Capítulo 9 · 20 min de lectura · 25 min de escucha
El polvo de lo real
«Esto puede contarse como nuestra ganancia más rica: haber aprendido de nuevo la propia impotencia total, tan por completo, que el viejo axioma del servicio, “No puedo convertir un alma más de lo que puedo crear una estrella”, llega a ser una revelación sobrecogedora, para que solo Dios sea ensalzado en aquel día.»
Rev. Walter Searle, África.
ACABAMOS de volver de una aldea paria. Mírenlo ahora todo conmigo. Qué curioso grupito de chozas, tiradas en cualquier parte; qué caras medio asustadas, medio amistosas; qué carreras de unos que entran y otros que salen; y nos preguntamos a qué casa convendrá dirigirnos. Nos detenemos ante una un poco más limpia que la mayoría, más grande y más abierta.
«¿Podemos entrar?» A coro: «¡Pasen! ¡Ay, pasen!», y entramos. Es una habitación diminuta, una tira estrecha. En un extremo arde un fuego en el suelo; el humo se abre paso por el techo, y una olla de arroz puesta sobre tres piedras borbotea alegremente. Aquí no hay miedo a la contaminación. No les gustaría que tocáramos su arroz ni que los viéramos comerlo, pero no les importa que estemos en la habitación donde se cuece.
En el otro extremo de la estrecha tira hay un corral de cabras, no muy limpio; y a lo largo de un lado hay una plataforma de barro elevada donde, por lo visto, duerme la familia. Ese lado y los dos extremos están techados con hojas de palmera palmira. Están secas y crujen al menor roce, y uno las roza cada vez que se pone de pie, así que caen trocitos sin cesar y ayudan a ensuciar el espacio abierto de abajo.
Cinco bebés en distintas fases de rebeldía andan despatarrados por esa franja de suelo; hacen ruido todo el tiempo. Media docena de ancianas de aire alelado se apiñan por la puerta baja, miran fijamente e intercambian observaciones. Tres jóvenes sin nada especial que hacer holgazanean al fondo de la plataforma, cerca de las cabras. Una muchacha despierta, con más joyas de lo que es habitual entre los parias, atiende el fuego en el extremo de la puerta; echa uno o dos palos al entrar nosotras y se apresura a traer una estera. Nos sentamos en la estera, y ella se sienta a nuestro lado; y se hacen y se responden las preguntas de costumbre a modo de presentación. Hay una anciana no muy limpia que masca betel con empeño; otra con una boca enorme, que siempre tiene abierta de par en par; otra con una voz muy fuerte y una mata de pelo indescriptible. Pero escuchan bastante bien hasta que una cabra provoca una distracción con un comentario, y un bebé —una cosita alegre en su bonita piel morena y con una pulsera— se pone a berrear, y la atención de todos se concentra en él.
La cabra se calma, el bebé está ya en brazos de su madre; así que seguimos donde lo habíamos dejado, y yo observo a la muchacha despierta y advierto que escucha como quien entiende. Parece de más categoría; su seeley color de rosa está limpio, y lleva dos grandes joyas de oro en cada oreja; tiene un pequeño collar de oro alrededor del cuello, y pulseras y anillos de plata en los dedos de los pies. Todos los demás están irremediablemente mugrientos y muy poco iluminados, pero escuchan igual que escucha la mayoría de la gente en la iglesia, con una especie de expresión paciente. Es lo que corresponde hacer.
Ahora soy yo quien les habla, y hasta que voy por la mitad nadie dice nada, cuando de pronto la muchacha comenta: «¡Tenemos diez dedos, no uno solo!», cosa tan asombrosa que me detengo y me pregunto en qué estará pensando. Yo hablaba de la oveja perdida entre cien. ¿Qué tiene eso que ver con un dedo y con diez? Ella pasa a explicarlo: «Todo esto ya lo he oído. Tengo una hermana que es cristiana, y una vez me quedé con ella, y oí todo sobre su religión, y sentí en mi corazón que era buena. Pero luego me casaron» («me ataron», dijo ella), «y claro, me olvidé de ello; pero ahora me acuerdo, y digo que si diez de los nuestros se juntan y se pasan a su Camino, eso estará bien; pero ¿de qué serviría que se pasara uno solo? ¿De qué sirve que un dedo se mueva por su cuenta? Hacen falta diez para hacer el trabajo del día».
«Si diez de ustedes tuvieran el cólera y yo les trajera la medicina para el cólera, ¿dirías tú: “No la tomaré a menos que la tomen también otros nueve”?», le respondí. Ella se ríe y los demás se ríen, pero con cierta inquietud. No les gusta mucho esta mención del temido cólera; la muerte del cuerpo resulta, en perspectiva, mucho más tremenda que la muerte del alma. «Tú la tomarías, y entonces los demás, al ver que te hace bien, quizá la tomarían también»; y tratamos de hacer calar el sentido de la comparación. Pero una punta pincha, y pinchar resulta incómodo.
Los tres hombres empiezan a arrastrar los pies y a hablar de otras cosas; la vieja suegra propone betel para todos, y nos tiende unas hojas de aspecto mugriento con una insistente invitación a servirnos. Los diversos mirones hacen comentarios, y la muchacha se dedica a su bebé. Pero está pensando; se ve que se han removido viejos recuerdos. Por fin, con un suspiro, se levanta, mira en torno al pequeño grupo indiferente, va al fogón y aviva el fuego soplando. Eso quiere decir que más vale que digamos salaam; así que lo decimos nosotras y lo dicen ellos, añadiendo el habitual «Vayan y vuelvan».
Será más fácil ayudar a esta gente a salir de sus bajos niveles que ayudar a sus amos, de las esferas más altas de la vida. Pero hacer algo genuino o radical entre unos u otros nunca es de verdad fácil.
«Hace falta el Ideal para soplar el grosor de un cabello del Polvo de lo Real.»
Hace falta más. Hace falta Dios. Hace falta Dios para hacer cualquier cosa en cualquier parte. Ayer estuvimos de visita en una de las aldeas de casta, y una anciana, que de verdad parece querernos, dijo que le gustaría mucho tomar mi mano entre las suyas; «pero —explicó—, esta mañana uno de los niños del lugar se asomó al borde del estanque para beber, y se cayó y se ahogó; así que he ido a dar el pésame a los suyos, y acabo de volver de bañarme, y no me siento con fuerzas para bañarme otra vez». Si me tocaba, tendría que bañarse para librarse de la contaminación. Por supuesto, le aseguré que lo entendía perfectamente, pero mientras estaba allí sentada a dos pulgadas de mí, conservando con tanto cuidado intactas esas dos pulgadas de espacio libre, sentí qué cosa tan pequeña era esa distancia creada por la casta, el más leve «Polvo de lo Real» sobre la superficie del sistema de su vida; y, sin embargo, «para soplar de él el grosor de un cabello, no se necesita nada menos que el aliento del poder de Dios». «¡Ven, oh Aliento, y sopla!», clamamos. Ninguna otra cosa servirá.
Algo de nuestra conversación llevó a una pregunta sobre el carácter de Jesús, y, mientras intentábamos describirle un poco la hermosura de nuestro amado Señor, sus ojos oscuros se encendieron. «¡Qué hermoso es!», dijo; «¡qué hermoso debe de ser él!». Parecía «casi persuadida», pero sabíamos que era solo casi, no del todo; porque aún no conoce su necesidad de un Salvador, no tiene sentido del pecado. A veces, es verdad, eso llega después; pero vemos que, si el alma ha de resistir las tremendas fuerzas contrarias que caerán de inmediato sobre ella en cuanto se vuelva lo más mínimo hacia Cristo, tiene que obrarse en ella una convicción; nada tan superficial como un sentimiento, por muy apreciativo, esperanzado o amoroso que sea, resistirá esa presión.
Así que, aunque los ojos de esta querida mujer se llenan de lágrimas cuando oye del precio de dolor que él pagó, y aunque escucha con gusto mientras leemos, conversamos y oramos con ella, sabemos que la obra no ha calado hondo, y elevamos por ella nuestras «peticiones profundas», y seguimos adelante.
En la India los hombres deben trabajar entre hombres, y las mujeres entre mujeres, pero a veces, en lugares nuevos, como ya he contado, tenemos que detenernos a hablar con los hombres antes de que nos dejen pasar. Por ejemplo, una tarde, de camino hacia las mujeres, me salió al paso el cabeza de la familia que yo visitaba, un buen anciano del tipo habitual, cortés pero contrario. Pidió ver mis libros. Yo llevaba una Biblia, un libro de cánticos y un libro de estrofas relativas a la Verdad, copiadas de los antiguos clásicos tamiles. Se abalanzó sobre este último. Luego empezó a salmodiar las estrofas a su manera inimitable, y al oírlo varios ancianos más se fueron acercando a la veranda, hasta que pronto una docena o más escuchaban con esa expresión de deleite que parecen reservar para su propia y amada poesía.
Después de que el lector hubo salmodiado una docena o más de estrofas, se detuvo de golpe y me preguntó si de verdad me gustaba. Por supuesto, le dije que muchísimo, y que solo deseaba saber más, porque los clásicos tamiles son todo un estudio en sí mismos, y aquellos hermosos versos antiguos que yo había copiado eran solo espigas recogidas de dos grandes volúmenes llenos de la sabiduría de Oriente.
Ahora todos se mostraban de lo más amistosos, y entablamos conversación. Uno del grupo sostenía que hay tres sustancias coeternas: Dios, el Alma y el Pecado. El pecado está eternamente ligado al alma, como el cardenillo es inherente al cobre. Puede eliminarse con el tiempo mediante una meditación intensa en Dios y la realización de arduas obras meritorias. Pero todos admitían que estos ejercicios eran incompatibles con la vida ordinaria de la mayoría de la gente, y por lo general impracticables. Y así, el hecho es que el cardenillo del pecado permanece.
Recuerdo el gozo con que descubrí que Isaías 1:25 usa esta misma imagen; porque la palabra que en nuestras Biblias se traduce «escorias» es, en tamil, la palabra corriente para el cardenillo; de modo que el versículo dice: «Volveré mi mano sobre ti, y te limpiaré por completo, hasta quitar tu cardenillo».
La mayoría de los demás sostenía una opinión diametralmente opuesta. Lejos de ser el Alma y el Pecado coeternos con Dios, en realidad no existen en absoluto. Ambos son ilusorios. Solo hay una entidad existente. Es el Espíritu Divino, y no tiene personalidad ni cualidad personal alguna. Todas las existencias aparentemente separadas son engañosas. La meditación, del mismo tipo absorbente que el otro tenía por necesario, es el único camino para alcanzar el grado de iluminación que conduce a la reabsorción en la esencia divina, en la que finalmente nos fundimos, y perdemos lo que parecía ser nuestra identidad separada. Nos perdemos en Dios como una gota se pierde en el océano.
Algunos de los hombres defendían una faceta de la verdad que recuerda a un calvinismo enloquecido, y otros, exactamente lo contrario, son extravagantemente arminianos. Los calvinistas ilustran su creencia con una sola palabra luminosa, agarre de gato, y los arminianos con otra, agarre de mono. ¿Podrían ustedes encontrar mejores ilustraciones? La gata levanta al gatito y lo lleva en la boca; el gatito es pasivo, la gata lo hace todo. Pero el monito se agarra a su madre y se aferra con todas sus fuerzas. Quienes han observado el «agarre de gato» en casa y el «agarre de mono» en la selva saben apreciar la exactitud de estas dos ilustraciones.
Pero a través de todas las formas de hinduismo, por contradictorias que sean unas con otras, corre el pensamiento de fondo de un panteísmo puro y simple. Y esto explica muchas de dichas contradicciones, y muchas de las incongruencias que surgen constantemente y desconciertan a quien intenta entender la orientación del pensamiento hindú. Así, aunque todos aquellos hombres afirmaban que hay un solo Dios, admitían que cada uno adoraba a varios. No veían en ello ninguna incoherencia. Así como el aire está en todo, así Dios está en todo, y por tanto en los diversos símbolos. Y así como nuestro Rey tiene diversos virreyes y gobernadores que lo representan para gobernar sus dominios en su nombre, así el Supremo tiene estas deidades menores, inferiores en poder y que solo existen por la fuerza de él mismo, y él, que todo lo penetra, puede ser adorado bajo sus formas.
Este argumento me lo presentaron todos a una aquella tarde con insistencia, y aunque probablemente a ustedes se les ocurran respuestas excelentes, quizá descubrirían que no satisfacen al hindú, que argumenta siguiendo una lógica propia de Oriente, lo bastante sutil para desconcertar al práctico cerebro occidental; y luego —porque somos tan engreídos como prácticos— tendemos a compadecer al pobre hindú por ser tan distinto de nosotros; y si nos falta toda simpatía, refunfuñamos que no hay nada en el argumento, cuando en realidad hay bastante, solo que no lo vemos, porque nunca hemos pensado a fondo la dificultad en cuestión. Muy al contrario, a veces tenemos que vérnoslas con un tipo de mente como la del estudiante de Shakespeare de MacDonald, que «no vio un punto evidente porque sus ojos eran tan agudos que miraban a través de él sin verlo, por haberse enfocado más allá». Sin duda hay mucho que aprender antes de poder esperar comprender los rodeos del hilo del pensamiento que hay que seguir si se quiere seguir el funcionamiento de la mente hindú. ¡Que nadie que tenga facilidad para desatar nudos mentales piense que su don se desperdiciaría en la India!
La palabra que impresionó a aquellos hombres aquella tarde fue 1 Juan 5:11 y 12: «Dios nos ha dado vida eterna; y esta vida está en su Hijo. El que tiene al Hijo, tiene la vida: el que no tiene al Hijo de Dios, no tiene la vida». Yo ansiaba llegar a las mujeres, pero cuando empezaron a leer esos versículos y a preguntar por su sentido, no pude irme sin intentar explicárselo. ¡Ay, cuánto necesitaba uno en aquel momento que Cristo nos fuera hecho Sabiduría, porque es precisamente aquí donde con tanta facilidad se cometen errores! Presenta la verdad de la relación de Dios con el alma de forma subjetiva —«El que tiene al Hijo, tiene la vida»— a hindúes reflexivos como lo eran aquellos hombres, y quedarán completamente encantados; porque la Encarnación no les presenta ninguna dificultad, como se la presentaría a un mahometano; y quizá, para tu repentina sorpresa y alegría, digan que eso es exactamente lo que están dispuestos a creer. «Cristo en mí»: esto es comprensible. «La morada del Espíritu de Dios en nosotros»: esto es análogo a su propia frase: «La morada de la Deidad en el loto del corazón». Pero probablemente, si nos valemos de palabras y expresiones que ya forman parte de la terminología hindú, y que les sugieren ideas materialistas, podemos engañar y ser engañados gravemente. Necesitamos entender no solo lo que dice el hindú, sino también lo que sus palabras significan para él mismo, que es algo muy distinto.
Aquella conversación terminó con una promesa de los hombres: organizarían una reunión de hindúes para el Iyer, si él venía a dirigirla, cosa que por supuesto hizo. Me gustaría terminar diciendo «y varios se convirtieron», pero por ahora eso no sería verdad. Estas filosofías antiguas, fuertes y de raíces profundas son lo bastante formidables, cuando se las entiende bien, para hacernos sentir qué poco podemos hacer para derribarlas; pero no son más que «Polvo» en comparación con la fuerza de lo «Real» atrincherada detrás de ellas. Solo Polvo superficial; y, sin embargo, como en todos los demás casos, nada sino el Aliento de Dios puede soplar ese Polvo y llevárselo.
Dejamos a los ancianos con sus libros y sus interminables disquisiciones, y seguimos hacia el apartamento de las mujeres. Allí vimos a una joven niña viuda, muy hermosa, dulce y apacible, pero más callada de lo que debería ser una niña; porque es una viuda maldita. Tiene una mente despierta —quiere aprender—; pero ¿para qué ha de aprender una viuda?, dicen; ¿para qué ha de saltarse su mente los límites? Vive en una casita diminuta de barro, en un patio diminuto con tapias de barro; no puede salir más allá de esas tapias, así que ¿por qué habría de pensar más allá? Pero está mejor que la mayoría, porque vive con su madre, que la quiere, y su padre la mima, y así está más o menos resguardada del cruel azote de la lengua.
Hay otra en el patio de al lado; ella no está resguardada así. Vive con su suegra, y el mundo le ha azotado el corazón durante años; ahora está sencillamente encallecido. Allí está sentada, con la barbilla en la mano, simplemente endurecida. Hace años la casaron, cuando era una niñita inocente y juguetona, con un hombre que murió cuando ella tenía nueve años. Entonces le arrancaron sus joyas, todas menos dos pequeños pendientes, que le dejaron por lástima; y ese pobre pedacito de joyería era su única pequeña alegría. Al principio no podía entenderlo, y cuando le quitaron sus bonitos seeleys de colores y tuvo que llevar la tosca tela blanca que tanto odiaba, lloró con impotente rabia infantil; y entonces la castigaron, y le dijeron nombres amargos —la misma palabra viuda significa amargura—, y poco a poco comprendió que algo malo había en ella. No era como las demás niñas. Había traído la desgracia a la casa. Era maldita.
Es verdad que a algunas se las trata con más blandura, y muchas pertenecen a castas donde el yugo de la Costumbre pesa menos; para estas la punta de la maldición está embotada, solo queda una sorda sensación de agravio. Pero en todas las castas altas la presión es fuerte, y hay quienes sienten intensamente, hasta el centro mismo del alma, el aguijón de la vergüenza de la maldición.
«Es el destino», dice la madre afligida; «¿quién puede escapar de su destino?». «Es el pecado», dice la suegra; y el resto del mundo está de acuerdo. «“Adonde va el toro, allá va su soga.” “Las obras hechas en un nacimiento anterior arden en este nacimiento.”»
Gran parte de la obra de la maldición queda oculta tras puertas cerradas. La semana pasada vi a una joven viuda cuya mente se está trastornando a consecuencia de la severidad de la penitencia que la obligan a cumplir. Cuando, como ellos dicen, «el dios de la desgracia se apodera de ella», es decir, cuando se vuelve violenta, la «trasladan a otro lugar» sin ruido. Nadie ve lo que le hacen allí, pero sé que parte del tratamiento consiste en arañarle la cabeza con espinas y luego frotarle zumo de lima crudo; el zumo de lima es como el de limón, solo que más ácido. Cuando pasa el paroxismo, vuelve a aparecer y hace penitencia hasta que llega el siguiente ataque. Esto se ha repetido tres veces en los últimos meses.
Estuve visitando una casa hindú durante dos años antes de descubrir que durante todo ese tiempo una muchacha de diecisiete años estaba recluida sola en una habitación del piso de arriba. «Que llore», decían, citando un proverbio; «“aunque llore, ¿se le pasará la pena a una viuda?”». Una vez al día, después de anochecer, la bajaban unos minutos, y una vez al día, a mediodía, le subían algo de comida basta. Ahora le permiten bajar, pero solo a la parte trasera de la casa; nunca se le ocurre resistirse a ese decreto: él, y todo lo que representa, es su destino. A veces la alegre vida de muchacha vuelve a imponerse, y juega y ríe con el precioso niñito de su cuñada; pero si oye la voz de un hombre, desaparece escaleras arriba. Hay proverbios en la lengua que dicen por qué.
Un día me senté en la veranda de una casa hindú acomodada y hablé con las mujeres, de aspecto alegre, con sus joyas y sus sedas. Y todo ese tiempo, aunque yo poco lo sabía, una viuda estaba atada dentro de un saco en una de las habitaciones interiores. Este agravio es un agravio oculto.
No creo que nadie llamara a los hindúes especialmente crueles; en comparación con la mayoría de los demás asiáticos, sus instintos son bondadosos. Una costumbre tan despiadada como esta, que castiga a la inocente con un castigo tan duro, no nos parece natural en ellos. Parece una costumbre parásita, que ha hundido hondo sus raíces en el árbol de la vida social hindú, pero que no forma parte de él. Piensen en el poder que alguien ha tenido que ejercer en algún lugar antes de que pudiera cambiarse el carácter de una nación.
Esta costumbre, tal como es, ya resulta bastante formidable. Más de un hombre, indio y extranjero, ha luchado contra ella y ha fracasado. Es un sistema enorme y rigurosísimo de opresión tiránica, toda una pirámide a la vista, antigua, inamovible. Pero hay Algo mayor detrás de ella. No es más que el efecto de una Causa: el Polvo de lo Real.
¿Qué puede cambiar la costumbre? ¿Escritos o discursos enérgicos, agitaciones, leyes del Parlamento? Sin duda todo eso tiene su papel. Plantean la cuestión, remueven el Polvo; pero ¿soplarlo y llevárselo? ¡Oh, no! Nada puede tocar la conciencia del pueblo, invertir por completo su manera de ver las cosas y transformarlo de raíz, sino Dios.
Sí, es verdad, podemos sacar todo el partido posible de lo que han hecho el Gobierno, los misioneros y los reformadores, pero hay momentos en la historia íntima de todos los que miran lo bastante hondo para ver lo que ocurre bajo la superficie de las cosas, en que la pena toma la forma del clamor del Profeta: «¡Ninguna liberación hicimos en la tierra!».
Es verdad. Nosotros no la hemos hecho. Ni siquiera podemos calcular el peso real de la más leve mota del Polvo que se ha posado sobre la vida de este pueblo. Pero creemos que nuestro Dios, que juntó con su medida el polvo de la tierra, abarca por completo el Polvo de lo Real, y creemos que lo veremos obrar a él, con quien está la fortaleza y la operación eficaz.
Creemos que veremos, y creyendo, ya ahora vemos; y cuando vemos algo, por pequeño que sea, cuando el Aliento sopla y aunque sea «el grosor de un cabello» de ese Polvo se va volando, entonces, con una intensidad que no puedo describir, sentimos la presencia del Señor nuestro Dios entre nosotros, y alzamos la vista en el silencio del gozo y de la expectación hacia la llegada del Día en que todo imperio, y toda potencia y potestad, sí, el poder mismo de lo Real, será quitado, para que Dios sea todo en todos.
Así que una y otra vez les pedimos que no oren menos por el movimiento de Reforma, el movimiento Educativo y el movimiento Civilizador de la India, sino mucho más por el Movimiento del Aliento de Dios, y mucho más por nosotros, sus obreros aquí, para que permanezcamos en aquel sin quien nada podemos hacer.
Capítulo 9 completado
El polvo de lo real