Capítulo 4 · 17 min de lectura · 22 min de escucha
Tres tardes fuera del camino
«Están cautivos de Satanás a voluntad de él, de la manera más apacible».
David Brainerd, Norteamérica.
«¡Oh, que el Señor derramara sobre ellos un espíritu de honda inquietud por sus almas!».
Henry Martyn, India.
«Les pido encarecidamente que oren para que el Evangelio obre con eficacia y para salvación».
James Gilmour, Mongolia.
LOS Ghats Occidentales descienden hacia el mar en grandes curvas. Dohnavur está en una de las últimas. Al pie de las montañas no hay caminos como es debido, solo toscas rodadas que cruzan la llanura. Íbamos dando tumbos por una de ellas a razón de tres kilómetros por hora.
Crac y vaivén hacía la bandy, un armatoste sin muelles con techo de esterilla; golpe va sobre piedras y losas de roca, abajo por un lado, arriba por el otro; luego las dos ruedas quedaban de pronto muy inclinadas. Pero esto es lo normal. Aquella Primera Tarde en concreto el agua estaba fuera, que es el modo sudindio de decir que los tanques, grandes embalses semejantes a lagos, se han desbordado e inundado la tierra. En una ocasión bajamos suavemente por un terraplén hasta un charco poco hondo y crecido, y el agua entró silbando por el extremo más bajo y se llevó flotando nuestros libros con toda tranquilidad. Así que tuvimos que parar a pescarlos; y luego nos sentamos, apiñadas en el extremo más alto, algo mojadas, pero felices.
Por fin llegamos a nuestro destino, por un sendero que entonces era un arroyo con una corrientita bastante rápida y propia. El lugar se llama el Lago de Cupido. Nos pareció un nombre muy apropiado. El Lago de Cupido está poblado por Castas de diversas creencias; fuimos primero al barrio de los Ladrones. La Casta de los Ladrones es honorable aquí; de ella salen nuestros vigilantes y los culíes que llevan nuestro dinero. Hay buena madera en la gente de la Casta de los Ladrones: es un pueblo valiente, y aunque no estaban preparados para lo que se les venía encima, lo afrontaron con entereza. Una niña lo vio primero. Una sola mirada a mi sombrero por la parte trasera del carro, y salió volando a dar la noticia—«
«¡Oh! ¡Vengan todos corriendo a ver! ¡Aquí hay un gran hombre blanco! ¡Oh, qué espectáculo tan espantoso! ¡Un gran hombre blanco!».
Entonces hubo una estampida general; los niños parecían brotar del suelo, todo ojos y lenguas y asombro. «¡No es un hombre!». «¡Sí que lo es!». «¡Que no!». «¡Lleva turbante de hombre!». «¡Pero mírale el seeley!» (vestido tamil). Una mujer, y blanca: aquello los dejó atónitos hasta que se impusieron las garantías de las Hermanas de la Banda; y me dejaron entrar en una casa vecina, fuera del sol que hacía de aquel sombrero una necesidad. En cuanto me lo quité perdieron todo miedo y se apiñaron a mi alrededor de la manera más amistosa; pero más tarde, a una de la Banda le hizo gracia oír cómo me describían con todo detalle: «¡No es un hombre, aunque es grande y blanco, y encima lleva turbante de hombre blanco! ¿No era un espectáculo espantoso?». Y la vieja a quien se lo contaban alzó las dos manos, pasmada, y se fue corriendo a averiguarlo.
Una revista inglesa nos contaba hace poco exactamente lo que piensan estas pobres mujeres cuando ven, por primera vez en su vida, a la señora misionera. La admiran muchísimo, decía el artículo, y la consideran más hermosa y más divina que nada que hayan imaginado jamás, lo cual resulta muy agradable de leer; pero aquí lo que dicen es esto: «¿No era un espectáculo espantoso? ¡Un gran hombre blanco!».
Y ahora que el espectáculo estaba a salvo dentro de la casa, el instinto de la hospitalidad exigía esteras limpias y betel. El betel (se pronuncia bítel) es la hoja de una planta trepadora, en la que enrollan un pedacito de nuez de areca y cal. Todo ello se hace un paquetito y se masca, pero no se traga. No suena elegante; tampoco lo es. Es una de las pequeñas pruebas de la vida tener que presenciar el proceso sentada.
Tomamos una o dos hojas, pero explicamos que no teníamos costumbre de comerlo; y luego respondimos preguntas sin parar durante diez minutos. «¿Cuál es tu Casta?». «¡Chee!», en tono de reproche, «¿no ves que es blanca? ¿Casada o viuda? ¿Por qué no llevas joyas? ¿Qué parientes tienes? ¿Dónde están todos? ¿Por qué los has dejado y has venido aquí? ¿Qué demonios haces aquí? ¿Cuánto te da el Gobierno por venir?». Estas últimas preguntas nos dieron la oportunidad que acechábamos, y empezamos a explicar.
Ahora bien, ¿qué hace esta gente cuando oye por primera vez las Buenas Nuevas? Sencillamente se queda mirando.
En aquella casa, aquel día, había una anciana que parecía entender un poco de qué se trataba. Probablemente lo había oído antes. Pero nadie más entendía lo más mínimo; no entendían lo bastante como para hacer comentarios. Se sentaron a nuestro alrededor en el suelo y mascaban betel, como hace todo el mundo aquí en todo rato de ocio, y se quedaban mirando.
La única anciana que parecía entender nos siguió al salir de la casa, y observó que era una buena religión, pero equivocada, ya que propugnaba, o traía consigo, la destrucción de la Casta.
En la casa siguiente encontramos a varias muchachas, e intentamos convencer a las madres de que las dejaran aprender a leer. Si una muchacha aprende con regularidad, eso le da a una una especie de derecho de entrada en la casa. Las visitas llaman menos la atención y se presentan buenas oportunidades; pero a todas nuestras persuasiones solo respondieron que no era su costumbre dejar que sus hijas aprendieran. ¿Acaso ellas tenían que hacer trabajo del Gobierno? Aprender era cosa de hombres que querían trabajar para el Gobierno. Explicamos un poco, y mencionamos las muchas aldeas donde las niñas están aprendiendo a leer. Les pareció una idea completamente ridícula. Entonces les contamos, todo lo que pudimos en una hora, acerca del gran amor de Jesucristo.
Estaba yo en medio de ello, sin pensar más que en eso y en sus almas, cuando una anciana de pelo blanco y esponjoso se inclinó hacia delante y me miró con una mirada hermosa y anhelante. No hablaba; solo escuchaba y miraba, «bebiéndoselo todo». Y entonces alzó una garra esquelética, se agarró el pelo y señaló el mío. «¿También tú eres viuda», preguntó, «que no llevas aceite en el tuyo?». Tras unas cuantas experiencias así, esa mirada hermosa pierde su encanto. En realidad no significa ni más ni menos que la dulce expresión que a veces se observa en los ojos de un animal afligido.
Pero su pregunta había vuelto a poner la pelota en juego. «¡Aceite! ¡Sin aceite! ¿Ni siquiera puedes gastarte medio penique al mes en buen aceite? ¿No es tu costumbre? ¿Por qué no? ¿Es que ninguna Ammal blanca usa aceite? ¿Qué aceite usan las muchachas? ¿Nunca usas aceite de ricino para el pelo? ¡Ay, el aceite de ricino es excelente!». Y entraron en muchos detalles. Lo primero que hacen cuando nace un niño es columpiarlo cabeza abajo, sujetándolo por los pies, y aconsejarle que no peque; y lo segundo es darle aceite de ricino y ponerle aceite de ricino en los ojos. «¿No hacemos nosotras nada de eso?». Les cantamos. Eso siempre les gusta, y a veces los conmueve; pero los tamiles no se conmueven fácilmente, y nunca podría decirse de ellos que sean excesivamente emotivos.
Durante todo el rato hubo interrupciones constantes y variadas. Dos toros entraron paseando por la puerta abierta y se instalaron en sus sitios de costumbre; luego entró una vaca, y alguien fue a atar a los animales. Entraban niños que querían atención; los bebés hacían sus ruidos habituales. Rara vez tuvimos cinco minutos seguidos de calma.
Cuando nos pareció que empezaban a cansarse de nosotras, dijimos que el tiempo pasaba, y ellas asintieron; y, tras decir que esperábamos volver, a lo que respondieron cordialmente: «¡Oh, sí! ¡Vengan mañana!», salimos a la calle y terminamos al aire libre. Hay un árbol en un extremo de la aldea; nos pusimos debajo, cantamos un coro y se lo enseñamos a los niños que nos habían seguido de casa en casa, y esto atrajo a algunos adultos que pasaban, que escucharon mientras dábamos testimonio de Jesús, que nos había salvado y nos había dado su gozo. Nada causa más efecto que este testimonio sencillo. Oír a uno de los suyos decir, con evidente sinceridad: «Una cosa sé, que habiendo yo sido ciego, ahora veo», hace que se miren unos a otros y asientan con la cabeza con simpatía. Esto es algo que les llega, algo que pueden apreciar; muchas veces capta la atención cuando ninguna otra cosa lo lograría.
Para entonces estábamos agotadas, y ya no podíamos ni hablar ni cantar más. La multitud se fue disolviendo (todos menos los niños, que nunca se disuelven), cada uno por su camino, después de haber oído, algunos de ellos, por primera vez. ¿Qué diferencia hará en sus vidas? ¿Lo entendieron? Ninguno pareció especialmente interesado; ninguno dijo nada interesante. La última pregunta que oí fue sobre el jabón: «¿Qué clase de jabón usas para tener la piel blanca?». La mayoría preferiría con mucho que les contaran ese secreto antes que cómo obtener un corazón blanco.
La Tarde Número Dos nos encontró en la Aldea del Templo, un lugarcito destartalado, pero una verdadera ciudadela del orgullo y de la arrogancia de la ignorancia. Al principio no lo sabíamos, desde luego, pero pronto lo descubrimos. Hubo la escaramuza habitual al ver a una mujer blanca de carne y hueso; nadie allí había visto semejante curiosidad. Pero ni siquiera la curiosidad pudo atraer a los brahmanes. Viven en una sola calle larga y desordenada, y no nos dejaron entrar. «¡Fuera!», dijo un brahmán viejo y gordo con desdén; «ningún hombre blanco ha pisado jamás nuestra calle, y ninguna mujer blanca la pisará. En cuanto a esa niña de casta baja que va contigo»—Victoria alzó la vista a su manera mansa, y él lo cambió por—«esa niña que come con esa gente de casta baja, no hablará con ninguna de nuestras mujeres. ¡Vuelvan por donde han venido!».
Aquello no era alentador. Hicimos el salam y nos marchamos, y fuimos a nuestra bandy, que habíamos dejado fuera (a las «bandies de casta baja» no se les permite entrar en las calles de los brahmanes), y pedimos a nuestro Maestro que abriera otra puerta. Mientras esperábamos, se acercó un hindú alto y de buena presencia y dijo: «¿Quieren venir a mi casa? Yo les mostraré el camino». Y fuimos.
Nos llevó al barrio vellala, junto al de los brahmanes, y resultó que su casa era la casa principal del lugar. La puerta exterior daba a un amplio patio interior cuadrado. Lo rodeaba una ancha galería sostenida por columnas de curiosa talla. Las habitaciones de las mujeres, bajas y sin ventanas, se abrían a ambos lados; esas son las habitaciones en las que nos alegra tanto entrar, y ahora nos hacían pasar hasta dentro.
Pero primero tuve que hablar con los hombres. Eran hindúes de Casta de pura cepa; corteses (pues no han tenido motivo para temer el poder del Evangelio), pero agudos y amigos de discutir. Uno de ellos se notaba que había leído bastante. Citaba a sus clásicos; lo sabía todo sobre la señora Besant y el último extraviado que se había pasado a sus ideas; y estaba al día en esa enmarañada madeja de pensamiento que se conoce como filosofía hindú. «Guirnaldas de niebla de duda, a la deriva en remolinos que ciegan»: eso es lo que realmente es, pero resulta muy difícil demostrarlo.
Una verdad le llamó especialmente la atención: el cristianismo es la única religión que ofrece un camino por el que hay liberación del pecado ahora. Hay cierto sistema filosófico que pretende ofrecer liberación en el futuro, cuando el alma, tras pasar por las tres primeras etapas de la dicha, pierde su identidad y queda absorbida en Dios; pero no hay camino por el cual pueda obtenerse la liberación aquí y ahora. «El pecado no se enseñoreará de vosotros»: no hay un verso como este en todas las millones de estrofas de los clásicos hindúes. Lo admitió de buena gana; admitió que esta sola doctrina señalaba al cristianismo como una religión única; pero no fue más allá; no mostró ningún deseo de comprobar si era verdad.
Después de esto nos dejaron ir con las mujeres, que todo ese rato nos habían estado observando y comentando con interés.
Una vez a salvo en su habitación interior, nos sentamos en el suelo en medio de ellas y empezamos a hacer amistad. Había una abuela que había oído que los blancos no eran blancos del todo, sino, por así decirlo, pintos; ¿podía examinarme? Había varias matronas que querían saber qué disposiciones tomaban los padres ingleses respecto al matrimonio de sus hijas. Estaban las viudas de costumbre de una gran casa india (a ellas siempre las mira una con un anhelo especial); y había una muchacha joven y encantadora, con un seeley (vestido tamil) de un azul suave, las orejas cuajadas de perlas y el cuello cargado con cinco o seis collares que valían algunos cientos de rupias. Iba a casarse; y, aparte de la amable cortesía habitual de una muchacha tamil bien criada, no mostró ningún interés por nosotras. Casi todas las mujeres tenían preguntas que hacer. En el camino es distinto; allí ya han satisfecho su legítima curiosidad acerca de las Missie Ammals; pero aquí no han tenido ocasión; y si no hacemos caso de sus deseos, frustramos los nuestros. Puede que parezcan escuchar, pero en realidad están ocupadas preguntándose cosas sobre nosotras. Al final logramos que escucharan, y las dejamos, animadas por cálidas invitaciones a volver.
Entonces pensamos en los pobres brahmanes orgullosos, y con la esperanza de que, quizá, entretanto hubieran preguntado por nosotras y nos dejaran entrar, volvimos a ellos. Veíamos los rostros claros y las figuras esbeltas de las brahmanas más jóvenes, de pie en la sombra tras las columnas de su galería, y algunas parecían tener ganas de dejarnos entrar; pero la calle no había cedido; y una calle brahmán es como una casa: no se puede entrar si no te lo permiten.
Había un anciano de rostro amable y modales cortesanos, que pareció compadecerse de nosotras, pues dejó el grupo burlón de hombres y vino a despedirnos; y luego, como para desviarnos del tema mayor, señaló una de las montañas, una estribación de la montaña del Dios Rey, famosa en todo el sur de la India, y se ofreció a contarme su historia. Nos alegramos de hacer amistad con él aunque fuera por algo tan pequeño como una montaña; pero no quiso hablar de otra cosa, y cuando se fue nos sentimos desconcertadas y apenadas, y cansadas con ese cansancio que viene cuando no puedes dar tu mensaje; y nos sentamos en una roca a la salida de la calle de los brahmanes, a esperar a que las Hermanas de la Banda se reunieran para el camino de vuelta.
Era la hora del ocaso, y el cielo estaba cubierto de nubes grises y apagadas; pero justo encima del barrio brahmán había un desgarrón en el gris, y el oro contenido brillaba a través de él. Parecía como si Dios estuviera derramando su hermosura sobre aquellos brahmanes, intentando que alzaran la vista, y ellos no querían. Uno por uno los vimos irse a sus patios, donde el resplandor dorado no podía alcanzarlos, y los oímos cerrar sus grandes y pesadas puertas, como si lo estuvieran dejando a él fuera.
Allí dentro estaba oscuro; aquí fuera, fuera con Dios, había luz. El arrebol, ese resplandor tan hermoso del Oriente, brillaba por la rasgadura de las nubes, y los tejados de teja roja y las flores escarlata de la Llama del Bosque, y cada matiz y color capaz de responder de algún modo, ardían con su belleza. El barrio brahmán se asentaba en el verde intenso de los árboles umbríos; justo detrás se alzaban las montañas, perfiladas en la bruma, y de la bruma brotaba una cascada que brillaba blanca contra el azul.
La Tarde Número Tres la pasamos en la Aldea del Guerrero, un lugarcito solitario, abandonado a su suerte en un gran páramo áspero, si es que se puede llamar «páramo» a un trozo de tierra pelada que carece de brezo y en su lugar cría palmeras y matorrales a manchas. Nos costó bastante llegar, por un terreno muy accidentado y en un día de mucho calor; pero cuando llegamos encontramos una puerta tan abierta que olvidamos lo que sentíamos y entramos gozosas. Había unos niños pequeños jugando a la entrada de la aldea, y nos llevaron derecho a su propia casa, haciéndose amigos nuestros de la manera más encantadora mientras trotaban a nuestro lado. Nos contaron la historia de su familia, y nosotras les contamos de la nuestra lo necesario, y nos presentaron a sus madres como viejas conocidas. Las madres fueron indulgentes y nos dejaron una habitación para nosotras solas en el patio interior, donde se juntaron una docena de niños o más y escucharon con un entusiasmo refrescante. Ellos sí entendían, los pobrecitos, aunque tantas veces sus mayores no.
Luego las madres se interesaron y se sentaron junto a la puerta. Las muchachas estaban conmigo. (Solemos dividirnos en dos grupos; las Hermanas mayores y más experimentadas se van en una dirección, y las jóvenes convertidas vienen conmigo). Y al poco, Joya de Victoria contaba con el corazón rebosante todas las grandes cosas que Dios había hecho por ella. Tiene un trato muy dulce con las mujeres, y ellas escuchaban fascinadas. Luego hablaron las demás, y aquellas mujeres seguían escuchando. Eran más inteligentes que nuestro auditorio del día anterior; y aunque no seguían ni con mucho todo lo que se decía, escucharon espléndidamente la parte narrativa de nuestro mensaje. En cuanto al significado, como suele ocurrir, su interés era sencillamente nulo.
Pero lo sentimos, y creo que ellas también, cuando un alboroto fuera nos interrumpió, y lo sentimos más aún al saber la causa. El cartero de la aldea, que solo visita estos lugares apartados una vez a la semana, había aparecido con una carta para el cabeza de familia. Uno de los hombres la había leído. Contaba la muerte del hijo en tierras lejanas (en Madrás, creo), y el único deseo de la pobre madre anciana era vernos fuera de la habitación. No le había gustado echarnos; pero, a medida que la noticia se extendía, más mujeres se agolpaban clamando en torno a la puerta; y en el momento en que dejamos la habitación vacía, entraron en tropel, con la madre y las mujeres que nos habían escuchado, y, arrojándose al suelo, lanzaron el grito tamil de dolor, lleno de un patetismo muy suyo: «¡Ai-yō! ¡Ai-yō! ¡Ai-Ai-yō!».
Era triste dejarlas llorando así, pero en aquel momento sin duda era mejor que nos fuéramos. Los niños vinieron con nosotras hasta el pozo de las afueras de la aldea, y nos sentamos en su brocal y seguimos con nuestra charla. Casi no nos dejaban marchar, y nos rogaban que volviéramos a «enseñarles todos los días»; no el Evangelio (no se imaginen que sus corazoncitos anhelaban eso), ¡sino a leer y escribir y hacer cuentas! Al marcharnos en el carro, algunos aldeanos sonrieron e hicieron el salam, y las últimas palabras de los pequeños nos siguieron hasta donde pudimos oírlas: «¡Vuelvan pronto!».
A veces, como ahora, cuando llegamos a un lugar nuevo, soñamos un sueño: soñamos que quizá por fin sea posible ganar almas en paz. Quizá esta gente cortés y amable dé la bienvenida al mensaje que le traemos cuando lo entienda mejor. Quizá no haga falta que se rompan los hogares; quizá familias enteras crean, o los miembros que crean puedan seguir viviendo en sus propias casas y dar testimonio allí. ¡Quizá…, quizá…! Y retazos de versos flotan por nuestro sueño:
«Oh, que algún dulce canto que tus labios nos enseñaron,
algún canto alegre y dulce,
guíe entre la bruma y a través de las tinieblas
a los perdidos hasta tus pies».
Suena tan hermoso, tan fácil, ganar almas para Jesús cantando. Y soñamos nuestro sueño.
Hasta que de repente, y con violencia, nos despiertan. Alguien (una simple muchacha, o un muchacho, o incluso un niño pequeño) ha creído, ha confesado, quiere ser cristiano. Y toda la Casta se alborota, y toda la comarca se une a la Casta; y la gente que casi creíamos que nos amaba, nos odia. Y hasta que vamos al siguiente lugar nuevo, nunca volvemos a soñar ese sueño.
Capítulo 4 completado
Tres tardes fuera del camino