Las cosas como son
Desde el punto de vista hindú

Capítulo 28 · 17 min de lectura · 23 min de escucha

Desde el punto de vista hindú

«El Señor nos guarde de innovaciones ajenas a los verdaderos principios de la Iglesia protestante, y ajenas a los principios de la C.M.S. Las imágenes, las cruces y los estandartes, con procesiones, harían gran daño. Los nativos mahometanos dirían: “¡Wah! Ustedes adoran ídolos como los hindúes, ¡y además tienen taziyas (procesiones) como los mahometanos!”. Y nuestros cristianos se lamentarían de tales cosas».

Rev. C. B. Leupolt, India.

ESTOY sentada en el rincón noroeste de la veranda de un pequeño bungaló misionero, en las afueras de un pueblo situado dieciséis millas al sur de nuestra sede del Este. Es el pueblo donde prendieron fuego a la escuela cuando vino Victoria. Hasta ahí llega el sentimiento de casta. Sentado en este rincón de la veranda, se ve un pequeño templo encajado entre dos pilares encalados, de construcción tosca y decoración burda; pero a esta luz temprana de la mañana parece un cuadro dentro de su marco. Está justo fuera del recinto, tan cerca que se distingue cada detalle de su color; el sol, que lo cruza de lado, toca los colores y los vuelve hermosos.

Está el habitual muro a rayas, rojo y blanco; el rojo es un hermoso terracota, del color de la arena. El bloque central, el santuario propiamente dicho, tiene incrustaciones verdes, rojas y azules; hay más terracota en el tejado, también algo de amarillo, y blanco. Más allá, a cada lado, hay casas, y más allá de las casas, árboles y cielo.

Todo es muy bonito y apacible. El humo sube en volutas por el aire quieto desde algún fuego encendido temprano al aire libre; se oyen voces de gente que va y viene, suavizadas por la distancia. Está el tintineo musical de los cencerros de los bueyes, aquí en el recinto y allá en el camino, y está el gorjeo de los pájaros.

Delante de ese templo hay tres altares, y delante de los altares, un pilar. Lo veo desde donde estoy sentada ahora: piedra gris y tosca. Encima tiene lo que al principio tomé por un reloj de sol, y me pregunté qué hacía allí. Luego vi que no tenía esfera; solo un fuerte travesaño de madera, y el gnomon, por así decirlo, era más largo de lo que cabría esperar: una afilada estaca de madera. Mientras me lo preguntaba, un transeúnte me lo explicó. No es un reloj de sol, es un instrumento de empalar. En esa estaca solían empalar vivos cabras, cabritos y gallinas como ofrendas al dios Siva y a sus dos esposas, las deidades en cuyo honor se alzan los tres altares ante el pequeño santuario. El pilar sobre el que se levanta esa estaca infernal tiene grabados tres círculos, señal de las tres divinidades.

«Lo de empalar se acabó», dice la gente, muy divertida ante el horror y la angustia de una, porque al principio pensé que quizá aún lo hacían. «Ahora ya no empalamos vivos; el Gobierno lo ha prohibido». ¡Gracias a Dios por ello! Pero ¡oh, que todos los que aman a las criaturas de Dios oren por la venida de nuestro Señor Jesucristo y la apresuren! El Gobierno puede intervenir y detener la matanza pública de búfalos a garrotazos, y el empalamiento de cabras y gallinas en sacrificio, pero no puede detener la crueldad privada, ni la indiferencia, aún más extendida, de quienes no son ellos mismos crueles; solo la venida de Cristo el Compasivo puede hacerlo.

. . . . . . .

Justo entonces, mientras escribía, se oyó un rumor de voces, muchas voces que se acercaban, voces agudas de mujeres que cortaban el hilo de los pensamientos, y salí a ver qué pasaba.

Al otro lado del camino, frente a nuestro portón, hay un enorme árbol doble y viejo, la higuera sagrada de la India, entrelazada con otro árbol: un símbolo religioso para este pueblo tan amante de los símbolos. Debajo hay una plataforma de piedra, y sobre ella el espantoso dios elefante. Del mismo lado hay una casita. Un grupo de mujeres se había reunido a la sombra, cerca de la casa, evidentemente esperando algo o a alguien. Estaban encantadas de hablar.

Pasamos media hora bajo el árbol, y escucharon; pero nos interrumpieron unos funcionarios del Gobierno bien vestidos, con sus chaquetas, fajas e insignias, y otro, no estrictamente gubernamental, ataviado de una manera prodigiosa; se unieron al grupo y acapararon la conversación. Esperé, con la esperanza de que pronto se marcharan, y escuché lo que decían.

«¡Sí! ¡De verdad se apareció! Era una diosa». («¡Una diosa! ¡Oh!», exclamaron las mujeres). «Avanzó, moviéndose sin caminar, y se quedó erguida como se yergue un árbol, y extendió los brazos y bendijo a la gente, y se desvaneció».

Una mujer me señaló. «¿Como ella? ¿Era como ella?».

«¡Como ella!», y el funcionario del Gobierno se mostró un poco desdeñoso. «¿No he dicho que era una diosa? ¿Es acaso diosa esta Missie Ammal? ¿No es una simple mujer como ustedes, solo que blanca?».

«Ella también venía del bungaló», objetó la mujer con bastante poca convicción, sintiendo que la opinión pública estaba en su contra.

«¡Ostra!», dijo cortésmente el funcionario, «¿porque una Missie Ammal venga del bungaló, queda probado que la diosa era una Missie Ammal?». Las demás mujeres le dieron la razón y desairaron a la ignorante, que se retiró de la controversia.

La historia se repitió con variantes, una mezcla tal de lo probable con lo improbable, por no decir lo imposible, que uno se enredaba en ella antes de llegar a la mitad.

En ese momento apareció en escena un anciano cristiano y, en plena maravilla, metió baza con voz temblorosa para decir, en sustancia, que nuestro Dios era el Dios verdadero y que debían tener fe en él. No venía exactamente à propos de nada de lo que estaban discutiendo, pero él parecía creer que era lo que correspondía decir, y ellos lo aceptaron como un comentario de costumbre y siguieron con su conversación. Le pregunté al buen anciano si sabía algo de la historia, y al principio lo negó indignado, como si oliera demasiado a idolatría para relacionarla con el bungaló; pero al fin admitió que una vez, en el lejano pasado, había oído que una Ammal del bungaló, que estaba enferma y a la que los tam-tams no dejaban en paz por la noche, se levantó, salió y trató de hablar a la gente. Y los hombres, que ahora escuchaban al anciano, dejaron caer una palabra que lo iluminó todo: «Era una gran fiesta». Me acordé de aquella estaca de empalar, y lo comprendí todo. Y en un relámpago lo vi —el pobre animal vivo— y oí sus gritos. Le habrían desgarrado el corazón al oírlos en las pausas del tam-tam. Estaba enferma, pero se levantó y salió a duras penas, y trató de impedirlo, estoy segura: lo intentó, y fracasó.

A once mil kilómetros de distancia estas cosas pueden parecer triviales. Aquí, con aquel pilar de piedra gris a plena vista, son reales.

Volví al presente. Las mujeres seguían allí, y se iba reuniendo más gente. Algo iba a suceder. Entonces, un repentino estruendo de tam-tams y un golpeteo y estrépito de toda clase de artefactos ruidosos, y luego llegó un coche de bueyes, una gran cosa dorada. Se detuvo delante de la casita; alguien se bajó; la gente gritó, con un entusiasmo desenfrenado: «¡Gurú! ¡Gran Gurú! ¡Señor Gurú!».

El Gurú no era pobre. Traía dos carretas cargadas de equipaje; entre otras cosas, un loro verde en una jaula. Junto a la jaula, un niño pequeño atronaba con un tam-tam, pero el loro no se inmutaba. La gente parecía pensar que semejante despliegue de riqueza exigía una disculpa. «No es suyo, es de sus seguidores; él, siendo quien es, no necesita ninguna de estas cosas», decían.

Entonces tuve que irme, y poco después salimos a nuestra ronda del día, y no sé qué sucedió a continuación; pero nunca había tenido ocasión de conversar con una celebridad de esta clase, y por la tarde, de vuelta a casa, me detuve ante la casita y pregunté si podía verlo, al famoso Gurú de una de las mayores castas del sur de la India.

Los funcionarios del Gobierno de la mañana estaban allí, pero el aire oficial había desaparecido. Ya no había chaquetas, ni fajas, ni insignias; solo el sencillo traje nacional, un chal de muselina blanca. El que por la mañana había sido una muestra del efecto posible de mezclar Oriente y Occidente, estaba ahora de pie con una dignidad que entonces no tenía: una figura hermosa y varonil.

La puerta estaba abierta, y ellos montaban guardia, porque su Gurú estaba descansando, dijeron. «¿Entonces es muy humano, igual que ustedes?». Pero aquellos rostros fuertes y sensatos parecieron casi asustarse ante esas palabras. «Silencio», respondieron todos a una, «aquí ni siquiera se pueden pensar tales cosas. No es igual que nosotros». Y como para apartarnos de expresar semejantes sentimientos, se retiraron un poco de la puerta y dijeron: «Puede mirar, si no habla»; y sabiendo que tales miradas no se permiten a menudo, miré con interés, y vi todo lo que había que ver.

El Gurú descansaba en el rincón del fondo; una rica seda púrpura, con oro entretejido en orlas y franjas, estaba echada sobre su vestido de asceta. También al fondo había una especie de altar, cubierto con un paño rojo, y sobre él numerosos candeleros y vasijas de latón, y en un estante pequeño encima, una hilera de pequeñas divinidades, algunos adornos de latón y flores.

A la izquierda de este altar había una silla de respaldo alto cubierta con una piel de ciervo; había cuadros de dioses y diosas por toda la habitación, sobre todo cerca del altar, y estaban los incensarios, rosarios e instrumentos musicales de costumbre, y estaba el loro.

El funcionario del Gobierno señaló hacia dentro y dijo, con aire de orgullo por todo aquello, y también con la certeza de que yo lo aprobaría: «Ahí lo tiene: ya ve cuánto se parece a sus iglesias; ¡al fin y al cabo no hay tanta diferencia entre ustedes y nosotros!».

¡No tanta diferencia! Hay una diferencia muy grande, le dije; y le pregunté dónde había visto una iglesia cristiana como aquella. Mencionó dos. Una era una capilla católica romana; la otra, una iglesia inglesa.

¿Qué podía decir? Llevan nuestro nombre; ¿cómo iba a entender él las divisiones que nos desgarran? —romanistas, ritualistas y protestantes—, ¿no nos llamamos todos cristianos?

Volví a mirar, y no pude menos que impresionarme por el parecido. El altar con sus latones, sus flores y sus candeleros, y el estantito encima; los cuadros de las paredes; la silla, tan parecida a la silla de ceremonia de un obispo; todo el ambiente del lugar, cargado de incienso, olía a Roma.

Él siguió explicándose, mientras yo estaba allí avergonzada. «Mire, ¿no tienen ustedes eso?», y señaló la construcción a modo de altar, con el paño rojo y las flores.

«En nuestra iglesia no tenemos nada parecido. Venga a verla; solo tenemos una mesa», le dije; pero él se rio y aseguró que lo había visto en otras iglesias, y que era igual que lo nuestro, «solo que el de ustedes tiene una cruz encima, y el nuestro tiene imágenes; pero ustedes se inclinan ante su cruz, así que debe de representar a una divinidad»; y, sin esperar respuesta, señaló después los cuadros.

«Se parecen mucho a los de ustedes, creo», dijo, solo que los de ustedes muestran a su Dios en una cruz, extendido y muriendo, así»— Y extendió los brazos, dejó caer la cabeza y dijo algo que no puede traducirse; y yo no pude mirar ni escuchar, sino que lo interrumpí con vehemencia:

«De veras, no tenemos tales cuadros; al menos nosotros aquí no los tenemos; pero aunque algunos muestren un cuadro así, ¿lo llaman alguna vez un cuadro de Dios? Solo dicen que es un cuadro de»— Pero él me interrumpió con impaciencia:

«¿Acaso no sé lo que dicen?». Y luego, con un toque de desprecio por lo que le pareció una excusa vacía de mi parte, añadió: «Nosotros también decimos lo mismo» (lo cual es cierto; ningún hindú inteligente admite que adora ídolos o imágenes; adora lo que esas cosas representan). «Su gente muestra sus símbolos», prosiguió, en el tono de quien pisa terreno firme, «exactamente como nosotros mostramos los nuestros. He visto a su Dios sobre una gran sábana, de noche; lo mostraban con una linterna mágica; y a veces lo hacen ustedes de madera o de latón, como nosotros hacemos los nuestros de piedra. El nombre puede cambiar, y la manera de hacerlo, pero la esencia de la cosa es la misma».

«Los mahometanos no muestran el símbolo de su Dios; pero nosotros sí, y también los cristianos. Por tanto, entre nosotros y los cristianos hay más en común que entre los mahometanos y nosotros». Esta fue la aportación de otro hindú a la discusión.

La silla sirvió entonces de texto. «Cuando su obispo recorre sus iglesias, ¿no se sienta en una silla como esa, apartado de la gente? Y de igual manera se sienta nuestro Gurú. Hay mucha semejanza. Además, ¿no se ponen de pie sus cristianos» —e imitó la actitud peculiarmente reverente que algunos adoptan en tales ocasiones— «justo como nos ponemos nosotros? ¿Y no se sienten bendecidos sus fieles por la presencia de los Grandes? ¡Oh, hay mucha semejanza!».

Le expliqué que todo aquello, aunque necio, no pretendía ser más que respeto, y que nuestros obispos no lo deseaban; a lo cual sonrió. Luego se extendió sobre lo que había visto en algunas de nuestras iglesias (probablemente estando de servicio como empleado del Gobierno): la ostentación, según le parecía, tan semejante a esta; la pompa, según la juzgaba, tan espléndida, como esta; las reverencias y postraciones, e incluso, por parte de quienes no hacían esas cosas, la evidente participación en todo aquel gran espectáculo. Y los otros hombres, que al parecer habían mirado por las ventanas y puertas abiertas, le daban la razón.

No es el primero que tropieza de esa manera; y mientras hablaba, recordé lo que una mujer mahometana le dijo a una amiga mía acerca de una de nuestras iglesias inglesas, vista a través de los ojos de su marido. «Ustedes tienen ídolos en su iglesia», dijo, «ante los que se inclinan en adoración». Se refería a los objetos que había sobre la mesa de la Comunión o encima de ella. Mi amiga le explicó que aquellas cosas no eran ídolos. «Entonces, ¿por qué se inclina su gente ante ellas?». ¿No había nada en esa pregunta?

A menudo nos preguntamos si en nuestra patria se comprende el rápido pero insidioso aumento del ritualismo en la India. En Inglaterra ya es bastante malo, pero en una tierra pagana y mahometana es, si cabe, peor; y lo peor de todo es su espíritu, o el espíritu de tolerancia hacia él, que va en aumento incluso en los círculos misioneros. Algunos de nuestros tamiles asisten al culto inglés en estas iglesias «avanzadas» cuando ha terminado su propio culto, y así se van familiarizando y aclimatando poco a poco a una atmósfera eclesiástica que les es ajena como miembros de una Sociedad protestante.

Recuerdo haber pasado una tarde de domingo con un digno pastor y su esposa, destinados en el lugar donde está la iglesia en la que, según los mahometanos, «se adora a los ídolos». Cuando sonó la campana para el culto de la tarde, él empezó a removerse como si quisiera que me marchara. Pero era demasiado cortés para decirlo, y el motivo no se me ocurrió hasta que entró su hijo con una Biblia inglesa y un Libro de Oración. El anciano se llevó la mano a la boca, a la manera de disculpa de los tamiles. «No hacemos caso de las partes necias del culto. Nos gusta oír el inglés. Por el inglés vamos».

«No se volvió hacia el Oriente, pero tampoco se quedó del todo de frente; se volvió solo a medias». Esto, de la esposa de un pastor, acerca de alguien a quien había estado observando durante una ceremonia de ordenación en la catedral inglesa. «Se volvió solo a medias». Así se describe la actitud mental nebulosa de muchos hoy. La India no tiene nuestro trasfondo histórico. Todavía no tiene un Libro de los mártires de Foxe. Quizá por eso su gente es tan indiferente en puntos que a nosotros nos parecen importantes. No han tenido que luchar por su libertad, al menos en el sentido en que lucharon nuestros antepasados; no hay sangre puritana en sus venas; y por eso están dispuestos a seguir la guía de casi cualquiera, con tal de que esa guía se dé con firmeza y constancia; lo cual, sin duda, debería hacer que los que tienen autoridad miren bien en qué manos ponen esa guía.

Pero el instinto natural del idólatra convertido está rotundamente en contra de la complejidad en el culto, y a favor de la sencillez. No quiere algo lo más parecido posible a su antigua religión, sino lo más distinto posible de ella; y así tenemos buen material de construcción a mano, y un fundamento ya puesto. «Pero cada uno vea cómo sobreedifica».

Espero que esto no suene poco amable. Reconocemos plenamente la sinceridad de quienes sostienen opiniones distintas, y su derecho a tenerlas; pero las convicciones son convicciones y, sin juzgar a los demás que discrepan, estas son las nuestras, y queremos que quienes en casa están con nosotros en estas cosas se unan para ayudar a contener la marea, que en la India ya ha subido mucho más de lo que quizá saben. Hacen falta hombres valientes, hombres con unas vértebras espirituales más desarrolladas de lo común en estos días tan acomodaticios, y necesitamos tales hombres en nuestra Iglesia nativa. Que Dios los cree; no son producto de los seminarios teológicos. Y que Dios libre a sus Misiones en la India de malgastar su tiempo, su dinero y sus hombres en el cultivo de lo que puede acabar evolucionando en algo que no sirva a la creación más que un nuevo género de medusa.

El funcionario del Gobierno y sus amigos seguían hablando entre sí: «¿No sabemos acaso lo que hacen los cristianos? ¿No tenemos oídos? ¿No tenemos ojos? Ellos lo hacen a su manera, nosotros a la nuestra. La cosa en sí es en realidad la misma. Sí, su religión es igual que la nuestra».

No podían ver la diferencia vital entre incluso las formas más viciadas del cristianismo y su propio hinduismo; había tantas semejanzas, y estas llenaban su visión mental en aquel momento. Difícilmente podía uno extrañarse de que no la vieran.

Se volvieron otra vez hacia mí, y con todo el vigor de lenguaje de que era capaz les dije que ni nosotros ni los que están con nosotros íbamos nunca a ninguna iglesia donde tuviéramos motivos para pensar que habría una exhibición de parafernalia eclesiástica. No creíamos que eso estuviera de acuerdo con la sencillez del Evangelio; y les dije cuán sencilla era en realidad la Verdad, pero no quisieron creerme. Lo que habían visto les había impresionado de un modo muy parecido a como impresionó al converso que describió así el culto de Confirmación: «Subimos y nos arrodillamos delante de un palo» (el báculo pastoral del obispo). Habían observado la inmensa atención que se prestaba a todas estas bagatelas sagradas, y naturalmente les parecieron esenciales al conjunto; parte de él, casi todo él, de hecho; e incluso donde el culto era en la lengua vernácula, su atención había sido completamente desviada de lo que se oía por lo que se veía.

Entonces pensé en la descripción de un culto cristiano primitivo tal como la da 1 Corintios. Allí la idea evidentemente era que, si un extraño entraba, o se asomaba, como tan a menudo se asoman aquí hindúes y mahometanos, entendiera lo que estaba ocurriendo; y que, redargüido de su pecado y su necesidad, fuera «convencido»; «y así, postrándose sobre el rostro, adorará a Dios, declarando que verdaderamente Dios está en vosotros». Comparen el efecto producido en la mente de estos hombres hindúes por lo que vieron de nuestros cultos con el efecto que el Espíritu Santo se proponía producir. ¿Podemos decir que hemos mejorado su modelo?

¡Oh, volver a la sencillez y al poder del Evangelio de Cristo! Entonces no haríamos rodar piedras de tropiezo como estas en el camino de nuestro hermano indio. ¡Oh, volver a los días del principio de los Hechos de los Apóstoles, a la oscuridad, y la pobreza, y el sufrimiento, y la vergüenza, y la total ausencia de toda gloria terrenal, y a ganar almas de una hechura distinta del tipo que ahora se tiene por suficientemente espiritual! ¡Oh, más de las señales del apostolado —cicatrices, y la cruz, la verdadera cruz, el vituperio de Cristo crucificado—, aquí nada de mitra, pero allá la corona!


Capítulo 28 completado

Desde el punto de vista hindú

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