Las cosas como son
Monotonía

Capítulo 5 · 11 min de lectura · 14 min de escucha

Monotonía

«La vida de un misionero es más corriente de lo que se supone. La constancia tenaz, más que la inteligencia, suele ser el mejor equipo misionero».

Rev. J. Heywood Horsburgh, China.

«Para comprender de verdad los hechos de la obra de Cristo en cualquier tierra, debemos despojarla de todo romanticismo y de todo lo que es irreal».

Señorita S. S. Hewlett, India.

Ha habido momentos últimamente en que he tenido que aferrarme con todas mis fuerzas a un texto: «Se requiere en los dispensadores, que cada uno sea hallado fiel». Gracias a Dios, no dice «que tenga éxito».

Una tarde las cosas llegaron al colmo. Pasamos todas una tarde entera sin conseguir un solo buen oyente. Nos separamos como de costumbre, de dos en dos, hacia los distintos barrios de una aldea grande, soñolienta y desperdigada. Vida y yo fuimos a los alfareros. Vida habló con gran fervor y muy bien a un grupo de mujeres sin interés. Cuando terminó, una de ellas señaló mi sombrero (lo único extranjero que se veía en mí; ¡ay, si pudiera prescindir de él!). «¿Qué es eso?», dijo. No les importaba ni lo más mínimo escuchar. Una a una volvieron a su trabajo, y nos quedamos solas.

Fuimos a otro barrio. Allí fue exactamente lo mismo. En una casa de descanso del camino vi a un brahmán, y fui a ver si escuchaba. Escucharía si yo le hablaba «de política o de educación, pero no si era de religión». Sin embargo, tuve ocasión de rogarle que considerara la cuestión de la salvación de su alma, y tomó un libro y dijo que lo leería cuando tuviera tiempo. Y luego me preguntó a cuántas personas había logrado unir a mi Camino desde que empecé a intentarlo. Era exactamente la pregunta, solo que formulada de otra manera, con la que el diablo me había estado acosando toda la tarde. Después me dijo cortésmente que nos estábamos dando de cabeza contra una roca; podíamos rompernos la cabeza, pero jamás haríamos mella en la roca.

«¡Roca! ¡Roca! ¿Cuándo te abrirás?». Es un clamor antiguo; yo lo clamé de nuevo. Pero el brahmán se limitó a sonreír, y luego, con un gesto que expresaba a la vez lo mucho que se rebajaba al hablar conmigo y su absoluto desprecio por la fe que yo profesaba, me indicó que me fuera.

Fuera, en el camino, había varios hindúes de pie; algunos eran criados y amigos suyos. Al pasar entre ellos les oí decir: «¡Quién va a caer en el pozo del Camino cristiano!». Y se rieron, y el brahmán se rio. «Como la hez del mundo, el desecho de todos hasta ahora».

Seguimos por el camino bordeado de hermosas higueras de Bengala. Nos sentamos a su sombra y esperamos a ver qué venía. Nos siguieron unos niños pequeños, pero antes de que pudiéramos meterles en la cabeza con claridad una sola idea, vino un hombre y los ahuyentó. «Está oscureciendo», dijo. «No son más que cositas tiernas; no deben estar fuera hasta tarde». Era entonces pleno día, y lo sería una hora más. Unos culíes que pasaban por allí se pararon a mirarnos; pero antes de que tuvieran tiempo de interesarse, también ellos comentaron que se venía la oscuridad y que tenían que marcharse, y allá se fueron.

Después de eso nos quedamos solas. A cinco minutos a pie había por lo menos quinientas almas, redimidas, pero no lo saben; redimidas, pero no quieren saberlo. A veces parecen querer saberlo, pero por mucha ternura con que se les cuente, la aguda mente hindú pronto percibe adónde va todo: la Redención tiene que significar la pérdida de la Casta. Un día de la semana pasada estuve de visita en la Aldea del Lago Rojo. De pie en uno de sus patios, se ven los Ghats Occidentales alzándose a pico por detrás. El Lago Rojo está al pie de la montaña; lo llamamos Derwentwater, pero hay palmeras y bambúes, y no hay Friar’s Crag.

Aquella tarde me dirigía a una casa en el centro de la aldea cuando una anciana me llamó para que fuera a la suya, y la seguí con alegría. Había seis u ocho mujeres, todas más o menos dispuestas a escuchar; entre ellas, dos muy ancianas. Los ancianos en la India suelen estar demasiado apegados a su propia fe, o ser demasiado torpes y obtusos, para interesarse por oír hablar de otra; pero a esta anciana la reciente muerte de un pariente la había movido a algo casi parecido al pensamiento activo, y sentía que necesitaba algo más de lo que tenía para estar preparada para la muerte. Parecía devota. Llevaba ceniza marcada en la frente y los brazos, y un rosario muy grande. Se lleva para acumular mérito. No me referí a él mientras hablaba, pero de algún modo oscuro ella pareció sentir que no encajaba con lo que yo decía, porque, con manos temblorosas, se lo quitó y se lo tiró a un niño. Esperé que aquello significara algo definido, e intenté llevarla a Jesús. Pero en cuanto entendió quién era él, se echó atrás. «No puedo ser discípula de tu Gurú, aquí», dijo; «¿soportarían mis parientes semejante contaminación?». Ser cristiana significaba en realidad, tarde o temprano, dejar su hogar y a toda su gente para siempre. ¿Les extraña que una anciana de quizá setenta y cinco años se detuviera ahí?

A los niños pequeños de la Aldea del Guerrero no se les permite aprender. Los hombres del lugar se han consultado y han tomado la decisión. El frío de ello ha alcanzado a los pequeños, y no quieren exponerse a la reprimenda que recibirían si mostraran demasiado interés por nosotras. Las madres siguen tan amables como siempre, pero indiferentes. «Hemos oído que esta es una religión que estropea nuestra Casta», dicen, y ahí se acaba todo. En la casa grande de la Aldea del Templo escucharon bien durante algunas semanas. Luego, a medida que fueron comprendiendo poco a poco que en el cristianismo no hay Casta de ninguna clase, su interés murió.

¡Cuánto nos gustaría contar otra historia! Pero una historia inventada es una cosa y una historia de hechos es otra. Hasta ahora solo hemos encontrado aquí dos almas genuinas y fervientes. ¡Pero si esas dos siguen adelante…! ¡Alabado sea Dios por el gozo que nos espera!

Volvimos a la aldea de los alfareros, nos sentamos en la estrecha galería y hablamos con una muchacha mientras daba forma a las vasijas con palmaditas por debajo, donde el torno había dejado un hueco abierto. Escuchó un rato; luego dijo: «Si me paso a tu Camino, ¿me darás un seeley nuevo y buen curry todos los días?». Y volvimos al principio de todo, mientras el viejo abuelo, que hacía girar su torno, se reía de nosotras por la locura de perder el tiempo con alfareros. «¡Como si nosotros fuéramos a pasarnos nunca a tu religión!», dijo. «¿Has oído hablar alguna vez de un alfarero que cambiara de Casta?».

¡La Casta y la religión! Están tan mezcladas que no sabemos cómo separarlas. Para el alfarero su Casta significaba su oficio, el oficio de su clan durante generaciones; significaba todas las observancias ligadas a él; significaba, en suma, su vida. Nunca se le ocurriría que pudiera ser cristiano y alfarero a la vez, y muy probablemente no podría; el sentir de la Casta se opondría. Entonces, ¿qué otra cosa podría ser? No se pone a razonar todo esto; no le importa el asunto lo bastante como para tomarse la molestia de pensar en absoluto. Tiene una sola preocupación en la vida: vive para hacer vasijas y venderlas, y hacer más y venderlas, y así comer y dormir en paz.

Pero la muchacha parecía tener más posibilidades; hacía preguntas y parecía interesada, y al final nos propuso que esperáramos a que terminara su tanda de vasijas, y entonces nos «diría todo lo que tenía en el pensamiento». Así que esperamos, mirando las diestras manos morenas trabajar alrededor del agujero abierto hasta que se fue juntando y se cerró; y por fin terminó. Entonces nos apartó del grupo de niños curiosos, y nos dijo que si veníamos dentro de tres días estaría dispuesta a unirse a nuestro Camino y venirse con nosotras, porque en casa tenía que trabajar muy duro, y su comida era pobre y su seeley viejo, y pensaba que valdría la pena arriesgarse a la ira de su gente para conseguir todo lo que sabía que le daríamos si venía; y eso era todo lo que tenía en el pensamiento.

Había tocado con ello una gran perplejidad. ¿Cómo vamos a vivir en la India sin despertar deseos de esta clase? Es verdad que los brahmanes nos miran por encima del hombro, y las Castas superiores desde luego no nos miran con admiración, pero a la mayoría de la gente le parecemos ricas, grandiosas y dignas de cultivar. La Sociedad del Interés Oculto es un hecho en el sur de la India. Podemos desterrar de nuestras mesas las cosas de aspecto caro, y de nuestras paredes todos los cuadros y adornos, y limitarnos a textos bíblicos. Esto sin duda ayuda; hay menos que distraiga la atención de la gente cuando viene a vernos, y tenemos otras tantas cosas menos que cuidar (una gran ventaja), pero no sirve de mucho para desengañarlos de lo que imaginan que es nuestra verdadera posición. Seguimos estando por encima de ellos; no a su nivel, no como uno de ellos.

Las casas en que vivimos son amplias y aireadas, y ellos no entienden la necesidad de protegerse del sol. La comida que comemos es abundante y buena, y a ellos les parece lujosa, porque viven de arroz y curry de verduras, a un coste de dos peniques al día. Nuestras paredes estarán desnudas, pero están limpias, y los mencionados textos no tienen las esquinas rotas; así que, digamos lo que digamos, somos ricas.

Identificarse con la gente a la que hemos venido a ganar es el objetivo de muchos misioneros, pero la dificultad siempre es la misma: el clima y las costumbres se oponen por completo; ¿cómo hacerlo? George Bowen arremetió contra la vida inglesa y se hizo verdadero indio, hasta donde pudo, pero ni siquiera él pudo llegar hasta el final. Por lejos que vayas, siempre queda una distancia que no puedes salvar: metros o centímetros, quizá, pero siempre ese hiato fatal. Parecemos tan innegablemente arriba, muy por encima de ellos en todo, y queremos llegar al último peldaño de abajo, lo bastante abajo como para levantar a las almas perdidas.

Una y otra vez, si nos dejan, vez tras vez, con textos, himnos e historias, tenemos que explicar lo que las cosas significan de verdad antes de que puedan entender siquiera una fracción de la verdad. El hecho de que esta muchacha hubiera pensado lo bastante como para dar forma a sus ideas era alentador, y con tan escaso motivo de esperanza seguimos esperando. Pero cuando, tras algunas semanas de visitas, empezó a ver que la cuestión no era de curris ni de seeleys, sino de dones interiores e invisibles, su interés murió, y «no estaba» cuando íbamos, o estaba demasiado ocupada dando palmaditas a sus vasijas para tener tiempo de escucharnos.

Monótona hemos llamado a la obra, y monótona es. No hay nada romántico en los alfareros salvo en la poesía, ni hay mucho de romántico en las misiones salvo en las tribunas y en los libros. Sin embargo, «aunque a ratos sea aburrido», hay gozo en hacerlo, hay gozo en simplemente obedecer. Él dijo «Id, decid», y hemos venido y estamos diciendo, y nos encontramos con él al «ir y decir».

Pero, queridos amigos, no esperen, se lo rogamos, oír que hacemos grandes cosas como algo cotidiano y natural. Nuestro objetivo es grande —¡es la India para Cristo!— y delante de los dioses que aquí tienen posesión le cantamos salmos. Pero lo que les decimos es esto: no esperen que cada historia verdadera encaje con otra historia verdadera y termine con alguna coincidencia maravillosa o alguna conversión milagrosa. La mayoría de los días, en la vida real, terminan exactamente como empezaron, en lo que a resultados visibles se refiere. Por regla general no encontramos, cuando vamos a las casas (me refiero a las casitas de barro literales del paganismo literal), que alguien dentro haya estado orando para que viniéramos. El otro día leí una historia misionera «basada en hechos reales», y las cosas que sucedían en esa historia en esa línea eran de lo más notables. Aquí no suceden. La vida misionera práctica es algo poco emocionante. No está salpicada de incidentes por todas partes. A veces es muy prosaica.


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