande su número; y para que su mismo rey tenga la primacía en el crimen, Rómulo se hace fratricida; y para fomentar el matrimonio, da comienzo a ese asunto de concordia con discordias. Roban, hacen violencia, engañan para aumentar la población de la ciudad; su matrimonio consiste en pactos de hospitalidad quebrantados y en guerras crueles con sus suegros. El consulado, además, es el grado más alto de los honores romanos, y sin embargo vemos que el consulado comenzó igual que el reino. Bruto da muerte a sus hijos, para que la estima de su dignidad crezca con la aprobación de su crimen. El reino romano, por tanto, no creció por la santidad de la religión, ni por los auspicios y augurios, sino que guarda su tiempo señalado dentro de un límite definido. Además, Régulo observó los auspicios, y sin embargo fue hecho prisionero; y Mancino observó sus obligaciones religiosas, y sin embargo fue enviado bajo el yugo. Paulo tuvo pollos que comieron, y aun así fue muerto en Cannas. Cayo César despreció los augurios y auspicios que se oponían a que enviara naves a África antes del invierno; y sin embargo, tanto más fácilmente navegó y venció.

6. De todos estos, sin embargo, el principio es el mismo, que extravía y engaña, y con artimañas que oscurecen la verdad arrastra a una plebe crédula y necia. Son espíritus impuros y errantes que, tras haberse empapado de los vicios terrenos, se han apartado de su vigor celestial por el contagio de la tierra, y no cesan, arruinados ellos mismos, de buscar la ruina de otros; y, degradados ellos mismos, de infundir en otros el error de su propia degradación. A estos demonios los reconocen también los poetas, y Sócrates declaraba que era instruido y gobernado según la voluntad de un demonio; y de ahí que los magos tengan poder para hacer daño o para burlarse, aunque su jefe, Ostanes, dice que la forma del verdadero Dios no puede ser vista, y declara que los verdaderos ángeles están en torno a su trono. En lo cual coincide también Platón por el mismo principio, y, sosteniendo un solo Dios, llama a los demás ángeles o demonios. Además, Hermes Trismegisto habla de un solo Dios, y confiesa que es incomprensible y está por encima de nuestra estimación.

7. Estos espíritus, por tanto, se ocultan bajo las estatuas y las imágenes consagradas: estos inspiran con su soplo el pecho de sus adivinos, animan las fibras de las entrañas, dirigen el vuelo de las aves, gobiernan las suertes, dan eficacia a los oráculos, mezclan siempre la mentira con la verdad, pues son engañados y engañan; perturban su vida, inquietan su sueño; sus espíritus, introduciéndose también en sus cuerpos, aterran secretamente sus mentes, retuercen sus miembros, quebrantan su salud, provocan enfermedades para forzarlos a darles culto, de modo que, saciados con el vapor de los altares y las piras de ganado, desaten lo que habían atado, y así parezcan haber obrado una curación. El único remedio frente a ellos es que cese su propio maleficio; y no tienen otro deseo que apartar a los hombres de Dios, y desviarlos del conocimiento de la verdadera religión hacia la superstición respecto de ellos mismos; y, puesto que ellos mismos están bajo castigo, (quieren) buscarse compañeros de castigo, a quienes con su extravío puedan hacer partícipes de su crimen. Estos, sin embargo, cuando son conjurados por nosotros en nombre del Dios verdadero, ceden al punto y confiesan, y se ven obligados a salir de los cuerpos poseídos. Puedes verlos, a nuestra voz y por la acción de la majestad oculta, heridos con azotes, quemados con fuego, estirados con el aumento de un castigo creciente, aullando, gimiendo, suplicando, confesando de dónde vinieron y cuándo se marchan, aun a oídos de los mismos que los adoran, y, ya saltando fuera al instante, ya desvaneciéndose poco a poco, según acuda en ayuda la fe del que padece o actúe la gracia del que sana. De ahí que inciten al vulgo a detestar nuestro nombre, para que los hombres empiecen a odiarnos antes de conocernos, no sea que, conociéndonos, nos imiten, o no puedan condenarnos.

8. Por tanto, el único Señor de todo es Dios. Porque esa sublimidad no puede tener igual alguno, ya que solo ella posee todo el poder. Tomemos, además, de la tierra un ejemplo para el gobierno divino. ¿Cuándo una alianza en la realeza comenzó con buena fe o terminó sin derramamiento de sangre? Así se rompió la hermandad de los tebanos, y la discordia perduró aun en la muerte en sus cenizas desunidas. Y un solo reino no pudo contener a los gemelos romanos, aunque el abrigo de un solo seno los había albergado. Pompeyo y César eran parientes, y sin embargo no mantuvieron el vínculo de su parentesco en su poder envidioso. Ni debes maravillarte de esto en cuanto al hombre, puesto que en ello concuerda toda la naturaleza. Las abejas tienen un solo rey, y en los rebaños hay un solo guía, y en las manadas un solo jefe. Mucho más es uno el Gobernante del mundo, que manda todas las cosas, cualesquiera que sean, con su palabra, las dispone con su sabiduría y las lleva a cabo con su poder.

9. No puede ser visto: es demasiado resplandeciente para la vista; ni comprendido: es demasiado puro para nuestro discernimiento; ni estimado: es demasiado grande para nuestra percepción; y por eso solo lo estimamos dignamente cuando decimos que es inconcebible. Pero ¿qué templo puede tener Dios, cuyo templo es el mundo entero? Y, mientras el hombre habita a lo largo y a lo ancho, ¿encerraré yo el poder de tan gran majestad dentro de un pequeño edificio? En nuestra mente se le ha de dedicar; en nuestro pecho se le ha de consagrar. Ni debes preguntar el nombre de Dios. Dios es su nombre. Entre aquellos hacen falta nombres donde una multitud ha de distinguirse por las características propias de las denominaciones. A Dios, que es el único, pertenece todo el nombre de Dios; por tanto, él es uno, y él, en su totalidad, está difundido por todas partes. Porque aun el vulgo, en muchas cosas, confiesa naturalmente a Dios, cuando su mente y su alma son advertidas de su autor y origen. Con frecuencia oímos decir: «¡Oh Dios!», y «Dios ve», y «A Dios encomiendo», y «Dios te dé», y «Como Dios quiera», y «Si Dios lo concede»; y este es el colmo del pecado: negarse a reconocer a aquel a quien no puedes dejar de conocer.

10. Pero que Cristo existe, y de qué manera nos llegó la salvación por medio de él, este es el plan, este es el medio. Ante todo, se dio a los judíos el favor de Dios. Así fueron justos antiguamente; así sus antepasados fueron obedientes a sus compromisos religiosos. De ahí que entre ellos floreciera la grandeza de su gobierno y prosperara la grandeza de su raza. Pero luego, volviéndose negligentes en la disciplina, soberbios e hinchados por la confianza en sus padres, despreciaron los preceptos divinos y perdieron el favor que se les había concedido. Pero cuán profana se volvió su vida, qué ofensa contrajeron contra su religión violada, ellos mismos dan testimonio, puesto que, aunque callan con la voz, lo confiesan con su fin. Dispersos y errantes, vagan de un lado a otro; desterrados de su propio suelo y de su clima, quedan a merced de la hospitalidad de los extraños.

11. Además, Dios había predicho que sucedería que, al pasar los siglos y estando cerca el fin del mundo, Dios reuniría para sí de toda nación, y pueblo, y lugar, adoradores mucho mejores en la obediencia y más fuertes en la fe, que sacarían del don divino aquella misericordia que los judíos habían recibido y perdido al despreciar sus ordenanzas religiosas. Por eso es enviado el Verbo e Hijo de Dios como dispensador y maestro de esta misericordia y gracia, el cual por todos los profetas de antaño fue anunciado como iluminador y maestro del género humano. Él es el poder de Dios, él es la razón, él es su sabiduría y su gloria; entra en una virgen; siendo el Espíritu santo, se reviste de carne; Dios se une con el hombre. Este es nuestro Dios, este es Cristo, que, como mediador de los dos, se reviste del hombre para conducirlos al Padre. Lo que el hombre es, Cristo quiso serlo, para que el hombre también pueda ser lo que Cristo es.

12. Y los judíos sabían que Cristo había de venir, pues siempre les era anunciado por las advertencias de los profetas. Pero, habiéndoseles señalado su advenimiento como doble —uno que cumpliría el oficio y el ejemplo de un hombre, el otro que lo declararía como Dios—, no entendieron el primer advenimiento, que precedió, por estar oculto en su pasión, sino que creen solo en el que será manifiesto en poder. Pero que el pueblo de los judíos no pudiera entender esto fue el merecido de sus pecados. Fueron castigados de tal modo con la ceguera de su sabiduría y de su inteligencia, que ellos, que eran indignos de la vida, tenían la vida delante de los ojos y no la vieron.

13. Por tanto, cuando Cristo Jesús, conforme a lo que habían predicho los profetas, expulsaba de los hombres a los demonios con su palabra, y con el mandato de su voz fortalecía a los paralíticos, limpiaba a los leprosos, iluminaba a los ciegos, daba movimiento a los cojos, resucitaba a los muertos, obligaba a los elementos a obedecerle como siervos, a los vientos a servirle, a los mares a obedecerle, a las regiones inferiores a rendírsele, los judíos, que lo habían creído solo hombre por la humildad de su carne y de su cuerpo, lo tuvieron por hechicero a causa de la autoridad de su poder. Sus maestros y jefes —es decir, aquellos a quienes él venció en saber y en sabiduría—, inflamados de ira y espoleados por la indignación, finalmente lo prendieron y lo entregaron a Poncio Pilato, que era entonces procurador de Siria por los romanos, exigiendo con violenta y obstinada insistencia su crucifixión y su muerte.

14. Que ellos harían esto lo había predicho también él mismo; y el testimonio de todos los profetas lo había precedido igualmente: que era necesario que padeciera, no para sentir la muerte, sino para vencer a la muerte, y que, después de haber padecido, volviera de nuevo al cielo, para mostrar el poder de la majestad divina. Por tanto, el curso de los acontecimientos cumplió la promesa. Pues, crucificado, anticipándose al oficio del verdugo, él mismo, por su propia voluntad, entregó el espíritu, y al tercer día resucitó libremente de entre los muertos. Se apareció a sus discípulos tal como había sido. Se dio a reconocer a los que lo veían, estando en compañía de ellos; y, siendo evidente por la sustancia de su existencia corporal, se detuvo cuarenta días, para que fueran instruidos por él en los preceptos de la vida y aprendieran lo que habían de enseñar. Luego, envuelto en una nube, fue elevado al cielo, para llevar como vencedor al Padre al hombre a quien amó, de quien se revistió, a quien protegió de la muerte; y pronto ha de venir del cielo para el castigo del diablo y para el juicio del género humano, con la fuerza de un vengador y con el poder de un juez; mientras los discípulos, dispersos por el mundo, por mandato de su Maestro y Dios, proclamaban sus preceptos para la salvación, guiaban a los hombres desde su extravío en las tinieblas al camino de la luz, y daban ojos a los ciegos e ignorantes para el reconocimiento de la verdad.

15. Y para que la prueba no fuera menos sólida, y la confesión de Cristo no fuera cosa de placer, son probados con torturas, con crucifixiones, con muchas clases de castigos. Se aplica el dolor, que es la prueba de la verdad, para que Cristo, el Hijo de Dios, en quien se confía como dado a los hombres para su vida, fuera anunciado no solo por el pregón de la voz, sino por el testimonio del sufrimiento. Por eso lo acompañamos, lo seguimos, lo tenemos como Guía de nuestro camino, Fuente de la luz, Autor de la salvación, que promete el Padre y el cielo a los que buscan y creen. Lo que Cristo es, lo seremos nosotros, los cristianos, si imitamos a Cristo.

Capítulo 6 completado

Sobre la vanidad de los ídolos

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