Las cosas como son
Pan, Pan ha muerto

Capítulo 25 · 19 min de lectura · 25 min de escucha

Pan, Pan ha muerto

«Si hay algo que refresca mi alma por encima de todo lo demás, es que contemplaré al Redentor gloriosamente triunfante en la consumación de todas las cosas.»

Henry Martyn, N. de la India.

«EN PARTE basado en una conocida tradición, mencionada por Plutarco, según la cual, a la hora de la Agonía del Salvador, un grito de “El gran Pan ha muerto” barrió las olas a oídos de ciertos marineros, y los oráculos cesaron.» Así reza la nota que encabeza uno de los poemas de Elizabeth Barrett Browning. Consultamos un diccionario clásico y allí encontramos la leyenda. «El Emperador lo creyó de buena gana, y se consultó a los astrólogos, pero estos no supieron explicar el significado de una voz tan sobrenatural.»

Pan, y con él todos los dioses falsos del mundo antiguo, mueren el día de la muerte de nuestro Salvador; así lo dice el poema:

«Dioses, en vano os conjuramos,—
¡no devolvéis ni voz ni señal!
Ni un devoto pudo aseguraros
siquiera una tumba para vuestra divinidad;
ni una tumba que muestre al pasar:
aquí yacen estos viejos dioses grises.
Pan, Pan ha muerto.»

Y sin embargo, ¿ha muerto? ¿Del todo?

. . . . . . .

Noche sin luna, y calurosa. Nuestro campamento está montado en la orilla occidental del río; dormimos. De pronto se oye justo afuera algo que suena como una explosión. Luego otra, y otra,—un estallido atronador,—luego un s-s-silbido, y ya estoy fuera de la cama, de pie en la arena; y por un momento estoy segura de que la tienda de la cocina está ardiendo. Entonces caigo en la cuenta, con esa lentitud con que uno cae en la cuenta de las cosas en plena noche: no son más que fuegos artificiales que lanza la gente de la fiesta. ¡Solo fuegos artificiales!

Pero me quedo mirando, y en la oscuridad todo parece mucho más grande de lo que es y mucho más terrible. Ahí está el brillo del agua, iluminada por las hogueras de la multitud en la orilla oriental del río. Ahí están las antorchas que se agitan inciertas, entrando y saliendo de la inmensa masa negra —negra aun en lo negro de la noche— donde está la gente. Ahí está el súbito estallido y el s-s-silbido de los cohetes que se lanzan hacia la noche y caen en lluvias de colores sobre la masa negra y sobre el agua; y ahí está el rugido ronco de muchas voces, mezclado con el balido de muchas cabras. Me quedo mirando, y sé lo que está pasando. Están matando esas cabras —treinta mil— matándolas ahora mismo.

¿Ha muerto Pan? . . .

Mañana, sol abrasador, sol implacable, que deja al descubierto todo lo que sucede. Cruzamos el lecho del río en nuestra carreta. «¡No mires!», dice mi compañera, y yo miro hacia otro lado. Luego nos separamos. Ella va entre las multitudes del lecho del río, donde el sol aprieta más, el aire está más corrompido y las escenas por todas partes son más repugnantes, y yo subo por la orilla entre la gente. Cada una lleva consigo a una Hermana tamil, y más abajo, río abajo, otro pequeño grupo de tres está trabajando. Siete en total, para decenas de miles. Pero esperamos que vengan más después.

Hemos quedado en encontrarnos junto a la carreta hacia las diez. Al carretero se le indica que se abra paso hasta un gran baniano cerca del templo. Él se esfuerza por subir a través de una maraña de carretas y encuentra un lugar en pendiente donde detenerse, al borde de la sombra del árbol.

A lo largo de toda la orilla están matando y desollando sus cabras. Miras a la derecha, y te tapas los ojos con las manos. Miras a la izquierda, y vuelves a hacerlo. Miras de frente, y ves una víctima desollada y extendida, colgada de la rama de un árbol. Cada raicilla colgante del gran baniano está cargada de horrores: todos muertos, por gran misericordia, pero horribles igualmente.

Habíamos creído que la matanza había terminado, o difícilmente nos habríamos atrevido a venir; pero los que ahora están ocupados en ello son recién llegados. Una se repite una y otra vez que una criatura sin cabeza no puede sentir nada, pero parece como si sintiera . . . sigue moviéndose. Apartamos la vista y seguimos adelante, intentando salir de ello,—¡pero treinta mil cabras! Se tarda mucho en salir de ello.

Vemos grupos de niños pequeños que observan el proceso encantados. No hay crueldad intencionada, porque el dios no acepta el sacrificio a menos que la cabeza se corte de un solo golpe, lo cual es un gran alivio para mí. Pero es de lo más repugnante y degradante. ¡Y pensar que a estos niños se les enseña a asociarlo con la religión!

Conmigo está una que antes disfrutaba de todo esto. Me cuenta cómo retorcía con sus propias manos el cuello de las aves hasta arrancarles la cabeza. Miro esas finas manitas morenas, unas manitas tan cariñosas, y apenas puedo creerlo. «¡Tú,—tú hacías algo así!», le digo. Y ella responde: «Sí; cuando llegaba el día de sacrificar a la divinidad de nuestra familia, mi hermanito sujetaba la cabeza de la cabra mientras mi padre se la cortaba, y yo retorcía la cabeza de los pollos. ¡Era mi placer!»

Seguimos subiendo por la orilla; siguen esas multitudes, y esas cabras muertas o a punto de morir. No podemos librarnos de ellas.

Por fin llegamos a un árbol en parte desocupado, pero, ¡ay!, no tiene hojas. A un lado, una reunión familiar come alegremente tras un resguardo de esteras. Un poco más abajo, unos parias regatean por las partes menos finas de la anatomía de la cabra. Envuelven esas cosas fibrosas en hojas y las meten en un pliegue de sus seeleys. A nuestros pies, un niño pequeño juega con la cabeza. Nos sentamos en la franja de sombra que proyecta el tronco del árbol y, agradecidas por tanto resguardo, invitamos a los que pasan a escuchar mientras cantamos. Algunos escuchan. Una vieja arpía que hace de carabina de una joven esposa de mirada viva arrastra a la muchacha hacia nosotras y se sienta. Nunca antes ha oído una sola palabra de nuestra Doctrina, y la muchacha tampoco. Luego vienen unos chicos, llenos de picardía y ganas de broma, y amenazan con armar un alboroto. Así que escogemos al más alborotador y le proponemos que mantenga el orden, cosa que hace con gran presteza, blandiendo una vara con muchísimo vigor contra cualquiera que parezca dispuesto a estorbar el buen desarrollo de la reunión.

Mi pequeña compañera les habla como solo puede hacerlo alguien que estuvo una vez donde ellos están. La escucho y anhelo tener la soltura de que ella dispone. «¿No hacéis esto y esto?», dice, nombrando justamente las cosas que hacen; «¿y no decís tal y tal cosa?» Se quedan mirándola, y luego: «¡Ah, ella fue una de nosotros! ¿Cuál es su casta? ¿Cuándo vino? ¿Dónde están su padre y su madre? ¿Cuál es su aldea? ¿No está casada? ¿Por qué no? ¿Y dónde están sus joyas?» Por encima de todo, todos lo preguntan a la vez: «¿Cuál es su casta?» Y lo adivinan, y probablemente aciertan.

Ustedes no pueden hacerse idea, a menos que hayan trabajado entre ellas, de lo difícil que es lograr que una mujer pagana escuche con plena atención durante diez minutos seguidos. Se distraen con facilidad, y hoy hay tantas cosas que las distraen que no escuchan muy bien. Además, dicen que están cansadas; la noche salvaje y tumultuosa ha hecho su obra. Ayer fue distinto; tuvimos buenas oyentes.

Como somos mujeres, y estamos solas entre semejante multitud de idólatras, no intentamos una reunión al aire libre, sino que simplemente nos sentamos tranquilas donde podemos y hablamos con quien logramos convencer de que se siente a nuestro lado. Los hindúes son mucho más seguros que los mahometanos; muy rara vez son groseros; pero hoy sabemos lo bastante de lo que está pasando como para mantenernos lejos de todos los hombres, si podemos. A nosotras no nos dirían gran cosa, pero podrían decirse bastante entre ellos que es mejor no decir.

Para cuando hemos reunido, retenido y luego tenido que soltar tres o cuatro de esos grupitos, ya es la hora del desayuno, y nos hace muchísima falta. Así que nos abrimos paso entre la multitud, metiéndonos bajo cobertizos de esteras y entre inmundicias indescriptibles, con montones de pieles a ambos lados, y sin saber apenas qué hay bajo cada palmo de arena de aspecto inocente; porque la gente entierra los desechos a la ligera, echando un puñado de arena sobre lo peor, y el sol se encarga del resto del saneamiento. Es bastante horrible.

Por fin llegamos a la carreta, ladeada sobre la orilla, y nos tomamos el desayuno como podemos, y descansamos unos minutos dichosos, en posturas de lo más incómodas, antes de zambullirnos otra vez en ese mar de sol y arena y animales, humanos y de los otros; y luego nos separamos, quedando en encontrarnos cuando ya no podamos más.

¿Ha muerto Pan? . . .

Mediodía, y más calor, mucho más calor que nunca. ¡Ay, cómo se apiña y empuja la gente, y mata y come, y entierra los restos! ¿Cómo pueden disfrutarlo tanto? ¿Qué placer pueden encontrar en ello?

Volvemos a aquella cinta de sombra. Ahora es una cinta más estrecha, porque el sol, ya en lo alto, proyecta la sombra de una sola rama en lugar del tronco, más ancho. Pero, tal como es, nos alegramos de ella, y de nuevo reunimos grupitos, y les hablamos, y cantamos.

Unas muchachas hermosas pasan muy cerca de nosotras, las únicas muchachas que se ven en todo el lugar. Aquí solo vienen niños pequeños y esposas; ninguna muchacha soltera decente. Una del grupo va vestida de blanco, pero la mayoría lleva púrpuras y carmesíes intensos. La muchacha de blanco tiene un aire cansado, otra vez la obra de la noche. Pero la mayor parte de la hermandad está bajo techo; por la tarde veremos más de ellas, dispersas entre la gente, haciendo la obra de su terrible amo. Estas pasan a nuestro lado sin hablar y se mezclan con la multitud.

Después de una hora en la franja de sombra, volvemos a subir despacio por la orilla y nos encontramos entre los alfareros, cientos y cientos de ellos. Cada familia compra una olla, y quizá dos o tres de distintos tamaños; así que hoy los alfareros hacen un buen negocio y no tienen tiempo libre para escucharnos.

Ahora hace muchísimo más calor, porque la arena ardiente y los miles de fuegos irradian oleadas de calor hacia arriba por el aire, ya sofocantemente caldeado. Pensamos en nuestras compañeras allá abajo en el lecho del río, que apesta a matanza y a guiso, una combinación de abominaciones que yo nunca antes había imaginado.

Miramos desde arriba un conjunto de techos de carretas. Las cubiertas de estera tejida de palma se amontonan en manchas pardas por toda la arena, y entre ellas se mueven las multitudes. No vemos a las demás. ¿Les habrá resultado tan difícil como a nosotras, nos preguntamos, encontrar a alguien lo bastante desocupado como para querer escuchar? Por fin llegamos al largo pasillo de piedra que conduce al templo. A ambos lados hay hileras de puestos, abiertos al aire pero resguardados del sol, y convencemos a una tendera amable de que nos deje meternos en su cobijo. Está cociendo tortas en el suelo. Nos deja entrar en un rincón vacío, de cara a las multitudes que pasan, y una o dos personas, y luego dos o tres, y así hasta formar todo un grupo, se detienen al pasar, se acuclillan a la sombra y escuchan un rato. Luego una anciana, de rostro viejo y despierto, compra una porción del Evangelio a mitad de precio y la dobla con cuidado en una esquina de su seeley. Otras dos o tres compran Evangelios, y todas quieren folletos. La tendera se inquieta un poco ante esta competencia de mercancías. Gastamos nuestros cuartos, producto de nuestras ventas, en sus tortas, y se apacigua. Pero alguna nueva atracción en la galería que conduce al templo dispersa a nuestro pequeño auditorio para reunirlo a su alrededor. La anciana explica que el Evangelio que ha comprado es para su nieto, un estudiante, nos dice, de cinco años, y se marcha a ver el nuevo espectáculo, y nosotras nos marchamos con ella.

Allí, en el primer puesto, entre la doble hilera de columnas, un hombre de pie sobre un banco hace girar por encima de su cabeza una especie de carraca chirriante. En el siguiente, otro grita para llamar la atención sobre sus relojes. Allí están, alineados en hilera sobre hilera, auténticos relojes «ingleses» de abejita laboriosa, haciendo tictac, como comenta un niño pequeño, como si estuvieran vivos. Luego vienen puestos de dulces, puestos de ropa, puestos de lámparas, puestos de fruta, puestos de libros, puestos de cerámica, y de vasijas de latón, y de joyería, y de cestería, y de cuchillería, y pulseras a carretadas, y medicinas, y esteras, y huchas, y cualquier cosa y todo lo que de cualquier clase pueda conseguirse aquí. En cada puesto hay un tendero. De vez en cuando alguno, como el de los relojes, se esfuerza por vender su mercancía; más a menudo holgazanea al más puro estilo oriental, y vende o no según lo que la fortuna decida por él, igualmente satisfecho con uno u otro decreto. Cómo viven siquiera los tenderos indios es siempre un misterio para mí. Casi nunca parecen hacer otra cosa que embobarse.

Sin cesar, en corrientes desordenadas pero perfectamente afables, la gente sube al templo o baja de adorar allí. Todos los que bajan llevan la frente untada de ceniza blanca. Aun aquí hay cabras; las van arrastrando, pobres bestias reacias, hasta los mismos escalones del santuario, para dedicarlas allí al dios que está dentro. Luego las arrastrarán, todavía reacias, alrededor de los muros del templo por fuera, y después las decapitarán.

Observo a un bebé que tira de una cabra con una cuerda atada al cuello. La cabra tiene cuernos, y espero a cada momento ver al bebé corneado. Pero a la cabra nunca parece pasársele por la cabeza hacer nada tan agresivo. Eso sí, tira, y el bebé tira, hasta que un adulto acude en ayuda del bebé, y los tres suben a trompicones hasta el santuario.

Ahora estamos de pie en un puesto vacío, un poco apartadas del gentío. Al lado hay un surtido de pequeños folletos tamiles de colores maravillosos, en los que predominan el naranja y el verde. En el rincón hay un barril vacío; nos sentamos en él y empezamos a leer de nuestro Libro. Esto desvía la corriente, y tenemos otra oportunidad.

Pero hace cada vez más calor, y nos entra tanta sed, y anhelamos un trago de agua de coco. Beber eso siempre es seguro. Sin embargo, no hay cocos, y no tenemos dinero. Entonces un hombre que vende suero de leche del país se va abriendo paso entre la apretura, y nos damos cuenta de que, de todas las cosas del mundo, lo que más ansiamos es un trago de suero de leche. El hombre se detiene frente a nuestro puesto, sirve una taza de ese precioso líquido y, al ver la sed en nuestros ojos, supongo, nos ruega que bebamos. Le explicamos nuestra situación sin un céntimo. «Compre nuestros libros, y nosotras compraremos su suero de leche», pero él no quiere nuestros libros. Entonces lamentamos haber malgastado nuestros cuartos en aquellas tortas imposibles. El hombre del suero propone fiarnos el dinero; seguro que volverá a encontrarse con nosotras. Es un hombre de buen corazón; pero las deudas son pecado; no es probable que volvamos a verlo. El hombre del suero lo piensa. Es pobre, pero nosotras tenemos sed. Dar de beber al sediento es un acto de mérito. Los actos de mérito resultan útiles, tanto en este mundo como en el venidero. Sirve una taza de suero de leche (la primera la había devuelto a la vasija cuando le mostramos las manos vacías). Dudamos; él es pobre, pero nosotras tenemos muchísima sed. El tendero de al lado lee nuestro corazón y le arroja medio penique al hombre del suero. «¡Ahí tienen!», dice, «¡beban hasta donde les quepa!», y bebemos. Es una sensación cómica estar en deuda con un vendedor de pequeña literatura tamil de dudosa índole; pero de verdad ya no estamos para sutilezas. Nunca supo tan bien el suero de leche; entre las dos nos tomamos tres vasos de latón, y sentimos que la vida vuelve a merecer la pena. Le damos al buen librero libros de sobra para cubrir su medio penique, y para complacernos los acepta; pero como en realidad no los necesita, sin duda el mérito que ha adquirido se cuenta como intacto, y nos despedimos como excelentes amigos.

Y ahora la multitud que sube al templo se hace más densa a cada momento. Aquí está representada toda forma imaginable de devoción, y también todo tipo imaginable de adorador. Algunos son reverentes, otros desenfrenados, algunos fervorosos, otros descuidados, sobrecogidos, excitados, pero lo más corriente es que sean perfectamente frívolos; sin cesar siguen fluyendo.

Dejo a mi Hermana tamil a salvo con otras dos junto a la carreta. Pero la compañera con la que he de encontrarme de nuevo en esa misma carreta en algún momento de hoy no ha aparecido. Así que me voy sola a hacer otro intento, atraída por la vista de esa corriente, y me dejo llevar por ella, y quedo atrapada en ella y arrastrada hacia arriba, arriba, hasta que estoy dentro del muro del templo, una más en una corriente de hombres y mujeres que suben en tropel al santuario. Por fin llegamos. Está oscuro; apenas distingo una reja de hierro engastada en la oscuridad, con una luz en algún lugar detrás, y allí, de pie en los mismos escalones de la silla de Satanás, hay un único minuto de oportunidad para dar testimonio de Cristo. La gente está toda postrada rostro en tierra en el polvo y la apretura, y durante ese único minuto escuchan, asombrados de oír una voz así aquí dentro; pero no convendría quedarse, y, antes de que tengan tiempo de decidir qué pensar de ello, me atrapa otra corriente que gira hacia la derecha, y me encuentro en un lugar más tranquilo, una especie de remanso en el borde exterior del remolino, donde la adoración es menos intensa y muchísimas mujeres están sentadas chismorreando.

Allí, sentada en el suelo junto a uno de los santuarios menores que se agrupan alrededor del mayor, tengo una oportunidad como nunca esperé tener; porque las mujeres y los niños están tan asombrados de ver una cara blanca aquí dentro que echan por la borda toda reserva y se agolpan a mi alrededor, preguntándome cómo he entrado. Porque los templos indios son sagrados para los indios; ningún extranjero puede cruzar los muros hasta el centro del santuario; además, nosotros nunca vamos a los templos a ver las partes que están abiertas a la vista, porque sabemos el tropiezo que esas visitas turísticas suponen para los hindúes. Todo esto lo saben las mujeres, porque todo lo que un misionero hace o deja de hacer lo observa esta gente tan observadora, y lo comenta en privado. Ahora, mientras se reúnen a mi alrededor, les digo por qué he venido (cómo entré no sé explicarlo, a menos que fuera, como declararon las mujeres, que con un seeley una no llamaba la atención), y ellas me hacen confidencias y me cuentan la verdad sobre sí mismas, que es lo último que suelen contar, y eso me parece extraño; y escuchan espléndidamente, y escucharían tanto tiempo como yo me quedara. Pero no es prudente quedarse demasiado, y me meto otra vez en la corriente, que todo este tiempo ha seguido fluyendo alrededor del bloque interior del templo, y soy arrastrada con ella mientras vuelve y sale.

Y al salir, todavía en esa corriente, advierto que el recinto del templo está atestado de toda clase de mercancías, puestos de todo tipo, igual que afuera. Vendedores de todo, desde ollas de barro hasta joyas, recorren el lugar pregonando su mercancía, como si estuvieran en un mercado; y justo en medio de ellos sigue la adoración en los distintos santuarios y ante los distintos ídolos. Ahí está, mercado y templo, como en los días de nuestro Señor; ninguno parece estorbar al otro. Nadie parece ver nada incongruente en un hombre postrado ante una piedra colocada detrás de un montón de pulseras de cristal. Y cuando alguien se echa de pronto al suelo, y a veces con reverencia, frente a un puesto de roscas de tortas aceitosas, nadie ve en ello nada extraordinario; saben que hay un dios en algún lugar al otro lado de las tortas.

Adelante y afuera, por el pasillo de cien columnas, todo de piedra: piedra el suelo, las columnas, el techo; adelante y afuera, al resplandor y a la vista de las cabras otra vez. Pero ahora apenas las ve una, porque entre ellas y los ojos parecen interponerse las cosas que vio dentro: aquellos hombres y mujeres, cientos de ellos, adorando lo que no es Dios.

¿Ha muerto Pan? . . .

¡Pan ha muerto! ¡Oh, Pan ha muerto! Porque, más claro que la vista de aquella multitud idólatra, vi esto —lo había visto dentro de aquellos muros del templo—: un montón de viejos dioses muertos. Estaban arrinconados en un rincón, detrás del santuario central: dioses de piedra, meros tocones sin cabeza; dioses de madera con los miembros cercenados; dioses de barro, meros terrones; mutilados y abandonados, viejos dioses gastados. ¡Oh, la adoración que en otro tiempo se ofreció a aquellas cosas rotas y maltrechas! ¡Ya nadie las adora! Durante cinco minutos enteros me había quedado sentada mirándolos—

«¡Dioses despojados, dioses rezagados,
con vuestras púrpuras desgarradas!
¡Dioses sin corona y profanados,
desheredados del trueno!»

Había guirnaldas marchitas a los pies de algunos de los ídolos cercanos; había guirnaldas frescas alrededor del cuello de otros. No había guirnaldas en este rincón de dioses muertos. Miré, y miré, y volví a mirar. ¡Oh, había profecía en ello!

Y al salir entre la gente viva, la vista de aquel cementerio de dioses muertos me acompañaba sin cesar, y el canto de triunfo que cantó la profetisa de Dios se cantaba a sí mismo a través de todo mi ser: ¡Pan ha muerto! ¡Del todo muerto!

«Era la hora en que Uno en Sion
pendía de una cruz por amor;
cuando su frente se helaba al morir,
y su alma desfallecía de pérdida;
cuando su sangre sacerdotal caía gota a gota,
y sus ojos de rey miraban hacia el trono—
entonces, Pan murió.

«Por el amor en que estuvo solo,
su única Deidad se alzó completa,
y los falsos dioses cayeron gimiendo,
cada uno de su asiento de oro;
todos los falsos dioses con un grito
entregaron su deidad—
Pan, Pan murió.»


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