Las cosas como son
Correspondencias

Capítulo 6 · 9 min de lectura · 12 min de escucha

Correspondencias

«Es muy hermoso, cuando uno está en Inglaterra, ver almas que se salvan, ver la convicción de pecado, ver el poder del Evangelio para traer a los corazones nueva vida, nuevo gozo y pureza. Pero es todavía más glorioso ver esas mismas cosas entre los paganos: ver allí al Señor obrando su propia obra de salvación, ver las almas convencidas y los corazones quebrantados, y ver allí la nueva vida y el nuevo gozo que asoman en el rostro de quienes han hallado al Señor Jesús.»

Rev. Barclay F. Buxton, Japón.

ANTES de componer este capítulo, he mirado largo rato la fotografía que lo encabeza. Cuanto más la mira uno, más lastimosa parece. Quizá uno ve en ella todo lo que sabe de esa mujer, todo lo que ha hecho por ella, todo aquello en que le ha fallado, y eso la vuelve más triste de lo que puede parecer a otros ojos. Y, sin embargo, ¿puede dejar de ser triste? Los versos de Hood, invertidos, la describen:

«Todo lo que de ella queda
ya no es de mujer.»

El día en que la fotografiamos volvía de su culto matutino en el santuario. Había derramado su libación sobre el ídolo, había dado vueltas y más vueltas a su alrededor, se había postrado ante él, había recitado las oraciones que se sabía de memoria, y ahora iba de regreso a casa.

Habíamos ido a su aldea a sacar fotografías, y acabábamos de captar la escena de la calle con la luz de la mañana. La multitud nos seguía, ansiosa por ver qué más hacía la caja que atrapa retratos; y ella, temiendo el contacto contaminante de las castas mezcladas que allí había, se había subido a una losa de granito a la orilla del camino y esperaba de pie a que pasáramos.

Allí la vimos y allí la retratamos —porque, para nuestra sorpresa, no se opuso—, y aquí la tienen ahora, para mostrar con toda la fuerza de la verdad cuán lejos de lo ideal puede estar lo real. La miramos como la miro yo ahora: despojada de todo lo que Dios quiso que tuviera cuando la creó, hundida en el fango de la forma más baja de idolatría, devota de Siva. Había ido a Benarés y se había bañado en el sagrado Ganges, y por eso es santa más allá de toda duda. No le queda lugar para sentir necesidad alguna de Cristo. Se compadece de nuestra ignorancia cuando le hablamos. ¿Acaso no es una devota? ¿Acaso no ha estado en Benarés?

Una y otra vez la encontramos en las casas de casta alta del lugar, donde siempre es huésped de honor por su maravillosa santidad. Allí vigila atentamente, no sea que alguno de los miembros más jóvenes de la familia se incline a escucharnos.

Uno de sus parientes es un abogado educado a la inglesa, enemigo amargo aunque encubierto, que no hace mucho levantó tal oposición que nos advirtieron que no nos acercáramos al lugar. Se había contratado a unos hombres «para que cayeran sobre nosotras y nos golpearan». Todo porque una muchacha, pariente suya, leía su Biblia abiertamente, en vez de a escondidas como había hecho antes. Él relacionó aquel paso de la joven con una visita que habíamos hecho a la casa, y así indujo a algunos hombres malos y ociosos a hacer esto. Fuimos, no obstante, igual que siempre, pues teníamos un trabajo que habíamos prometido hacer, y vimos al anciano caballero sentado en la galería leyendo su periódico inglés de lo más pacíficamente. Pareció sorprendido al vernos cuando pasamos con un salaam; no vimos rastro de los apaleadores, y volvimos con los huesos enteros, para alivio de toda la comunidad. Solo recuerdo que una de nuestra Banda quedó tristemente decepcionada: «Pensé que quizá íbamos a ser mártires», dijo.

Y así comprendemos, como tantas veces en la India, el poder de ambos extremos: él con toda la fuerza de su educación, y ella con toda la fuerza de su superstición, uniéndose el uno al otro para rechazar la venida del Salvador que ambos necesitan por igual.

Al mirar la fotografía, ¿no ayuda a uno a comprender la total desesperanza, desde todo punto de vista humano, de intentar ganar a alguien así, aunque sea para que le importe pensar en Cristo? Hay, además de la apatía natural común a todos, una barrera inmensa de mérito acumulado con peregrinaciones, austeridades y observancias religiosas, y el alma está perfectamente satisfecha y no tiene el menor deseo de Dios. Es precisamente esta satisfacción de sí misma lo que hace tan inútil intentar cualquier cosa con ella.

Y, sin embargo, nada es imposible para Dios. «No pongan límites a su fuerza», dijo un misionero en Japón. Nos lo repetimos una y otra vez ante alguna gran desesperanza, como esa fotografía que tenemos delante; y a veces, como para asegurarnos de que es así, Dios levanta a la luz a un alma semejante. Precisamente ahora nos alegra una carta del lado oriental del distrito, que nos cuenta cómo crece en la nueva vida una mujer que hace muy poco era devota de un templo.

Uno ha anhelado a menudo verle obrar como obraba antaño, sanando a los enfermos con la palabra de su poder, resucitando a los muertos. Pero cuando le vemos recoger a una —¡y a una así!— de entre los paganos para que alabe su santo nombre y se gloríe en su alabanza, uno siente que es de veras el milagro de los milagros, y que mayor que un milagro obrado en el cuerpo es un milagro obrado en el alma. Pero nada de lo que yo pueda escribir puede mostrarles el milagro que fue. En aquel caso concreto fue como ver un alma arrancada de la mano del Príncipe de las Tinieblas. Toda salvación es eso en realidad, pero a veces, como en su caso, cuando todo el entorno del alma ha estado fuertemente inclinado al mal en su fase más peligrosa, resulta más evidente.

Quizá debamos explicarnos. Sabemos que, en su sentido más amplio, entorno significa sencillamente «todo lo que es». Sabemos que «todo lo que es» incluye la existencia de ciertos seres, descritos como «potestades» en Efesios 6:12. Algunos de nosotros somos más o menos inconscientes de esta parte de nuestro entorno. No tenemos con ella ninguna correspondencia consciente, pero está ahí. Otros, en cambio, buscan y hallan esa correspondencia, para su pérdida cierta y terrible.

Un tema así apenas soporta ser tratado con palabras. Gracias a Dios, sabemos tan poco de él que no sabemos cómo hablar de él con exactitud. Tampoco queremos, en verdad, meternos en lo que no hemos visto intentando definirlo de cerca; pero sabemos que existe esta correspondencia impía entre los hombres y los demonios, que en tiempos antiguos atraía, como un pararrayos, el relámpago de la ira de Dios.

Aquí en la India existe; a menudo casi la tocamos, pero no del todo. No iríamos adonde supiéramos que la íbamos a ver, aunque pudiéramos; así que, a menos que demos con ella por casualidad, lo cual es raro, nunca la vemos. Hace un año la vi, y aquella sola mirada me hizo comprender, como ninguna cantidad de explicaciones habría podido, cuán absolutamente fuera del alcance de toda influencia humana están esas almas. Nada puede alcanzarlas, nada sino el poder del Espíritu Santo.

Así que termino con esta única mirada. ¿Orarán ustedes por aquellos a quienes, en la noche sin luna, ante el altar junto al templo, les sobreviene de repente aquello que han buscado —la «posesión», el «soplo divino»—, que desde entonces los señala para siempre como aquellos cuyas correspondencias alcanzan más allá de lo que el ojo mortal conoce? No todos los devotos han recibido este terrible bautismo, pero en esta parte de la India muchos lo han recibido.

Estábamos de visita en una casa de casta alta. Las paredes estaban decoradas con motivos mitológicos, y hasta las viejas tallas de madera estaban llenas de símbolos idolátricos. Las mujeres escuchaban bien, hacían preguntas y discutían, hasta que entró una, una anciana. Entonces callaron. Ella se sentó y se puso a hablar de nosotras. Pensamos cambiar de tema y empezamos a cantar. Ella escuchó, como siempre hacen, interrumpiendo solo para decir: «¡Es verdad! ¡Es verdad!». Hasta que de pronto —no sé describir qué— algo pareció apoderarse de ella, y estalló en un frenesí, exclamando: «¡Déjenme cantar! ¡Déjenme cantar!». Y entonces cantó como nunca había oído cantar a nadie: el lamento más salvaje y extraño, una canción toda acerca de la idolatría, su inutilidad y su locura, su pena y su pecado.

Hasta ahí la seguí, porque conocía bien el poema, pero pronto se desvió hacia regiones de lenguaje y de pensamiento a las que yo aún no había llegado. Entonces se excitó como una loca y, meciéndose de un lado a otro, parecía azotarse hasta la furia. Se acercaba más y más a nosotras (estábamos en el suelo, a su lado); luego extendió el brazo con el puño cerrado y lo lanzó directo a mi ojo. A un pelo de distancia lo retiró, y lo lanzó contra el de Victoria; pero Dios la ayudó a no inmutarse.

Después no sé decir qué ocurrió; solo que su figura pareció agrandarse, y daba la impresión de que iba a abalanzarse sobre nosotras, pero como si algo la retuviera. No nos atrevíamos a movernos por miedo a excitarla más. Allí estuvimos sentadas no sé cuánto tiempo, con el puño cerrado de aquella terrible anciana girando alrededor de nuestras cabezas, o a punto de golpearnos los ojos, mientras ella, sin parar, canturreaba su canción en ese zumbido hueco que obra sobre quien lo oye hasta que el nervio del alma queda tensado, por así decirlo, hasta su último extremo. Para entonces ya era completamente de noche; solo el parpadeo amarillo de la llama de la lámpara, agitada por el viento, hacía luces y sombras inciertas alrededor del lugar donde estábamos sentadas, y cayó sobre todos nosotros una influencia sobrecogedora, casi hipnótica en su efecto. No necesité los susurros atemorizados a mi alrededor para saber qué era. Pero ¡ah!, sentí como nunca antes la realidad de la presencia de poderes invisibles, y supe que lo Real mismo estaba en la habitación conmigo.

Por fin cayó hacia atrás, agotada, temblando de pies a cabeza. Su vieja cabeza golpeó la pared al caer, pero yo sabía que no debíamos ayudarla; habría sido una contaminación para ella que la tocáramos. La gente alrededor estaba demasiado asustada para moverse. Así que cayó y quedó allí tendida, estremeciéndose, con los ojos relucientes todavía clavados en nosotras; e intentó hablar, pero no pudo.

Nos retiramos en silencio, y sentimos que habíamos estado muy cerca de donde está el trono de Satanás.

Piensen en alguien a quien amen —como hice yo entonces—, en alguien cuyo cabello sea blanco como el de ella; pero el rostro en que piensan tiene paz, y la luz de Dios lo ilumina. Luego piensen en ella tal como la vimos por última vez: el viejo rostro desgarrado por la furia del infierno, y por luz, sus tinieblas.

Oh, amigos, ¿les importa lo suficiente? ¿Nos importa lo suficiente a nosotros, aquí? ¡Dios nos dé corazones capaces de que nos importe!


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