Los tratados de Cipriano
Sobre la Oración del Señor

Capítulo 4 · 45 min de lectura · 58 min de escucha

Sobre la Oración del Señor

Argumento.—El tratado de Cipriano sobre la Oración del Señor comprende tres partes, división en la que imita a Tertuliano en su libro sobre la oración. En la primera parte muestra que la Oración del Señor es la más excelente de todas las oraciones, profundamente espiritual y la más eficaz para obtener lo que pedimos. En la segunda parte emprende la explicación de la Oración del Señor y, siguiendo todavía las huellas de Tertuliano, recorre sus siete cláusulas principales. Finalmente, en la tercera parte, considera las condiciones de la oración y nos enseña cómo debe ser la oración.—

1. Los preceptos evangélicos, amados hermanos, no son otra cosa que enseñanzas divinas: cimientos sobre los que edificar la esperanza, apoyos para afianzar la fe, alimentos para alentar el corazón, timones para guiar nuestro camino, defensas para alcanzar la salvación; preceptos que, mientras instruyen en la tierra las mentes dóciles de los creyentes, los conducen a los reinos celestiales. Dios quiso, además, que muchas cosas se dijeran y se oyeran por medio de los profetas, sus siervos; pero ¡cuánto mayores son las que habla el Hijo, las que atestigua con su propia voz el Verbo de Dios que estaba en los profetas! Ya no manda preparar el camino para su venida, sino que él mismo viene y nos abre y nos muestra el camino, para que nosotros, que antes andábamos errantes en las tinieblas de la muerte, imprevisores y ciegos, iluminados por la luz de la gracia, guardemos el camino de la vida, teniendo al Señor por gobernante y guía.

2. Él, entre sus demás amonestaciones saludables y preceptos divinos con que aconseja a su pueblo para su salvación, dio también él mismo una forma de orar: él mismo nos advirtió e instruyó acerca de lo que debemos pedir. El que nos hizo vivir nos enseñó también a orar, con aquella misma benignidad, a saber, con la que se ha dignado dar y conceder todo lo demás; a fin de que, al hablar al Padre con la oración y súplica que el Hijo nos ha enseñado, seamos oídos con mayor facilidad. Ya había predicho que venía la hora «cuando los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad»; y así cumplió lo que antes había prometido, para que nosotros, que por su santificación hemos recibido el Espíritu y la verdad, adoremos también por su enseñanza con verdad y en espíritu. Porque ¿qué oración puede ser más espiritual que la que nos fue dada por Cristo, por quien también nos fue dado el Espíritu Santo? ¿Qué súplica al Padre puede ser más verdadera que la que nos fue entregada de su propia boca por el Hijo, que es la Verdad? De modo que orar de otra manera que como él enseñó no es solo ignorancia, sino también pecado; pues él mismo estableció y dijo: «Rechazáis el mandamiento de Dios para guardar vuestras tradiciones».

3. Oremos, pues, hermanos amadísimos, como Dios, nuestro Maestro, nos ha enseñado. Es oración amistosa y familiar rogar a Dios con lo que es suyo, hacer subir a sus oídos la oración de Cristo. Reconozca el Padre las palabras de su Hijo cuando hacemos nuestra oración; y el que habita dentro de nuestro pecho, habite él mismo también en nuestra voz. Y puesto que lo tenemos como Abogado ante el Padre por nuestros pecados, cuando nosotros, pecadores, pidamos por nuestros pecados, presentemos las palabras de nuestro Abogado. Porque si él dice que «todo cuanto pidamos al Padre en su nombre, nos lo dará», ¡cuánto más eficazmente obtendremos lo que pedimos en nombre de Cristo, si lo pedimos con su propia oración!

4. Pero sean nuestras palabras y nuestra súplica, cuando oramos, disciplinadas, guardando sosiego y modestia. Consideremos que estamos en la presencia de Dios. Debemos agradar a los ojos divinos tanto con la postura del cuerpo como con la medida de la voz. Porque así como es propio del desvergonzado alborotar con sus gritos, así, por el contrario, conviene al modesto orar con peticiones mesuradas. Además, en su enseñanza el Señor nos ha mandado orar en secreto, en lugares escondidos y apartados, en nuestros mismos aposentos, lo cual conviene sobre todo a la fe, para que sepamos que Dios está presente en todas partes, que todo lo oye y lo ve, y que en la plenitud de su majestad penetra aun en los lugares ocultos y secretos, como está escrito: «Yo soy Dios de cerca, y no Dios de lejos. Si alguno se esconde en escondrijos, ¿acaso no lo veré yo? ¿No lleno yo el cielo y la tierra?». Y otra vez: «Los ojos del Señor están en todo lugar, mirando a los malos y a los buenos». Y cuando nos reunimos con los hermanos en un mismo lugar y celebramos los sacrificios divinos con el sacerdote de Dios, debemos acordarnos de la modestia y de la disciplina: no lanzar nuestras oraciones a la ventura, con voces destempladas, ni arrojar a Dios con tumultuosa palabrería una petición que debe encomendarse a Dios con modestia; porque Dios no oye la voz, sino el corazón. Ni hay que recordarle las cosas a gritos, pues él ve los pensamientos de los hombres, como nos lo prueba el Señor cuando dice: «¿Por qué pensáis mal en vuestros corazones?». Y en otro lugar: «Y todas las iglesias sabrán que yo soy el que escudriña los corazones y los riñones».

5. Y esto lo guarda y observa Ana en el primer libro de los Reyes, la cual era figura de la Iglesia, pues oró a Dios no con petición clamorosa, sino en silencio y con modestia, en lo más íntimo de su corazón. Habló con oración escondida, pero con fe manifiesta. Habló no con la voz, sino con el corazón, porque sabía que así oye Dios; y obtuvo eficazmente lo que buscaba, porque lo pidió con fe. Lo afirma la divina Escritura cuando dice: «Hablaba en su corazón, y se movían sus labios, y su voz no se oía; y Dios la escuchó». Leemos también en los Salmos: «Hablad en vuestros corazones, y en vuestros lechos, y sed compungidos». El Espíritu Santo sugiere además estas mismas cosas por medio de Jeremías, y enseña diciendo: «Pero en el corazón es donde debes adorar a Dios».

6. Y no ignore el que ora, amados hermanos, de qué manera oró el publicano junto con el fariseo en el templo. No con los ojos alzados al cielo con atrevimiento, ni con las manos levantadas con soberbia, sino golpeándose el pecho y confesando los pecados encerrados dentro, imploraba el auxilio de la misericordia divina. Y mientras el fariseo se complacía en sí mismo, este, que así pedía, mereció más bien ser santificado, pues no puso la esperanza de la salvación en la confianza de su inocencia, ya que no hay nadie que sea inocente, sino que, confesando su condición de pecador, oró con humildad, y el que perdona a los humildes oyó al que suplicaba. Y estas cosas las refiere el Señor en su Evangelio, diciendo: «Dos hombres subieron al templo a orar: uno fariseo, y el otro publicano. El fariseo, en pie, oraba consigo de esta manera: Dios, te doy gracias porque no soy como los otros hombres, injustos, ladrones, adúlteros, ni aun como este publicano; ayuno dos veces a la semana, doy diezmos de todo lo que poseo. Mas el publicano, estando lejos, no quería ni aun alzar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho, diciendo: Dios, sé propicio a mí, pecador. Os digo que este descendió a su casa justificado antes que el fariseo; porque cualquiera que se enaltece será humillado, y el que se humilla será enaltecido».

7. Una vez que hemos aprendido estas cosas, amados hermanos, de la lectura sagrada, y hemos comprendido de qué manera debemos acercarnos a la oración, conozcamos también por la enseñanza del Señor qué debemos pedir. «Así», dice él, «orad vosotros:—

«Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu nombre. Venga tu reino. Hágase tu voluntad, como en el cielo, así en la tierra. Danos hoy nuestro pan cotidiano. Y perdónanos nuestras deudas, como nosotros perdonamos a nuestros deudores. Y no permitas que seamos llevados a la tentación, mas líbranos del mal. Amén».

8. Ante todo, el Doctor de la paz y Maestro de la unidad no quiso que la oración se hiciera de modo singular e individual, de manera que quien ora, ore solo por sí mismo. Porque no decimos: «Padre mío, que estás en los cielos», ni: «Dame hoy mi pan cotidiano»; ni pide cada uno que se le perdone solo su propia deuda, ni solicita para sí solo no ser llevado a la tentación y ser librado del mal. Nuestra oración es pública y común; y cuando oramos, no oramos por uno solo, sino por todo el pueblo, porque nosotros, todo el pueblo, somos uno. El Dios de la paz y Maestro de la concordia, que enseñó la unidad, quiso que así orara uno por todos, del mismo modo que él nos llevó a todos en uno solo. Esta ley de la oración guardaron los tres jóvenes encerrados en el horno de fuego, hablando a una en la oración y siendo de un solo corazón en el acuerdo del espíritu; así nos lo asegura la fe de la sagrada Escritura, y al contarnos cómo oraron estos, nos da un ejemplo que debemos seguir en nuestras oraciones, para que seamos tales como ellos fueron: «Entonces aquellos tres», dice, «como por una sola boca cantaban un himno y bendecían al Señor». Hablaban como por una sola boca, aunque Cristo todavía no les había enseñado a orar. Y por eso, al orar, su palabra fue poderosa y eficaz, porque una oración pacífica, sincera y espiritual mereció bien del Señor. Así también encontramos que los apóstoles, con los discípulos, oraron después de la ascensión del Señor: «Todos estos», dice la Escritura, «perseveraban unánimes en oración, con las mujeres, y con María, la madre de Jesús, y con sus hermanos». Perseveraban unánimes en oración, declarando, por la instancia y a la vez por el acuerdo de su oración, que Dios, «que hace habitar en una casa a los de un mismo sentir», no admite en la morada divina y eterna sino a aquellos entre quienes la oración es unánime.

9. ¡Pero cuán grandes misterios encierra la Oración del Señor! ¡Cuántos y cuán grandes, recogidos brevemente en las palabras, pero espiritualmente abundantes en virtud! De tal modo que no queda absolutamente nada omitido que no esté comprendido en estas nuestras oraciones y peticiones, como en un compendio de la doctrina celestial. «Vosotros, pues», dice él, «oraréis así: Padre nuestro que estás en los cielos». El hombre nuevo, renacido y restituido a su Dios por la gracia de él, dice en primer lugar «Padre», porque ya ha comenzado a ser hijo. «A lo suyo vino», dice, «y los suyos no le recibieron. Mas a todos los que le recibieron, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios, a los que creen en su nombre». Así pues, el que ha creído en su nombre y ha llegado a ser hijo de Dios, debe comenzar desde aquí tanto a dar gracias como a confesarse hijo de Dios, declarando que Dios es su Padre en los cielos; y también a dar testimonio, entre las primeras palabras de su nuevo nacimiento, de que ha renunciado al padre terreno y carnal, y de que ha comenzado a conocer y a tener por padre solo a aquel que está en los cielos, como está escrito: «Los que dicen a su padre y a su madre: No te he conocido, y no reconocieron a sus propios hijos, estos guardaron tus preceptos y observaron tu pacto». También el Señor en su Evangelio nos ha mandado no llamar «a nadie padre nuestro en la tierra, porque uno solo es nuestro Padre, el que está en los cielos». Y al discípulo que había mencionado a su padre muerto, le respondió: «Deja que los muertos entierren a sus muertos»; porque él había dicho que su padre había muerto, mientras que el Padre de los creyentes vive.

10. Y no solo debemos advertir y entender, amados hermanos, que llamamos Padre al que está en los cielos, sino que añadimos y decimos Padre nuestro, es decir, Padre de los que creen, de aquellos que, santificados por él y restaurados por el nacimiento de la gracia espiritual, han comenzado a ser hijos de Dios. Palabra esta, además, que reprende y condena a los judíos, quienes no solo despreciaron con incredulidad a Cristo, que les había sido anunciado por los profetas y enviado primero a ellos, sino que además cruelmente le dieron muerte; y estos ya no pueden llamar a Dios su Padre, pues el Señor los confunde y refuta diciendo: «Vosotros sois de vuestro padre el diablo, y los deseos de vuestro padre queréis hacer. Él ha sido homicida desde el principio, y no permaneció en la verdad, porque no hay verdad en él». Y por el profeta Isaías clama Dios con ira: «Engendré hijos y los crie, pero ellos me despreciaron. El buey conoce a su dueño, y el asno el pesebre de su señor; pero Israel no me ha conocido, y mi pueblo no me ha entendido. ¡Ay, nación pecadora, pueblo cargado de pecados, simiente malvada, hijos corrompidos! Habéis abandonado al Señor; habéis provocado a ira al Santo de Israel». Rechazándolos a ellos, nosotros los cristianos, cuando oramos, decimos Padre nuestro; porque ha comenzado a ser nuestro y ha dejado de ser Padre de los judíos, que lo han abandonado. Ni puede un pueblo pecador ser hijo; sino que el nombre de hijos se atribuye a aquellos a quienes se concede el perdón de los pecados, y a ellos se les promete de nuevo la inmortalidad, según las palabras de nuestro mismo Señor: «Todo aquel que comete pecado es siervo del pecado. Y el siervo no queda en la casa para siempre; el hijo queda para siempre».

11. ¡Pero cuán grande es la indulgencia del Señor! ¡Cuán grande su condescendencia y la abundancia de su bondad para con nosotros, al haber querido que orásemos en la presencia de Dios de tal manera que llamemos a Dios Padre y nos llamemos a nosotros mismos hijos de Dios, así como Cristo es el Hijo de Dios, nombre que ninguno de nosotros se atrevería a usar en la oración si él mismo no nos hubiera permitido orar así! Debemos, pues, amados hermanos, recordar y saber que, cuando llamamos a Dios Padre, debemos obrar como hijos de Dios, para que, en la medida en que nosotros nos complacemos en considerar a Dios como Padre, también él pueda complacerse en nosotros. Vivamos como templos de Dios, para que se vea claramente que Dios habita en nosotros. No degeneren nuestras obras del Espíritu, para que los que hemos comenzado a ser celestiales y espirituales no pensemos ni hagamos sino cosas espirituales y celestiales; pues el mismo Señor Dios ha dicho: «Yo honraré a los que me honran, y el que me desprecia será despreciado». También el bienaventurado apóstol estableció en su epístola: «No sois vuestros; porque habéis sido comprados por gran precio. Glorificad y llevad a Dios en vuestro cuerpo».

12. Después de esto decimos: «Santificado sea tu nombre»; no porque deseemos para Dios que sea santificado por nuestras oraciones, sino porque le pedimos que su nombre sea santificado en nosotros. Pues ¿por quién es santificado Dios, si es él quien santifica? Pero, como él dice: «Sed santos, porque yo soy santo», pedimos y suplicamos que nosotros, que fuimos santificados en el bautismo, perseveremos en lo que hemos comenzado a ser. Y esto lo pedimos cada día; porque tenemos necesidad de una santificación diaria, para que nosotros, que cada día caemos, lavemos nuestros pecados con una santificación continua. Y cuál sea la santificación que se nos confiere por la condescendencia de Dios lo declara el apóstol cuando dice: «Ni los fornicarios, ni los idólatras, ni los adúlteros, ni los afeminados, ni los que se echan con varones, ni los ladrones, ni los engañadores, ni los borrachos, ni los maldicientes, ni los estafadores heredarán el reino de Dios. Y esto erais en verdad; pero ya habéis sido lavados, ya habéis sido justificados, ya habéis sido santificados en el nombre de nuestro Señor Jesucristo y por el Espíritu de nuestro Dios». Dice que somos santificados en el nombre de nuestro Señor Jesucristo y por el Espíritu de nuestro Dios. Pedimos que esta santificación permanezca en nosotros; y porque nuestro Señor y Juez advierte al hombre que había sido sanado y vivificado por él que no peque más, no sea que le suceda algo peor, hacemos esta súplica en nuestras oraciones constantes, pedimos esto día y noche: que la santificación y la vida que se reciben de la gracia de Dios sean conservadas por su protección.

13. Sigue en la oración: Venga tu reino. Pedimos que el reino de Dios se nos haga presente, así como pedimos también que su nombre sea santificado en nosotros. Porque ¿cuándo no reina Dios, o cuándo comienza en él lo que siempre ha sido y nunca deja de ser? Pedimos que venga nuestro reino, el que Dios nos ha prometido, el que fue adquirido por la sangre y la pasión de Cristo; para que nosotros, que primero somos sus súbditos en el mundo, reinemos después con Cristo cuando él reine, como él mismo promete y dice: «Venid, benditos de mi Padre, recibid el reino que os está preparado desde el principio del mundo». Aunque también puede ser, hermanos amadísimos, que el reino de Dios sea Cristo mismo, cuya venida deseamos cada día, cuyo advenimiento anhelamos que se nos manifieste pronto. Porque, así como él mismo es la Resurrección, pues en él resucitamos, así también puede entenderse que el reino de Dios es él mismo, pues en él hemos de reinar. Y hacemos bien en pedir el reino de Dios, es decir, el reino celestial, porque hay también un reino terreno. Pero el que ya ha renunciado al mundo está por encima de sus honores y de su reino. Y por eso el que se consagra a Dios y a Cristo no desea reinos terrenos, sino celestiales. Pero es necesaria una oración y súplica continua para no caer del reino celestial, como cayeron los judíos, a quienes primero se había dado esta promesa, según lo manifiesta y prueba el Señor: «Muchos», dice, «vendrán del oriente y del occidente, y se sentarán a la mesa con Abraham, Isaac y Jacob en el reino de los cielos. Pero los hijos del reino serán echados a las tinieblas de afuera; allí será el llanto y el crujir de dientes». Muestra que los judíos eran antes hijos del reino, mientras continuaron siendo también hijos de Dios; pero después que el nombre de Padre dejó de ser reconocido entre ellos, cesó también el reino; y por eso nosotros los cristianos, que en nuestra oración comenzamos a llamar a Dios Padre nuestro, pedimos también que el reino de Dios venga a nosotros.

14. Añadimos también y decimos: «Hágase tu voluntad, como en el cielo, así en la tierra»; no para que Dios haga lo que quiere, sino para que nosotros podamos hacer lo que Dios quiere. Porque ¿quién resiste a Dios para que no haga lo que quiere? Pero, como el diablo nos estorba para que no obedezcamos en todo, con el pensamiento y con la obra, a la voluntad de Dios, oramos y pedimos que la voluntad de Dios se haga en nosotros; y para que se haga en nosotros necesitamos la buena voluntad de Dios, es decir, su ayuda y su protección, porque nadie es fuerte por sus propias fuerzas, sino que está a salvo por la gracia y la misericordia de Dios. Además, el Señor, mostrando la flaqueza de la humanidad que llevaba, dice: «Padre, si es posible, pase de mí este cáliz»; y, dando ejemplo a sus discípulos para que no hicieran su propia voluntad, sino la de Dios, añadió: «Pero no como yo quiero, sino como tú». Y en otro lugar dice: «He descendido del cielo, no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me envió». Ahora bien, si el Hijo obedeció haciendo la voluntad de su Padre, ¡cuánto más debe el siervo obedecer haciendo la voluntad de su Señor! Así también Juan, en su epístola, nos exhorta e instruye a hacer la voluntad de Dios, diciendo: «No améis al mundo, ni las cosas que están en el mundo. Si alguno ama al mundo, el amor del Padre no está en él. Porque todo lo que hay en el mundo es la concupiscencia de la carne, y la concupiscencia de los ojos, y la ambición de la vida, que no proviene del Padre, sino de la concupiscencia del mundo. Y el mundo pasará, y su concupiscencia; pero el que hace la voluntad de Dios permanece para siempre, así como también Dios permanece para siempre». Nosotros, que deseamos permanecer para siempre, debemos hacer la voluntad de Dios, que es eterno.

15. Y esta es la voluntad de Dios que Cristo hizo y enseñó: humildad en el trato; firmeza en la fe; modestia en las palabras; justicia en los hechos; misericordia en las obras; disciplina en las costumbres; no saber hacer agravio y saber soportar el agravio recibido; guardar la paz con los hermanos; amar a Dios con todo el corazón; amarlo porque es Padre; temerlo porque es Dios; no anteponer absolutamente nada a Cristo, porque tampoco él antepuso nada a nosotros; unirse inseparablemente a su amor; estar junto a su cruz con valentía y fidelidad; cuando hay alguna lucha por su nombre y su honra, mostrar en la palabra la constancia con que lo confesamos; en la tortura, la confianza con que combatimos; en la muerte, la paciencia por la que somos coronados: esto es querer ser coherederos con Cristo; esto es cumplir el mandamiento de Dios; esto es cumplir la voluntad del Padre.

16. Pedimos, además, que la voluntad de Dios se haga en el cielo y en la tierra, cosas ambas que pertenecen al cumplimiento de nuestra seguridad y salvación. Porque, teniendo el cuerpo de la tierra y el espíritu del cielo, nosotros mismos somos tierra y cielo; y en ambos, es decir, en el cuerpo y en el espíritu, pedimos que se haga la voluntad de Dios. Porque entre la carne y el espíritu hay lucha, y hay una pelea diaria, pues discrepan entre sí, de modo que no podemos hacer aquello mismo que queremos, ya que el espíritu busca las cosas celestiales y divinas, mientras que la carne codicia las terrenas y temporales; y por eso pedimos que, con la ayuda y el auxilio de Dios, se haga la concordia entre estas dos naturalezas, para que, haciéndose la voluntad de Dios tanto en el espíritu como en la carne, se conserve el alma que ha renacido por él. Esto es lo que el apóstol Pablo declara abierta y manifiestamente con sus palabras: «La carne», dice, «codicia contra el espíritu, y el espíritu contra la carne; y estos se oponen el uno al otro, para que no hagáis lo que quisiereis. Y manifiestas son las obras de la carne, que son: adulterios, fornicaciones, inmundicia, lascivia, idolatría, hechicería, homicidios, enemistades, pleitos, celos, iras, contiendas, sediciones, disensiones, herejías, envidias, borracheras, orgías y cosas semejantes a estas; acerca de las cuales os advierto de antemano, como ya os lo he dicho antes, que los que hacen tales cosas no heredarán el reino de Dios. Mas el fruto del espíritu es amor, gozo, paz, magnanimidad, bondad, fe, mansedumbre, continencia, castidad». Y por eso hacemos objeto de nuestra oración, en súplicas diarias, más aún, continuas, que la voluntad de Dios acerca de nosotros se haga en el cielo y en la tierra; porque esta es la voluntad de Dios: que lo terreno ceda ante lo celestial, y que prevalezca lo espiritual y divino.

17. Y puede entenderse también así, amados hermanos: puesto que el Señor nos manda y amonesta a amar incluso a nuestros enemigos y a orar aun por los que nos persiguen, pidamos asimismo por aquellos que todavía son tierra y aún no han comenzado a ser celestiales, para que también respecto de ellos se haga la voluntad de Dios, la que Cristo cumplió conservando y renovando al hombre. Porque, ya que él no llama a los discípulos tierra, sino sal de la tierra, y el apóstol designa al primer hombre como hecho del polvo de la tierra, y al segundo como venido del cielo, con razón nosotros, que debemos ser semejantes a Dios nuestro Padre, que hace salir su sol sobre buenos y malos y hace llover sobre justos e injustos, oramos y pedimos, por la amonestación de Cristo, de tal manera que hagamos nuestra oración por la salvación de todos; para que, así como en el cielo, es decir, en nosotros, por nuestra fe, se ha hecho la voluntad de Dios, para que fuésemos del cielo, así también en la tierra, es decir, en los que no creen, se haga la voluntad de Dios, a fin de que los que todavía son de la tierra por su primer nacimiento comiencen a ser del cielo, nacidos del agua y del Espíritu.

18. Al avanzar la oración, pedimos y decimos: «Danos hoy nuestro pan cotidiano». Y esto puede entenderse tanto en sentido espiritual como literal, porque una y otra manera de entenderlo es rica en provecho divino para nuestra salvación. Porque Cristo es el pan de vida; y este pan no es de todos, sino que es nuestro. Y así como decimos «Padre nuestro», porque es Padre de los que entienden y creen, así también lo llamamos «nuestro pan», porque Cristo es el pan de los que están unidos a su cuerpo. Y pedimos que este pan se nos dé cada día, para que nosotros, que estamos en Cristo y recibimos cada día la Eucaristía como alimento de salvación, no seamos separados del cuerpo de Cristo al interponerse algún pecado grave, quedando impedidos, apartados y sin comunión, de participar del pan celestial, como él mismo predice y advierte: «Yo soy el pan de vida que descendió del cielo. Si alguno come de mi pan, vivirá para siempre; y el pan que yo daré es mi carne, por la vida del mundo». Cuando dice, pues, que el que coma de su pan vivirá para siempre, así como es manifiesto que viven los que participan de su cuerpo y reciben la Eucaristía por derecho de comunión, así, por el contrario, debemos temer y orar para que nadie que, apartado de la comunión, esté separado del cuerpo de Cristo, quede lejos de la salvación; como él mismo amenaza diciendo: «Si no coméis la carne del Hijo del hombre y bebéis su sangre, no tendréis vida en vosotros». Y por eso pedimos que se nos dé cada día nuestro pan, es decir, Cristo, para que nosotros, que permanecemos y vivimos en Cristo, no nos apartemos de su santificación y de su cuerpo.

19. Pero puede entenderse también así: que nosotros, que hemos renunciado al mundo y hemos desechado sus riquezas y pompas en la fe de la gracia espiritual, debemos pedir para nosotros solamente el alimento y el sustento, pues el Señor nos instruye diciendo: «Cualquiera que no renuncia a todo lo que posee no puede ser mi discípulo». Y el que ha comenzado a ser discípulo de Cristo, renunciando a todo según la palabra de su Maestro, debe pedir el alimento del día y no extender a largo plazo los deseos de su petición, como el Señor vuelve a prescribir diciendo: «No os afanéis por el día de mañana, porque el día de mañana se afanará por sí mismo. Basta a cada día su propio mal». Con razón, pues, el discípulo de Cristo pide para sí el alimento del día, ya que se le prohíbe pensar en el mañana; porque sería contradictorio y repugnante que buscáramos vivir largo tiempo en este mundo, cuando pedimos que el reino de Dios venga pronto. Así también nos amonesta el bienaventurado apóstol, dando sustancia y fuerza a la firmeza de nuestra esperanza y de nuestra fe: «Nada hemos traído a este mundo», dice, «y sin duda nada podremos sacar. Así que, teniendo sustento y con qué cubrirnos, estemos contentos con esto. Porque los que quieren enriquecerse caen en tentación y lazo, y en muchas codicias necias y dañosas, que hunden a los hombres en perdición y muerte. Porque el amor al dinero es la raíz de todos los males; el cual codiciando algunos, naufragaron en la fe y fueron traspasados de muchos dolores».

20. Nos enseña que las riquezas no solo han de ser despreciadas, sino que además están llenas de peligro; que en ellas está la raíz de males seductores, que engañan con oculto engaño la ceguera de la mente humana. Por eso también Dios reprende al rico necio, que piensa en sus riquezas terrenas y se jacta de la abundancia de sus copiosas cosechas, diciendo: «Necio, esta noche te pedirán tu alma; y lo que has preparado, ¿de quién será?». El necio que había de morir aquella misma noche se gozaba en sus provisiones, y aquel a quien ya le faltaba la vida pensaba en la abundancia de sus alimentos. Pero, por el contrario, el Señor nos dice que llega a ser perfecto y cumplido el que vende todos sus bienes y los distribuye para socorro de los pobres, y así se hace un tesoro en el cielo. Dice que puede seguirlo e imitar la gloria de la pasión del Señor aquel que, libre de estorbos y con los lomos ceñidos, no está enredado en los lazos de la hacienda mundana, sino que, suelto y libre, acompaña él mismo a sus bienes, que ha enviado antes a Dios. Para que cada uno de nosotros pueda prepararse a este fin, aprenda a orar así, y conozca por el carácter de la oración lo que debe ser.

21. Porque al justo no puede faltarle el pan de cada día, pues está escrito: «El Señor no matará de hambre el alma del justo»; y también: «Joven fui, y he envejecido, y no he visto justo desamparado, ni su descendencia que mendigue pan». Y el Señor promete además y dice: «No os afanéis, diciendo: “¿Qué comeremos, o qué beberemos, o con qué nos vestiremos?”. Porque los gentiles buscan todas estas cosas. Y vuestro Padre sabe que tenéis necesidad de todas ellas. Buscad primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas os serán añadidas». A los que buscan el reino y la justicia de Dios les promete que todo les será añadido. Porque, siendo todo de Dios, nada faltará al que posee a Dios, si él mismo no falta a Dios. Así fue provista divinamente la comida a Daniel: cuando por orden del rey fue encerrado en el foso de los leones, en medio de fieras hambrientas que sin embargo lo respetaron, el hombre de Dios fue alimentado. Así Elías, en su huida, fue sustentado por cuervos que le servían en su soledad y por aves que le llevaban alimento en su persecución. Y —¡oh detestable crueldad de la malicia humana!— las fieras perdonan, las aves alimentan, mientras los hombres tienden asechanzas y se enfurecen.

22. Después de esto pedimos también por nuestros pecados, diciendo: «Y perdónanos nuestras deudas, como también nosotros perdonamos a nuestros deudores». Después de pedir el alimento, se pide también el perdón del pecado, para que el que es alimentado por Dios viva en Dios, y no solo se provea a la vida presente y temporal, sino también a la eterna, a la cual podemos llegar si se nos perdonan los pecados; y a estos el Señor los llama deudas, como dice en su Evangelio: «Toda aquella deuda te perdoné, porque me rogaste». ¡Y cuán necesaria, cuán providente y saludablemente se nos advierte que somos pecadores, pues se nos obliga a pedir por nuestros pecados, y, al pedir perdón a Dios, el alma recuerda su propia conciencia de pecado! Para que nadie se lisonjee de ser inocente y, ensalzándose, se pierda más hondamente, se le instruye y enseña que peca cada día, ya que se le manda pedir cada día por sus pecados. Así nos advierte también Juan en su epístola, diciendo: «Si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos, y la verdad no está en nosotros; pero si confesamos nuestros pecados, el Señor es fiel y justo para perdonarnos nuestros pecados». En su epístola unió ambas cosas: que pidamos por nuestros pecados y que obtengamos el perdón cuando lo pedimos. Por eso dijo que el Señor es fiel para perdonar los pecados, guardando la fidelidad de su promesa; porque el que nos enseñó a orar por nuestras deudas y pecados nos ha prometido que vendrán después su misericordia y su perdón de padre.

23. Claramente unió y añadió a esto una ley, y nos obligó con una condición y un compromiso fijos: que pidamos que se nos perdonen nuestras deudas en la medida en que nosotros perdonamos a nuestros deudores, sabiendo que no puede obtenerse lo que pedimos por nuestros pecados si nosotros no hemos obrado de modo semejante con nuestros deudores. Por eso dice también en otro lugar: «Con la medida con que medís, se os volverá a medir». Y el siervo que, después de habérsele perdonado toda la deuda por su señor, no quiso perdonar a su consiervo, es devuelto a la cárcel; por no haber querido perdonar a su consiervo, perdió la indulgencia que su señor había tenido con él. Y esto lo expone Cristo todavía con más insistencia en sus preceptos, con mayor fuerza aún en su reprensión: «Cuando estéis orando», dice, «perdonad, si tenéis algo contra alguno, para que vuestro Padre que está en los cielos os perdone vuestras ofensas. Pero si vosotros no perdonáis, tampoco vuestro Padre que está en los cielos os perdonará vuestras ofensas». No queda motivo de excusa en el día del juicio, cuando seas juzgado según tu propia sentencia; y lo que hayas hecho, eso mismo padecerás. Porque Dios nos manda ser pacíficos, concordes y de un mismo sentir en su casa; y tales como nos hace por el segundo nacimiento, tales quiere que perseveremos una vez renacidos, para que los que hemos comenzado a ser hijos de Dios permanezcamos en la paz de Dios, y, teniendo un solo espíritu, tengamos también un solo corazón y una sola alma. Así, Dios no acepta el sacrificio del que está en discordia, sino que le manda volver del altar y reconciliarse primero con su hermano, para que también Dios pueda ser aplacado con las oraciones de un pacificador. El mayor sacrificio para Dios es nuestra paz y concordia fraterna, y un pueblo unido en uno en la unidad del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.

24. Porque aun en los sacrificios que primero ofrecieron Abel y Caín, Dios no miraba sus dones, sino sus corazones, de modo que era agradable en su don el que era agradable en su corazón. Abel, pacífico y justo al sacrificar a Dios con inocencia, enseñó a los demás que, cuando presenten su ofrenda en el altar, se acerquen así: con temor de Dios, con corazón sencillo, con la ley de la justicia, con la paz de la concordia. Con razón el que así se portó en el sacrificio de Dios llegó a ser después él mismo sacrificio para Dios; de modo que el que fue el primero en mostrar el martirio e inauguró la pasión del Señor con la gloria de su sangre tuvo a la vez la justicia y la paz del Señor. En fin, tales son los que el Señor corona, tales serán vengados con el Señor en el día del juicio; pero el pendenciero y desunido, y el que no tiene paz con sus hermanos, según lo atestiguan el bienaventurado apóstol y la santa Escritura, aunque haya sido muerto por el nombre de Cristo, no podrá escapar del crimen de la discordia fraterna, porque, como está escrito: «El que aborrece a su hermano es homicida», y ningún homicida llega al reino de los cielos ni vive con Dios. No puede estar con Cristo el que prefiere imitar a Judas antes que a Cristo. ¡Cuán grande es el pecado que ni siquiera un bautismo de sangre puede lavar! ¡Cuán grave el crimen que no puede expiarse con el martirio!

25. Además, el Señor nos advierte por necesidad que digamos en la oración: «Y no permitas que seamos llevados a la tentación». Con estas palabras se muestra que el adversario nada puede contra nosotros si Dios no lo ha permitido antes; para que todo nuestro temor, nuestra devoción y nuestra obediencia se vuelvan hacia Dios, pues en nuestras tentaciones nada se le permite al mal si no se le da poder de parte de él. Así lo prueba la divina Escritura, que dice: «Vino Nabucodonosor, rey de Babilonia, a Jerusalén, y la sitió; y el Señor la entregó en su mano». Pero el poder que se da al mal contra nosotros es conforme a nuestros pecados, como está escrito: «¿Quién dio a Jacob en botín, y a Israel a los que lo saquean? ¿No fue el Señor, contra quien pecaron, y no quisieron andar en sus caminos ni oír su ley? Y él ha traído sobre ellos el furor de su ira». Y también, cuando Salomón pecó y se apartó de los mandamientos y caminos del Señor, está escrito: «Y el Señor suscitó a Satanás contra el mismo Salomón».

26. Ahora bien, el poder contra nosotros se da de dos maneras: o para castigo cuando pecamos, o para gloria cuando somos probados, como vemos que se hizo con Job, según lo declara Dios mismo, diciendo: «He aquí, todo lo que tiene lo pongo en tus manos; pero guárdate de tocarlo a él». Y el Señor dice en su Evangelio, en el tiempo de su pasión: «Ninguna potestad tendrías contra mí, si no te fuese dada de arriba». Y cuando pedimos no caer en la tentación, al pedirlo así se nos recuerda nuestra flaqueza y debilidad, para que nadie se jacte con insolencia, para que nadie se atribuya algo con soberbia y arrogancia, para que nadie tome como propia la gloria de la confesión o del padecimiento, cuando el mismo Señor, enseñando la humildad, dijo: «Velad y orad, para que no entréis en tentación; el espíritu a la verdad está dispuesto, pero la carne es débil»; de modo que, precediendo una confesión humilde y sumisa y atribuyéndolo todo a Dios, cuanto se pida suplicantemente con temor y honra de Dios nos sea concedido por su propia bondad.

27. Después de todo esto, al final de la oración viene una breve cláusula que resume concisa y comprensivamente todas nuestras peticiones y oraciones. Porque concluimos diciendo: «Mas líbranos del mal», abarcando todas las cosas adversas que el enemigo intenta contra nosotros en este mundo, de las cuales puede haber una protección fiel y segura si Dios nos libra, si presta su ayuda a los que la pedimos e imploramos. Y cuando decimos: Líbranos del mal, no queda nada más que deba pedirse. Una vez que hemos pedido la protección de Dios contra el mal y la hemos obtenido, estamos seguros y a salvo contra todo lo que el diablo y el mundo traman contra nosotros. Porque ¿qué temor hay en esta vida para el hombre cuyo guardián en esta vida es Dios?

28. ¿Qué tiene de extraño, amados hermanos, que sea tal la oración que Dios enseñó, si en su enseñanza condensó toda nuestra oración en una sola sentencia saludable? Esto ya lo había predicho el profeta Isaías cuando, lleno del Espíritu Santo, habló de la majestad y bondad de Dios: «Consumando y abreviando su palabra», dice, «en justicia, porque una palabra abreviada hará el Señor en toda la tierra». Porque cuando el Verbo de Dios, nuestro Señor Jesucristo, vino para todos y, reuniendo por igual a doctos e ignorantes, publicó a todo sexo y a toda edad los preceptos de la salvación, hizo un gran compendio de sus preceptos, para que la memoria de los discípulos no se sobrecargara en el aprendizaje celestial, sino que aprendiera pronto lo necesario para una fe sencilla. Así, cuando enseñó qué es la vida eterna, abarcó el sacramento de la vida en una grande y divina brevedad, diciendo: «Y esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único y verdadero Dios, y a Jesucristo, a quien has enviado». Asimismo, cuando quiso recoger de la ley y los profetas los primeros y mayores mandamientos, dijo: «Oye, Israel: el Señor tu Dios es un solo Dios; y amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu mente, y con todas tus fuerzas. Este es el primer mandamiento. Y el segundo es semejante a él: Amarás a tu prójimo como a ti mismo». «De estos dos mandamientos depende toda la ley y los profetas». Y otra vez: «Todas las cosas buenas que quisierais que los hombres hiciesen con vosotros, así también haced vosotros con ellos. Porque esta es la ley y los profetas».

29. Y no solo con palabras, sino también con obras, nos enseñó el Señor a orar, orando él mismo con frecuencia y suplicando, y mostrándonos así, con el testimonio de su ejemplo, lo que nos convenía hacer, como está escrito: «Pero él se apartaba a un lugar solitario, y allí oraba». Y otra vez: «Salió al monte a orar, y pasó toda la noche en oración a Dios». Y si oraba el que no tenía pecado, ¡cuánto más deben orar los pecadores!; y si él oraba continuamente, velando toda la noche en peticiones ininterrumpidas, ¡cuánto más debemos nosotros velar de noche en oración repetida sin cesar!

30. Pero el Señor oraba y suplicaba no por sí mismo —pues ¿por qué había de orar por sí el que era inocente?—, sino por nuestros pecados, como él mismo declaró cuando dijo a Pedro: «He aquí, Satanás os ha pedido para zarandearos como a trigo. Pero yo he rogado por ti, que tu fe no falte». Y después suplica al Padre por todos, diciendo: «Mas no ruego solamente por estos, sino también por los que han de creer en mí por la palabra de ellos; para que todos sean uno; como tú, oh Padre, estás en mí, y yo en ti, que también ellos sean uno en nosotros». Grande es la bondad del Señor, no menos que su misericordia, para con nuestra salvación, pues, no contento con redimirnos con su sangre, además oró también por nosotros. Ved ahora cuál era el deseo de su petición: que, así como el Padre y el Hijo son uno, así también nosotros permanezcamos en una unidad perfecta; para que de aquí se entienda cuán gravemente peca el que divide la unidad y la paz, siendo así que por esto mismo suplicó también el Señor, deseando sin duda que su pueblo se salvara y viviera así en paz, pues sabía que la discordia no puede entrar en el reino de Dios.

31. Además, cuando nos ponemos en pie para orar, amados hermanos, debemos estar vigilantes y aplicados de todo corazón, atentos a nuestras oraciones. Apártese todo pensamiento carnal y mundano, y no piense entonces el alma en otra cosa que en aquello solo que pide. Por eso también el sacerdote, a modo de prefacio antes de la oración, prepara las mentes de los hermanos diciendo: «Levantad los corazones», para que, al responder el pueblo: «Los tenemos levantados hacia el Señor», se le advierta que él mismo no debe pensar en nada más que en el Señor. Ciérrese el pecho al adversario y ábrase solo a Dios; y no consienta que el enemigo de Dios se le acerque en el tiempo de la oración. Porque con frecuencia se nos insinúa, penetra dentro y con astuto engaño aparta de Dios nuestras oraciones, para que tengamos una cosa en el corazón y otra en la voz, cuando no es el sonido de la voz, sino el alma y la mente, lo que debe orar al Señor con una intención sencilla. ¡Pero qué descuido es distraerse y dejarse llevar por pensamientos necios y profanos cuando estás orando al Señor, como si hubiera algo en que debieras pensar antes que en el hecho de que estás hablando con Dios! ¿Cómo pides ser oído por Dios, si tú mismo no te oyes? ¿Quieres que Dios se acuerde de ti cuando pides, si tú mismo no te acuerdas de ti? Esto es no tomar precaución alguna contra el enemigo; esto es, cuando oras a Dios, ofender la majestad de Dios con la negligencia de tu oración; esto es velar con los ojos y dormir con el corazón, cuando el cristiano, aunque duerma con los ojos, debe velar con el corazón, como está escrito en la persona de la Iglesia, que habla en el Cantar de los Cantares: «Yo duermo, pero mi corazón vela». Por eso el apóstol nos advierte con solicitud y cuidado, diciendo: «Perseverad en la oración, velando en ella»; enseñando, es decir, y mostrando que pueden obtener de Dios lo que piden aquellos a quienes Dios ve vigilantes en su oración.

32. Además, los que oran no deben acudir a Dios con oraciones infructuosas o desnudas. Es ineficaz la petición cuando es una súplica estéril la que ruega a Dios. Porque así como todo árbol que no da fruto es cortado y echado al fuego, así también, sin duda, las palabras que no dan fruto no pueden merecer nada de Dios, porque no son fecundas en obra alguna. Y así nos instruye la santa Escritura, diciendo: «Buena es la oración con el ayuno y la limosna». Porque el que en el día del juicio nos dará la recompensa por nuestras obras y limosnas es, ya en esta vida, oyente misericordioso del que acude a él con una oración acompañada de buenas obras. Así, por ejemplo, el centurión Cornelio, cuando oraba, merecía ser oído. Porque tenía la costumbre de hacer muchas limosnas al pueblo y de orar siempre a Dios. A este, cuando oraba hacia la hora novena, se le apareció un ángel que dio testimonio de sus obras, diciendo: «Cornelio, tus oraciones y tus limosnas han subido en memoria delante de Dios».

33. Pronto suben a Dios las oraciones que los méritos de nuestras obras recomiendan ante Dios. Así también el ángel Rafael fue testigo de la oración constante y de las constantes buenas obras de Tobías, diciendo: «Honroso es revelar y confesar las obras de Dios. Porque cuando orabas tú, y Sara, yo presentaba el recuerdo de vuestras oraciones ante la santidad de Dios. Y cuando enterrabas a los muertos con sencillez, y porque no tardaste en levantarte y dejar tu comida, sino que saliste a cubrir al muerto, fui enviado para probarte; y de nuevo Dios me ha enviado para sanarte a ti y a Sara, tu nuera. Porque yo soy Rafael, uno de los siete santos ángeles que están en pie y entran y salen delante de la gloria de Dios». También por Isaías nos lo recuerda el Señor y enseña cosas semejantes, diciendo: «Desata todo nudo de iniquidad, deshaz las opresiones de los contratos sin valor, deja ir en paz a los afligidos y rompe todo compromiso injusto. Parte tu pan con el hambriento, y mete en tu casa a los pobres que no tienen techo. Cuando veas al desnudo, vístelo; y no desprecies a los de tu misma familia y linaje. Entonces brotará tu luz a su tiempo, y tus vestidos brotarán pronto; y la justicia irá delante de ti, y la gloria de Dios te rodeará. Entonces invocarás, y Dios te oirá; y mientras todavía estés hablando, dirá: Heme aquí». Promete que estará cerca, y dice que oirá y protegerá a aquellos que, desatando de su corazón los nudos de la injusticia y dando limosnas a los de la casa de Dios conforme a sus mandatos, al escuchar lo que Dios manda hacer, merecen ellos también ser escuchados por Dios. El bienaventurado apóstol Pablo, socorrido por sus hermanos en la necesidad de la tribulación, dijo que las buenas obras que se hacen son sacrificios para Dios. «Estoy lleno», dice, «habiendo recibido de Epafrodito lo que enviasteis, olor fragante, sacrificio acepto, agradable a Dios». Porque cuando uno se compadece del pobre, presta a Dios; y el que da a los más pequeños, da a Dios: ofrece espiritualmente a Dios un sacrificio de olor fragante.

34. Y en el cumplimiento de los deberes de la oración, encontramos que los tres jóvenes con Daniel, fuertes en la fe y vencedores en el cautiverio, observaban las horas tercera, sexta y novena, como en sacramento de la Trinidad, que había de manifestarse en los últimos tiempos. Porque la hora primera, al avanzar hasta la tercera, muestra el número consumado de la Trinidad; y asimismo la cuarta, al llegar a la sexta, declara otra Trinidad; y cuando de la séptima se completa la novena, se cuenta la Trinidad perfecta cada tres horas; y estos intervalos de horas, fijados espiritualmente desde antiguo por los adoradores de Dios, los usaban como tiempos determinados y legítimos para la oración. Y más tarde se puso de manifiesto que estas cosas eran desde antiguo sacramentos, por cuanto los justos de antaño oraban de esta manera. Porque sobre los discípulos, a la hora tercera, descendió el Espíritu Santo, que cumplió la gracia de la promesa del Señor. Además, a la hora sexta, Pedro, subiendo a la azotea, fue instruido tanto por la señal como por la palabra de Dios que le amonestaba a admitir a todos a la gracia de la salvación, cuando antes dudaba de admitir a los gentiles al bautismo. Y desde la hora sexta hasta la novena, el Señor, crucificado, lavó con su sangre nuestros pecados; y para redimirnos y darnos vida, consumó entonces su victoria con su pasión.

35. Pero para nosotros, amados hermanos, además de las horas de oración observadas desde antiguo, han aumentado ahora tanto los tiempos como los sacramentos. Porque debemos orar también por la mañana, para celebrar con la oración matutina la resurrección del Señor. Y esto lo señaló antiguamente el Espíritu Santo en los Salmos, diciendo: «Rey mío y Dios mío, porque a ti clamaré; oh Señor, de mañana oirás mi voz; de mañana me presentaré ante ti y te contemplaré». Y otra vez habla el Señor por boca del profeta: «De madrugada velarán por mí, diciendo: Vayamos y volvámonos al Señor nuestro Dios». También a la puesta del sol y al declinar el día es necesario que oremos de nuevo. Porque, siendo Cristo el verdadero sol y el verdadero día, cuando se retiran el sol y el día del mundo y oramos pidiendo que la luz vuelva a nosotros, pedimos la venida de Cristo, que nos ha de dar la gracia de la luz eterna. Además, el Espíritu Santo manifiesta en los Salmos que Cristo es llamado el día. «La piedra», dice, «que desecharon los edificadores ha venido a ser cabeza del ángulo. De parte del Señor es esto, y es cosa maravillosa a nuestros ojos. Este es el día que hizo el Señor; andemos y alegrémonos en él». También el profeta Malaquías atestigua que es llamado el Sol, cuando dice: «Mas a vosotros, los que teméis el nombre del Señor, nacerá el Sol de justicia, y en sus alas traerá salud». Y si en las santas Escrituras el verdadero sol y el verdadero día es Cristo, no hay hora exceptuada para los cristianos en que no deba adorarse a Dios frecuentemente y siempre; de modo que nosotros, que estamos en Cristo, es decir, en el verdadero Sol y el verdadero Día, debemos perseverar durante todo el día en peticiones y orar; y cuando, por la ley del mundo, sucede la noche que vuelve en su alternancia, no puede venir daño alguno de las tinieblas nocturnas a los que oran, porque los hijos de la luz tienen el día aun en la noche. Porque ¿cuándo está sin luz el que tiene la luz en su corazón? ¿O cuándo no tiene sol y día aquel cuyo Sol y Día es Cristo?

36. No dejemos, pues, nosotros, que estamos en Cristo, es decir, siempre en la luz, de orar aun durante la noche. Así la viuda Ana, orando y velando sin interrupción, perseveró en merecer bien de Dios, como está escrito en el Evangelio: «No se apartaba», dice, «del templo, sirviendo de noche y de día con ayunos y oraciones». Mírenlo los gentiles, que todavía no han sido iluminados, o los judíos, que han quedado en tinieblas por haber abandonado la luz. Nosotros, amados hermanos, que estamos siempre en la luz del Señor, que recordamos y retenemos lo que hemos comenzado a ser por la gracia recibida, tengamos la noche por día; creamos que andamos siempre en la luz, y no nos dejemos estorbar por las tinieblas de las que hemos escapado. Que no falten las oraciones en las horas de la noche; que no haya pérdida ociosa y negligente de las ocasiones de orar. Creados de nuevo y renacidos del Espíritu por la misericordia de Dios, imitemos lo que un día hemos de ser. Puesto que en el reino tendremos solo el día, sin que intervenga la noche, velemos de noche como si fuera de día. Puesto que hemos de orar y dar gracias a Dios para siempre, no dejemos tampoco en esta vida de orar y dar gracias.

Capítulo 4 completado

Sobre la Oración del Señor

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