Capítulo 27 · 18 min de lectura · 23 min de escucha
Bordeando el abismo
«Lo primero para todos nosotros es ver y sentir la gran necesidad, y crear entre el pueblo cristiano una conciencia sobre este asunto. Uno de los rasgos de este gran sistema es su secreto, su sutileza. Son tan pocos los que conocen los males del matrimonio infantil; está tan escondido en las vidas recluidas y en los hogares-prisión de la gente. Y los que pasamos más allá de esos velos y bajamos a esos hogares tendemos tanto a sentir que es cosa inevitable y que nada se puede hacer.»
Señora Lee, India.
HOY he ido otra vez a la Aldea del Gran Lago para intentar averiguar algo de nuestra niña. Fui a la escuela hindú que está junto al templo. El maestro es amigo nuestro, uno de los hombres respetables de la aldea de donde se llevaron aquella flor. Estaba ejercitando a los niños brahmanes, que en fila salmodiaban el poema que aprendían de memoria; pero los hizo callar al vernos llegar y nos invitó a entrar.
Le pregunté por la niña. Era verdad. Estaba en el templo, «casada con la piedra». Sí, era verdad que la habían llevado allí aquel día.
Le pregunté si la familia era pobre, pero él dijo: «No piense ni por un momento que la pobreza fue la causa. De ninguna manera. ¡Nuestra aldea no es pobre!». Y pareció bastante ofendido por la idea. Yo sabía que la aldea era bastante rica, pero había pensado que quizá aquella familia en particular fuera pobre y, por eso, se hubiera visto tentada a vender a la pequeña; pero él exclamó con mucho calor: De ninguna manera. La niña era pariente suya; ¡no había ninguna cuestión de pobreza!
Habíamos salido de la escuela y hablábamos en la calle, frente a la casa del templo. Yo la miré; él la miró. «Desde aquí, un pasaje ancho, liso, fácil, inofensivo, hasta el infierno»; él lo sabía bien. «Sí, es pariente mía», siguió, y explicó con todo detalle el grado de parentesco. «Su abuela, a quien usted sin duda recuerda, no es como las mujeres ignorantes de estos parajes. Tiene instrucción.» Y repitió otra vez, como deseoso de convencerme del todo de lo satisfactorio del trato: «Desde luego que no la vendieron. Es pariente mía».
¡Pariente suya! Y podía dar su clase fuera de esos muros, y saber lo que pasaba dentro, y no mover un dedo para impedirlo, por muy hindú instruido que sea. Yo no lo podía entender.
Parecía bastante preocupado por mi preocupación, pero explicó que desde hacía generaciones uno de aquella casa en particular había sido siempre consagrado a los dioses. La práctica no se podía defender; era la costumbre. Eso era todo. «Nuestra costumbre.»
A un tiro de piedra de su puerta hay otra niña que lleva una vida extrañamente antinatural, que a nadie le parece antinatural porque es «nuestra costumbre». Es muy pequeña y juguetona como un gatito. Sus bracitos suaves y redondos y sus manitas con hoyuelos no parecían hechos para un trabajo más duro que el juego, pero cuando la vi estaba machacando arroz, y se la veía cansada, como si echara de menos a su madre.
Mientras yo estaba con ella entró cojeando un hombre muy viejo. Estaba lisiado y se apoyaba con todo su peso, con ambas manos, en el bastón. Parecía también asmático, y tosía y jadeaba lastimosamente. Un viejo espectro, marchito y decrépito. La niña se puso de pie cuando él entró y se tocó el cuello, donde llevaba el símbolo del matrimonio. Entonces supe que era su marido.
«¡Cómo!
¿Sin sonrojarte al confesarlo? ¿Te atreviste a comprar
a una muchacha con edad de ser tu nieta, como a un buey o un asno?
¿Son mercancía la carne y la sangre? ¿Son un bien mueble el corazón y el alma?»
¡Sí! Como bienes muebles las venden al mejor postor. En esa subasta la casta va primero; después, la riqueza y la posición. Y se compra el bien mueble; el pedacito de carne y sangre que respira se convierte en propiedad; y el corazón vivo y palpitante de la niña puede ser pisoteado y aplastado en el fango y el barro de ese mercado, sin que a nadie le importe.
No hace mucho vino a refugiarse en nuestra casa una joven esposa. Tres veces había intentado matarse; al fin huyó a nosotros. Vino su marido. «Levántate, esclava», le dijo, mientras ella se acurrucaba en el suelo. No quiso moverse ni hablar. Entonces él hizo venir a la familia de ella, y fue como si un torrente contenido reventara de un corazón demasiado lleno. «Ustedes me dieron a él. Ustedes me dieron a él.» Las palabras volvían una y otra vez; en un arrebato de reproche les recordaba cómo, sabiendo qué clase de hombre era, se la habían entregado. Pero apenas podíamos seguirla: las palabras le brotaban con una emoción tan feroz mientras, con los ojos bañados en lágrimas y unas manos que lo decían todo con gestos, les suplicaba que no la obligaran a volver. Se lo prometieron y, creyéndoles, se volvió con ellos. El otro día, al pasar por la casa, alguien dijo: «Hermosa está ahí. Ahora la tiene encerrada en el cuarto del fondo». De modo que habían faltado a su palabra y la habían devuelto, cuerpo y alma, al poder de un hombre cuya crueldad es tan conocida que hasta los paganos lo llaman «demonio». ¿Qué será para su esposa?
Y si aquella pobre esposa, armada de valor por la miseria de su vida, se arriesgara a todo y apelara al Gobierno, la ley haría lo mismo que su familia: obligarla a volver con él, a cumplir un contrato que ella nunca hizo. ¿No es una vergüenza? ¡Oh!, ¿cuándo llegará el día en que cese este comercio de almas de niños? Sabemos que muchos maridos son bondadosos y muchas esposas están perfectamente contentas, pero a veces vemos a quienes no lo están, y no hay reparación.
Otra de nuestras niñas vendidas en subasta en la Aldea del Lago es una que solía ser una cosita preciosa, con una maraña de rizos y unos ojos castaños, alegres y traviesos. Pero eso fue hace cinco años. Entonces la vio un demonio con forma de hombre y ofreció a sus padres incentivos que acabaron en su boda con ella. Tenía nueve años.
Un año después la enviaron a casa de su marido. Sus motivos para casarse con ella eran del todo malvados, pero la niña sabía algo del bien y del mal, y se le resistió. Entonces él la arrastró a un cuarto interior, la sujetó, ahogó sus gritos y le metió un plátano en la boca. Estaba envenenado. Ella lo sabía y no se lo tragó entero. Pero lo que la obligaron a tragar la enfermó, y pasó días tendida, tan mareada y enferma que, cuando su marido la pateaba allí tirada, no le importaba. Al fin escapó y corrió a casa de su madre. Pero la ley estaba de parte de su dueño; ¿qué podía probar de todo esto, pobre niña? Y tuvo que volver con él. Después de aquello él logró su obra diabólica, y hoy esa niña está muerta a todo sentido del pecado.
¡Oh, hay cosas mucho peores que ver morir a una niña! Es peor verla cambiar. Ver cómo la inocencia se va de los ojos y lo infantil se convierte en maldad, y saber, sin poder impedirlo, exactamente lo que está pasando.
Ahora pienso en una de ellas. Tenía cuatro años cuando empecé a visitar la casa de su abuela. Ahora tiene seis, solo seis, pero su corrupción es casi completa. Es como si vieras una mano arrancar un capullo de rosa de su tallo, arrugarlo y estrujarlo, frotar su belleza rosada hasta hacerla pulpa, y luego dejarlo caer, y tú lo recogieras. Pero ya no es un capullo de rosa. ¡Oh, estas cosas, el conocerlas, es como un fuego metido en los huesos! Metido, porque uno no puede dejarlo salir todo: tiene que quedarse dentro y arder.
. . . . . . .
Los que no saben nada de los hechos sin duda criticarán. «No es cosa desconocida que haya personas que hagan de críticos aun siendo supremamente ignorantes del tema que critican.» Pero los que conocen bien la verdad de estas cosas saben que nos hemos quedado cortos, que por fuerza lo hemos suavizado con cuidado, porque no se puede escribir entero. No se podría publicar ni leer.
No se puede escribir ni publicar ni leer, pero, ¡oh, hay que vivirlo! Y lo que tú quizá ni siquiera puedas oír, tienen que soportarlo niñas pequeñas. Hoy hay en la India niñas-esposas de doce, diez, nueve y hasta ocho años. «¡Ah, quieren decir prometidas! ¡Otro caso de exageración misionera!» Queremos decir casadas.
«¡Pero la ley interviene, por supuesto!» Quizá hayas oído hablar de la ley que declara ilegal la vida conyugal antes de los doce años. Con referencia a esta ley, el honorable Manomoham Ghose, del Tribunal Superior de Calcuta, escribe: «Si el Gobierno piensa que el país aún no está preparado para una legislación como la que propongo» (con lo que se refiere a una legislación drástica), «solo puedo expresar mi pesar de que, al presentar el presente proyecto de ley, haya aplazado indefinidamente la introducción de una medida de reforma sustancial, que se necesita con urgencia».
Hay hombres y mujeres en la India para quienes muchos días son una pesadilla, y esta hermosa tierra un infierno, por lo que saben del mal que se está cometiendo. Porque eso es lo terrible. No es como la quema en vida de las viudas; no es un horror pasado. Sigue sin cesar, día y noche. La luz del sol, la luz de la luna y la oscuridad pasan, una cambiando en la otra; pero todo el tiempo que pasan, este Mal sujeta las horas con manos firmes y fuertes, y las usa para su propósito: el asesinato de niñas pequeñas. Mientras tanto, ¿qué podemos hacer tú y yo para apresurar el día de su fin? Los que saben pueden contar lo que saben, o cuanto de ello soporte ser contado; y los que no saben pueden creer que es verdad y, si tienen influencia en alguna parte, usarla; ¡y todos pueden interesarse y orar! Orar solamente no basta, pero ¡oh, que haya más oración verdadera! Jugamos a orar, y a interesarnos, y a venir; jugamos a hacer, si el hacer cuesta; jugamos a todo menos al juego. En eso sí somos serios. ¡Que Dios nos abra los ojos y nos convenza de nuestra falta de sinceridad! ¡Que queme lo superficial que hay en nosotros y nos haga intensamente serios! Y que Dios avive nuestra compasión, toque nuestro corazón y fortalezca nuestro brazo para lo que resultará una lucha desesperada contra «demonios coligados» con forma de hombres malvados, que hoy hacen la obra del diablo, marcando en almitas inocentes la marca misma del infierno.
He hablado de una, aquella niña que ahora tiene la mente tan corrompida como pueda tenerla una niña; es solo una entre tantas. Que hable una misionera médica.
«Hace unos días tuvimos aquí como paciente a una pequeña niña-esposa. Tenía diez u once años, creo; apenas una criaturita, que jugaba con una muñeca, y sin embargo degradada en su mente de un modo que no se puede nombrar. . . . Pero ¡oh, pensar en los cientos de niñas! . . . Me pone literalmente enferma. Hacemos lo que podemos. . . . Pero ¿qué podemos hacer? ¡Qué gota en el océano es!»
Donde van las líneas de puntos estaba escrito lo que no se puede imprimir. Pero tuvo que vivirlo, hasta el último detalle, «una criaturita de diez u once años».
Otro testimonio; estos son de una amiga que, aun escribiendo una carta privada, no puede decir ni la décima parte de lo que realmente quiere decir.
«Hace unos días la pequeña madre (una niña de trece años) lloraba amargamente en la sala. “¿Por qué lloras?” “Porque él dice que ahora soy demasiado vieja para él; dice que tomará otra esposa.” “Él” era su marido, “todo un muchacho”, que había venido al hospital a verla.»
El final de esa historia, que no se puede contar, lo está viviendo hoy mismo esa pequeña esposa de trece años. Y recuerda que trece años en la India equivalen apenas a once en nuestra tierra.
«Tenía catorce años», dijeron, «pero era una cosita tan diminuta que por su tamaño y desarrollo parecía de unos nueve años. . . . La pequeña madre quedó tan lastimada que nunca podrá estar bien en toda su vida. Entonces el marido volvió a casarse . . . porque la niña tenía la salud arruinada. . . .» Y, como antes, los puntos tienen que cubrir toda la larga miseria de aquella niña que «parecía de unos nueve».
«Vive cerca de aquí un hombre viejísimo con una pequeña esposa de diez u once años. . . . La hijita de nuestro cocinero actual, de nueve años, acaba de ser casada con un hombre que ya ha tenido dos esposas.» En cada uno de estos casos, como en cada uno de los que he mencionado, matrimonio significa matrimonio, no un simple compromiso, como tantos se imaginan ingenuamente. Precisamente hoy he sabido de una que murió en lo que la enfermera que la atendió describió como «pura agonía». Se había casado una semana antes. Tenía apenas doce años.
No decimos que esto sea universal. Hay muchas excepciones; pero sí decimos que los efectos de esta costumbre deben ser expuestos y no ocultados. Pongan en duda nuestros hechos; podemos probarlos. Hoy, mientras lo escribo; hoy, mientras tú lo lees, cientos y miles de pequeñas esposas están pasando por lo que hemos descrito. Pero «descrito» no es la palabra adecuada; indicado, diría yo, con la más tenue aguada de sepia donde lo que se quiere decir es negro como la pez.
Piénsalo, pues; no intentes escapar del pensamiento. Las mujeres inglesas saben demasiado poco, les importa demasiado poco; demasiado poco, con mucho. Piénsalo. Detente y piénsalo. Si es «penoso» pensarlo, y preferirías pasar la página y llegar a algo más agradable de leer, ¿qué será vivirlo? ¿Qué será para esas niñas, tan pequeñas, tan lastimosamente pequeñas y tan incapaces de soportarlo todo? ¿Qué será para estas criaturas infantiles seguir viviéndolo día tras día, sin nada, en algunos casos, que esperar hasta que la muerte bondadosa venga y abra la puerta, la única puerta temida de escape que conocen, y el cuerpecito torturado muera? Y alguien dice: «La muchacha ha muerto; lleven el cadáver al campo de cremación». Entonces lo levantan, quizá con delicadeza. ¡Pero oh, el alivio de recordarlo! Ahora ya no importa. Ya nada importa. Las pequeñas esposas muertas no pueden sentir.
. . . . . . .
Me pregunto si esto les toca a ustedes. Sé que no sé contarlo bien. Pero ¡oh, uno lo vive todo con ellas! He dejado de escribir una y otra vez, sintiendo que no podía seguir.
¡Madre, madre feliz! Cuando arropes a tu niña en su camita y sientas sus brazos rodearte el cuello y sus besos en tu mejilla, ¿pensarás en estas otras niñas? ¿Intentarás imaginar lo que sentirías si tu niña estuviera aquí?
¡Oh, la estrechas fuerte, muy fuerte entre tus brazos! El pensamiento es una picadura de escorpión en tu alma. La matarías, la ahogarías muerta entre tus brazos, antes que entregarla a eso.
Baja la luz y vente. Da gracias a Dios: está a salvo en su camita, mañana despertará a salvo. Ahora piensa un momento, con firmeza, en las que son las niñas de alguien, igual de queridas y dulces para ellos, y que necesitan tanto como esta niña tuya el cuidado más tierno.
Piensa en ellas. Intenta pensar en ellas como si fueran tuyas de verdad. Se parecen mucho a la tuya, en tantas cosas; solo que su futuro es distinto.
Oh, queridas madres, ¿les importa? ¿Les importa mucho, pregunto?
. . . . . . .
Pasamos junto al templo de vuelta a casa desde la Aldea del Lago. El gran portón estaba abierto, y los brahmanes y sus amigos entraban y salían ociosos, o se sentaban en el pórtico a charlar y reír juntos. Hablaban de nosotros al pasar. Sabían muy bien a qué habíamos venido y estaban contentos de que hubiéramos fracasado.
Funcionarios del Gobierno, graduados que hablan inglés, hindúes instruidos como nuestro viejo amigo el maestro, todos admitirían en privado que llevar a una niña al templo y «casarla» allí está mal. Pero muy pocos tienen mucho deseo de enderezar ese mal vergonzoso.
Hay miles de Esclavas de los dioses reconocidas en esta Presidencia. Con otros nombres existen por toda la India. Hay miles de pequeñas niñas-esposas; menos aquí que en otras partes, lo sabemos, pero muchas en todas partes. No sugiero ni por un momento que todas las niñas-esposas sean tratadas con crueldad, como tampoco quisiera que se pensara que todas las niñas están disponibles para el servicio de los dioses. Ni quisiera que se supusiera que nos asomamos a esta grieta del infierno todos los días. Se puede vivir años en el país y saber muy poco de ello. Los que trabajan en la medicina —¡Dios los ayude!— son los que más a menudo se ven obligados a mirar hacia abajo, y yo, que no soy médica, conozco infinitamente menos que ellos sus profundidades. Pero esto sí lo sé, y lo digo en serio, y lo digo con una intensidad que no sé cómo expresar: que esta costumbre del matrimonio de bebés y del matrimonio infantil, sea con dioses o con hombres, es una costumbre infame; que encierra posibilidades de mal, de un mal tan indecible, que las palabras que la describen solo pueden «bordear el abismo», y que en nombre de todo lo justo y de todo lo misericordioso debería ser barrida de la tierra sin un día de demora.
Miramos a nuestros hermanos indios. La India es tan inmensa que una voz que clama en el Norte apenas se oye en el Sur. Gracias a Dios por la una o dos voces que claman en el desierto. Pero hacen falta muchas voces, no solo una o dos. ¡Que clamen las muchas voces! Todo hombre que tenga corazón y voz para clamar debería clamar. Entonces todos los clamores que clamen por la tierra obligarán a los oídos sordos a oír, y a los cerebros torpes a pensar, y a las manos de la ley a actuar, y al fin se hará algo.
Pero «clamar» no basta ni con mucho. A ustedes, hermanos de la India, los miramos para que hagan. Adquieran convicciones sobre este asunto que los obliguen a hacer. Muchos pueden hablar y muchos pueden escribir, y más harán ambas cosas con los años, pero el meollo está en el hacer.
Solo Dios puede fortalecerlos para ello. El que puso su rostro como un pedernal puede hacerlos firmes y lo bastante valientes para poner su rostro como pedernal, hasta que se desaten las ligaduras de impiedad, se deshagan los haces de opresión, se rompa todo yugo y los oprimidos queden libres.
Costará. No puede menos que costar. Toda batalla del guerrero es con estruendo y con vestiduras revolcadas en sangre. Solo las batallas fingidas cuestan algo menos que sangre. Todo lo que vale algo cuesta sangre. «La afrenta ha quebrantado mi corazón.» Un corazón quebrantado sangra. ¿Es la afrenta de la batalla lo que temen? Ese temor los vencerá hasta que oigan la voz de su Dios que dice: «No temáis afrenta de hombre, ni desmayéis por sus denuestos. . . . ¿Quién eres tú para que tengas temor del hombre, que es mortal, y del hijo del hombre, que como heno será contado, y te has olvidado del Señor tu Hacedor?».
Este libro está pensado para nuestros compañeros de lucha en la patria, pero puede que vuelva a la India, y por eso hemos hablado con el corazón en la mano a nuestros hermanos indios de aquí. ¡Oh, hermanos, levántense y peleen en el Nombre de Dios; peleen con su poder hasta vencer, por estas niñas de su propia tierra, que nunca podrán pelear por sí mismas!
Y ahora los miramos a ustedes, los de la patria. ¿Orarán todos los que se compadecen de las pequeñas esposas por los hombres de la India? Oren por los que se esfuerzan sinceramente por librar la tierra de esta maldición vergonzosa. Oren para que el poder del brazo derecho de Dios los fortalezca para la lucha. Oren por todos los indecisos. «Estruendo de guerra en la tierra, . . . el Señor ha abierto su arsenal.» «Maldito el que detuviere su espada de la sangre.» Oren por resolución y por el valor de las propias convicciones. Hace falta.
Y con este fin oren para que el Espíritu de Vida venga sobre nuestros Colegios Misioneros y dé poderosa energía al Movimiento Misionero Educativo, para que los estudiantes hindúes sean ganados a una lealtad total a Cristo mientras son estudiantes, antes de que se enreden en la malla social del hinduismo. Y oren, se lo rogamos encarecidamente, para que los estudiantes cristianos se encuentren con Dios en el colegio y salgan fuertes para pelear contra este demonio que trafica con «esclavos y almas de hombres», y con las almas de niñas pequeñas.
Capítulo 27 completado
Bordeando el abismo