Las cosas como son
Prefacio

Capítulo 2 · 7 min de lectura · 9 min de escucha

Prefacio

La autora de estos capítulos estremecedores es una misionera de Keswick, bien conocida por muchos amigos como la hija adoptiva del señor Robert Wilson, el muy respetado presidente de la Convención de Keswick. Trabajó durante un tiempo con el Rev. Barclay Buxton en Japón; y en los últimos años ha estado con el Rev. T. Walker (también misionero de la C.M.S.) en Tinnevelly, y forma parte del personal de la Sociedad Zenana de la Iglesia de Inglaterra.

No creo que las realidades de la vida hindú se hayan retratado jamás con mayor viveza que en este libro; y sé que se puede confiar plenamente en la exactitud de la autora. El cuadro está trazado sin prejuicios, con toda simpatía, con pleno reconocimiento de lo que hay de bueno, y sin embargo con una determinación inquebrantable de decir la verdad y dar a conocer los hechos,—es decir, hasta donde ella se atreve a contarlos. Lo que dice es la verdad, y nada más que la verdad; pero no es toda la verdad—eso no podía contarlo. Si lo escribiera, no se podría imprimir. Si se imprimiera, no se podría leer. Pero si leemos entre líneas, alcanzamos a vislumbrar algo de lo que ella llama «lo Real».

Es evidente que la autora sintió hondamente la responsabilidad de escribir un libro así; y yo también siento la responsabilidad de recomendarlo. Lo hago pidiendo de corazón a Dios que lo use para conmover a muchos. No es un libro para leerse con una especie de «interés» sentimental y perezoso. Es un libro que hace caer de rodillas al lector—y más aún a la lectora.

La mayoría de los capítulos tratan de la vida de hombres, mujeres y niños paganos rodeados por los tremendos cerrojos y puertas del sistema de castas. Pero un capítulo, y no el menos importante, habla de los cristianos nativos. Desde hace tiempo uno de mis propósitos ha sido corregir la curiosa impresión general que tiene la gente en la patria de que los cristianos nativos, en su conjunto, son—no perfectos, desde luego,—nadie piensa eso, pero sí—seguidores de Cristo fervientes y consecuentes. Se leen relatos, relatos verídicos, de conversos verdaderos, y se supone que son muestras de todo el conjunto. Pero (1) allí donde ha habido «movimientos de masas» hacia el cristianismo, donde aldeas enteras se han puesto bajo instrucción cristiana, es seguro que hay motivos mezclados; (2) allí donde ha habido dos o tres generaciones de cristianos, no es razonable esperar que los descendientes de hombres que quizá fueron ellos mismos conversos muy verdaderos sean necesariamente como ellos. El cristianismo hereditario en la India se parece mucho al cristianismo hereditario en la patria. La Iglesia de Tinnevelly, de la que este libro cuenta incidentalmente algo, está marcada por ambos rasgos. Familias enteras, e incluso aldeas, se han «pasado» en ocasiones; y la gran mayoría de los cristianos nacieron (por así decirlo) cristianos y fueron bautizados en la infancia. Esto no es en sí un resultado despreciable. La «Inglaterra cristiana», por poco cristiana que sea en realidad gran parte de su población, es mejor que la India pagana; y en el capítulo al que me refiero la propia señorita Carmichael señala la diferencia entre una aldea hindú y una aldea cristiana. Pero cuanto más se extienda el cristianismo, tanto más habrá con toda seguridad de mera profesión nominal.

¿Se debe la impresión equivocada a la que aludo a que los misioneros se detienen sobre todo en el lado más luminoso de su obra? Aquí y allá el libro sugiere apenas que hacen mal en ello. Pero ¿cómo evitarlo? ¿De qué habla un clérigo o un evangelista en Inglaterra? ¿Habla de sus muchas decepciones diarias, o de sus casos alentadores ocasionales? Estos últimos son los acontecimientos de su vida, y es natural que hable de ellos. Las primeras las resume en alguna afirmación general. ¿Cómo podría hacer otra cosa? ¿Y qué puede hacer el misionero moderno en los breves informes que alcanza a escribir? Hace cincuenta años llegaban a la patria diarios misioneros de una extensión enorme, y se publicaban debidamente; y entonces los pocos lectores asiduos conocían mejor los detalles de la idolatría, la crueldad y la impureza hindúes, y los tremendos obstáculos que encontraba el Evangelio. Mucho de lo que cuenta la señorita Carmichael se contó entonces una y otra vez, aunque quizá no con una pluma tan hábil como la suya. Pero la obra se ha desarrollado tanto en cada misión, y las misiones son tanto más numerosas y extensas, que ni los misioneros pueden ya escribir como lo hacían sus predecesores, ni, si lo hicieran, encontrarían espacio para sus diarios todas las publicaciones misioneras juntas.

La culpa de las impresiones equivocadas está sobre todo en la falta de conocimiento y de reflexión de oradores y predicadores en la patria. Recuerdo que hace treinta años un obispo elocuente, en Exeter Hall, lanzaba triunfalmente a la cara de los críticos de las misiones la pregunta: «¿Es Tinnevelly una ficción?»—como si Tinnevelly se hubiera convertido en un país cristiano, cosa que al parecer algunos todavía suponen, a pesar de las advertencias en sentido contrario que las publicaciones de la C.M.S. han repetido una y otra vez. Aún hoy hay en Tinnevelly unos veinte paganos por cada cristiano; y este libro cuenta de qué clase son esos veinte. Tinnevelly, en efecto, «no es ninguna ficción», pero en un sentido muy distinto del que tenía el discurso del buen obispo. Asimismo, hace unos meses oí a un predicador, no muy favorable a la C.M.S., decir que la C.M.S., a pesar de sus deficiencias, merecía la gratitud de la Iglesia porque ¡había «convertido a una nación» en Uganda!—como si la nación se compusiera solo de 30.000 almas. Algún día se comprenderá mejor «lo Real» de Uganda, y se advertirán las inevitables deficiencias incluso de su población cristiana, y entonces se nos dirá que engañamos al público—aunque se lo hemos advertido una y otra vez.

Pero la mayor parte de este libro es una revelación—hasta donde es posible—de «lo Real» del hinduismo y de la casta. ¡Quiera Dios que sus hechos terribles y sus palabras ardientes penetren en el corazón de sus lectores! Quizá, cuando lo hayan leído, convengan por fin en que no usábamos un lenguaje sensacionalista ni exagerado cuando decíamos que la Iglesia solo está jugando a las misiones. El servicio, la abnegación y la oración tendrán que darse en una escala muy distinta si alguna vez hemos de—no digo convertir al mundo—sino siquiera evangelizarlo.

EUGENE STOCK.


Glosario

Agni — Dios del fuego.

Aiyo — ¡Ay! «Ai» se pronuncia de un golpe, casi como «ay». La palabra se repite rápidamente: ¡Ai-ai Yō, ai-ai Yō!

Ammā — ¡Madre! (vocativo). La «A» se pronuncia como la «u» del inglés «up». La palabra la usan también todas las mujeres para hablarse entre sí, y las muchachas para dirigirse a las mujeres.

Ammāl — Señora o mujer. La «A» se pronuncia como la «u» del inglés «up».

Anna — Un penique.

Nuez de areca — Nuez que los indios «comen» con hoja de betel o con cal.

Betel — Hoja de una enredadera.

Bandy — Carreta de bueyes.

Brahma — La primera persona de la tríada hindú, considerada el Creador.

Brahmán — La más alta de las castas hindúes.

Bramo Samâj — Secta de reformadores hindúes que honran a Cristo como hombre, pero lo rechazan como Salvador.

Chee! — Exclamación de burla, asco o reproche.

Compound — Terreno que rodea una casa.

Coolie — Jornalero a sueldo. «Coolie» es la palabra tamil para la paga.

Curry — Preparado de carne o verduras que se hace moliendo diversos condimentos y mezclándolos.

Fakeer — Mendigo religioso.

Guru — Maestro religioso.

Iyer — Título que se da a los brahmanes y a los gurus.

Paddy — Arroz con cáscara. Campos de paddy = arrozales.

Pariah — Una clase oprimida.

Pūjah — Culto. La «ū» se pronuncia como «u».

Rupia — Valor: 1 chelín y 4 peniques.

Saivita — Adorador de Siva.

Salaam — Saludo que significa «paz», usado al encontrarse y al despedirse, y a menudo en el sentido de «gracias». Al decir salaam se lleva la mano derecha a la frente.

Seeley — Vestido de la mujer tamil, de seda, muselina o algodón.

Shanar — Casta de trepadores de palmeras de Palmyra.

Siva — La tercera persona de la tríada hindú. El Destructor.

Tom-Tom — Tambor indio.

Vaishnavita — Adorador de Vishnu.

Vellalar — Casta de terratenientes y labradores.

Vishnu — La segunda persona de la tríada hindú. El Preservador.

Página 1 / 1 · 7 min restantes en el capítulo
Anterior Siguiente