Las cosas como son
Sin conocerle

Capítulo 29 · 9 min de lectura · 12 min de escucha

Sin conocerle

«He conocido casos de jóvenes ministros a quienes se disuadió de atender el llamado misionero personas que se presentaban como amigas de las Misiones Extranjeras y, sin embargo, tenían el atrevimiento de argumentar: “Su poder espiritual y su preparación intelectual los necesita la Iglesia en casa; en el campo extranjero se desperdiciarían”. ¡“Poder espiritual desperdiciado” en una tierra como la India! ¿Dónde se necesita tanto como en un continente donde Satanás ha levantado sus fortalezas más fuertes y ha exhibido las obras maestras más selectas de su habilidad? ¡“Capacidad intelectual desperdiciada” entre un pueblo cuyos eruditos sonríen por dentro ante la ignorancia del occidental medio! Hermanos, si Dios los está llamando, no se dejen detener por pretextos tan endebles como estos. Necesitarán el poder de Dios el Espíritu Santo para ser misioneros eficaces. Verán su reputación de eruditos sometida en la India a la prueba más severa. Aquí hay campo de sobra tanto para hombres de probado poder espiritual como para gigantes del intelecto. Y por eso lo repito: si Dios los está llamando, cíñanse la espada, vengan a la batalla y ganen sus espuelas entre los cultos hijos de la India».

Rev. T. Walker, India.

ES CURIOSA la sensación que se experimenta cuando uno se levanta del estudio de Brahmanism and Hinduism, de sir Monier Williams, sale a su trabajo y se encuentra en ese trabajo con alguien que parece estar citando ese mismo libro, no ya por párrafos, sino por páginas enteras. Él habla en tamil y el libro está escrito en inglés; esa es toda la diferencia. Estaba de pie junto al camino cuando lo vi, y entablamos conversación.

Al principio me recordó a una anémona de mar con todos los tentáculos recogidos, pero poco a poco, uno a uno, fueron saliendo, y vi lo que de verdad era; y creo que el gran erudito cristiano que tanto trabajó para comprender y poner en palabras las complejidades y los misterios del pensamiento indio se habría sentido un poco recompensado de haber sabido cuánto ayudaría su obra en la tarea práctica de la vida de un misionero. Parte de nuestra tarea consiste en salir al encuentro, con rápida comprensión, de la mente con la que tratamos. En esto ayuda sir Monier Williams.

En cuanto este hombre se sintió comprendido, cambió toda su actitud. Al principio, esperando, supongo, que se le tomara por «un pagano ignorante» y adorador de palos y piedras, apenas se molestó en hacer otra cosa que responder, según él creía, al necio según su necedad. Entonces los tentáculos estaban todos dentro.

Pero aquello pasó pronto, y señaló el cobertizo que tenía detrás, donde había dos o tres caballos ídolos de tamaño natural, y dijo que sabía muy bien lo pueril que era aquello, necio y vano. Pero, ¿qué otra cosa se podía hacer? Los ídolos no son objetos de adoración, ni se pretendió nunca que lo fueran; su única utilidad es ayudar a los no iniciados a adorar a Algo. Si no se les mostrara nada, no adorarían nada; y un ser humano que no adora es un animal, no un hombre.

Pasó luego a responder a las objeciones contra este medio de avivar una adoración inteligente, explicando cómo, por caminos más elevados y más puros, los pensadores del hinduismo habían procurado hacer pensar a los que no piensan. «Mire nuestros templos —dijo—. Hay un santuario central con una sola luz. La oscuridad del santuario simboliza la oscuridad del mundo, de la vida y la muerte y el ser. Porque la vida es oscuridad, un remolino de aguas oscuras. Estamos de pie en su orilla, pero no la entendemos. Es oscura, pero luz tiene que haber; una gran luz. Así que mostramos esta certeza con el símbolo de la única luz del santuario, en el mismo corazón de nuestros templos».

Esto llevó a citas de sus propios libros que ponían en duda la validez de tales luces, citas que él terminaba en cuanto una las empezaba, y esto a su vez llevó a las palabras de nuestro Señor —qué fuertes sonaban y qué directas—: «Yo soy la luz del mundo». Pero no podía aceptarlas en su sencillez, y fue aquí donde el libro que yo había estado leyendo me sirvió de tanta ayuda. Hablaba rápido y con avidez, y en tal mezcla de sánscrito y tamil que, si no hubiera tenido la clave, no estoy segura de que hubiera podido seguirle; y haberle entendido mal en ese momento habría podido hacer que se recogieran todos los tentáculos, y habría puesto más difícil la tarea al siguiente a quien el Espíritu envíe a ganar su confianza.

Me dijo que, tras mucho estudio de muchas religiones, sostenía la existencia eterna de uno solo, Brahma. El espíritu humano, dijo, no es en realidad distinto del Espíritu Divino, sino idéntico a él; la distinción aparente nace de nuestra visión ilusoria de las cosas: en el espíritu no hay distinción alguna. La mente es distinta, admitió, y el cuerpo es distinto, pero el espíritu es idéntico; de modo que, «en un sentido definidamente definido, yo soy Dios, Dios es yo. Los llamados dos son uno, en todo lo esencial del ser». Y se tocó a sí mismo y dijo: «Yo soy Brahma. Yo mismo, mi yo verdadero, soy Dios».

Suena terriblemente irreverente, pero él no lo decía en ese sentido ni por un momento. Vuelvan a Génesis 2:7 e intenten definir el significado de las palabras «soplo de vida», y, si piensan lo suficiente, se hallarán en condiciones de entender cómo el hindú, sin revelación, acaba como acaba en el engaño.

Pero, entretejidas con esta fibra central de su fe, había hebras de una extraña filosofía; sostenía con firmeza la doctrina de la Ilusión, según la cual el único Espíritu impersonal, «en la ilusión que se extiende sobre él, es para el mundo exterior lo que el hilo es para la tela, lo que la leche es para la cuajada, lo que la arcilla es para la vasija, pero solo en esa ilusión», es decir, «no es la causa material real del mundo, como la arcilla lo es de la vasija, sino su causa material ilusoria, como podría serlo una cuerda de una serpiente»; y el espíritu del hombre «es ese Espíritu, personalizado y limitado por el poder de la ilusión; y la vida de cada espíritu viviente no es sino un arco infinitesimal del único círculo sin fin de la existencia infinita».

Por supuesto, hay respuestas a esta clase de razonamiento que al occidental le resultan perfectamente convincentes, pero que no hacen mella en la mente oriental. Uno sugiere una prueba práctica sobre la realidad o no de esta «Ilusión» —tocar algo, clavarse un alfiler, hacer cualquier cosa que le demuestre a uno su propia realidad—, y él tiene preparada su respuesta. Aunque en teoría sostiene que hay un Espíritu, y solo uno, «en la práctica cree en tres condiciones del ser: la real, la práctica y la ilusoria; porque, aunque afirma que solo el único Espíritu, Brahma, tiene existencia real, concede una existencia práctica separada a los espíritus humanos, al mundo y al Dios o los dioses personales, además de una existencia ilusoria. Por eso todo objeto ha de tratarse en la práctica como si fuera realmente lo que parece ser».

Esto no es más que el final de una discusión larga y muy confusa, que me temo que no entendí ni a medias, y él la concluyó citando una estrofa de un antiguo clásico tamil, que el Dr. Pope tradujo así:

«¡Oh Ser difícil de alcanzar,
oh Esplendor infinito, desconocido, en verdad
no sé qué hacer!»

«Él está lejos de mí —dijo—, un Dios distante al que llegar»; y cuando le cité a san Agustín: «A Aquel que está en todas partes, los hombres no llegan viajando, sino amando», y le mostré las palabras, que en tamil tienen una negación espléndida: «NO está lejos de cada uno de nosotros», él esquivó el consuelo y volvió a la vieja pregunta: «¿Qué cosa es verdad? ¿Cómo se puede probar qué cosa es verdad?».

Hay una historia india de una reina que «probó la verdad gustando la comida». La historia cuenta cómo su esposo, que la amaba entrañablemente y a quien ella amaba entrañablemente, perdió su reino, anduvo errante con su reina por el bosque, la dejó allí mientras dormía, con la esperanza de que le fuera mejor sin él, y mucho tiempo después la siguió hasta la corte del padre de ella, deforme, disfrazado, siervo entre los siervos, un cocinero. Entonces sus doncellas acudieron a ella y le hablaron de aquella cocina maravillosa, mágica en su manera, prodigiosa en sabor y en fragancia. Están seguras de que es el rey perdido hace tanto, que ha vuelto a ella, y le ruegan que crea y se alegre. Pero la reina teme que no sea cierto. Tiene que probarlo, tiene que gustar la comida. Le traen un poco. La gusta, y sabe. Y la historia termina en gozo. «Gustad, y ved que es bueno el Señor». «El que quisiere hacer su voluntad, conocerá».

Después de esto nos acercamos más en el pensamiento. Para el oriental, una historia es algo que ilumina. «He buscado el camino de la verdad —dijo—, y he buscado el camino de la luz y de la vida. Detrás de mí, cuando miro, hay oscuridad. Delante de mí no hay más que lo Desconocido». Y luego, con una seriedad que no sé describir, dijo: «Adoro a Aquel a quien no conozco, al Dios no conocido». «Aquel, pues, que vosotros honráis sin conocerle, a este os anuncio yo». No quedaba sino insistir con la propia respuesta de Dios a sus palabras.

Otro versículo lo tuvo bajo su poder antes de que me fuera: «Yo soy el camino, y la verdad, y la vida». Con esos dos versículos lo dejé.

Atardecía, y él estaba de pie en la sombra, mirando hacia dentro de ella. Había una maraña de maleza y un espeso palmar. Todo estaba oscuro cuando uno miraba dentro. Detrás estaba el santuario de los corceles demonios, el dios y su esposa que salen a caballo de noche para ahuyentar a los malos espíritus. Cerca había un árbol viejo, también en sombra, con un ídolo debajo. Todo estaba en sombra, y lleno de nadas sombrías, todo oscuro.

Pero justo afuera, cuando me fui, había luz; la luz suave del arrebol, que llega poco después de ponerse el sol, como señal de que hay un sol en alguna parte, y brillando. Y pensé en sus últimísimas palabras, aunque no sé describir la seriedad con que las dijo: «Adoro al Dios no conocido».

Amigos, ustedes que adoran a un Dios a quien conocen, cuyo gozo en la vida es conocerle, ¿se acordarán de aquel hombre y orarán por él, que hoy está buscando, creo que de verdad, hallar al Dios no conocido?


Página 1 / 1 · 9 min restantes en el capítulo
Anterior Siguiente