Capítulo 2 · 32 min de lectura · 41 min de escucha
Sobre el vestido de las vírgenes
Argumento.—Cipriano celebra las alabanzas de la disciplina y prueba su utilidad por la Escritura. Luego, describiendo la gloria, el honor y los méritos de la virginidad y de las que habían consagrado y dedicado su virginidad a Cristo, enseña que la continencia no consiste solo en la pureza de la carne, sino también en el decoro del vestido y del adorno, y que ni siquiera la riqueza excusaba el cuidado superfluo del vestido en quienes ya habían renunciado al mundo. Antes bien, puesto que el apóstol prescribe aun a las mujeres casadas un vestido regulado dentro de límites convenientes, con mayor razón debe guardar la moderación una virgen. Por tanto, aunque sea rica, considere ciertamente cómo usar la riqueza, pero para buenos fines, para aquellas cosas que Dios ha mandado, a saber, para gastarla en los pobres. Además, prohíbe también a las vírgenes aquellas cosas que por negligencia se habían introducido en el uso, como asistir a las bodas, así como acudir a los baños públicos comunes a ambos sexos. Finalmente, en un breve epílogo, declarando qué beneficio aporta la virtud de la continencia y qué mal hay sin ella, concluye el libro.
1. La disciplina, salvaguardia de la esperanza, vínculo de la fe, guía del camino de la salvación, estímulo y alimento de las buenas disposiciones, maestra de la virtud, hace que permanezcamos siempre en Cristo, que vivamos continuamente para Dios y que alcancemos las promesas celestiales y los premios divinos. Seguirla es saludable, y apartarse de ella y descuidarla es mortal. El Espíritu Santo dice en los Salmos: «Abrazad la disciplina, no sea que el Señor se enoje, y perezcáis del camino recto, cuando se encienda presto su ira contra vosotros». Y otra vez: «Pero al malo dijo Dios: «¿Qué tienes tú que enseñar mis leyes, y que tomar mi pacto en tu boca, pues que tú aborreces la disciplina, y echas a tu espalda mis palabras?». Y otra vez leemos: «Desdichado el que desecha la disciplina». Y de Salomón hemos recibido los mandatos de la sabiduría, que nos advierten: «Hijo mío, no menosprecies la disciplina del Señor, ni desmayes cuando eres reprendido por él; porque el Señor al que ama corrige». Y si Dios reprende a los que ama, y los reprende precisamente para enmendarlos, también los hermanos, y sobre todo los sacerdotes, no aborrecen, sino que aman a los que reprenden, para enmendarlos; puesto que también Dios lo predijo antes por Jeremías y señaló nuestros tiempos, cuando dijo: «Y os daré pastores según mi corazón, y os apacentarán con el alimento de la disciplina».
2. Y si en la santa Escritura la disciplina se prescribe con frecuencia y en todas partes, y todo el fundamento de la religión y de la fe procede de la obediencia y del temor, ¿qué cosa más conveniente para nosotros que desear con ardor, qué cosa más que anhelar y retener, que mantenernos con raíces firmemente arraigadas, y con nuestras casas asentadas con mole sólida sobre la roca, inconmovibles ante las tempestades y los torbellinos del mundo, para llegar por los preceptos divinos a los premios de Dios? Considerando y sabiendo a la vez que nuestros miembros, purificados de toda la inmundicia del antiguo contagio por la santificación del lavacro de la vida, son templos de Dios, y no deben ser violados ni contaminados, puesto que quien los violenta es él mismo dañado. Somos los adoradores y sacerdotes de esos templos; obedezcamos a aquel de quien ya hemos comenzado a ser. Pablo nos dice en sus epístolas, en las que nos ha formado para un modo de vivir por la enseñanza divina: «No sois vuestros, porque comprados sois por gran precio; glorificad y llevad a Dios en vuestro cuerpo». Glorifiquemos y llevemos a Dios en un cuerpo puro y casto, y con una obediencia más cumplida; y puesto que hemos sido redimidos por la sangre de Cristo, obedezcamos y sirvamos al imperio de nuestro Redentor con toda la obediencia del servicio, para que no se introduzca en el templo de Dios nada impuro ni profano, no sea que él se ofenda y abandone el templo que habita. Las palabras del Señor, que da la salud y enseña, que a la vez cura y advierte, son: «He aquí, has sido sanado; no peques más, para que no te venga alguna cosa peor». Da la norma de vida, da la ley de la inocencia después de haber otorgado la salud, y no permite que el hombre ande después errante con las riendas sueltas y sin freno, sino que amenaza con mayor severidad al que vuelve a ser esclavizado por aquellas mismas cosas de que había sido sanado; porque sin duda es falta menor haber pecado antes, cuando aún no conocías la disciplina de Dios; pero no hay ya perdón para el que peca después de haber comenzado a conocer a Dios. Y, en verdad, tanto los hombres como las mujeres, tanto los niños como las niñas, cada sexo y cada edad, observen esto y pongan cuidado en este punto, conforme a la religión y la fe que deben a Dios, para que lo que se ha recibido santo y puro de la condescendencia del Señor se conserve con un temor no menos solícito.
3. Ahora me dirijo a las vírgenes, cuya gloria, cuanto más eminente es, tanto mayor interés despierta. Esta es la flor del germen de la Iglesia, la gracia y el ornamento del don espiritual, una índole gozosa, obra sana e incorrupta de alabanza y de honor, imagen de Dios que corresponde a la santidad del Señor, la porción más ilustre del rebaño de Cristo. Por ellas se goza, y en ellas florece abundantemente, la gloriosa fecundidad de la Madre Iglesia; y cuanto más numerosa es la virginidad que se añade a su número, tanto más crece el gozo de la Madre. A ellas hablo, a ellas exhorto, con afecto más que con autoridad; no porque yo pretenda —el último y el más pequeño, y muy consciente como soy de mi bajeza— derecho alguno de censura, sino porque, siendo incesantemente cuidadoso hasta la solicitud, temo más los asaltos de Satanás.
4. Porque no es un cuidado vacío ni un temor vano el que mira por el camino de la salvación, el que guarda los mandamientos del Señor y de la vida; para que las que se han consagrado a Cristo, y se apartan de la concupiscencia carnal, y se han entregado a Dios tanto en la carne como en el espíritu, consumen su obra, destinada como está a un gran premio, y no procuren ya adornarse ni agradar a nadie sino a su Señor, de quien también esperan el premio de la virginidad; como él mismo dice: «No todos reciben esta palabra, sino aquellos a quienes es dado. Porque hay eunucos que nacieron así del vientre de su madre; y hay eunucos que son hechos eunucos por los hombres; y hay eunucos que se hicieron a sí mismos eunucos por causa del reino de los cielos». Y también por esta palabra del ángel se proclama el don de la continencia y se predica la virginidad: «Estos son los que no se contaminaron con mujeres, porque permanecieron vírgenes; estos son los que siguen al Cordero por dondequiera que va». Porque no es que el Señor prometa así la gracia de la continencia a los varones y pase por alto a las mujeres; sino que, puesto que la mujer es una porción del varón, y de él fue tomada y formada, Dios en la Escritura habla casi siempre al Protoplasto, al primero que fue formado, porque son dos en una sola carne, y en el varón se significa a la vez también la mujer.
5. Y si la continencia sigue a Cristo, y la virginidad está destinada al reino de Dios, ¿qué tienen ellas que ver con el vestido terreno y con los adornos, con los cuales, mientras se esfuerzan por agradar a los hombres, ofenden a Dios? No consideran que está declarado: «Los que agradan a los hombres son confundidos, porque Dios los ha despreciado»; y que también Pablo ha proclamado gloriosa y sublimemente: «Si todavía agradara a los hombres, no sería siervo de Cristo». Pero la continencia y el pudor no consisten solo en la pureza de la carne, sino también en el decoro, así como en la modestia del vestido y del adorno; de modo que, según el apóstol, la que no está casada sea santa tanto en el cuerpo como en el espíritu. Pablo nos instruye y nos enseña, diciendo: «El soltero tiene cuidado de las cosas del Señor, de cómo agradar a Dios; mas el que ha contraído matrimonio tiene cuidado de las cosas que son de este mundo, de cómo agradar a su mujer. Así, tanto la virgen como la no casada piensan en las cosas que son del Señor, para ser santas tanto en el cuerpo como en el espíritu». Una virgen no solo debe serlo, sino también ser percibida y creída como tal: nadie, al ver a una virgen, debería dudar de si lo es. La perfección debe mostrarse igual en todas las cosas; y el vestido del cuerpo no debe desacreditar el bien del alma. ¿Por qué ha de salir adornada? ¿Por qué con el cabello peinado, como si tuviera marido o lo buscara? Más bien tema agradar, si es virgen; y no provoque su propio peligro, si se guarda para cosas mejores y divinas. Las que no tienen marido a quien declaren agradar deben perseverar íntegras y puras, no solo en el cuerpo, sino también en el espíritu. Porque no está bien que una virgen lleve el cabello trenzado para lucir su hermosura, ni que se jacte de su carne y de su belleza, cuando no tiene lucha mayor que la que sostiene contra su carne, ni combate más obstinado que el de vencer y someter el cuerpo.
6. Pablo proclama con voz alta y sublime: «Mas lejos esté de mí gloriarme, sino en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, por el cual el mundo me es crucificado a mí, y yo al mundo». ¡Y una virgen en la Iglesia se gloría de su apariencia carnal y de la belleza de su cuerpo! Pablo añade y dice: «Porque los que son de Cristo han crucificado su carne con sus vicios y concupiscencias». ¡Y la que profesa haber renunciado a las concupiscencias y vicios de la carne se halla en medio de aquellas mismas cosas a que ha renunciado! Virgen, has sido sorprendida, has quedado al descubierto: te jactas de una cosa y aparentas otra. Te salpicas con las manchas de la concupiscencia carnal, aunque eres aspirante a la pureza y al pudor. «Da voces», dice el Señor a Isaías: «Toda carne es hierba, y toda su gloria como flor de la hierba: la hierba se seca, y la flor se cae; mas la palabra del Señor permanece para siempre». A ningún cristiano le conviene, y sobre todo no le conviene a una virgen, tener en cuenta gloria u honor alguno de la carne, sino solo desear la palabra de Dios y abrazar los bienes que durarán para siempre. O, si ha de gloriarse en la carne, gloríese ciertamente cuando es atormentada por confesar el nombre; cuando una mujer se muestra más fuerte que los tormentos; cuando sufre el fuego, o la cruz, o la espada, o las fieras, para ser coronada. Estas son las joyas preciosas de la carne, estos son los mejores adornos del cuerpo.
7. Pero hay algunas mujeres ricas, y opulentas en la abundancia de sus bienes, que alegan su propia riqueza y sostienen que deben usar de esos bienes. Sepan, ante todo, que es rica la que es rica en Dios; que es opulenta la que es opulenta en Cristo; que son bienes los que son espirituales, divinos, celestiales, los que nos conducen a Dios, los que permanecen con nosotros en posesión perpetua junto a Dios. Pero todo lo que es terreno, lo que se ha recibido en este mundo y quedará aquí con el mundo, debe ser despreciado tanto como se desprecia el mundo mismo, a cuyas pompas y deleites ya renunciamos cuando por un tránsito bienaventurado vinimos a Dios. Juan nos estimula y exhorta, dando testimonio con voz espiritual y celestial: «No améis al mundo», dice, «ni las cosas que están en el mundo. Si alguno ama al mundo, el amor del Padre no está en él. Porque todo lo que hay en el mundo es concupiscencia de la carne, y concupiscencia de los ojos, y soberbia de la vida, lo cual no es del Padre, sino de la concupiscencia del mundo. Y el mundo pasa, y su concupiscencia; mas el que hace la voluntad de Dios permanece para siempre, así como también Dios permanece para siempre». Por tanto, hay que seguir las cosas eternas y divinas, y todo debe hacerse según la voluntad de Dios, para que sigamos las huellas divinas y las enseñanzas de nuestro Señor, que nos advirtió y dijo: «He descendido del cielo, no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me envió». Y si el siervo no es mayor que su señor, y el que ha sido liberado debe obediencia a su libertador, nosotros, que deseamos ser cristianos, debemos imitar lo que Cristo dijo e hizo. Está escrito, y se lee y se oye, y lo celebra para nuestro ejemplo la boca de la Iglesia: «El que dice que permanece en Cristo, debe andar también él como él anduvo». Por tanto, hemos de andar con pasos iguales; hemos de esforzarnos con andar emulador. Entonces el seguimiento de la verdad corresponde a la fe de nuestro nombre, y se da premio al creyente, si lo que se cree también se practica.
8. Te dices opulenta y rica; pero Pablo sale al paso de tus riquezas, y con su propia voz prescribe que tu vestido y tu adorno se moderen dentro de un justo límite. «Las mujeres», dijo, «se adornen con vergüenza y modestia, no con cabellos encrespados, ni oro, ni perlas, ni vestidos costosos, sino como conviene a mujeres que profesan castidad, con una buena conducta». También Pedro está de acuerdo con estos mismos preceptos, y dice: «Que no haya en la mujer el adorno exterior del atavío, ni del oro, ni de los vestidos, sino el adorno del corazón». Y si también estos advierten que las mujeres que suelen excusar su vestido alegando a su marido sean refrenadas y limitadas por la observancia religiosa conforme a la disciplina de la Iglesia, ¡cuánto más justo es que guarde esa observancia la virgen, que no tiene excusa para adornarse, ni puede cargar sobre otro el engaño de su falta, sino que ella misma queda en la culpa!
9. Dices que eres opulenta y rica. Pero no todo lo que puede hacerse debe también hacerse; ni los amplios deseos que nacen de la soberbia del mundo deben extenderse más allá del honor y del pudor de la virginidad; pues está escrito: «Todo es lícito, mas no todo conviene; todo es lícito, mas no todo edifica». Por lo demás, si te peinas el cabello suntuosamente y andas de modo que llames la atención en público, y atraes sobre ti las miradas de la juventud, y arrastras tras de ti los suspiros de los jóvenes, alimentas el ardor de la concupiscencia e inflamas el combustible de los suspiros, de modo que, aunque tú misma no perezcas, haces perecer a otros y te ofreces, por así decirlo, como espada o veneno a los que te miran, no puedes ser excusada con el pretexto de que eres casta y pudorosa de alma. Tu vestido vergonzoso y tu adorno impúdico te acusan; y ya no puedes ser contada entre las doncellas y vírgenes de Cristo, puesto que vivís de tal manera que os hacéis objeto de deseo.
10. Dices que eres opulenta y rica; pero no le conviene a una virgen jactarse de sus riquezas, pues la santa Escritura dice: «¿De qué nos ha aprovechado la soberbia? ¿O qué provecho nos ha traído la jactancia de las riquezas? Y todas estas cosas pasaron como una sombra». Y el apóstol vuelve a advertirnos y dice: «Y los que compran, como si no compraran; y los que poseen, como si no poseyeran; y los que usan de este mundo, como si no usaran de él. Porque la apariencia de este mundo pasa». También Pedro, a quien el Señor encomienda sus ovejas para que las apaciente y guarde, sobre quien puso y fundó la Iglesia, dice ciertamente que no tiene plata ni oro, pero dice que es rico en la gracia de Cristo, que es opulento en su fe y en su virtud, con las cuales realizó muchas grandes obras con milagros, con las cuales abundó en bienes espirituales para la gracia de la gloria. Estas riquezas, esta opulencia, no puede poseerlas la que prefiere ser rica para este mundo antes que para Cristo.
11. Dices que eres opulenta y rica, y piensas que debes usar de aquellas cosas que Dios ha querido que poseas. Úsalas, ciertamente, pero para las cosas de la salvación; úsalas, pero para buenos fines; úsalas, pero para aquellas cosas que Dios ha mandado y que el Señor ha señalado. Que los pobres sientan que eres opulenta; que los necesitados sientan que eres rica. Presta tu patrimonio a Dios; da de comer a Cristo. Muévelo a él con las oraciones de muchos a concederte llevar a término la gloria de la virginidad y lograr llegar a los premios del Señor. Confía allí tus tesoros, donde ningún ladrón mina, donde ningún saqueador insidioso irrumpe. Prepárate posesiones; pero que sean más bien celestiales, donde ni el orín consume, ni el granizo maltrata, ni el sol quema, ni la lluvia estropea tus frutos, constantes y perennes y libres de todo contacto de daño mundano. Porque en esto mismo pecas contra Dios, si piensas que las riquezas te fueron dadas por él con este fin, para disfrutarlas a fondo, sin mirar a la salvación. Porque Dios dio al hombre también la voz; y no por eso se han de cantar canciones amorosas y cosas indecentes. Y Dios quiso que el hierro sirviera para el cultivo de la tierra, pero no por eso se han de cometer homicidios. ¿O porque Dios dispuso el incienso, el vino y el fuego, hemos de sacrificar por ello a los ídolos? ¿O porque los rebaños de ganado abundan en tus campos, has de inmolar víctimas y ofrendas a los dioses? De otro modo, un gran patrimonio es una tentación, si la riqueza no sirve a buenos usos; de suerte que cada uno, en proporción a su riqueza, debe con su patrimonio redimir sus transgresiones antes que aumentarlas.
12. Los rasgos propios de los adornos y de los vestidos, y los atractivos de la belleza, no convienen sino a las prostitutas y a las mujeres impúdicas; y el vestido de ninguna es más precioso que el de aquellas cuyo pudor está por los suelos. Así, en las santas Escrituras, por las que el Señor quiso que fuéramos instruidos y amonestados, se describe a la ciudad ramera más hermosamente ataviada y adornada, y con sus adornos; y precisamente a causa de esos mismos adornos, a punto de perecer. «Y vino», se dice, «uno de los siete ángeles que tenían las siete copas, y habló conmigo, diciéndome: Ven acá, y te mostraré la condenación de la gran ramera, la cual está sentada sobre muchas aguas, con la cual han fornicado los reyes de la tierra. Y me llevó en espíritu; y vi una mujer sentada sobre una bestia, y aquella mujer estaba vestida de un manto de púrpura y de escarlata, y adornada de oro, y de piedras preciosas, y de perlas, teniendo un cáliz de oro en su mano, lleno de maldiciones, y de inmundicia, y de la fornicación de toda la tierra». Eviten las vírgenes castas y pudorosas el vestido de las impúdicas, las maneras de las desvergonzadas, las insignias de los lupanares, los adornos de las rameras.
13. Además Isaías, lleno del Espíritu Santo, clama y reprende a las hijas de Sion, corrompidas por el oro, la plata y los vestidos, y las censura, opulentas como eran en riquezas perniciosas, y apartándose de Dios por los deleites del mundo. «Las hijas de Sion», dice, «se ensoberbecen, y andan con el cuello erguido y guiñando los ojos, arrastrando sus vestidos al andar y haciendo melindres con los pies. Y Dios humillará a las hijas principales de Sion, y el Señor descubrirá su vestido; y el Señor quitará la gloria de su atavío, y sus adornos, y sus cabellos, y sus rizos, y sus lunetas, y sus tenacillas, y sus brazaletes, y sus racimos de perlas, y sus ajorcas y anillos, y sus zarcillos, y las sedas tejidas con oro y jacinto. Y en lugar de buen olor habrá polvo; y serás ceñida con una soga en lugar de cinturón; y en lugar del adorno de oro de tu cabeza tendrás calvicie». Esto es lo que Dios reprueba, esto lo que señala: de ahí declara que las vírgenes se han corrompido; de ahí, que se han apartado del verdadero culto divino. Ensalzadas, cayeron; con la cabeza adornada, merecieron deshonra y oprobio. Vestidas de seda y de púrpura, no pueden revestirse de Cristo; adornadas de oro, de perlas y de collares, han perdido los adornos del corazón y del espíritu. ¿Quién no detestaría y evitaría lo que ha sido la perdición de otra? ¿Quién desearía y tomaría lo que ha servido de espada y de arma para la muerte de otra? Si el que hubiera bebido muriera al apurar la copa, sabrías que lo que había bebido era veneno; si, al tomar un alimento, pereciera el que lo tomó, sabrías que era mortal lo que, una vez tomado, podía matar; y no comerías ni beberías de aquello por lo cual antes hubieras visto perecer a otros. Ahora bien, ¡qué ignorancia de la verdad, qué locura de la mente es desear lo que ha dañado y siempre dañará, y pensar que tú misma no perecerás por aquellos medios por los cuales sabes que otras han perecido!
14. Porque Dios no hizo las ovejas escarlatas ni purpúreas, ni enseñó a teñir y colorear la lana con los jugos de las hierbas y de los mariscos, ni dispuso collares con piedras engastadas en oro y con perlas distribuidas en hilera tejida o en racimo numeroso, con los cuales ocultaras el cuello que él hizo; para que quede cubierto lo que Dios formó en el hombre, y se vea sobre él lo que el diablo ha inventado por añadidura. ¿Ha querido Dios que se hagan heridas en las orejas, con las que se haga sufrir a la infancia, todavía inocente e ignorante del mal del mundo, para que después de las cicatrices y agujeros de las orejas cuelguen perlas preciosas, pesadas, si no por su peso, sí por la cuantía de su precio? Todas estas cosas las dieron a conocer con sus artes los ángeles pecadores y apóstatas cuando, rebajados al contagio de la tierra, abandonaron su vigor celestial. Ellos enseñaron también a pintar los ojos con un negro trazado en círculo alrededor, y a teñir las mejillas con un rojo engañoso, y a cambiar el cabello con colores falsos, y a desterrar toda verdad, tanto del rostro como de la cabeza, con el asalto de su propia corrupción.
15. Y, en verdad, en este mismo punto, por el temor que la fe me inspira, por el amor que la fraternidad exige, pienso que no solo las vírgenes y las viudas, sino también las casadas, y todas las de su sexo por igual, deben ser amonestadas de que la obra de Dios, su hechura y su formación, no debe en modo alguno adulterarse, ni con la aplicación de color amarillo, ni con polvo negro o colorete, ni con ninguna clase de afeite que pueda corromper las facciones naturales. Dios dice: «Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza»; ¿y se atreve alguien a alterar y cambiar lo que Dios ha hecho? Ponen las manos sobre Dios cuando intentan reformar lo que él formó y transfigurarlo, sin saber que todo lo que nace es obra de Dios, y todo lo que se cambia es obra del diablo. Si algún artista, al pintar, trazara con colores rivales de la naturaleza el semblante, la imagen y el aspecto corporal de alguien, y, pintado ya y terminado el retrato, otro pusiera las manos en él, como si, estando ya formado y pintado, él, más hábil, pudiera enmendarlo, parecería natural en el primer artista un grave agravio y una justa causa de indignación. ¿Y piensas tú que podrás cometer impunemente la osadía de tan perversa temeridad, una ofensa a Dios, el artífice? Porque, aunque no seas impúdica entre los hombres y no seas impura con tus tintes seductores, sin embargo, cuando se corrompen y violan las cosas que pertenecen a Dios, incurres en un adulterio peor. Que te creas adornada, que creas tener el cabello bien arreglado, es un atentado contra la obra divina, es una prevaricación de la verdad.
16. La voz del apóstol que advierte es: «Limpiad la vieja levadura, para que seáis nueva masa, como sois sin levadura; porque nuestra pascua, que es Cristo, fue sacrificada. Así que celebremos la fiesta, no con la vieja levadura, ni con la levadura de malicia y de maldad, sino con panes sin levadura, de sinceridad y de verdad». Pero ¿se conservan la sinceridad y la verdad cuando lo sincero se mancha con colores adúlteros, y lo verdadero se convierte en mentira con los tintes engañosos de los afeites? Tu Señor dice: «No puedes hacer un cabello blanco o negro»; y tú, para vencer la palabra de tu Señor, quieres ser más poderosa que él, y tiñes tu cabello con osado empeño y profano desprecio. Con mal presagio de lo venidero, te procuras ya desde ahora un comienzo de cabellos color de llama; ¡y pecas (oh maldad!) con la cabeza, es decir, con la parte más noble de tu cuerpo! Y aunque está escrito del Señor: «Su cabeza y sus cabellos eran blancos como la lana o como la nieve», tú maldices esa blancura y aborreces esa canicie que es semejante a la cabeza del Señor.
17. ¿No temes, te lo ruego, siendo como eres, que cuando llegue el día de la resurrección tu Hacedor no te reconozca, y te rechace cuando vengas a sus premios y promesas, y te excluya, reprendiéndote con el vigor de un censor y juez, y diga: «Esta no es obra mía, ni es esta nuestra imagen. Has manchado tu piel con un afeite falso, has cambiado tu cabello con un color adúltero, tu rostro ha sido ocupado violentamente por la mentira, tu figura está corrompida, tu semblante es ajeno. No puedes ver a Dios, puesto que tus ojos no son los que Dios hizo, sino los que el diablo ha estropeado. A él has seguido, has imitado los ojos rojos y pintados de la serpiente. Como te has adornado a la manera de tu enemigo, con él también arderás dentro de poco»? ¿No son estas, os ruego, cosas que deben meditar los siervos de Dios? ¿No han de temerse siempre, de día y de noche? Vean las casadas en qué medida se lisonjean con el consuelo de sus maridos y el deseo de agradarles, y cómo, mientras los ponen por delante como excusa, los hacen cómplices en la asociación de un consentimiento culpable. Pero las vírgenes, a quienes se dirige este discurso, que se han adornado con artes de esta clase, pienso que no deberían ser contadas entre las vírgenes, sino que, como ovejas infectadas y ganado enfermo, deberían ser apartadas del rebaño santo y puro de la virginidad, no sea que, viviendo juntas, contaminen a las demás con su contagio; no sea que arruinen a otras, así como ellas mismas han perecido.
18. Y puesto que buscamos el bien de la continencia, evitemos también todo lo que le es pernicioso y hostil. Y no pasaré por alto aquellas cosas que, introducidas en el uso por negligencia, se han arrogado una licencia usurpada, contraria a las costumbres modestas y sobrias. Algunas no se avergüenzan de asistir a las fiestas de bodas y, en aquella libertad de discursos lascivos, mezclarse en conversaciones impuras, oír lo que no conviene, decir lo que no es lícito, exponerse, estar presentes en medio de palabras vergonzosas y banquetes de borrachos, por los cuales se enciende el ardor de la lujuria, y se anima a la novia a consentir y al novio a atreverse a la deshonestidad. ¿Qué lugar hay en las bodas para aquella cuyo ánimo no está inclinado al matrimonio? ¿O qué puede haber de agradable o de gozoso en aquellos compromisos para aquella cuyos deseos y anhelos son tan distintos? ¿Qué se aprende allí, qué se ve? ¡Cuánto se aparta una virgen de su propósito cuando la que había llegado pudorosa se va impúdica! Aunque permanezca virgen de cuerpo y de alma, sin embargo, en los ojos, en los oídos, en la lengua, ha disminuido las virtudes que poseía.
19. Pero ¿qué decir de las que frecuentan los baños comunes a ambos sexos; que prostituyen a ojos ávidos de lujuria cuerpos consagrados a la castidad y al pudor? Las que contemplan vergonzosamente a hombres desnudos y son vistas desnudas por los hombres, ¿no dan ellas mismas incentivo al vicio, no solicitan e invitan los deseos de los presentes a su propia corrupción y a su ofensa? «Que cada uno», dices, «mire con qué intención viene allí: mi cuidado es solo el de refrescar y lavar mi pobre cuerpo». Esa clase de defensa no te justifica, ni excusa el crimen de la lascivia y la desvergüenza. Semejante lavado mancha; no purifica ni limpia los miembros, sino que los ensucia. Tú no miras a nadie impúdicamente, pero tú misma eres mirada impúdicamente. No manchas tus ojos con un deleite vergonzoso, pero al deleitar a otros tú misma quedas manchada. Haces del baño un espectáculo; los lugares donde os reunís son más inmundos que un teatro. Allí se despoja todo pudor junto con la ropa de los vestidos, se depone el honor y el pudor del cuerpo; la virginidad queda expuesta para ser señalada con el dedo y para ser tocada. Y ahora, pues, considera si, cuando estás vestida, eres pudorosa entre los hombres, cuando la osadía de la desnudez ha conducido a la impudicia.
20. Por esta razón, pues, la Iglesia llora con frecuencia por sus vírgenes; por esto gime ante sus historias escandalosas y detestables; por esto se extingue la flor de sus vírgenes, se lastiman el honor y el pudor de la continencia, y se profana toda su gloria y dignidad. Así se insinúa con sus artes el enemigo que asedia; así, con lazos que engañan, por caminos secretos, se desliza el diablo. Así, mientras las vírgenes quieren adornarse con más esmero y andar con más libertad, dejan de ser vírgenes, corrompidas por una deshonra furtiva; viudas antes de casarse, adúlteras, no contra su marido, sino contra Cristo. En la medida en que, como vírgenes, estaban destinadas a grandes premios, así sufrirán grandes castigos por la pérdida de su virginidad.
21. Por tanto, oídme, oh vírgenes, como a un padre; oíd, os lo ruego, a uno que teme mientras advierte; oíd a uno que mira fielmente por vuestro provecho y vuestro bien. Sed tales como Dios Creador os hizo; sed tales como os dispuso la mano de vuestro Padre. Que vuestro semblante permanezca incorrupto, vuestro cuello sin adornos, vuestra figura sencilla; que no se hagan heridas en vuestras orejas, ni la cadena preciosa de brazaletes y collares ciña vuestros brazos o vuestro cuello; que vuestros pies estén libres de ataduras de oro, vuestro cabello sin tinte alguno, vuestros ojos dignos de contemplar a Dios. Que vuestros baños se hagan con mujeres, entre las cuales vuestro baño es pudoroso. Evítense los festines desvergonzados y los banquetes lascivos de las bodas, cuyo contagio es peligroso. Vence el vestido, puesto que eres virgen; vence el oro, puesto que vences la carne y el mundo. No es coherente ser invencible ante lo mayor y mostrarse incapaz ante lo menor. Estrecho y angosto es el camino que lleva a la vida; duro y difícil es el sendero que conduce a la gloria. Por esta senda avanzan los mártires, pasan las vírgenes, progresan los justos de toda clase. Evitad los caminos anchos y espaciosos. Allí hay lazos mortales y placeres que traen la muerte; allí el diablo halaga para engañar, sonríe para dañar, atrae para matar. El primer fruto, el de ciento, es para los mártires; el segundo, el de sesenta, es el vuestro. Así como en los mártires no hay pensamiento de la carne y del mundo, ni un combate pequeño, ligero y delicado, así también en vosotras, cuyo premio es el segundo en gracia, haya una fortaleza en el sufrimiento cercana a la de ellos. La subida a las cosas grandes no es fácil. ¡Qué fatiga sufrimos, qué trabajo, cuando procuramos subir las colinas y las cumbres de los montes! ¿Qué será, pues, para subir al cielo? Si miráis el premio de la promesa, vuestro trabajo es menor. A los que perseveran se les da la inmortalidad, se les propone la vida eterna; el Señor promete un reino.
22. ¡Retened, oh vírgenes, retened lo que habéis comenzado a ser; retened lo que seréis! Un gran premio os espera, una gran recompensa de la virtud, el inmenso bien de la castidad. ¿Queréis saber de qué mal se libra la virtud de la continencia, qué bien posee? «Multiplicaré», dice Dios a la mujer, «tus dolores y tus gemidos; con dolor darás a luz los hijos; y tu deseo será para tu marido, y él se enseñoreará de ti». Vosotras estáis libres de esta sentencia. No teméis los dolores y los gemidos de las mujeres. No tenéis temor al parto; ni vuestro marido es señor vuestro, sino que vuestro Señor y Cabeza es Cristo, a semejanza y en lugar del varón; con la de los hombres es igual vuestra suerte y vuestra condición. Es palabra del Señor la que dice: «Los hijos de este siglo engendran y son engendrados; mas los que son tenidos por dignos de aquel siglo y de la resurrección de los muertos, ni se casan ni son dados en casamiento; porque no pueden ya más morir, pues son iguales a los ángeles de Dios, siendo hijos de la resurrección». Lo que nosotros seremos, vosotras ya habéis comenzado a serlo. Poseéis ya en este mundo la gloria de la resurrección. Pasáis por el mundo sin el contagio del mundo; en cuanto perseveráis castas y vírgenes, sois iguales a los ángeles de Dios. Solo que vuestra virginidad permanezca y dure sólida e intacta; y así como comenzó con valor, persevere sin interrupción, y no busque los adornos de collares ni de vestidos, sino de la conducta. Mire hacia Dios y hacia el cielo, y no baje a la concupiscencia de la carne y del mundo los ojos levantados a las cosas de arriba, ni los ponga en las cosas terrenas.
23. El primer decreto mandó crecer y multiplicarse; el segundo aconsejó la continencia. Mientras el mundo es todavía tosco y vacío, nos propagamos por la fecunda generación de muchos y crecemos para el ensanchamiento del género humano. Ahora, cuando el mundo está lleno y la tierra poblada, los que pueden recibir la continencia, viviendo a la manera de los eunucos, se hacen eunucos para el reino. Y el Señor no manda esto, sino que lo exhorta; ni impone el yugo de la necesidad, puesto que queda la libre elección de la voluntad. Pero cuando dice que en la casa de su Padre hay muchas moradas, señala las estancias de la mejor habitación. Esas mejores habitaciones buscáis vosotras; cortando los deseos de la carne, obtenéis el premio de una gracia mayor en la patria celestial. Todos, en verdad, los que llegan al don y a la herencia divina por la santificación del bautismo, se despojan allí del hombre viejo por la gracia del lavacro salvador y, renovados por el Espíritu Santo de la inmundicia del antiguo contagio, son purificados por un segundo nacimiento. Pero la mayor santidad y verdad de ese nuevo nacimiento os pertenece a vosotras, que ya no tenéis deseos de la carne y del cuerpo. Solo las cosas que pertenecen a la virtud y al Espíritu han quedado en vosotras para gloria. Es palabra del apóstol, a quien el Señor llamó su vaso escogido, a quien Dios envió a proclamar el mandato celestial: «El primer hombre», dice, «es de la tierra, terreno; el segundo hombre es del cielo. Cual el terreno, tales también los terrenos; y cual el celestial, tales también los celestiales. Como hemos llevado la imagen del terreno, llevemos también la imagen del celestial». Esta imagen la lleva la virginidad, la lleva la integridad, la lleva la santidad y la verdad. La llevan las disciplinas que se acuerdan de Dios, que guardan la justicia con la religión, firmes en la fe, humildes en el temor, valerosas ante todo sufrimiento, mansas para soportar la injuria, prontas a mostrar misericordia, de un mismo sentir y un mismo corazón en la paz fraterna.
24. Todas estas cosas, oh buenas vírgenes, debéis observarlas, amarlas, cumplirlas, vosotras que, entregándoos a Dios y a Cristo, avanzáis en la parte más alta y mejor hacia el Señor, a quien os habéis consagrado. Vosotras, las de más edad, dad enseñanza a las más jóvenes. Vosotras, las más jóvenes, dad estímulo a las de vuestra edad. Animaos unas a otras con exhortaciones mutuas; provocaos a la gloria con pruebas de virtud que rivalicen entre sí. Perseverad con valor, avanzad espiritualmente, llegad felizmente. Solo acordaos de nosotros en aquel tiempo en que la virginidad comience a ser premiada en vosotras.
Capítulo 2 completado
Sobre el vestido de las vírgenes