Las cosas como son
Raíces

Capítulo 10 · 16 min de lectura · 21 min de escucha

Raíces

«No es cosa fácil en Inglaterra llevar a Cristo a un anciano o a una anciana, aun cuando la única “raíz” que los aparta de él sea el amor al mundo. Como dice el proverbio tamil: “Lo que no se dobló a los cinco no se doblará a los cincuenta”, y menos aún a los sesenta o a los setenta. Cuando un alma en la India está sujeta no por una sola raíz, sino por una miríada de raíces, ¿quién es suficiente para librarla? Solo aquel que trastorna los montes de raíz. “Este linaje no sale sino por oración y ayuno.”»

Un misionero en la India.

«AMMA, te estás haciendo vieja.»

«Sí (gruñido), sí.»

«Cuando somos viejos, la muerte está cerca.»

«Sí (gruñido), sí.»

«Entonces tenemos que dejar nuestro cuerpo e ir a otra parte.»

Tres gruñidos más.

«Amma, ¿sabes adónde vas?»

Entonces la anciana se despierta un poco, gruñe un poco más: «¿Quién sabe adónde va ella?», masculla, y vuelve a sus gruñidos.

«Yo sé adónde voy», responde la muchacha. «Amma, ¿no quieres saberlo?»

«¿Que si no quiero saber qué?»

«Adónde vas.»

«¿Para qué quiero saber qué?»

La muchacha vuelve a explicarlo. La anciana se vuelve hacia su nuera. «¿Está listo el arroz?», dice. La muchacha lo intenta otra vez. La anciana está de acuerdo en que todos hemos de morir. La muerte está cerca de los ancianos; ella es anciana, luego la muerte está cerca de ella; después de la muerte tiene que ir a alguna parte. Estaría bien saber adónde va. No sabe adónde va. Luego se queda mirando y gruñe.

La muchacha prueba por otro camino. ¿En quién confía la anciana para que la ayude cuando llegue la muerte?

«En Dios.»

«¿Qué Dios?»

«El gran Dios.» Y espabilándose para expresarse, declara que él es su meditación constante, así que todo está bien. «¿Está listo el arroz?»

«No.»

«Entonces dame una hoja de betel», y se pone a hacer bolitas con pedacitos de cal, y esas bolitas las envuelve en una hoja de betel, con un trocito de nuez de areca para darle sabor, y esa hoja de betel se la mete en la boca; todo ello muy despacio y con muchos sonidos inarticulados, que yo he traducido por «gruñidos». Y eso es todo lo que hace. No quiere escuchar ni hablar; solo quiere mascar betel y gruñir.

No es una historia conmovedora. Es solo verdad. Sucedió esta misma tarde exactamente como la he contado, y la muchacha, pariente lejana de la anciana, que había venido conmigo tan encantada, deseosa de contar las Buenas Nuevas, tuvo que darse por vencida. Había empezado hablando del amor de Jesús, pero aquello no había causado el menor efecto; así que había probado la forma de hablar más sorprendente, con este resultado: gruñidos.

No hace mucho pasé una tarde con un ejemplar más inteligente. Aquí la tienen, una anciana recia y de mucho carácter, una de las tres que vieron antes. Le interesó muchísimo su fotografía, que le enseñé, y no podía entender en absoluto cómo, en el único momento en que estuvo de pie contra una pared, su cara «había quedado atrapada en un papel blanco». Una pequeña explicación abrió camino para la cosa mayor por la que yo había ido. Estábamos sentadas en una veranda de barro que daba a un patio cuadrado; dos mujeres machacando arroz, otras dos moliéndolo, otra barriendo, una vaca, unas cuantas gallinas, muchísimos niños y varios bebés hacían que fuera sumamente difícil concentrar la atención en nada, y más difícil aún lograr que la mente errante de una anciana se concentrara en un tema que no le interesaba. La fotografía sí le había interesado, pero aquello era distinto.

La conversación terminó con su comentario de que estaba oscureciendo: ¿no debería irme ya a casa? Todavía no oscurecía, pero quería decir que ya había tenido bastante, así que hice el salaam y me fui, esperando una oportunidad mejor otra vez. La siguiente vez que visitamos la Aldea del Tamarindo no se la veía por ninguna parte; se había ido a su propia aldea, solo había venido para el funeral. ¿Volvería?, preguntamos. No era probable, dijeron; «había venido y se había ido». «Venido y ido.» Al decirlo ellos, uno sintió cuán verdad era. Venida, al alcance nuestro durante aquella única tarde breve; ida, fuera de él ahora para siempre.

En esa misma aldea hay una que, más que ninguna otra, nos arrancó el corazón en afecto y anhelo, pero hasta ahora todo en vano.

La vi por primera vez una tarde, cuando volvíamos a casa. Estaba sentada en su veranda, dando órdenes a los criados, que estaban de pie en el patio, más abajo. Luego se volvió y nos vio. Estábamos de pie en la calle, mirando por la puerta abierta. La anciana, con sus ropas blancas y su pelo blanco, estaba sentada entre un grupo de mujeres vestidas de vivos tonos rojos; detrás de ella, la madera oscura de la columna y de la puerta, y encima, el tejado tallado de la veranda.

Los hombres acababan de llegar del campo, y estaban de pie con sus toscos aperos de labranza al hombro; los bueyes, grandes bestias de mirada mansa, rumiaban su paja y meneaban la cola, cada uno en su sitio en el patio, donde jugaban unos niños pequeños.

Las garcillas de los arrozales, que son pequeñas cigüeñas blancas, revoloteaban de fronda en fronda de los cocoteros que colgaban sobre la tapia, y la luz del ocaso, que subía oblicua, les daba en la parte inferior de las alas y las hacía brillar con un oro claro y pálido, pájaros de oro en una oscuridad de verde. Una tapia de barro en ruinas rodeaba uno de los extremos, y el color del ocaso la pintaba también, hasta que todo el rojo que había en ella resplandecía; y luego llegaba suavemente a través de las palmeras, tocaba la cabeza blanca con una especie de brillo e iluminaba la frente del hermoso rostro anciano mientras, inclinándose hacia delante, ella nos hacía señas. «¡Pasen! ¡Pasen!», dijo.

Pronto nos hicimos amigas suyas. Era saivita, y supimos después que había recibido la Iniciación; le habían marcado a fuego en el hombro el símbolo dorado de su dios, y había jurado devoción de por vida a Siva; pero había descubierto que él era vano, y nunca lo adoraba; adoraba solo a Dios, «y de noche, cuando la casa duerme, subo sola a una habitación de arriba, y extiendo las manos al Dios de todo, y clamo con un clamor largo y fuerte». Luego se volvió de pronto y me miró de frente. «Dime, ¿basta con eso?», dijo. «¿Es todo lo que tengo que hacer para salvarme? ¡Dilo!»

No me pareció que estuviera aún preparada para zambullirse en el mar profundo del conocimiento pleno, e intenté persuadirla de que dejara esa pregunta, diciéndole que si creía lo que le contábamos de Jesús nuestro Señor, pronto lo conocería lo bastante bien como para preguntarle a él directamente lo que quería saber, y él mismo le explicaría todo lo que significaba seguirle. Pero ella estaba decidida a oírlo entonces, y, como insistía, le leí un poco de lo que él mismo dice al respecto. Sabía lo suficiente para entender y captar la fuerza de aquellas palabras tan fuertes. No consentía que la llevaran poco a poco. «No, tengo que saberlo ahora», dijo; y a medida que le leíamos versículo tras versículo, su rostro se fue asentando en la tristeza. «¿Tan lejos tengo que seguir, tan lejos?», dijo. «No puedo seguir tan lejos.»

Era demasiado tarde para hablar mucho entonces, pero prometió escuchar si íbamos a leerle. No sabía leer, pero parecía saber mucho de la Biblia.

Durante algunas semanas una de nosotras fue una vez por semana; a veces los hombres de la casa estaban dentro, y entonces no podíamos leerle, porque parecían oponerse; pero lo más frecuente era que no hubiera nadie, y ella se salía con la suya, y leíamos.

Una tarde nos contó su historia. Era la cabeza de una antigua y famosa casa; su marido había muerto hacía muchos años; había criado a sus hijos con éxito, y ahora ya estaban establecidos en la vida. Tenía un pariente cristiano, pero nunca lo había visto; creía que él tenía un hijo que estudiaba en una gran escuela de Inglaterra —Cambridge, supe yo cuando oí el nombre—; el padre es uno de nuestros amigos verdaderos.

Todos sus hijos se oponen mucho, pero una de sus niñas aprendió durante un tiempo, y así la madre oyó la Verdad y, convencida de que era verdad, deseó mucho oír más.

Pero la niña se casó y se fue, y ella temía pedir a la Missie Ammal que volviera, no fuera que la gente lo notara y hablara. Así que los años pasaron vacíos, «¡y ay, mi corazón era un lugar vacío, un hueco tan vacío como el aire!». Y extendió los brazos, y juntando las manos miró el espacio vacío que quedaba entre ellas, y luego a mí con ojos interrogantes, para ver si yo entendía.

¡Qué bien se la entendía!

«Soy un vacío para que tú lo llenes,
mi alma, una caverna para tu mar, . . .
nada he hecho por ti, no soy más que una Necesidad.»

Ella nunca lo había oído, pero lo había dicho. No es frecuente oírlo decir, y cuando lo oímos, todo nuestro corazón sale al encuentro del corazón de quien lo dice; todo lo que hay en nosotros anhela, con un anhelo que no puede expresarse, llevarla a aquel que dijo: «Venid».

Estábamos llenas de esperanza respecto a ella, y escribimos a su pariente cristiano, y él nos respondió con gozo. Parecía entonces tan probable que se decidiera por Cristo.

Pero un día, por primera vez, no quiso leer. Recuerdo muy bien aquel día; era la época de nuestro monzón, y el país era un gran pantano. Habíamos prometido ir aquella mañana, pero la noche antes los ríos se llenaron, y la charca que había entre ella y nosotras era un lago. Llamamos al carretero y le explicamos la situación. Lo pensó un poco, pero al fin: «Bueno, los bueyes saben nadar», dijo, y nadaron.

No hacía falta haber ido: ella había «salido». «Ha salido», o «hoy no recibe», es una frase que no se limita a los círculos de la buena sociedad, donde la cortesía cuenta más que la verdad. «Estoy, pero no quiero verte» habría sido verdad, pero grosero.

Este fue el primer enfriamiento, pero la vez siguiente sí estaba, y siguió estando, hasta después de una larga conversación que tuvimos, cuando de nuevo surgió la pregunta y hubo que afrontarla: «¿Puedo ser cristiana aquí?»

Era una tarde tranquila; estábamos solas, solo estaban con ella sus nietecitos, criaturitas inocentes, intrépidas y alegres, que corrían a ella con sus necesidades y le tiraban de las manos y del vestido como hacen los bebés en casa. Su abuela no les hacía caso, aparte de alguna que otra palmadita, pero aquellas cositas infantiles, con sus brillantes ojos castaños y sus manitas regordetas, suaves y aferradas, quedaron en la fotografía que tomó la memoria, y le ayudaron a uno a comprender mejor y a sentir con la humanidad de aquella bonita escena de hogar, esa humanidad tan natural, y que Dios quiso que existiera. Creo que no hay nada en toda nuestra obra que desgarre y rompa tanto las fibras del corazón como ver lo espiritual chocar con lo natural, y saber que mientras reinen la Casta y el fanatismo siempre tendrá que ser así.

Tuvimos una buena y larga conversación. «Quiero ser cristiana», dijo, y por un momento esperé grandes cosas, porque ella, como señora de la casa, era casi libre de hacer lo que quisiera. Pensé en su influencia sobre sus hijos y las mujeres de estos, y sobre los nietecitos; y creo que mi cara dejó ver la esperanza que tenía, porque dijo, mirándome muy derecho: «Por cristiana entiendo una que adora a tu Dios y deja de adorar a todos los demás dioses; porque solo él es el Dios Vivo, el que todo lo penetra y todo lo provee. Esto lo creo y lo afirmo plenamente, pero no puedo romper mi Casta.»

«¿Seguirías guardándola en todo?»

«¿Cómo podría yo romper mi Casta?»

«¿Y seguirías untándote la frente con la señal de Siva?»

«Eso es, en efecto, parte de mi Casta.»

Y muy en especial parte de ella, lo sabía yo, desde que había recibido la Iniciación.

Entonces la decepción se me notó en la voz, y ella lo sintió, y dijo: «¡Ay, no te aflijas! Estas cosas son externas. ¿Cómo pueden unas simples cenizas afectar a lo interno, a lo real y esencial, al alma?»

Era un argumento tan convincente en apariencia, y lo oímos una y otra vez; porque la historia se repite, nada hay nuevo debajo del sol.

Le recordé que las cenizas estaban consagradas a Siva.

«Yo no serviría a Siva», me respondió, «pero untarse la frente con ceniza es la costumbre de mi Casta, y no puedo romper mi Casta.»

Entonces me miró con mucha seriedad con sus ojos viejos, escrutadores, hermosos y penetrantes, y repasó un terreno que sabía que yo conocía. Me recordó cuáles habían sido siempre las exigencias de su Casta, que deben cumplirlas todos los que viven en la casa, y me dijo con palabras medidas y lentas que yo sabía que ella no podría vivir en su casa si quebrantaba las leyes de su Casta. Pero ¿por qué dar tanta importancia a cosas sin importancia? Porque la materia y el espíritu son distintos, y cuando se alzan las manos en oración, cuando se enciende la lámpara y se la adorna con guirnaldas de flores, el observador de fuera puede equivocarse y pensar que el acto es pujah a Agni, pero Dios, que lee el corazón, entiende, y juzga el pensamiento y no el acto. «Sí, mi mano puede untarme las cenizas de Siva, mientras en ese mismo momento mi alma puede tener comunión con Dios el Eterno, el único que es Dios.»

Busqué un versículo tras otro para mostrarle que algo así nunca podía ser, cómo se burlaría del amor de Cristo y anularía su sacrificio. Le insistí en que, si ella era sincera y el pensamiento central de su vida se dirigía hacia Dios, todas las manifestaciones exteriores corresponderían, el credo ajustado a los hechos y los hechos ajustados al credo, sin la menor sombra de diferencia. Pero la fe y la práctica no deben confundirse, cada una está separada de la otra; las dos pueden unirse, o una puede divorciarse de la otra sin que la integridad de ninguna se vea afectada: este es el código hindú no escrito que ella y los suyos habían sostenido siempre; y ahora, tras años de creer en él, darse la vuelta de repente hacia su contrario era más de lo que podía hacer. Tenía, por así decirlo, la Verdad en la mano, y la giraba y la giraba y la giraba, pero siempre acababa donde había empezado; no quería, no podía, verla como la Verdad, o quizá, más exactamente, no quería aceptarla. Significaba demasiado.

Allí estaba sentada, reina de su hogar. Se esperaba a los hijos, y ella había estado haciendo preparativos para su llegada. Sus nietecitos jugaban a su alrededor, cada uno tan querido como la joya de sus ojos. ¿Cómo podía dejarlo todo, cómo podía dejarlos a todos: el hogar, con todo lo que representa; los hijos, con todo lo que significan?

Entonces me volvió a mirar, y nunca olvidaré aquella mirada. Parecía como si me atravesara de parte a parte con la vista y forzara a que llegara la respuesta. Habló con frases cortas, cargadas de intensidad. «No puedo vivir aquí y romper mi Casta. Si la rompo, tengo que irme. No puedo vivir aquí sin guardar mis costumbres. Si las rompo, tengo que irme. Tú sabes todo esto. Te pregunto, pues: dime sí o no. ¿Puedo vivir aquí y guardar mi Casta y, al mismo tiempo, seguir a tu Dios? ¡Dime sí o no!»

No se lo dije, ¿cómo podía decírselo? Pero ella leyó la respuesta en mis ojos, y dijo, como había dicho antes: «No puedo seguir tan lejos; tan lejos, ¡no puedo seguir tan lejos!»

«La reverencia por las opiniones y prácticas que sus antepasados tuvieron por sagradas está arraigada en cada fibra del carácter de un hindú y, por así decirlo, llevada en la misma médula de su constitución física y moral.» Así escribe sir Monier Williams. Es absolutamente cierto.

Oh, amigos, ¿es una obra fácil? Tengo el corazón dolorido mientras escribo, con el dolor que lo llenó aquel día. Habría dado cualquier cosa por poder decir «sí» con verdad a su pregunta. Pero «a contrapelo de la voluntad de la naturaleza conduce la senda de Dios» para ellos; ¡y tienen que seguir tan lejos, tan, tan lejos!

Todos los árboles tienen raíces. Arrancar de raíz un árbol ya crecido y trasplantarlo entero nunca es un proceso sencillo. Pero en la India tenemos un árbol con un doble sistema de raíces. El baniano deja caer raíces desde sus ramas. Con el tiempo, esas raíces de las ramas se hunden bajo tierra tan hondo como la raíz original. Y la raíz principal con sus raíces rastreras, y las raíces de las ramas con las suyas, se anudan y se entretejen unas con otras, hasta que el conjunto forma una sola masa sólida de raíces, miles de yardas de una maraña de raíces sinuosas y fuertes. Imagina arrancar de raíz un árbol así, como el famoso del norte de la India, por ejemplo, que dio cobijo a un ejército de siete mil hombres. No puedes imaginarlo; no se podría hacer, tan fuerte es su agarre a la tierra.

Los ancianos de la India son como estos árboles; están arraigados doble e inextricablemente. Está la gran raíz principal de siempre, común a todos los árboles humanos de todas las tierras: la fe en el credo de la raza; están también las raíces rastreras de siempre: la devoción a la familia y al hogar. Todas ellas sujetan el alma hacia abajo.

Pero en la India tenemos más: tenemos el sistema de raíces de rama de la Casta; una Casta tan intrincada, tan precisa, que no vive ningún occidental que la haya rastreado a través de sus ramificaciones hasta la rama de la que se descolgó en los días antiguos.

Esta Casta, pues, estas leyes que sujetan, que la mayoría preferiría morir antes que quebrantar, son como las raíces de rama del baniano, con su infinita fuerza de agarre. Pero lo más extraño para nosotros es esto: a la gente le encanta que sea así; no se consideran sujetos, esas raíces son su orgullo y su alegría. Toma a un niño de cuatro o cinco años, hazle una pregunta sobre su Casta, y verás cómo ese arbolito ya ha empezado a dejar caer raicillas de sus ramas. Vuelve a mirar sesenta años después, y cada raicilla se ha convertido en un árbol, que a su vez deja caer raicillas; y así se extiende el sistema.

Pero alzamos la vista desde el baniano. ¡Dios! ¿Qué son estas raíces para ti? ¡Estos sistemas de raíces de la Casta no son nada para ti! ¡La India no es demasiado difícil para ti! ¡Oh Dios, ven!


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