Las cosas como son
Apéndice

Capítulo 35 · 3 min de lectura · 3 min de escucha

Apéndice

Algunos santos de la India

HABÍA uno —ahora se ha unido a la compañía de los santos de la India en la gloria—, el poeta de la Misión y amigo nuestro, tan veraz en todos sus caminos que un muchacho hindú, observándolo con críticos ojos de escolar, vio en él, como en un espejo, algo de la santidad de Dios, y, ganado por aquella mirada, se hizo cristiano y ganador de almas. Algunos de los convertidos más nobles de nuestra Misión son fruto directo de la vida de aquel poeta tamil. Hay otro; es anciano, y a lo largo de todos sus muchos años se le ha conocido como el hombre de una sola palabra, el hombre de la verdad inmutable. Es un pastor de aldea a quien todo el pueblo ama. Entren en su casita a cualquier hora, cualquier día, y encontrarán con él a uno y a otro, y verán al anciano, con su rostro amoroso y sus ojos casi del todo ciegos, inclinándose con paciencia para captar cada palabra de la historia que le cuentan, y luego lo oirán aconsejar y consolar como un padre a su hijo. En muchas millas a la redonda la gente de aquella comarca lo conoce, y hindúes y cristianos lo honran como la India honra a los santos.

Recuerdo haber visto una vez juntos al poeta y al pastor. Pertenecían a castas muy distintas, pero eso ya estaba olvidado. Las dos viejas cabezas blancas estaban inclinadas sobre la misma carta —una carta que contaba la defección de un joven convertido a quien cada uno había amado como a un hijo—, y lloraban por él. Era el antiguo Oriente viviendo su vida ante nosotros: «¡Hijo mío Absalón, hijo mío, hijo mío Absalón! ¡Quién me diera que muriera yo en lugar de ti, Absalón, hijo mío, hijo mío!». Pero lo que hacía de aquello algo digno de recordarse en esta tierra de divisiones de Casta, aun entre cristianos, era el desbordamiento del amor que hacía de aquellos dos hombres uno solo.

Hay otros. El dinero, el lugar que ocupa en los afectos de un hombre, se considera buena prueba del carácter. Podríamos hablarles de un abogado que hoy está perdiendo dinero antes que tocar ganancias injustas; de un médico que da a su iglesia hasta que lo siente, y recorre cualquier distancia para ayudar a los pobres que no pueden pagar; de un campesino que se arriesga a cierto daño en sus palmeras antes que trepar a ellas en domingo; y en muchos pueblos y aldeas de otros tiempos, esparcidos por la ancha llanura roja, tenemos gente sencilla, humilde y santa de la que el mundo no sabe nada —pastores en puestos solitarios, maestros y obreros, y cristianos corrientes— que hacen el trabajo del día y brillan mientras lo hacen. Pensamos en esos hombres y mujeres cuando oímos el clamor del crítico, y quisiéramos que él pudiera conocerlos tal como son.

Son estos hombres y mujeres quienes nos piden que digamos con claridad cuánto necesita nuestra Iglesia de la India sus oraciones. No tienen ningún deseo de ocultar las cosas. Hablan con más franqueza que nosotros, y con mucha más fuerza, y creen, como nosotros, que si ustedes saben más, orarán más.

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