Las cosas como son
El llamado se intensifica

Capítulo 20 · 23 min de lectura · 29 min de escucha

El llamado se intensifica

«A veces los hombres y los muchachos no se van ni nos dejan hablar con las mujeres; en esos casos encuentro que la oración en silencio es el mejor refugio. En otros lugares la gente lo recibe a uno, pero está dispuesta a escuchar cualquier cosa menos la Doctrina de Jesucristo; y esto es más difícil de soportar que cualquier otra cosa que yo conozca.»

Anna Gordon, China.

«Que la gente que está en casa no se interese solo por oír hablar de éxitos; debemos enseñarles a interesarse por la lucha.»

Rev. A. Schreiber, Sumatra e India.

«Es una lucha que exige mucho de las fuerzas físicas, mentales y espirituales, y los adversarios son muchos. El peso muerto del paganismo, lo poco que se aprecia el objeto y el propósito de uno, y la oposición real y vigorosa de las potestades de las tinieblas, hacen de ella una verdadera lucha, y solo vencerán hombres de temple, de valor, de entrega, y de una paciencia y una perseverancia infinitas.

«¿He pintado un cuadro desalentador? ¿Estoy asustando a hombres buenos que podrían haberse ofrecido y haberlo hecho bien? Creo que no. Creo que la clase de hombres adecuada, los que deberían ofrecerse, se sentirán atraídos por las dificultades antes que ahuyentados por ellas.»

Rev. J. Lampard, India.

CONSEGUIMOS esta fotografía aquel día de diciembre que pasamos en la amistosa calle de los brahmanes. «¡No hay otra mujer en el pueblo que se pusiera así para usted!», dijeron los hombres cuando ella se adelantó y, sin pensar en posar, se quedó un momento de pie contra la pared y miró a la cámara de frente. La mayoría de las mujeres tenían miedo hasta de mirarla, pero ella no tenía miedo. Sin embargo, no quiso quedarse a hablar con nosotras, sino que se marchó con el mismo aire resuelto. Porque las viudas brahmanes, en conjunto, no son en absoluto una raza accesible. A veces encontramos a alguna que se abre con nosotras y nos deja hablarle de la Consolación con que nosotros somos consolados; pero con más frecuencia las encontramos duras, o endureciéndose rápidamente.

Es demasiado pronto para escribir sobre ninguna de las que han escuchado en estos últimos meses, pero ponemos esta foto para recordarles que se acuerden de aquellas que son más libres que la mayoría de las mujeres de la India para seguir al Señor Jesucristo, con tal que dejaran a su amor una oportunidad de atraerlas. Hemos ido a los distintos pueblos de esta curva y de la curva superior de las montañas, pero no hemos llegado a los pueblos de la curva inferior, ni a la mitad de las muchas aldeas esparcidas al pie mismo de las montañas, y, salvo cuando salimos a acampar, por supuesto no hemos tocado las que están más lejos.

Solo hay cinco tardes de trabajo a la semana, porque el sábado se dedica a otras cosas y el domingo pertenece a los cristianos; y cuando se muestra algún interés, volvemos otra vez a la misma aldea, lo cual nos retrasa, pero sin duda vale la pena. Luego están las interrupciones: a veces por parte de los hindúes, las fiestas, por ejemplo, cuando ninguna mujer tiene tiempo para escuchar; y por la nuestra, y por la del tiempo, por así decirlo, cuando el gran calor o las grandes lluvias hacen imposible el trabajo al aire libre. En teoría, la obra itinerante es deliciosamente rápida; pero en la práctica, como sabe todo misionero itinerante, es bastante lenta. Hay otras cosas que hacer; a los que ya han sido traídos hay que enseñarles, formarlos y cuidarlos como una madre, y hay que pasar mucho tiempo esperando en Dios por más; de modo que, al mirar atrás, parece que hemos hecho muy poco por los miles que nos rodean, y ahora debemos volver al lado oriental del distrito, porque algunos de los muchachos convertidos están allí en la escuela, y puede que haya fruto que recoger después de la siembra del año pasado.

Pero levanto la vista de lo que escribo y veo un tramo de cordillera de treinta millas de largo, y esta cordillera se extiende sin interrupción a lo largo de mil millas hacia el norte. Sé lo poco que se está haciendo en las llanuras de abajo, y me pregunto cuándo despertará el pueblo de Dios, y comprenderá que queda aún mucha tierra por poseer, y se levantará a poseerla. Recorran conmigo con la mirada esta franja de montaña: hay pueblos donde se está haciendo obra, pero necesita supervisión, y los misioneros son demasiado pocos para hacerla a fondo. Hay pueblos y gran número de aldeas donde ni siquiera se intenta nada, salvo que una vez cada dos años, si es posible, pasa por allí la Banda Itinerante de hombres; pero eso no llega bien a las mujeres, y aunque llegara, ¿cuánto sabrían ustedes de Jesús si solo oyeran una parábola, o un milagro, o unos pocos hechos de su vida, o unos pocos puntos de su doctrina una vez cada dos años? No quiero escribir llamamientos conmovedores, ni apartar a un solo obrero de ningún otro lugar —sería una alegría saber que Dios usó estas cartas para ayudar a enviar a alguien a China, o a cualquier lugar donde él necesite a sus obreros—, pero no puedo evitar preguntarme, al mirar este pedazo del campo, cómo es que los obreros siguen siendo tan pocos.

Hemos visto que la gente de los pueblos y aldeas está dispuesta a dejarnos hacer lo que llamamos «trabajo de veranda» cuando no nos deja entrar en sus casas. El trabajo de veranda, como la predicación al aire libre, es poco satisfactorio en lo que toca a las mujeres, pero es mejor que nada.

Pasamos una tarde en la calle que muestra esta foto. Es una vía de paso, y por eso no se nos prohibía; pero aun así siempre pedimos permiso antes de recorrerla. Qué calle tan corriente y vulgar les parece a ustedes; no hay grandeza arquitectónica que sobrecoja al que la contempla y lo impresione con la majestad de la casta brahmán; y, sin embargo, esa calle, y toda calle como ella, es para nosotras una verdadera Petra, porque está rodeada de muros más altos y más fuertes que los muros del templo alrededor del cual está construida; muros hechos, al parecer, de alguna roca cristalina, imperceptible hasta que uno llega a ella, y aun entonces no visible, solo reconocible como algo que no se puede atravesar.

Nuestro primer día allí fue alentador. Empezamos por el extremo más alejado de la calle y, tras cierta persuasión, los hombres accedieron a apartarse a un lado y dejarnos el otro para las mujeres que quisieran venir. No ocurrió nada especial, pero consideramos bueno un día si conseguimos una sola buena oportunidad de hablar con tranquilidad a las mujeres.

La siguiente vez que fuimos no fue tan bien. Entretanto se habían enterado de todo lo nuestro, y de que llevábamos con nosotras a muchachas de las castas más altas, y eso era terrible a sus ojos. Porque el brahmán, desde su elevada posición de supremacía absoluta, tiene en muy poca estima las almas de aquellos a quienes llama de casta baja; pero si alguno del término medio (no los describiría como cercanos a él, solo peligrosamente más cercanos que los otros) «cae en el pozo de la religión cristiana», piensa que es hora de empezar a cuidar que el Poder que tuvo tal efecto en ellos no tenga ocasión de obrar sobre él y, sobre todo, sobre sus mujeres. Así que aquel día se nos informó cortésmente de que nadie tenía tiempo para escuchar y, cuando algunas mujeres quisieron venir, una viuda musculosa las echó. Miramos con anhelo hacia atrás, a aquellas queridas mujeres brahmanes, pero era inútil insistir, así que nos fuimos.

En otra de las castas, la casta que representa esta fila de hombres, encontramos más amabilidad; nos dejaron sentarnos en un extremo de los estrechos frentes de veranda, y bastantes mujeres se agruparon en el otro. Allí tenían mucho miedo de contaminarse, y no se acercaban demasiado. Y tenían las ideas más extrañas sobre nosotras. Estaban seguras de que teníamos un polvo que, si lo aspiraban, las obligaría a ser cristianas. Habían oído que íbamos por ahí «llamando niños», es decir, haciéndoles señas y atrayéndolos para que nos siguieran, y que nos pagaban tanto por cabeza por cada convertido. A veces se necesita una tarde entera solo para sacarlas de semejantes errores.

Oí explicar este aspecto comercial del asunto a alguien que al parecer sabía. Una anciana brahmán bondadosa nos había permitido sentarnos en el umbral de su puerta, fuera del sol, y poco a poco nos habíamos ido abriendo paso hasta el extremo de la veranda, que tenía algo más de sombra, donde estaba sentada sola una muchacha que parecía querer escuchar. La anciana se sentó detrás de nosotras, y entonces llegó un anciano, y los dos empezaron a hablar. Dijo la anciana al anciano: «Está intentando que nos unamos a su Camino». (Yo me había abstenido cuidadosamente de cualquier expresión semejante.) El anciano estuvo de acuerdo en que ese era probablemente mi objetivo. «¿Qué gana ella si nos unimos? ¿Lo sabes?» «¡Oh, sí, vaya si lo sé! Por uno de nosotros, mil rupias, y por un vellalar, quinientas. Hasta por un niño de casta baja recibe algo, ¡pero por uno de nosotros recibe mil enteras!»

A los dos les interesaba mucho esta conversación, y a mí también, por cierto, y pensé que los ilustraría un poco más, cuando la anciana se levantó a toda prisa y entró cojeando en la casa. Después de aquello, cada vez que pasábamos, nos sacudía la cabeza y decía: «¡Chee, chee!». Ninguna persuasión logró jamás que nos dejara sentarnos otra vez en su umbral. Estaba claro que íbamos tras aquellas mil rupias, y ella no quería saber nada de nosotras.

En la misma aldea había una niña brahmán que a menudo intentaba hablar con nosotras, pero nunca se lo permitían. Un día se arriesgó a que la atraparan, con todas sus consecuencias, y cruzó corriendo el estrecho arroyo que separa la calle de los brahmanes de la aldea, y habló con una de nuestra Banda en un susurro apresurado: «¡Oh, cuánto quiero oír hablar de Jesús!». Y contó cómo había aprendido en la escuela de su propio pueblo, y luego la habían enviado a la casa de su suegra en esta aldea de la selva, «esa», señalando una casa donde nunca tenían sonrisas para nosotras; pero su suegra se oponía a la predicación y la había amenazado con arrojarla al pozo si nos escuchaba. En ese momento una voz dura la llamó, y salió volando. La siguiente vez que fuimos a esa aldea la tenían encerrada en algún lugar de la casa.

A menudo, al pasar, uno ve rostros tímidos que se asoman por detrás de los pequeños pilares que sostienen las verandas, y anhela acercarse. Pero no conviene dar ningún paso a menos que uno esté seguro del terreno que pisa. Solo se consigue una súbita y asustada desbandada hacia el interior de la casa, y allí no se las puede seguir. Intentarlo sería más que una grosería: se consideraría contaminación.

Ayer mismo intentábamos llegar a las mujeres que viven en la casa grande de la aldea que hay detrás del bungalow. Esta foto les muestra la puerta frente a la que estuvimos diez minutos o más, primero esperando y luego suplicando a la anciana suegra que nos dejara entrar en el cuartito oscuro en el que pueden ver la figura de una mujer escondida detrás de la puerta.

Pero nosotras no podíamos ir a ellas, y ellas no podían venir a nosotras. Solo había entre medias dos habitaciones estrechas, pero en la segunda de las dos había vasijas de latón para el agua. Si hubiéramos entrado, aquellas vasijas y el agua que contenían habrían quedado contaminadas. A las mujeres no se les permitía salir; la suegra se encargaba bien de ello; jamás hubo otra más vigilante. Estaba plantada en la puerta como una gran gallina gorda, con sus blancas faldas de viuda extendidas como alas, y guardaba a sus polluelos con toda eficacia. «¡Váyanse! ¡Váyanse por donde han venido!» fue todo lo que tuvo que decirnos.

El anciano amable de la casa había salido. Un joven amable entró con algo de arroz y empezó a medirlo. Nos invitó a sentarnos, y así lo hicimos, y él midió el arroz en unos vasitos de hierro, contando en voz alta mientras lo hacía, con un sonsonete cantado. Le agradó que lo miráramos, y era interesante mirarlo, porque lo hacía exactamente como lo describe el versículo: apretando el arroz, remeciendo la medida de hierro, colmándola de arroz hasta que rebosaba, y aun así contando ese vaso tan abundante solo como uno; luego entregó la cesta llena de arroz a un niño que esperaba de pie, y nos preguntó qué podía hacer por nosotras. Le dijimos cuánto deseábamos ver a las mujeres de la casa, pero no le hacía gracia la idea de enfrentarse a la vigorosa anciana suegra, así que desistimos del intento y salimos. Al pasar junto al muro trasero que encierra los aposentos de las mujeres, vimos a una muchacha asomarse por encima del muro como si quisiera hablarnos, pero aquella dama tiránica tiró de ella al instante hacia atrás, y un perro saltó por encima ladrando con toda furia, lo que hizo que una docena más se pusieran a aullar a nuestro alrededor, y así escoltadas nos retiramos.

Esta casa está en la Aldea del Mercader, a menos de cinco minutos de nuestra verja, pero las mujeres que hay en ella están bien lejos de toda oportunidad de oír. Los hombres nos dejaron entrar aquel día para tomar la fotografía, y esperábamos así hacer amigos; pero aunque allí viven seis familias (porque la casa es grande; la fotografía solo muestra un extremo de la veranda que la recorre a todo lo largo), nunca se nos ha permitido ni una sola vez hablar con una de las mujeres; la suegra de las seis se encarga de que nunca tengamos la ocasión. Una de las niñas, una pequeña encantadora, nos sigue a veces afuera, pero solo tiene siete años y no es muy valiente; así que, aunque es evidente que se aprende algunos de los coros que cantamos, tiene miedo de que la vean escuchando, y nunca recibe mucho de una vez.

Estas son algunas de las dificultades prácticas que hay en el camino para llegar a las mujeres. Hay otras. Supongamos que logras entrar o, lo que es más probable en la obra pionera, supongamos que consigues una veranda: aun entonces no es en absoluto coser y cantar. Porque, para empezar, hace un calor peligroso. El sol cae a plomo sobre la calle o el patio hasta un pie o dos del reborde de piedra en que estás sentada, y rebota hacia arriba. El resplandor reflejado significa fiebre, así que intentas apartarte un poco más de él sin herir los sentimientos de nadie, explicando con todo detalle por qué lo haces, no sea que piensen que tu intención es tocarlos a escondidas; y luego, ganada hasta ahí su confianza, empiezas quizá con el libro sin palabras, o con un canto con melodía india, o con una lámina de alguna parábola —nunca de nuestro Señor—, o, más a menudo aún, encontramos que lo mejor es abrir nuestras Biblias, porque todos respetan un Libro Sagrado, y leer algo de él que sabemos que entenderán. Por lo general encontramos a una o dos mujeres por las verandas, y en pocos minutos vienen dos o tres más, y al ver esto, otras dos o tres. Pero conseguirlas y retenerlas son dos cosas distintas. No es fácil hacer que la gente se quede a oír lo que no tiene especial deseo de oír. Pero se nos ayuda; no estamos solas. Recordar eso siempre da fuerzas.

Una vez bien lanzada, empiezan las interrupciones. Estás, quizá, en medio de un milagro, y para entonces se han reunido una docena de mujeres que te alegran el corazón escuchando bien, cuando un hombre del otro lado de la calle se acerca sin prisa y pide permiso para preguntar algo, o lo pregunta sin más. Ha oído que nuestro Libro dice que, si tienes fe, puedes levantar un monte y echarlo al mar. Pues bien, ahí hay un monte, y señala la columna que se alza en la llanura, erguida a pico cinco mil pies, una columna de roca maciza. Al otro lado hay mar, dice; ¡échalo allí, y creeremos! Y las mujeres se ríen. Pero una más inteligente se vuelve hacia ti: «¿De veras dice eso su Libro?», pregunta, «entonces, ¿por qué no lo hace y nos deja verlo?». Y el hombre interviene con otra observación, y una mujer del borde se marcha, y tú deseas que el hombre se vaya.

Quizá se va, o quizá logras apartarlo de lo visible y conseguir que él, y también aquellas mujeres, escuchen algún fragmento de testimonio sobre el Poder que mueve lo invisible, y estás en el corazón mismo del asunto cuando surge otra objeción: «Usted dice que solo hay un Dios verdadero, ¡pero hemos oído que ustedes adoran a tres!», o: «¿Puede su Dios guardarla del pecado?». Y tratas, con la ayuda de Dios, de responder de manera que se evite la discusión, y quizá, para tu alegría, lo consigues, y algunas vuelven a escuchar atentamente, cuando una mujer interrumpe con una pregunta sobre tus parientes que ya respondiste antes, pero ella llegó tarde y quiere oírlo todo otra vez. La satisfaces en lo que puedes y luego, sintiendo con qué rapidez pasan los preciosos minutos, intentas, oh, con tanto fervor, redimirlos y llenarlos de obra para la eternidad, cuando de repente toda la comunidad se concentra en tu hermana tamil. ¿Quién es? Habías esquivado la pregunta al principio, sabiendo lo que vendría después, pero vuelven a la carga. Si es una «cristiana de nacimiento», exclaman, y se apartan por miedo a contaminarse: «¡Casta baja, casta baja!», y la palabra corre de boca en boca con desprecio. Si es una convertida, hacen preguntas sobre sus parientes (probablemente llevan diez minutos haciendo conjeturas entre ellas sobre su casta); si no les responde, dejan volar la imaginación; si responde, estallan de indignación: «¡Has dejado a tu propia madre! ¡Has roto tu casta!», y le dan nombres que no son dulces al oído, y quizá se levantan todas a una y se niegan a tener nada más que ver con una persona tan vergonzosa.

O quizá estás tratando de persuadir a algunas de que aprendan a leer, sabiendo que, si lo consigues, habrá muchas más posibilidades de enseñarles, pero te aseguran que no es costumbre que las mujeres de aquella aldea lean, lo cual, por desgracia, es cierto; o puede que les estés hablando, como hablas a aquellas que quizá nunca vuelvas a ver, del Amor que las está amando, y en medio del relato un bebé se pone a berrear, y toda la atención se va hacia él; o alguien quiere entrar en la casa, y hay que abrirle paso, con mucho recogerse y mucha confusión; o un perro dobla la esquina aullando, con una piedra pisándole los talones y una jauría de chiquillos persiguiéndolo a toda carrera; o los hombres gritan que ya es hora de irse; o las mujeres insinúan que ya es hora de cocinar; o alguien dice o hace algo que molesta, y el grupo se deshace en un momento, y cada una se dirige a su propio agujero y se queda en él, mirando hacia fuera; y tú levantas la vista hacia aquellas puertecitas oscuras, y sientes que darías cualquier cosa que te pidieran con tal que te dejaran entrar y sentarte a su lado en uno de aquellos cuartos, y contarles el final de la historia que interrumpieron; pero eso no lo harán. Oh, entristece estar tan cerca de alguien, y sin embargo tan lejos, como lo está uno a veces de estas mujeres. Las miras, de pie en sus umbrales, al alcance de la mano, pero fuera de tu alcance, tan fuera de tu alcance como si estuvieran a miles de millas de distancia. . . .

Justo cuando escribía estas palabras, una mujer brahmán se acercó a la puerta y se asomó. Luego entró y se sentó, pero no habló. ¿Pueden imaginar cómo le salta a una el corazón aun por algo tan pequeño como eso? Las mujeres brahmanes no vienen a vernos todos los días. Sacó un librito de tiras de hoja de palma, y lo leímos. Contaba que ella era una de una familia de siete, todos sordomudos de nacimiento; que, tomados de la mano, se habían puesto en camino a pie hacia Benarés para ahogarse en el Ganges; que un cipayo los había detenido y los había llevado ante un recaudador inglés; que este había mantenido a los siete durante un año y luego los había dejado ir; que se habían dispersado y habían andado errantes, visitando diversos lugares santos, sostenidos por las personas virtuosas allá donde iban; y que la portadora estaría contenta de recibir lo que quisiéramos darle. . . . Se ha ido, una pobre mujer sordomuda y del todo pagana; no pudimos persuadirla de que se quedara a descansar. Está casada, nos dijo por señas; su marido es sordomudo, y ella tiene un hijo ciego. Se sentó en el suelo a nuestro lado unos minutos e hizo preguntas —las de siempre, sobre mí, todo por señas—; pero nada de lo que pudimos expresar por señas logró de ningún modo hacerle entender nada acerca de nuestro Dios. Y, sin embargo, parece saber al menos algo de los suyos. Se señaló la boca, y luego arriba, y luego abajo y en círculo, para mostrar las vueltas de un río, e indicó con bastante claridad cómo iba de río sagrado en río sagrado, y adoraba junto a cada uno, y señaló hacia arriba y juntó las manos. Allí estábamos, tal como yo acababa de escribir, tan cerca de ella, y sin embargo tan lejos de ella.

Pero la mayor dificultad de todas para llegar a las mujeres es que no tienen ningún deseo de que se llegue a ellas. A veces, como aquella tarde en que vino la niña y quería oír, encontramos a alguna que tiene deseo, pero la mayoría no lo tiene; y salvo en los pueblos y aldeas más adelantados, donde se les permite aprender con una mujer bíblica, apenas tienen ocasión de oír lo suficiente para que deseen oír más.

Luego, como para hacer el caso doblemente duro (y esta ley se aplica a toda mujer, de cualquier casta), ella es, a los ojos de la ley, propiedad de su marido; y aunque un cristiano no puede obligar por ley a su esposa hindú a vivir con él, un marido hindú sí puede obligar a su esposa cristiana a vivir con él; de modo que ninguna mujer casada es nunca legalmente libre para ser cristiana, porque si el marido la reclamara, no se la podría proteger, sino que tendría que ser entregada a una vida que ninguna mujer inglesa soportaría siquiera imaginar. Ella puede decir que es cristiana; a él no le importa nada lo que diga. ¡Dios ayude a la mujer obligada así a volver!

Pero, creyendo que intervendrá un Poder más alto que el poder de esta ley tan injusta, nos arriesgaríamos a cualquier castigo y recibiríamos a una esposa así si viniera. Solo que, al tratar las dificultades y barreras que se interponen entre una mujer india y la vida como cristiana libre, es inútil cerrar los ojos a esta última y más incomprensible de todas las dificultades, «una ley inglesa, importada en la India e impuesta con la cárcel», ¡una ley inglesa caduca!

No tenemos mujeres brahmanes convertidas en nuestra Misión Tamil. Sabemos de unas pocas en Travancore; sabemos de más en el norte, donde los brahmanes son más numerosos y menos exclusivistas; pero no hay ni una sola mujer o niña brahmán convertida bonâ fide en todo este distrito. Hubo una, una mujer muy anciana; pero murió hace dos años. Podemos consolarnos con la idea de que seguramente algunas de las que han oído se han convertido en creyentes secretas. Pero ¿permanecerá secreta para siempre una verdadera creyente? Podemos confiar en que muchas niñas queridas murieron jóvenes, amando a Jesús, y fueron a él. Pero ¿y las que no han muerto jóvenes? Sé que se puede adoptar una visión más luminosa, y si en estas cartas se ha subrayado la más triste, es solo porque creemos que ustedes saben menos de ella.

Porque se ha escrito más sobre los éxitos que sobre los fracasos, y nos parece más importante que ustedes conozcan los reveses que los éxitos de la guerra. Tendremos toda la eternidad para celebrar las victorias, pero solo tenemos las pocas horas antes de la puesta del sol para ganarlas. No las estamos ganando como deberíamos, porque el hecho de los reveses se comprende tan poco, y los refuerzos necesarios no llegan, como llegarían si la situación se entendiera a fondo. Se necesitan refuerzos de hombres y mujeres, pero, muy por encima de todo, refuerzos de oración. Y por eso hemos intentado contarles la verdad —la verdad sin interés, sin romanticismo— sobre los paganos tal como los encontramos, sobre la obra tal como es. Se necesitan más obreros. No hay palabras para decir cuánto se necesitan, cuánto se los desea aquí. Pero nunca intentaremos atraer a nadie a pensar en venir pintando cuadros en color, cuando los hechos son en blanco y negro. ¿Y si el blanco y negro nunca atrae como los colores? No nos importa; nuestra tarea es decir la verdad. La obra no es una cosa bonita para mirarla y admirarla. Es una lucha. Y los campos de batalla no son hermosos.

Pero si uno ha sido llamado de verdad por Dios, todas las dificultades y todos los desalientos no hacen más que intensificar el Llamado. Si las cosas fueran más fáciles, habría menos necesidad. Cuanto mayor es la necesidad, con más claridad resuena el Llamado en uno, más hondo crece la convicción: era el Llamado de Dios. Y al obedecerlo, está el gozo de la obediencia, muy aparte del gozo del éxito. Hay gozo en estar con Jesús en un lugar donde sus amigos son pocos; y a veces, cuando menos se espera, al volver a casa rendida y desanimada tras un día en un pueblo hostil o indiferente, de repente —apenas sabrías decir cómo— una ola tal del gozo de Jesús fluye sobre ti y a través de ti, que quedas en silencio con la sensación de un gozo completo. Entonces, cuando lo ves a él ganando almas, u oyes de las victorias de tus compañeros, ¡oh!, todo cuanto hay dentro de ti canta: «¡Tengo un gozo que rebasa toda medida!».


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