Capítulo 23 · 8 min de lectura · 10 min de escucha
Lo diabólico divinizado
«Después de los sacrificadores, ellas (las mujeres del templo) son las personas más importantes del templo. Que un templo destinado a ser lugar de culto, y frecuentado por cientos de hombres y mujeres de corazón sencillo, esté tan contaminado, y eso en nombre de la religión, resulta casi increíble; y que los muchachos indios lleguen a hombres acostumbrados a ver la inmoralidad amparada en estos templos bajo un manto divino hace que nuestro corazón enferme y desfallezca.»
Sra. Fuller, India.
PERDONEN el título de este capítulo. No puedo escribir otro. A veces las anchas y lisas llanuras de la vida se ven atravesadas por una grieta negra y dentada, abierta, según parece, por un estallido de la fuerza ígnea que hay debajo. De repente nos encontramos al borde mismo; se abre justo a nuestros pies.
Hoy vinieron a vernos dos muchachas; hermanas, pero afinadas en tonos distintos. Una era bastante corriente, una chica alegre con muchas joyas y una cara risueña y satisfecha. La otra era de una fibra más fina; la mirabas como mirarías las tapas de un libro, preguntándote qué habría dentro. Las dos estaban casadas; ninguna tenía hijos. Esta era la única pena que la menor había tenido jamás, y no parecía pesarle mucho.
La mayor parecía haber olvidado cómo se sonríe. A veces, cuando la otra reía, se le iluminaban los ojos un instante, pero la sombra en ellos se ahondaba casi antes de que llegara la luz; grandes ojos castaños, suaves, llenos de esa mirada muda que tienen los animales cuando sufren.
Yo conocía su historia y lo entendía. La prometieron siendo una niña de cuatro años a un muchacho bastante mayor que ella; un muchacho entrañable, dicen que era, generoso y franco. Los dos, por supuesto, pertenecían a la misma casta, la de los vellalar, y habían sido criados con todo esmero.
En el sur de la India ninguna ceremonia de importancia se considera completa sin la presencia de «las Siervas de los dioses». Son muchachas y mujeres que pertenecen al templo (es decir, que pertenecen a los sacerdotes del templo), y que, como nunca se casan, «salvo con el dios que nunca muere», nunca pueden quedar viudas. De ahí lo propicio de su presencia en esponsales, bodas, fiestas de toda clase y hasta en funerales.
Pero este grupo de vellalares, como clan, se había elevado por encima de la superstición popular, y no se permitía que la presencia desmoralizadora de esas mujeres profanara ni los esponsales ni la boda de ningún hijo de la familia. Así que el muchacho y la muchacha crecieron tan limpios como pueden crecer los hindúes. Sabían lo que pasaba en otros hogares, pero su clan era grande, encontraban su trato dentro de él y apenas se cruzaban con otros.
Poco antes de su boda, el muchacho fue a adorar al gran templo junto al mar. Había oído hablar de su santidad toda la vida, y de pequeño había ido a menudo con sus padres en peregrinación allí, pero ahora iba a adorar. Tomó su ofrenda y fue. Volvió una y otra vez. Todo lo que veía allí era religión; todo lo que hacía era religioso. ¿Podía haber algún mal en ello?
Se casó; su pequeña esposa se fue con él confiada. Sabía de él más de lo que la mayoría de las novias indias saben de sus maridos. Había oído que era cariñoso, y pensaba que sería bueno con ella.
Pasaron uno o dos años, y el rostro de la niña tenía una expresión que hasta los descuidados notaban, pero ella nunca decía nada que les diera la clave. Fue a pasar unas semanas a casa de su padre, y vieron el cambio, pero ni siquiera a ellos quiso hablarles.
Luego las cosas empeoraron. La muchacha adelgazó, y los vecinos murmuraban, y el padre se enteró y comprendió; y, para evitar el escándalo, se los llevó de la ciudad donde vivían e hizo todo lo posible por darles un nuevo comienzo en un lugar donde no los conocieran. Pero los anillos de aquella serpiente del pecado divinizado se habían enroscado en el muchacho, cuerpo y alma; no podía escapar de ella.
Se mudaron de nuevo a otra ciudad; aquello lo siguió hasta allí, porque allí había un templo, y un templo significa eso.
Entonces se apoderó de él el demonio de la crueldad; bebía, cosa vergonzosa en su casta, y luego sujetaba a su pequeña esposa contra el suelo, le metía un trapo en la boca, y le pegaba, y la pateaba, y la pisoteaba, y le arrancaba las joyas de las orejas. Los vecinos lo veían y lo contaban.
Después se negó a darle dinero, y ella fue muriéndose de hambre poco a poco, siempre en silencio, hasta que al fin el hambre quebró su firme voluntad y mendigó arroz a los vecinos. Y él hizo más, pero no se puede contar. Cuántas veces se detiene uno al escribir cartas a casa. Toda la verdad no se puede contar jamás.
Todavía es solo una muchacha, al menos en años; en sufrimiento, ¡ay, qué vieja es! No se sabe ni la mitad, porque ella nunca habla; leal y fiel a él a través de todo. Solo sabemos lo que saben los vecinos, y lo que dicen sus callados ojos oscuros, y la carita y las manos delgadas.
Hoy estaba muy cansada y enferma, pero no quería admitirlo, ¡valiente almita! Yo veía que la neuralgia le atormentaba la cabeza, y le temblaban todos los miembros cuando se ponía de pie; pero lo que más me conmovía era el silencio con que lo soportaba todo. Solo la había visto una vez antes, y ahora se va lejos con su marido a otra ciudad, y puede que no vuelva a verla. Estaba demasiado cansada para escuchar mucho, y sabe tan poco, ni de lejos lo bastante para apoyar en ello su alma. No sabe leer, así que es inútil escribirle. Se va del todo fuera de nuestro alcance; gracias a Dios, no fuera del suyo.
Las vimos partir en la carreta de bueyes, con un criado caminando detrás. La carita pálida de la mayor se asomaba por el extremo abierto de la carreta; hizo un salaam mientras se alejaban. Un rostro tan dulce en su fortaleza callada, tan maravillosamente apacible, y a la vez tan fuerte, fuerte para soportar.
¿Les extraña que llame a esta clase de cosas una mirada a lo más hondo del infierno? ¿Les extraña que ardamos al pensar que tales cosas suceden en el Nombre de Dios? Porque ellos piensan en su dios como Dios. En su Nombre se construyen y se dotan los templos, y se les provee de «Siervas» para hacer la obra del diablo. Sí, aquí el pecado está divinizado.
Y la vergüenza de las vergüenzas es que algunos ingleses patrocinan y en cierta medida sostienen esa iniquidad. Asisten a festejos en los que están presentes estas muchachas para cantar y bailar, y no ven nada vergonzoso en ello. Tan recientemente como en 1893, cuando los Reformadores Sociales Indios de esta Presidencia pidieron a dos ingleses notables que desaprobaran «esta práctica perniciosa» (la institución de las Esclavas de los dioses) «negándose a asistir a cualquier festejo al que se les invite a estar presentes», esos dos hombres distinguidos, representantes de nuestra Reina, se negaron a tomar medidas en el asunto. Sin duda es un extraño abuso de nuestra posición como gobernantes de la India.
Hay tantas necesidades por todas partes que casi no me gusta hablar de las nuestras, pero de verdad necesitamos a alguien que trabaje entre estas mujeres y muchachas del templo. Prácticamente no se hace nada por ellas, porque es imposible que ninguna de nosotras trabaje entre ellas y entre los demás al mismo tiempo. El Hogar más cercano al que podríamos enviar a una de ellas está a cuatrocientas millas. Se necesita a alguien con edad suficiente para tener experiencia en esta clase de trabajo, y aun así lo bastante joven para aprender el idioma.
Muchas de estas Esclavas de los dioses fueron compradas, u obtenidas de alguna otra manera, cuando eran niñas pequeñas e inocentes, y no se las puede hacer responsables de la vida terrible a la que las condena la ley de la religión hindú. Muchas se han endurecido hasta no desear ser otra cosa que lo que son; pero a veces vemos el rostro de una muchacha que parece que podría tener ese deseo, si tan solo tuviera la oportunidad de saber que hay algo mejor para ella.
¿Será que, entre los muchos que están en casa, Dios tiene a una, o mejor, a dos, que puedan venir con él a este distrito del sur de la India para hacer lo que siempre será una obra espantosa, a lo largo de esa grieta? Si viene ella, o si vienen ellas, ¡que vengan en el poder del Espíritu Santo, bautizadas con el amor que persevera!
Esta es, pues, una mirada al hinduismo, este espantoso sepulcro blanqueado, dentro del cual hay huesos de muertos.
Capítulo 23 completado
Lo diabólico divinizado