Capítulo 22 · 24 min de lectura · 31 min de escucha
La Duendecilla
«Recuerda lo que te dije una vez: que quizá no pudieras poner una corona entera sobre la cabeza de Jesús —es decir, ganar todo un país para él—, pero que sí podrías poner una pequeña joya en su corona.»
Obispo French, India y Arabia.
OJOS DE PERLA, alias la Duendecilla, porque el apodo la describe exactamente, se portó muy bien las primeras semanas; después empezamos a conocerla. No es una conversa en ningún sentido de la palabra. Es sencillamente una pequeña oriental de lo más voluntariosa, veraz, exasperante y fascinante.
Cuando, según su propia expresión, se siente «movida a pecar», nadie de su propio color puede con ella. «Tú no eres más que yo de mayor», es su actitud hacia todas. Siempre está dispuesta a arrepentirse, pero, como dice Perla con tristeza, «antes de que se le sequen las lágrimas, ya va y vuelve a pecar», y luego, sin la menor vergüenza, viene trotando hacia ti como si nada hubiera pasado y espera que la mimes a manos llenas.
Nunca he visto a nadie, salvo a la Duendecilla, resultar interesante mientras se porta mal. Ella sí resulta interesante. Es de un castaño más bien claro, y cualquier emoción aclara aún más ese castaño; sus largas pestañas le caen sobre los ojos del modo más patético, y cuando alza la mirada suplicante parece una mártir inocente a punto de morir por su fe.
Tenemos con nosotros a otras dos niñas pequeñas: la Diablilla —aunque el nombre es una calumnia, pues se reformó hace unos meses— y Marañas, que se hace un nudo cada vez que dice algo. Las tres tienen muchas discusiones (porque a los niños indios les encanta discutir), y a veces lo que me traen escandalizaría a los ortodoxos. Esto es lo último, que me trajeron ayer:
«La obediencia no es tan importante como el amor. Orfa era muy obediente. Su suegra le dijo: “Andad, volveos”, y ella hizo lo que le mandaron. Pero Rut no fue nada obediente. Cuatro veces le dijo su suegra: “Vete”, y aun así no quiso irse. Pero Dios bendijo a Rut mucho más que a Orfa, porque amaba a su suegra. Así que la obediencia no es tan importante como el amor». Justo el día anterior yo me había esforzado por explicar la absoluta necesidad de cultivar la gracia de la obediencia; pero ahora quedaba demostrado que era un asunto secundario, pues Rut sin duda fue desobediente, y sin embargo buena y grandemente bendecida.
Sin embargo, las principales faltas de la Duendecilla por ahora nacen de una arraigada aversión a su parte en las tareas de la casa (diez minutos de sacar brillo a las vasijas de latón para el agua); de un apetito por los pizarrines —se los comería a centímetros si la dejáramos—, «¡están tan ricos!», dice; y, lo más fecundo de todo en tristes consecuencias, del afán de ser la primera.
En cuanto al pecado n.º 1, espero que pronto sea cosa del pasado, pues acaba de hacer un valioso descubrimiento: «Satanás no se me acerca mucho si canto todo el rato mientras froto los latones. Sale corriendo cuando me oye cantar, así que canto muy fuerte, y eso lo mantiene lejos. A Satanás no le gustan los himnos». Y yo estoy completamente de acuerdo, y le aconsejo encarecidamente que persevere.
El pecado n.º 2 seguramente pasará, porque detesta la asquerosa medicina que le damos para corregir sus depravadas inclinaciones; pero el n.º 3 es más grave. Abre la puerta o, como ella dijo una vez, «llama a venir a tantos otros pecados»: las peleas, el orgullo y varias clases de mal genio acuden a la «llamada» de este pecado n.º 3.
Es una líder nata, a su muy pequeña escala, y todavía no ha aprendido que, antes de poder guiar, hay que estar dispuesto a dejarse guiar. «Yo elijo el juego», anuncia, «y todas ustedes tienen que hacer lo que yo diga». A veces lo hacen, porque sus órdenes, aunque tajantes, se dan con cierta gracia que se gana la obediencia; pero a veces no, y entonces la Duendecilla se ofende y se marcha.
Pero ella es el alma del juego, y las demás la persiguen y la aplacan; y por lo general se digna volver, porque la dignidad solitaria es aburrida. Si alguna de las mayores llega a verlo, se le pone freno en lo posible, pero más a menudo nos enteramos por esa oración tan reveladora que para ella es todo el acontecimiento de la noche; porque se aficiona con gran avidez a las formas externas de la religión, y la oración de la noche, sobre todo, es para ella un profundo deleite. Repasa con cuidado todas sus numerosas faltas, con perfecta veracidad, tal como ella las ve, y con igual exactitud sus bendiciones, grandes y pequeñas. A veces incluye en la lista sus buenas acciones, supongo que para que no se olviden en el registro del día. Toda la justicia propia latente en la naturaleza humana sale a relucir —o salía, en sus primeros tiempos— en estas revelaciones nocturnas. He aquí una muestra, tomada al azar de la cosecha del primer mes. Ella y la Diablilla habían venido a mi cuarto para sus devociones, las dos de una piedad preternatural, aunque del todo sin regenerar. Le tocaba empezar a la Duendecilla. Se acomodó con circunspección, suspiró hondo y comenzó.
Primero venían los pecados del día, contados con los dedos de la mano derecha, empezando por el meñique. «Una vez» —y el meñique bajó sobre la palma—, «me enfadé con L.» (L. es la Diablilla, de nueve años y medio frente a los siete y medio de la Duendecilla, pero por lo general muy sumisa). «Me enfadé porque no hizo lo que le dije. Eso estuvo mal por mi parte; pero también estuvo mal por la suya, así que solo fue medio pecado. Dos veces» —y se dobló el anular—, «cuando no hice bien mi trabajo. Eso fue todo culpa mía. Tres veces» —y bajó el dedo corazón—, «cuando me peleé con esas niñitas traviesas; eran unas niñitas tontas y no querían jugar a mi juego, así que eché a perder la unidad. Pero vinieron corriendo detrás de mí y me dijeron: “Perdónanos, por favor”, así que las perdoné. Eso estuvo muy bien por mi parte, y también perdoné a L.; así que hoy son tres cosas malas y dos buenas».
La interrumpí y me extendí sobre el pecado del orgullo, pero ella tenía la cabeza llena del asunto que traía entre manos.
«Luego hubo cuatro bendiciones… no, cinco; pero no me acuerdo de la quinta. La Ammal me dio una caja para mi muñeca, y tú me diste unos dulces; y encontré unos trapos bonitos en tu papelera» —hurgar en bolsas de trapos y en papeleras es una de las alegrías de la vida; los trapos son tan útiles cuando se tiene una familia numerosa de muñecas que siempre están gastando la ropa—, «y ahora tengo unos pasteles en mi propia caja. Esas son cuatro bendiciones. Pero se me olvida la quinta».
Le aconsejé que lo dejara y empezara, pues la Diablilla esperaba pacientemente su turno. Esta, buena niña, sugirió que la quinta que faltaba debía de ser el jabón: la Ammal les había dado a cada una un trozo del tamaño de una nuez. Sí, al parecer era eso, porque la Duendecilla, satisfecha, empezó:
«¡Oh amante Señor Jesús! Hoy he hecho tres cosas malas» (seguían los detalles y la petición de perdón). «Señor, da a L. gracia para hacer lo que yo quiero que haga; y cuando no lo haga, Señor, dame gracia para tener paciencia con ella. Te doy gracias por hacer que perdonara a esas niñitas que no querían jugar al juego que a mí me gustaba. Oh, hazlas buenas, y hazme buena a mí también; y la próxima vez que juguemos juntas, dame gracia para jugar con paciencia con ellas. Y oh, perdona todas las cosas malas que he hecho hoy; y te doy muchas gracias por todas las cosas buenas que he hecho, porque las hice por tu gracia». Seguía, por orden, la alabanza por las misericordias recibidas: la caja de cartón, el terrón de azúcar cande, el botín de la papelera, aquellos pegajosos pasteles de miel —que, para mi inquietud, comprendí entonces que estaban escondidos en su caja de seeley— y aquel precioso trocito de jabón. Luego —y esto nunca se omite— un deseo expresado con fervor de que ella y sus amigas fueran guardadas a salvo de «las mordeduras de serpientes y escorpiones, y de todas las demás criaturas dañinas, a través de la oscuridad de la noche, y que cuando despierte me encuentre a tus santos pies. Amén».
Por muy dormida que esté, estas últimas frases, que son por completo invención suya, se incluyen siempre al final de su oración. No se sentiría nada segura en su estera, tendida en el suelo al aire libre cuando hace calor, si no se hubiera fortificado así contra todos los ataques del mundo de los reptiles. Y cuando un día descubrimos un nido de unas cuantas docenas de escorpiones a menos de seis yardas de su estera, ninguno de los cuales la había molestado nunca ni a ella ni a ninguna de sus «amigas», sentimos de verdad que aquella graciosa oracioncita tenía poder después de todo.
No puedes interrumpir en medio de esas confesiones algo confusas, pues está demasiado absorta para que la molesten; pero cuando la comunicación ha terminado del todo y se acurruca en tus rodillas para recibir los besos y las caricias que tanto aprecia, tienes ocasión de explicarle un poco las cosas.
Aquella noche escuchó con seriedad, lo recuerdo; luego, bajándose de mis rodillas, añadió a modo de posdata, con mucha reverencia: «Oh Señor Jesús, lo recé mal. Yo fui más traviesa que L., mucho más traviesa. Pero, de verdad, tú recordarás que ella fue traviesa primero… ¡Oh, no es eso! ¡No fue L., fui yo! Y fui impaciente con esas niñitas. Pero… pero ellas causaron impaciencia dentro de mí». Luego, enredándose sin remedio entre la autocondena y la autojustificación, lo dejó estar, aunque añadió: «La próxima vez que juguemos juntas, dales a ellas más gracia para jugar con paciencia conmigo», lo cual era satisfactorio hasta cierto punto, ya que al principio había rechazado con desdén la idea de que hiciera falta paciencia por el otro lado.
A veces me trae perplejidades que no son nuevas para la mayoría de nosotros. «Esta mañana oré con gran deseo: “Señor, guárdame hoy de ser nada traviesa”, y una hora después fui traviesa; miré el reloj y lo vi. ¿Cómo es que fui traviesa si quería ser buena? La travesura me saltó por dentro, así» —(ilustrando su supuesta acción interior)—, «y salió corriendo. Entonces, ¿de qué sirve orar?»
Una vez la dificultad fue más bien la contraria.
«¿Se puede ser bueno sin la gracia de Dios?»
Le dije que yo, desde luego, no podía.
«¡Pues yo sí!», respondió encantada. «Ahora quiero orar».
«¿Ahora? Ya son las ocho. ¿No oraste hace mucho?» (Todos nos levantamos a las seis.)
«No. Eso es justo lo que quería decir. Esta mañana me salté la oración, así que, claro, no recibí gracia; pero he estado ayudando a las Hermanas mayores. ¿Verdad que eso estuvo bien?»
«Sí, muy bien».
«¡Y eso que no tenía nada de gracia! Pero supongo», añadió pensativa, «que fue la gracia que sobró de ayer la que lo hizo».
Por lo general no se distingue por una penitencia muy profunda, pero hubo un tiempo en que tuvo lo que ella llamaba «un verdadero sentido del pecado», que fluctuaba bastante, pero que siempre era saludado, cuando aparecía con fuerza, como señal de cosas mejores. Tras un día de bondad y maldad mezcladas, la Duendecilla oró con gran devoción: «Te doy gracias por darme hoy un sentido del pecado. Oh Dios, guárdame de ser nada traviesa mañana. Pero si soy traviesa, Señor, ¡dame un verdadero sentido del pecado!»
El profesor Drummond habla de toda nuestra vida como de un largo aliento de misterio entre las dos grandes maravillas: el primer despertar y el último sueño. A menudo pienso en ello cuando escucho a los niños pequeños hablar entre sí y con nosotros. Siempre se están preguntando algo. Un día fue: «¿Los peces aman a Jesús?», seguido de «¿Qué es un alma?». La conclusión fue: «Es la cosa con la que amamos a Jesús». Cuando llegan a nosotros, invariablemente creen que las montañas crecen como los árboles: «Las piedras son montañas jóvenes, ¿verdad? Y las colinas son montañas de mediana edad». Más adelante, todo lo impreso en una pared es un versículo. Estábamos en una estación de ferrocarril, de camino a los montes: «¡Mira! ¡Oh, cuántísimos versículos! ¡Pero qué dibujos tan raros para ponerlos en versículos!». Uno resultaba especialmente desconcertante; era un anuncio muy conocido, y el dibujo mostraba un mono fumándose un puro. ¿Qué podía tener que ver aquel animal depravado con un versículo? Cuando llegamos a los montes, el primer asombro fue ver a las damas elegantes con velo. «¿Es que no les gusta mirar el hermoso mundo de Dios? ¿Les gusta más con lunares?»
Marañas tiene otro nombre: el «Patito Feo», y es sumamente descriptivo; pero, Patito Feo o no, tiene una mente inquisitiva, y un sábado por la tarde, después de estar debajo de un árbol cinco minutos largos, absorta en sus pensamientos, vino a mí con una pregunta: «¿Qué se dicen los pájaros unos a otros?». Miré al Patito Feo, y ella se retorció hasta formar un signo de interrogación, de esa manera ridícula que tiene, pero su cara estaba llena de ansia por que la ilustraran sobre el idioma de los gorriones. «Ahí», dijo, señalando con energía a los pájaros asombrados, que al instante echaron a volar, «ese gorrioncito y este hacen ruidos completamente distintos. ¿Qué están diciendo? ¡Tengo tantas ganas de saberlo!»
Como supuse que los pájaros en cuestión acababan de cenar, le dije lo que pensaba que probablemente estaban diciendo. Al día siguiente, en el sermón, se habló algo de la alabanza que toda la creación ofrece a Dios, y vi a Marañas anudándose las manos y haciendo las contorsiones más raras en señal de aprecio por el único trozo del sermón que podía entender.
Las preguntas de la Diablilla eran variadas. «¿Qué es eso?» —señalando un reloj con una abeja laboriosa—, «¿es una especie de insecto inglés? ¿No se le cansan las patas de dar vueltas? ¡Oh! ¿Ya está muerto?» (cuando se paró). «¿Quién hizo a Satanás?» fue una de las primeras. «¿Por qué no lo mata Dios enseguida y lo pisotea?» Un día yo intentaba encontrar y tocar su corazón diciéndole cuánto se entristece Jesús cuando somos traviesos. Pareció conmovida, y entonces: «Amma, ¿dónde estaba el espíritu de la Reina después de morir y antes de que la enterraran, y qué le daban de comer?»
«¿Vio usted a la mujer de Lot?» fue una pregunta que divirtió mucho al obispo cuando, en su última visita pastoral, dedicó una hora a catequizar sobre su viaje por Tierra Santa. Se llevaron una desilusión cuando tuvo que confesar que no. «Oh, supongo que la sal se habrá derretido», fue el comentario de la Duendecilla.
Marañas se inclina claramente a la paz. La Duendecilla, me duele decirlo, no. Ayer anunció una pelea: «¡Estoy enfadada!». Marañas se negó a pelear. «¡Que sí estoy enfadada!», y al parecer la Duendecilla mostró síntomas que lo corroboraban. Entonces Marañas la miró de frente: «No voy a pelearme. El diablo ha llegado en mitad de la tarde para interrumpir nuestra unidad, ¡y no se lo voy a permitir!», lo cual conmovió tanto a la Duendecilla que la abrazó allí mismo; y luego, al detallarlo todo en su oración de la noche, esta pequeña pecadora incorregible añadió con verdadera emoción: «Señor, no soy buena. Eché a perder la unidad con L.» (la Diablilla), «y tú te viste obligado a llevártela a un internado. Ahora ayúdame a no echar a perder la unidad con P.» (que es Marañas), «no sea que te veas obligado a llevártela también a ella a un internado»; una visión del ascenso de la Diablilla que no se me había ocurrido antes.
Ella y Marañas pertenecen a la misma Casta, y Marañas tiene el carácter de esa Casta tan plenamente desarrollado como la Duendecilla, y sabe defenderse con eficacia. Además, es un poco mayor y más alta, y, como «hermana mayor» de la Duendecilla, tiene derecho por tanto a cierto respeto. Todas esas pequeñas cosas contribuyen a la disciplina de la Duendecilla, que es muy pequeña para su edad, que habría preferido una menor de carácter manso y dócil, y cuya oración constante es esta: «Oh Señor, saca a otra niñita de la boca del león, pero, oh Señor, por favor, ¡que sea una niña muy pequeñita!» Poco después de que empezara esta oración, trajeron a una niña muy pequeñita; pero era una criatura vulgar, que puso a dura prueba a la Duendecilla, y por diversas razones fue devuelta enseguida a sus padres. Después de este episodio la oración varió un poco: «Señor, que sea una niña adecuada, y dame gracia para amarla de corazón cuando venga».
La conversación de estas criaturas es a menudo muy reveladora, y siempre de lo más variopinta. La mente de la Duendecilla, sobre todo, es una especie de pequeña tienda de curiosidades, y exhibe muchos surtidos. La Duendecilla, Marañas y la pequeña Delicia (Delicia es una cristiana jovencita) están acurrucadas en la cálida arena roja con sus tres cabecitas muy juntas. La Duendecilla está contando una historia. Escucho, y oigo una mezcolanza prodigiosa de Los muchachos de Uganda y Cirilo de África del Norte. «Solo tenía seis años, y se levantó y dijo: “¡Lo que vais a hacer, hacedlo pronto! No tengo miedo. ¡Me voy a la Ciudad de Oro!”. Y le enseñaron la espada y el fuego, y él dijo: “¡Hacedlo pronto!”, y le cortaron el brazo, y le dijeron: “¿Negarás a Jesús?”, y él dijo: “¡No!”, y le cortaron el otro brazo» —y así por todos los miembros, uno tras otro, con detalles vivísimos—, «y luego lo echaron al fuego y lo quemaron hasta que quedó hecho ceniza; ¡y él cantaba alabanzas a Jesús!»
La Duendecilla se inclina a lo trágico. La madre de Marañas tuvo una diferencia de opinión con una amiga. La amiga le arrancó de un tirón las joyas de las orejas a su contrincante y le desgarró la oreja. La vida con una oreja desgarrada era intolerable, así que la madre de Marañas dio tres vueltas alrededor del pozo, repitió tres veces: «¡Mi sangre sea sobre tu cabeza!», y se arrojó dentro. Salió a la superficie tres veces, cada vez dijo las mismas palabras, y luego se hundió. Todo esto se lo confió Marañas a la Duendecilla, que inventó un juego basado en el incidente, juego que, sin embargo, aplastamos sin piedad. Ahora están tirando piedrecitas, según reglas propias, y hablando con brío. «La Ammal me dijo que toda la gente de Inglaterra es blanca, y le pregunté qué hacían sin sirvientes, y me dijo que tenían sirvientes blancos, ¡sirvientes blancos!!», y la nota de exclamación es intensa. Las otras están igual de asombradas. ¡Blancos como sirvientes! Las dos ideas chocan. Nunca han visto a un sirviente blanco. En todo su amplio trato con gente blanca solo han visto misioneros (que de verdad son sus servidores, aunque ellas apenas lo comprenden todavía) y, de vez en cuando, funcionarios del Gobierno, cuya condición de amos salta a la vista. Así que están perplejas. Sin embargo, salen del apuro: «Al principio del principio de Inglaterra, la gente negra debió de ir a ser sirvientes de la gente blanca, y poco a poco se fueron volviendo blancos». Sí, al parecer es eso: se destiñeron.
La conversación se eleva. «¿Saben lo que es el relámpago? Yo se lo digo. Lo estuve mirando una tarde entera, y creo que es solo un poquito de la luz del cielo que se cuela y vuelve a entrar». Esto suena verosímil, y despierta gran interés. Están hablando de los relámpagos difusos que juegan por el cielo al anochecer antes de la lluvia. «Claro que no es mucha luz del cielo, solo un trocito pequeñito que se escapa y baja corriendo hasta aquí para enseñarnos cómo es por dentro. Una noche cerré los ojos, y entraba y salía, entraba y salía, ¡oh, tan deprisa! Aunque cerrara los ojos, lo veía correr dentro de mis ojos».
«¿Te dieron con la vara hoy en la escuela?»
«No, no exactamente con la vara», y sigue una explicación. «Estaba de pie junto a una niñita muy traviesa, y el maestro quería pegarle con la vara, pero la vara me cayó a mí por error. Me dieron ganas de llorar, porque me dolió, pero pensé que sería una tontería llorar cuando me había dolido por puro error. ¡Así que no lloré ni una lágrima!»
A la Duendecilla se le ocurrió un recurso estupendo para librarse del castigo (que nunca es muy severo). «Esta vara la encontré yo. Estaba tirada en el suelo del recinto, y se la voy a llevar al maestro». Coro de «¿Por qué?». «Porque», y la Duendecilla puso cara de duende, «si se la doy con mis propias manos, ¿cómo me va a pegar en las manos con ella? ¡Su corazón no será tan duro como para pegarme con la vara que yo le di!», y la pequeña pícara mira alrededor esperando aplausos. Coro de «¡Oh!» admirados.
Luego empiezan otra vez, con la Duendecilla, como siempre, de informante principal. «¡Yo sé una cosa!». Coro: «¿Qué?». «Una muñeca preciosa me está esperando en una caja, ¡y me la van a dar en Ki-rismas!». «¿Qué clase de muñeca?», es la ansiosa pregunta. «No lo sé exactamente, pero la ha mandado Dios, claro, así que creo que debe de ser algo parecido a un ángel». Coro, encantado: «¡Ah!». «Sí, si vino de Dios, entonces claro que vino del cielo, y el cielo es el sitio de donde vienen todos los ángeles, y son blancos y resplandecientes, así que creo que será blanca y resplandeciente como un ángel». La muñeca en cuestión es una muñeca negra de pelo lanudo y delantal de rayas escarlata. A mí no me había parecido angelical. Es un experimento en materia de muñecas. ¿«Gustará»? Llegó por fin Ki-rismas, y con ella la muñeca celestial, pero no «gustó». Grandes fueron las lágrimas y los sollozos, y el lamento más amargo de todos fue: «¡Creía que Dios me mandaría una muñeca más bonita!». La cambiamos por una «muñeca más bonita», porque la pobre Duendecilla no era mala, solo tenía el corazón roto, y Estrella, a quien se supone demasiado mayor para muñecas, pidió la despreciada belleza negra; porque, como comentó con malicia la Duendecilla mientras abrazaba satisfecha a su muñequita blanca, «¡Esa cosa negra tiene la cabeza rizada, igualita que Estrella!»
La costumbre de orar por todo es característica de la Duendecilla, y más de una vez su almita sin instruir se ha afligido por la extraña manera en que a veces se responden nuestras oraciones. Un día entró corriendo, muy excitada. «¡Oh! ¿Puedo ir a que me examinen? ¡La Missie Ammal del Gobierno va a examinar nuestra escuela! ¡Por favor, déjame ir!». La Missie Ammal del Gobierno, una gran celebridad que solo pasa una vez al año, se alojaba con nosotros, y le pregunté si la niña podría tener la alegría de ser examinada aunque no hubiera cumplido ni de lejos su año de escuela. Accedió, por el gusto de la pequeña —pues nada le gusta más a un niño indio que un alboroto de cualquier clase—, a dejarla entrar en la sala de examen y hacer su examen de manera informal. Sabíamos que aprobaría seguro. Una o dos horas después llegó volando una exploradora a darnos la terrible noticia. La Duendecilla había suspendido, suspendido por completo, y estaba tan avergonzada que no quería volver, «no quería volver nunca más». Fui a buscarla y la encontré hecha un ovillo de sollozos y lágrimas, fuera del aula. La tomé en brazos, la llevé a casa e intenté consolarla, pero estaba deshecha. «¡Le pedí a Dios con tanto empeño que me dejara aprobar, y no he aprobado! Y yo creía que me había escuchado, ¡pero ahora sé que no me escuchó nada!»
Yo también estaba perpleja, aunque por otra razón. Sabía que debería haber aprobado con facilidad, y solo pude concluir que su desbordada excitación la había puesto nerviosa, porque entre muchas lágrimas me dijo: «¡No supe ni una respuesta! ¡Ni siquiera una!». Y otra vez volvía a lo primero y más doloroso: «¡Oh, yo de verdad creía que Dios estaba escuchando, y no estaba escuchando nada!»
Por fin logré calmarla, y le expliqué, con la ayuda de una rupia y un anna, cómo a veces Dios nos da algo mejor de lo que pedimos: pedimos un anna, y él nos da una rupia. Una rupia vale dieciséis annas. Se fue interesando: «Entonces aprobar ese examen era el anna. Pero ¿cuál es la rupia?». Ahora bien, la Duendecilla, como quizá hayan observado, no va cargada de demasiada humildad, así que le dije que yo creía que la rupia debía de ser la humildad. Lo pensó un rato; luego, bajándose de mis rodillas, se arrodilló y dijo, con la mayor gravedad y determinación: «¡Oh Dios! Yo no quería esa clase de respuesta, pero ahora sí la quiero. ¡Dame la rupia de la humildad!». Luego, levantándose de un salto con los ojos bailando de picardía: «La próxima vez que caiga en el orgullo, tú dirás: “Oh, ¿dónde está aquella rupia?”».
Cuando terminaron los exámenes escolares y la Missie Ammal volvió a descansar, le pregunté por la Duendecilla. «La verdad es que lo hizo muy mal; parecía no saber nada de sus materias; no debería haberse presentado, ¡pobre criatura!». De pronto se me ocurrió preguntarle en qué clase se había presentado. «En primero», dijo la Missie Ammal. «¡Pero si está en párvulos!». Entonces lo entendimos. La Duendecilla solo llevaba unos meses en la escuela; acababa de terminar el libro del nivel de párvulos y la habían pasado a primero uno o dos días antes, porque el maestro pensaba que era muy capaz de superar el primer curso en los seis meses siguientes y examinarse al año siguiente: dos años de trabajo en uno. Pero no se pretendía que se presentara al examen del Gobierno, que exige dedicar cierto tiempo a la preparación; así que cuando, en la confusión de la organización de las clases, se puso con sus compañeritas de clase de solo dos días, nadie se dio cuenta del error. ¡No es de extrañar que la pobre Duendecilla suspendiera! Nunca le dijimos la razón, pues no queríamos suscitar nuevas preguntas sobre los caminos misteriosos de la Providencia en su cabecita inquieta; y hasta el día de hoy, cuando se deja llevar por el orgullo, menea la cabeza solemnemente ante sí misma y se acuerda de la rupia.
Hace poco ha estado pasando unos días con las Missie Ammals, «mis amigas muy especiales», como ella las llama, en la Casa de la C.E.Z., en Palamcottah. Volvió con nosotros llena de cosas que contar y cargada de una idea nueva. «Ya no voy a gastar mi dinero de bolsillo en vanidades. Lo voy a ahorrar todo y me voy a comprar una Biblia Do-rada». Este tesoro de cantos dorados es una fuente fecunda de conversación. Le llevará unos seis años, a razón de un farthing por semana, ahorrar lo suficiente para comprar exactamente la clase que desea. «No quiero una Biblia corriente. Tiene que ser do-rada, con do-rado brillante por todo el borde de las hojas por fuera, y el nombre del lomo también todo do-rado. ¡Esa es la clase de Biblia que quiero!». Justo cuando escribía esto, entró trotando y volcó sobre la mesa tres medios annas en calderilla. «Esto es todo lo que tengo, y son los ahorros de seis semanas. ¡Seis años es mucho, mucho tiempo!». Me confió que había descubierto que «la carne quería persuadirla» de gastar esos tres medios annas en pasteles. «Es la carne, ¿verdad?, eso que sientes por dentro, que dice “¡dulces y pasteles! ¡dulces y pasteles!” en voz muy alta. Lo escuché un ratito, ¡y entonces quise esos dulces y pasteles! Así que me dije: Si los compro, se habrán acabado en una hora, pero si compro esa Biblia Do-rada me durará años y años. Así que ya no quise escuchar más a mi carne». Entonces se le ocurrió algo de repente, y añadió con énfasis: «Pero cuando tú me das dulces y pasteles, es distinto; lo que siente gusto por ellos no es “carne” entonces. Solo es “carne” cuando tengo la tentación de gastar en ellos el dinero de mi Biblia Do-rada». Era un punto que yo debía entender a fondo. Los dulces y los pasteles no debían confundirse con la «carne» salvo cuando estaba en juego una Biblia Do-rada. Pareció aliviada cuando convine con ella en que tales cosas quizá pudieran disfrutarse a veces inocentemente, y con un cambio de tema repentino y bastante sorprendente preguntó: «¿Es que nunca hay vacaciones en el infierno?»
Capítulo 22 completado
La Duendecilla