Capítulo 24 · 13 min de lectura · 17 min de escucha
Detrás de la puerta
«Cuando se sabe que alguien está considerando la nueva Religión, todos sus parientes y conocidos se levantan en masse; de modo que conseguir un nuevo converso es como arrancarle el colmillo a un tigre vivo.»
Adoniram Judson, Birmania.
TODO misionero que haya desesperado de dar con una imagen lo bastante viva para mostrarles cómo es realmente la obra entre los mahometanos y los hindúes de casta apreciará este símil. Al volver de Dohnavur encontramos que las aldeas de esta comarca oriental, cerradas durante tanto tiempo, se habían abierto de nuevo, y la gente estaba dispuesta a dejarnos enseñar a las niñas y a las mujeres. Esto duró dos meses, y entonces se supo que tres muchachos, de tres castas distintas, estaban indagando acerca de la fe. Al instante la noticia corrió por todas las aldeas. En vano les dijimos que nosotras (las obreras) ni siquiera habíamos visto nunca a esos muchachos, y que en nada habíamos influido en ellos; la gente sostenía que, fuéramos o no personalmente responsables, el libro que enseñábamos a las niñas era el mismo que aquellos muchachos habían leído (un hecho innegable); que su veneno entraba por los ojos, subía al cerebro, bajaba al corazón y luego arrancaba al lector de su casta y de su religión; y que, por tanto, ya no se nos podía tolerar ni en las calles ni en las casas; y así nos echaron.
En una aldea donde viven muchos parientes de uno de estos tres muchachos, el tigre gruñó bastante. Una vieja furiosa nos llamó «robaniños y vendedoras de polvos», y serpientes blancas de la especie de la cobra, y cierto género de lagartija que, cuando se la pisa, no hace más que retorcerse y no hay manera de convencerla de que se muera (esto se refería a nuestra persistencia en el mal), y muchísimas cosas más. Las mujeres se plantaron en la calle en grupos desafiantes y no nos dejaron acercarnos lo bastante para explicarnos. Los hombres, sentados en la parte delantera de las galerías, sonreían, afablemente superiores a las tonterías infantiles que decían las mujeres, pero no intervinieron.
Las aldeas como esta —y la vieja India está hecha de aldeas así— están muy lejos de la influencia de los pocos centros ilustrados que existen. Madrás no es para ellas más que un nombre, a unas cuatrocientas millas de distancia, un lugar donde las nociones de casta son muy laxas y la gente anda revuelta y mezclada de la manera más impropia.
La educación, o el «Saber», como ellos la llaman, les parece algo excelente para los muchachos que quieren abrirse paso, ganar dinero y hacerse ricos. Pero para las niñas, ¿de qué puede servir? ¿Pueden ellas aprobar exámenes y entrar al servicio del Gobierno? Si respondieras a esta pregunta, solo conseguirías asquearlos. Además hay un sentimiento latente, bastante común en estas viejas familias de casta, de que es más bien infra dig. que sus mujeres sepan demasiado. Puede estar muy bien para quienes no tienen pretensiones de grandeza; quizá ellos necesiten una escalera para subir en la escala social; pero nosotros, que ya estamos en la cima, ¿para qué la queremos? «¿Acaso no tienen nuestras hijas su casta?» Este sentimiento va desapareciendo en las ciudades, pero las aldeas resisten más.
En aquella aldea en particular teníamos algunas niñas encantadoras que se estaban entusiasmando mucho, y era tan duro marcharse y dejarle el campo al diablo como vencedor indiscutible, que envié a una de nuestras obreras a intentarlo de nuevo. Es una mujercita valiente, pero incluso ella tuvo que batirse en retirada. No quieren saber nada de nosotras.
Aquel día seguimos hasta una aldea donde apenas una semana antes nos habían escuchado espléndidamente. No tenían tiempo; era la temporada de más trabajo. Luego fuimos a un pueblo más allá, pero allí no había nada que hacer. Así que fuimos a ver a nuestro amigo, el querido anciano evangelista de aquel lugar, el viejo ciego. Él y su esposa son luces en ese pueblo oscuro. ¡Qué reconfortante es pasar media hora con dos buenos y auténticos cristianos ancianos después de un tira y afloja con los paganos! No tienen idea de que te están ayudando, pero lo hacen, y vuelves a casa muchísimo más feliz por haberlos visto.
Al volver a casa casi nos asaltó una turba. En otros tiempos las turbas eran allí cosa corriente. Es un pueblo de mercado rudo, y la gente, después de que llegaron los primeros convertidos, solía abuchearnos por las calles, arrojarnos puñados de arena y echarnos ceniza en el pelo. En teoría esto me gusta mucho, pero en la práctica nada en absoluto. Los gritos de la multitud, hombres sobre todo, no son corteses; los ladridos de los perros, azuzados por espectadores solidarios; el resplandor nauseabundo del sol y el reflejo cegador de las casas; el polvo que te ciega los ojos y la extraña sensación de la ceniza bajándote por el cuello; sobre todo, la sensación de que todo esto no sirve absolutamente de nada —porque no es persecución (nada tan heroico), y no terminará en martirio (tales honores no se cruzan en nuestro camino)—; todo este alboroto y todos estos sentimientos, unos encima de otros, se combinan para que el acoso de una turba resulte menos interesante de lo que cabría esperar. Aguantas, y alzas los ojos pidiendo paciencia y buen humor y otras gracias comunes por el estilo, y oras para no caer con fiebre mañana —porque la fiebre tiene la costumbre de detener el trabajo—, y sales de todo ello lo más rápido que puedes, sin mostrar una prisa indebida. Y luego, aunque poco lo saben ellos, vas y recibes un nuevo bautismo de amor por todos ellos.
Pero ¡con cuánto gusto pasaría uno por semejantes nimiedades nada románticas cada hora de cada día, si tan solo al final pudiera entrar en los corazones y en los hogares de la gente! Tal como están las cosas, por ahora nuestro pesar es que no podemos. Sabemos de varias personas que nos desean, y se nos cierra el paso hacia ellas.
Una es una joven esposa que nos vio un día junto al agua y nos pidió que fuéramos a enseñarle. Por haberlo hecho la golpearon públicamente aquella misma tarde en plena calle, un hombre, delante de otros hombres; así que, por miedo a lo que le harían, no nos atrevemos a acercarnos a la casa. Otra es una viuda que ha gastado toda su fortuna en construir una casa de reposo para los brahmanes, y que no ha encontrado el Reposo. Escuchó una vez, con demasiado interés; no se le ha permitido volver a escuchar. ¡Oh, cómo muerde ese tigre!
Al lado vive una niña por la que hemos orado durante tres años. Era una niña cariñosa y apegada cuando la conocí entonces, la pequeña Oro, la de los ojos serios. Aquel último día que la vi, puso sus manos en las mías, sin importarle la contaminación; «¿No somos de una misma casta?», dijo. Yo no sabía que sería la última vez que la vería; que la próxima vez que le hablara solo vería su sombra en la oscuridad; y uno desearía ahora haberlo sabido: ¡cuánto le habría dicho! Pero entonces la casa estaba abierta, y todas las casas lo estaban. Luego la primera muchacha convertida, después de dar valiente testimonio en su casa, se declaró cristiana. La gente de su casta quemó la pequeña escuela de la Misión —una escuela de niños— y escribió con tiza sus opiniones en las paredes chamuscadas. Quemaron la casa de la lectora bíblica y una escuela a dieciséis millas de allí; y la comarca se cerró, cada pueblo y cada aldea, como si toda ella fuera una sola puerta, con el diablo al otro lado.
Pero algunas de las niñas que estaban detrás de la puerta lograron enviarnos mensajes. Oro era una de ellas. Tenía tantos deseos de volver a vernos que nos rogó que fuéramos a intentarlo. Lo intentamos; nos encontramos con la madre fuera y le pedimos que nos dejara entrar. Es una vieja dura, con ojos como trozos de hielo negro, hundidos en la cabeza. Nos dejó heladas, y se negó.
Después supimos cuál había sido el castigo de la niña. La llevaron al agua y la hicieron entrar. Ella se quedó temblando, con el agua hasta la cintura, sin saber qué pensaban hacer. Entonces le sujetaron la cabeza bajo el agua hasta que hizo alguna señal de que cedería. Entonces la soltaron, le frotaron ceniza en la frente, señal de retractación, y la llevaron de vuelta sollozando, pobre niña. No está hecha de madera de mártir; solo se sentía desdichada. Durante algunos meses no supimos nada de ella. Solíamos ir a la casa de al lado y convencer a la gente de que nos dejara cantarles. Cantábamos para Oro; pero nunca supimos si nos oía.
Una tarde, cuando dos de nosotras volvíamos tarde del trabajo, una mujer pasó a nuestro lado y me dijo apresuradamente: «Ven, ven pronto, y sola. ¡Es Oro quien te llama! ¡Ven!». La seguí hasta la casa. «Soy la hermana casada de Oro», me explicó. «Siéntate fuera, en la galería, junto a la puerta, y espera a que salga la niña». Luego entró, y yo me quedé sentada, quieta, esperando.
Aquellos minutos fueron como latidos del corazón. ¿Qué estaba pasando dentro? Pero al parecer la madre no estaba, porque pronto la puerta se abrió suavemente, una sombra se deslizó afuera, y supe que debía de ser Oro. Se dejó caer de rodillas en la pequeña y estrecha galería, al otro lado de la puerta, y se arrastró hasta el extremo más alejado, y entonces ya solo pude distinguir una forma oscura en la oscuridad. Durante unos cinco minutos no vino nadie excepto la hermana, que se quedó a la puerta vigilando. Y durante esos cinco minutos una podía hablar con toda la libertad con que se puede hablar a una forma que apenas se ve, que no hace ninguna señal y no dice palabra. ¡Cinco minutos enteros! ¡Cómo se valoraba cada instante! Luego llegó un hombre y se sentó en la galería. Debía de ser un pariente, porque no tenía intención de irse. Yo deseaba que se fuera. Era imposible hablarle a ella por encima de él sin hacerle saber que ella estaba allí; así que había que hablarle a él, pero para ella, y ni siquiera eso podía durar mucho. Aquí el anochecer pronto es noche cerrada; tuvimos que irnos. Al marcharnos miramos atrás y lo vimos todavía montando su guardia inconsciente sobre la niña en su escondite.
En la India no hay secretos. Se supo que habíamos estado allí, y aquella madre severa castigó a su hija; pero cómo, nunca lo supimos.
Si alguno nos culpa por haber ido siquiera, recuerde que uno de los pequeñitos de Cristo tenía sed y tendía la mano pidiendo un vaso de agua fría. No creo que hubiéramos podido dejar vacía esa mano.
Después de aquello no supimos nada durante un año; luego un anciano a quien habíamos ayudado, y que esperaba que tuviéramos intención de ayudarlo más, vino una tarde a decirnos que pensaba liberar a Oro. Todo se haría en secreto, y se haría aquella misma noche. Le dijimos que no podíamos tener nada que ver con su plan, y le explicamos por qué. «Pero», objetó, «¿qué locura es esta? Yo creía que ustedes los cristianos ayudaban a las muchachas pobres, y esta desde luego quiere venir. Es mayor de edad. Este es el momento. Si esperan, nunca la tendrán». Sabíamos que esto era más que probable; rechazar su ayuda era como girar la llave y encerrarla, cuerpo y alma, en una prisión —un pensamiento terrible para mí, al recordar a Tesoro—. Pero no había otra cosa que hacer; y después, cuando supimos quién era y cuáles eran sus verdaderas intenciones, dimos gracias por haberlo hecho. Nos miró con curiosidad al marcharse, como si nuestra manera de ver las cosas le pareciera extraña; y nos rogó que nunca dijéramos una palabra de lo que nos había contado. Nunca lo hicimos, pero de algún modo se filtró, y poco después enfermó y murió de repente. Su cuerpo fue quemado antes de dos horas. Las autopsias son raras en la India.
Pasó otro año de silencio en cuanto a Oro. ¡Cuántas veces bajamos por la calle y miramos hacia su casa, con la puerta casi siempre cerrada y aquella madre de ojos helados montando guardia! Solíamos verla ir de un lado a otro, nunca lejos de la casa. Cuando la veíamos, la saludábamos con un salaam; entonces ella nos lanzaba una mirada torva y nos daba la espalda. Una vez toda la familia fue a una fiesta; pero a la muchacha, por supuesto, la metieron y sacaron a empujones de un carro cubierto, y nadie la vio, ni siquiera los vecinos de al lado. Se habló de casarla. La mayoría de las muchachas de su casta se casan mucho más jóvenes; pero, para nuestro alivio, aquello no prosperó, y una vez una de nosotras la vio un momento, y todavía parecía tener interés en escuchar, aunque para entonces estaba demasiado acobardada para mostrarlo.
Luego oímos el rumor de que algunos de nuestros cristianos habían visto a una muchacha de la Aldea del Lago en un bosque cerca de una aldea a cinco millas de distancia. Estos cristianos son muy decididos y celosos por los convertidos, y lograron averiguar que la muchacha del bosque tenía cierta idea de hacerse cristiana, y que su presencia allí tenía alguna relación con ello, así que nos lo dijeron enseguida. La descripción coincidía con Oro. Pero no podíamos explicarnos que a una muchacha de su casta se la viera en un bosque; siempre la tenían recluida. Por fin descubrimos la verdad. Había mostrado alguna señal de un amor persistente por Cristo, y su madre la había llevado a un famoso asceta brahmán que vivía en aquel bosque; y allí, juntas, madre e hija se quedaron en una choza cerca de la choza del ermitaño, y durante tres días él se dedicó a confundirla y desconcertarla, y finalmente lo consiguió, y declaró que estaba convencida.
Oímos todo esto, y nos entristecimos, y nos preguntamos cómo lo habían hecho. Nunca lo supimos todo, pero supimos de un engaño que practicaron con ella, apelando, como tan a menudo hacen, a la imaginación oriental, que encuentra una satisfacción tan sólida en lo sobrenatural. Nada convence tanto como una visión o un sueño; así que se le apareció una visión: una encarnación, le dijeron, de Siva, en la forma de Cristo. Siva y Cristo, pues, eran uno, como tantas veces le habían asegurado: una sola identidad bajo dos nombres. El hinduismo está atestado de encarnaciones; esto no presentaba ninguna dificultad. Como el viejo monje, la niña desconcertada buscó la señal de los clavos y de la lanza. Sí, allí estaban, marcadas en las manos y el pie y el costado. Debe de ser difícil desconfiar de la propia madre. Oro todavía confiaba en la suya. «¡Escucha!», dijo la madre, y la visión habló. «Si la palabra de los cristianos es verdadera, volveré dentro de veinticuatro días; si la palabra de los hindúes es verdadera, no volveré». Entonces, hora tras hora, durante aquellos veinticuatro días, tejieron sus redes en torno a ella, redes de un sofisma asombroso que han enredado cerebros más agudos que el suyo. Quedó enredada. Los veinticuatro días hicieron su obra. El vigesimoquinto rindió su voluntad. Así ganaron la madre y el brahmán.
Estas cartas están escritas, como saben, con un propósito definido. Intentamos mostrarles lo que ocurre detrás de la puerta, la mismísima puerta de la fotografía, figura de todas las puertas, para que, viendo lo que hay detrás, puedan comprender con qué ferocidad muerde el tigre.
Capítulo 24 completado
Detrás de la puerta