Capítulo 34 · 21 min de lectura · 27 min de escucha
¡Muéstrame tu gloria!
«Ayer me llamaron para ver a una paciente, una mujer joven que llevaba tres días sufriendo terriblemente. Fue el caso más triste que he visto en mi vida… Tuve que dejarla morir… La experiencia fue tan terrible que, viejo y curtido cirujano como soy, desde entonces no he dejado de estar trastornado. Mientras viva, el recuerdo de aquella escena no se apartará de mí.»
Un misionero en China.
«Si nos negamos a ser granos de trigo que caen en la tierra y mueren; si no estamos dispuestos a sacrificar nuestras perspectivas ni a arriesgar reputación, bienes y salud, ni, cuando se nos llame, a dejar el hogar y romper los lazos de familia, por amor de Cristo y de su evangelio, entonces quedaremos solos.»
Thomas Gajetan Ragland, India.
«No la mera compasión por las almas muertas, sino una pasión por la gloria de Dios es lo que necesitamos para mantenernos firmes hasta la victoria.»
Señorita Lilias Trotter, África.
TODOS conocemos bien los datos y las cifras que significan mucho más de lo que comprendemos. Podemos repetir con bastante soltura que hay en el mundo casi mil quinientos millones de personas, y que de ellas casi mil millones son paganas o mahometanas. Quizá sepamos dividir esa masa inconcebible en cifras comprensibles. Podemos decir a todo el que tenga interés en oírlo que, de esos mil millones, doscientos millones son mahometanos; otros doscientos millones, hindúes; cuatrocientos treinta millones, budistas y confucianos; y más de ciento cincuenta millones, paganos.
Pero ¿nos hemos detenido alguna vez a dejar que el horror de estas afirmaciones caiga con todo su peso sobre nosotros? ¿Nos damos cuenta de que estamos hablando de almas inmortales?
Citamos el cálculo de alguien según el cual cada día mueren noventa y seis mil personas sin Cristo. ¿Nos hemos sentado alguna vez durante una hora a pensar en ello? ¿Lo hemos pensado durante media hora, durante un cuarto de hora, durante cinco minutos seguidos? Voy más lejos y te pregunto: ¿te has quedado alguna vez sentado y quieto un minuto entero, contando por el tictac de tu reloj, mientras un alma tras otra sale sola a la eternidad?
… Yo lo he hecho. Es espantoso. Según el cálculo más bajo, sesenta y seis por quienes Cristo murió han muerto desde que escribí «eternidad».
«¡Oh Dios mío, Dios mío! ¡Los hombres perecen, y yo no hago caso!»…
Otros sesenta y seis se han ido. ¡Oh, cómo puede uno mantener tanta calma! La muerte parece correr a la par del minutero de mi reloj. Me dan ganas de detener esa terrible carrera del minutero. Da vueltas y más vueltas, y cada vez que completa una vuelta mueren sesenta y seis personas.
Acabo de enterarme de la muerte de una de esas sesenta y seis. La conocíamos bien. Era viuda; no tenía quien la protegiera, y una viuda sin protección en la India está en un lugar peligroso. Lo sabíamos, y procuramos persuadirla de que se refugiara en Jesús. Escuchó, casi se decidió, y luego se echó atrás; más tarde descubrimos por qué. Has visto la imagen de un hombre arrastrado bajo el mar por un pulpo; fue así. Te has imaginado la lucha a muerte; fue así. Pero todo ocurrió bajo la superficie del agua; arriba no se veía nada, hasta que quizá una burbuja subió lentamente y reventó; fue así. Un día, a pleno mediodía, una mujer cayó de repente en la calle. Alguien la llevó a una casa, pero estaba muerta, y quienes vieron aquel cuerpo vieron en él las señales de la lucha. La vida de la aldea siguió su curso como antes; solo unos pocos que la conocían supieron que había asesinado su cuerpo para encubrir el asesinato de su alma. Habíamos llegado demasiado tarde para ella.
La semana pasada estuve en una casa donde había partido otra de esas sesenta y seis. Acurrucada en el suelo, con las rodillas recogidas y la cabeza sobre las rodillas, una mujer empezó a contármelo. «Era mi hermana menor. Mi madre nos dio a dos hermanos»—y se detuvo. Yo sabía quiénes eran los hermanos. Los había visto ayer—dos apuestos hindúes de casta alta. Habíamos visitado a sus esposas, sin sospechar nada. La mujer no dijo más; no podía. Solo se estremeció y escondió el rostro entre las manos. Una vecina terminó la historia. Algo le fue mal a la muchacha. Llamaron a la mujer del barbero, el único médico para mujeres que se conoce por estos lugares. Hizo su trabajo con ignorancia. La muchacha murió con dolores espantosos. Las mujeres hindúes están curtidas ante escenas que revuelven el estómago, pero la muerte de esta muchacha fue tan terrible que la hermana mayor nunca se ha repuesto de la impresión de haberla presenciado. Allí está sentada, me dicen, todo el día, acurrucada en el suelo, muda.
No todos parten así; algunos se van muy tranquilamente, no hay ataduras en su muerte; y algunos son niños inocentes—¡gracias a Dios por el consuelo que eso da! Pero nunca debe olvidarse que los paganos pecan contra la luz que tienen; sus propias vidas dan testimonio contra ellos. Saben que pecan, y temen la muerte. Un médico cristiano indio, que ejerce en una de nuestras ciudades hindúes, me dijo que no podía hablar de lo que había visto y oído junto al lecho de muerte de algunos de sus pacientes.
Hace un momento entró una muchacha, y le conté lo que estaba haciendo. Luego le mostré el diagrama de la Cuña: el gran disco negro que representa el paganismo, y la estrecha rendija blanca que representa a los convertidos ganados. Lo miró asombrada. Después, lentamente, recorrió con el dedo el contorno del disco, señaló la estrecha rendija, y sus lágrimas cayeron sobre ella. «¡Oh, lo que debe de sentir Jesús!», dijo. «¡Oh, lo que debe de sentir Jesús!» No es más que una sencilla muchacha de aldea, y es cristiana desde hace solo un año; pero le llegó a lo más hondo ver aquella gran mancha negra.
Sé que en casa hay quienes se preocupan, pero ¿todos los que se preocupan se preocupan lo bastante? ¿Sienten lo que siente Jesús? Y si lo sienten, ¿están dando a los suyos? Quizá ayudan a enviar a otros; pero ¿están dando a los suyos?
Oh, ¿se están dando de verdad a sí mismos? Tiene que haber más entrega de nosotros mismos si esa cuña ha de ensancharse en el disco. Algunos de los que se preocupan son jóvenes y tienen toda la vida por delante, y la pregunta que ahora apremia es esta: ¿dónde ha de gastarse esa vida? Otros son demasiado mayores para venir, pero tienen a quienes podrían enviar, si tan solo estuvieran dispuestos a despojarse por amor de Jesús.
Madres y padres, ¿sienten ustedes con Jesús? ¿Están dispuestos a quedarse solos unos breves años, para que a lo largo de las edades eternas él tenga más personas por quienes regocijarse, y ustedes con él? Puede que venga muy pronto, y el breve intervalo que queda encierra, con certeza, nuestra última oportunidad de sufrir por su causa, y posiblemente la última de ganar joyas para su corona. ¡Oh, las minas de joyas sin explotar del paganismo! ¡Oh, el gozo que se están perdiendo los suyos si pierden esta última oportunidad!
A veces pensamos que si la necesidad se viera con más claridad, se haría algo más. Se idearían medios; dos o tres de un mismo sentir vivirían juntos para ahorrar gastos, y dejarían libre a un hijo que de otro modo tendría que quedarse por causa de uno de los tres. Los obreros en el extranjero pueden vivir juntos, olvidándose de sí mismos y de sus gustos y aversiones por amor de la Causa que está por encima de todo. Pero si semejante novedad es imposible en casa, se planeará otra cosa por la cual se pueda prescindir de más personas, cuando los que aman a nuestro Dios lo amen lo bastante como para poner sus intereses en primer lugar. «¡Digno es el Cordero de tomar!» ¡Oh, lo decimos, y lo oramos! ¿Actuamos como si lo dijéramos en serio? Padres y madres, ¿no es él digno? Ustedes, los que dan y han dado su Todo, ¿no lo han hallado digno?
«Las meras cifras me abrumaron», dijo uno al contar cómo había sido guiado a venir; «me quedé verdaderamente atónito al leer que veintiocho mil personas al día, solo en la India, van a la muerte sin Cristo. Y me pregunté: ¿Lo creemos? ¿Lo creemos de verdad? ¿Qué narcótico nos ha inyectado Satanás en el organismo para que este hecho espantoso, doloroso, tremendo, no nos sacuda de nuestro letargo, de nuestro terrible descuido de las almas humanas?»
Por este Distrito corre un río. Nace en los Ghauts Occidentales, y durante la mayor parte del año fluye como una corriente plácida y poco profunda. Pero cuando las lluvias del monzón desbordan las cuencas, se llena con una crecida súbita y magnífica; se la oye a una milla de distancia.
En el lecho arenoso del río se han construido varias plataformas altas de piedra, que los viajeros usan como lugares de descanso cuando el río está bajo. Hace algunos años, un grupo de jornaleros, sorprendidos por la noche, decidió dormir sobre una de estas plataformas; porque aunque la estación de lluvias estaba al llegar, el río estaba muy bajo. Pero durante la noche el río creció. Los arrancó de su asidero en la piedra. Los arrastró, girando en la oscuridad, hasta el mar.
Supón que, sabiendo, como ellos no sabían, que la lluvia había empezado a caer en los montes y que el río se llenaría sin falta, hubieras pasado por casualidad cuando aquellos jornaleros se acomodaban para la noche: ¿habrías seguido, podrías haber seguido tu camino tan tranquilo, sin hacer un esfuerzo por avisarles? ¿Te habrías ido, podrías haberte ido a la cama a dormir en perfecta tranquilidad mientras aquellos hombres y mujeres que habías visto estaban allá fuera, en el lecho del río?
Si lo hubieras hecho, el estruendo del río te habría despertado, y para siempre tu mismo corazón se habría quedado frío, con un frío más helado que el agua del río, frío al pensar en aquellos a quienes te atreviste a dejar que se ahogaran.
No puedes verlos, dices. Sí puedes. Dios ha dado ojos a la mente. Piensa, y verás. Luego escucha. Es Dios quien habla. «Si dejas de librar a los que son llevados a la muerte, y a los que están a punto de ser degollados; si dices: “Ciertamente no lo supimos”, ¿no lo entenderá el que pesa los corazones? Y el que guarda tu alma, ¿no lo conocerá él? ¿Y no dará al hombre según sus obras?»
¡Oh, por el pensamiento de los muchos que son llevados a la muerte, y de los muchos que están a punto de ser degollados, por el pensamiento del dolor de Jesús, que los ama, consideren estas cosas!
¡Pero no todos son llamados a venir! Lo sabemos. No lo olvidamos. Pero ¿es un hecho tan olvidado en casa que un misionero necesite insistir en él? Lo que sin duda se olvida es que el campo es el mundo.
¡No querrán ustedes dejar desierta a Inglaterra! ¿Quedaría Inglaterra desierta? ¿Quedaría vacío para siempre un solo escaño en el banco de los obispos, o una sola parroquia o salón misionero, si el hombre que hoy lo ocupa se trasladara al lugar que nadie ocupa, a ese hueco en el borde del precipicio?
Pero supongamos que quedara vacío, ¿sería al fin y al cabo tan terrible? ¿No quedaría siquiera un cristiano verdadero que señalara el camino a Cristo? Y en el peor de los casos, ¿no seguirían estando la Biblia y la capacidad de leerla? ¿Necesita alguien morir sin salvación, a menos que esté empeñado en destruirse a sí mismo? Si tan solo los cristianos de Inglaterra supieran sacar provisiones directamente de Dios, si tan solo los que no pueden venir asumieran la responsabilidad de los inconversos que los rodean, ¿por qué no podría quedar vacía por un tiempo alguna parroquia aquí y allá? Sin duda no deberíamos dejar deliberadamente que tantísimos mueran de hambre porque los que tienen el Pan de Vida sienten un fuerte deseo de golosinas. ¡Oh, la repostería espiritual que se consume cada año en Inglaterra! ¡Que Dios nos abra los ojos para ver si estamos haciendo lo que él quiso, y lo que él quiere que continúe! Pero algunos hombres son demasiado valiosos para desperdiciarlos en el campo misionero; son obreros de tanto éxito: pastores, evangelistas, guías del pensamiento. De ningún modo se puede prescindir de ellos. ¡Piensa en el desperdicio de enterrar un cerebro en arena improductiva! Aparentemente es así, pero ¿lo es realmente? ¿Lo ve Dios así? ¿Dónde estaríamos hoy si él hubiera considerado a Jesús demasiado valioso para desperdiciarlo en nosotros? ¿No valía cada hora de aquellos treinta y tres años más que toda una vida nuestra?
¿Cuál es la definición que Dios da de esa palabra dorada, «éxito»? Él mira la Europa católica romana, y la Sudamérica romana y pagana, y el África y el Asia mahometanas y paganas, y tantos lugares olvidados de tantas grandes tierras. Y luego nos mira a nosotros, y me pregunto qué pensará. Ragland, miembro del claustro del Corpus Christi College de Cambridge, después de años de ese desperdicio de enterrar el cerebro, escribió que Dios le estaba enseñando que «de todos los planes para asegurar el éxito, el más seguro es el de Cristo mismo: hacerse grano de trigo, caer en la tierra y morir». Si venir al extranjero significa eso para alguien, ¿es pedir demasiado? Fue lo que hizo nuestro amado Señor.
Esto nos lleva a otro alegato. Lo encuentro en el versículo que talla con dos trazos el resultado completo de dos vidas. «Si permanece la obra de alguno… Si la obra de alguno se quema.» El resultado neto de la obra de un hombre es oro, plata, piedras preciosas; el resultado neto de la obra de otro es madera, heno, hojarasca. ¿Cuál de los dos merece que se gaste en él una vida?
Una obrera fervorosa en su campo particular de trabajo lo contempla en retrospectiva desde el lugar donde las cosas se ven más verdaderas, y dice: «¡Dios nos ayude a todos! ¿Qué bien hace una obra como la mía? “Si alguno edifica sobre este fundamento… madera, heno, hojarasca… Si la obra de alguno se quema, sufrirá pérdida; ¡pero él mismo será salvo, aunque así como por fuego!” Infinidad de esfuerzos y de trabajos, y todo para desaparecer como la hojarasca y el heno.»
El éxito, ¿qué vale?
«Me sentía encendido por los elogios,
pero, deteniéndome un instante a tomar aliento,
no pude sino murmurar para mis adentros:
“¿Esto es todo? ¿Todo lo hecho? ¿Y todo lo ganado?
Si esto, pues, es el éxito, es más sombrío
que cualquier fracaso.”»
Tan transparente es el brillo del éxito para los ojos clarividentes del poeta; ¿y habría de deslumbrar al cristiano, para quien nada tiene valor alguno sino lo que perdura? ¿Deberían influirnos en algo los argumentos basados en comparaciones entre el éxito aparente de la obra en casa y el de la obra en el extranjero? ¿No es muy solemne esta exposición serena y clara de una verdad que nos toca a cada uno? «La obra de cada uno se hará manifiesta, porque el día la declarará, pues por el fuego será revelada; y la obra de cada uno, cuál sea, el fuego la probará.» Y al comprender lo perecedero de toda obra, por exitosa que parezca, excepto la única obra hecha del único modo que Dios quiere, oh, ¿no nos mueve a buscar, con una intensidad de propósito que no se dejará negar, hasta descubrir cuál es esa única obra? El mismo pensamiento aparece en el versículo que nos dice que las mismas cosas que hemos de hacer fueron preparadas de antemano, y que somos «creados en Cristo Jesús» para hacerlas. Si es así, ¿nos parecerá que vale la pena hacer cualquier otra cosa, cuando miremos atrás y veamos la vida como Dios la ve?
Puede que las cosas preparadas estén muy a mano en casa, pero puede que estén en el extranjero. Si están en casa, habrá una paz firme al hacerlas allí; pero si están en el extranjero, ¿y no queremos venir a hacerlas?—Oh, entonces nuestras mismas oraciones caerán como caen las hojas secas cuando amaina el viento que las agitaba; sí, aún más, porque las hojas secas tienen una tarea que cumplir, pero las oraciones que agita alguna brisa pasajera de emoción no hacen nada, nada para la eternidad. Dios no escuchará nuestras oraciones por los paganos si quiere que estemos allí entre ellos en lugar de quedarnos en casa orando por ellos, o si quiere que entreguemos a algún hijo o hija y nosotros preferimos orar.
¡Señor, líbranos de la hipocresía y de la farsa! ¡«Consume la falsedad» que hay en nosotros si decimos que te amamos pero no te obedecemos! ¿Nos quedamos en casa orando por las misiones cuando tú nos has dicho «Id»? ¿Retenemos algo de lo cual tú has dicho: «Desátalo, y déjalo ir»? Señor, ¿somos de verdad sinceros de parte a parte? ¡Señor Dios de verdad, líbranos de la farsa! ¡Haznos perfectamente sinceros!
¡Me dirijo a ustedes, hermanos y hermanas en casa! ¿Saben que si Dios los está llamando y se niegan a obedecer, apenas sabrán cómo soportar lo que vendrá después? Tarde o temprano lo sabrán, sí, les quemará cada parte de su ser el saber que desobedecieron y perdieron su oportunidad, que la perdieron para siempre. Porque esa es la parte terrible. Rara vez se le concede a uno volver atrás a recoger la oportunidad que dejó caer a sabiendas. El expreso de la vida ha pasado ya las agujas, y no se puede volver atrás; las vías se separan.
«Algunos de nosotros casi nos estremecemos ahora al pensar lo cerca que estuvimos de quedarnos en casa», escribe un misionero. «No dejen, se lo ruego, que este gran asunto quede a la deriva. No anden en la incertidumbre. No se dejen desviar. Si lo hacen, serán eternamente más pobres.»
Puede que no tengas claro cuál es la voluntad de Dios para ti. Estás en duda, eres sincero, pero mil preguntas te desconciertan. ¿Irás a Dios con ello, y obtendrás la respuesta directamente de él?
Si te desconciertan cosas que un misionero franco puede explicar, ¿comprarás un ejemplar de Do Not Say y lo leerás a solas con Dios? Permíteme subrayar esas palabras: «a solas». «Levántate, y sal al campo, y allí hablaré contigo.» «Hubo una voz… cuando se paraban y bajaban sus alas.»
¡Oh, por el pensamiento del Día que viene, cuando el fuego probará todo lo que hacemos y solo lo verdadero quedará en pie, suplico que se encare con honradez la pregunta antes de que sea demasiado tarde!
Pero este no es nuestro alegato más fuerte. Podríamos amontonarlos, alegato sobre alegato, sin agotar el número de los que apremian e impulsan a escribir. Los dejamos todos atrás y vamos al lugar donde aguarda el más fuerte: la gloria de Dios se está dando a otro. Este es el alegato más solemne, el llamado imperativo supremo. «No la mera compasión por las almas muertas, sino una pasión por la gloria de Dios es lo que necesitamos para sostenernos de principio a fin hasta la victoria.»
«Yo soy el Señor; este es mi nombre; y a otro no daré mi gloria, ni mi alabanza a esculturas.» Pero los hombres que él creó para glorificarle le quitan su gloria y se la dan a otro; eso, su pecado, su vergüenza, llama con una llamada baja y profunda por debajo de todas las demás llamadas. La gloria de Dios se está dando a otro. ¿Lo amamos lo bastante como para que nos importe? ¿O medimos lo que nos costaría personalmente ganar esas almas lejanas y, al ver que es considerable, dejamos de pensar en ello y de preocuparnos? «¿No os conmueve a todos los que pasáis por el camino? Mirad, y ved»—«Y tomaron a Jesús, y lo llevaron. Y él, llevando su cruz, salió al lugar que se dice de la Calavera… donde lo crucificaron.» … «En esto consiste el amor.» … «De tal manera amó Dios al mundo.» … ¿Nos hemos petrificado hasta perder toda sensibilidad? ¿Podemos quedarnos ahora midiendo? «Sé que solo el Espíritu, que contó cada gota que cayó de la frente desgarrada de Cristo como más preciosa que todas las puertas enjoyadas del Paraíso, puede levantar a la Iglesia de su aprecio del mundo, el mundo tal como atrae a sus propios deseos egoístas, a un aprecio del mundo tal como atrae al corazón de Dios.» Oh Espíritu, ven y levántanos a este amor, inspíranos con este amor. ¡Que miremos la visión de la gloria de nuestro Dios con ojos que han contemplado su amor!
No quisiéramos basar un solo alegato en nada más débil que los hechos sólidos. El sentimiento no resistirá la tensión de la verdadera prueba de fuerza; pero ¿es un hecho, o no lo es, que Jesús consideró que tú y yo, y las demás personas del mundo, valíamos realmente la pena como para morir por nosotros? Si es verdad, ¿lo amamos lo bastante como para que nos importe, con toda la fuerza de nuestro ser, que hoy, en casi todo el mundo, su gloria se esté dando a otro? Si esto no nos conmueve, ¿es porque no lo amamos mucho, o es que nunca hemos orado con deseo sincero, como oró Moisés: «Te ruego que me muestres tu gloria»? Él solo vio un poco de ella. «He aquí un lugar junto a mí, y tú estarás sobre la peña; y sucederá que, cuando pase mi gloria, yo te pondré en una hendidura de la peña, y te cubriré con mi mano hasta que haya pasado.» Y la gloria del Señor pasó, y Moisés percibió algo de ella al pasar, pero «no se verá mi rostro». Y sin embargo, aquel poco bastó para señalarlo como alguien que vivía para un solo propósito, que resplandecía con su luz, que ardía con su fuego—era celoso de la gloria de su Dios.
Y nosotros—«vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad»; y nosotros—nosotros hemos visto «la luz del conocimiento de la gloria de Dios en la faz de Jesucristo».
«Cuando pase mi gloria, yo te… cubriré… no se verá mi rostro.» «Pero nosotros todos, a cara descubierta, reflejando como en un espejo la gloria del Señor, somos transformados»—¿Lo somos? ¿Lo reflejamos? ¿Sabemos algo en absoluto de ello? ¿Hemos alcanzado alguna vez aquello para lo cual fuimos alcanzados por Cristo Jesús? ¿Hemos visto la visión celestial que nos quebranta y nos humilla para oír la voz del Señor que pregunta: «¿Quién irá por nosotros?», y nos fortalece para responder: «Heme aquí, envíame a mí», y nos sostiene en la obediencia si le oímos decir «Id»?
«¡Te ruego que me muestres tu gloria!» ¿Lo oraremos, diciéndolo de veras ahora, hasta lo último? Lo último puede encerrar cosas duras; pero, fácil o duro, no hay otro camino para llegar al lugar donde nuestras vidas pueden recibir un impulso que las haga contar para la eternidad. La fuerza motriz es el amor de Cristo. No solo nuestro amor por él, sino su mismo amor. Fue el caudal poderoso e irresistible de aquel glorioso amor lo que hizo que el primer misionero se derramara sobre el sacrificio y el servicio. Y el gozo de ello resuena triunfante: «Y aun si soy derramado… ¡me gozo y me regocijo con todos vosotros!»
Sí, la gloria de Dios es nuestro alegato, el más alto, el más fuerte, el más apremiante y duradero de todos. Pero, oh, por el pensamiento de las multitudes que están pasando, por el pensamiento de la Venida del Señor, por las realidades infinitas de la vida y la muerte, del cielo y el infierno, por la cruz y la Pasión de nuestro Salvador, rogamos a todos los que lo aman, pero aún no han considerado estas cosas: ¡considérenlas ahora!
Que él nos muestre la visión de la gloria y nos lleve al fin mismo del yo; que toque nuestros labios con el carbón encendido y nos prenda fuego para arder por él, sí, arder de un amor consumidor por él, con un propósito del que nadie pueda apartarnos, y con una pasión como una llama pura y blanca, «¡una pasión por la gloria de Dios!»
¡Oh, que esta pasión nos consuma! Que queme el yo que hay en nosotros, que grabe a fuego el amor en nosotros: por la gloria de Dios lo pedimos. Amén.
«El Cordero que fue inmolado es digno de tomar el poder, y las riquezas, y la sabiduría, y la fortaleza, y la honra, y la gloria, y la alabanza… La bendición, y la honra, y la gloria, y el poder sean a él.»
Capítulo 34 completado
¡Muéstrame tu gloria!