Las cosas como son
Lo que ocurrió

Capítulo 16 · 8 min de lectura · 11 min de escucha

Lo que ocurrió

«Hace algunos años Inglaterra se estremeció de arriba abajo con las revelaciones que se hicieron sobre el “Amargo clamor” de la mujer ultrajada. En la India el clamor amargo es mucho más amargo, pero queda ahogado y sofocado por la cruel mordaza de la casta. Los hindúes ortodoxos preferirían ver a sus muchachas traicionadas, torturadas, asesinadas, antes que permitirles romper las trabas de la casta.»

Rev. T. Walker, India.

HAY otro pueblo antiguo cerca de Dohnavur, y en ese pueblo otro templo, y alrededor del templo la acostumbrada plaza de los brahmanes. En una de las calles de esta plaza vimos a la muchacha cuyo rostro los mira desde aquí. Nos pareció un rostro típico, no hermoso como lo son muchos, pero característico por el poder latente de los ojos y la frente, un rostro lleno de posibilidades.

Rara vez conseguíamos algo que quisiéramos especialmente, pero esto sí lo conseguimos. Lo miro ahora y me pregunto cómo se irá formando a medida que el alma que hay detrás se moldee y crezca. Esa niña está envuelta en influencias que la apartan del toque de la gracia de la vida.

Aquel día vimos a muchas mujeres, pero solo a la distancia del ancho de una calle; no querían acercarse más, porque ese pueblo sigue siendo para nosotras una Petra: estamos esperando que se nos guíe adentro.

Pero si pudimos entrar lo suficiente como para sacar una fotografía, ¿no estábamos sin duda lo bastante «dentro» como para predicar el Evangelio? ¿Por qué no detenernos allí y hablar de asuntos más importantes? ¿Qué lo impedía entonces?

Solo esto: en ese pueblo han oído hablar de convertidos que salen y rompen la casta en el bautismo, y han hecho una ley para que a nosotras (con quienes saben que están algunos de esos convertidos) nunca se nos permita hablar con ninguna de sus mujeres. Eso nos lo impidió allí. Pero aun suponiendo que hubiéramos tenido libertad para hablar, como confiamos que pronto la tendremos, y suponiendo que ella hubiera querido oír, las barreras que se interponen entre una niña así y la confesión de Cristo son tantas y tan grandes que cuando, como ahora, uno quiere hablarles de ellas, apenas sabe cómo hacerlo. Las palabras parecen pequeñas y débiles sombras de alguna roca sombría, pequeñas y débiles sombras de las hierbas que crecen en ella, más que de la roca misma en su solidez; o, para volver a la vieja idea, todo lo que uno puede decir no es más que señalar el Polvo como prueba de lo Real.

«¿Qué impide que las mujeres de casta alta se bauticen y vivan como cristianas en sus propias casas?» La pregunta la hizo un inglés, un visitante de invierno que, interesado en las Misiones, iba recogiendo impresiones. Le dijimos que a ninguna mujer de casta alta se le permitiría vivir abiertamente como cristiana en su propia casa; y le hablamos de algunas que, solo porque se sospechaba que se inclinaban hacia el cristianismo, habían sido hechas desaparecer. «¿Y qué supone usted que les pasó?», preguntó, y se lo dijimos.

Hablábamos en el agradable salón de un hotel de la India. Nuestro amigo sonrió y nos aseguró que debíamos de estar equivocadas. Estábamos bajo el Gobierno inglés; tales cosas no podían ser posibles. Miramos a nuestro alrededor la tranquila sala, con su aire de comodidad inglesa y de seguridad inglesa; miramos los rostros tranquilos, rostros que nunca habían mirado de frente al miedo, y casi no nos extrañó que no pudieran entender.

Entonces, en un instante, mientras ellos hablaban, estábamos lejos, en otra habitación, mirando otros rostros, rostros inquietos, llenos de miedo. Sabíamos que a nuestro alrededor, calle tras calle, no había más que enemigos de nuestro Señor; sabíamos que un grito pidiendo auxilio quedaría ahogado mucho antes de que pudiera escapar por todas aquellas calles hasta la gran casa inglesa de fuera. Había policías, dirán ustedes. Pero los policías en la India no son como en casa. A los policías se los puede sobornar.

Y ahora volvemos a mirar dentro. Hay una habitación interior muy oscura, sin ventana, con una sola puerta pequeña; los muros son macizos, y también la puerta. Si gritaras ahí dentro, ¿quién te oiría?

Y ahora escuchamos: alguien está hablando: «Una vez hubo una; se interesaba por vuestro Dios. La emparedaron ahí dentro, en el muro, y ese fue su fin.» . . .

Pero estamos de vuelta en el salón, oyéndolos decirnos que esas cosas nunca podrían suceder. . . . Pasaron tres años, y una muchacha vino a refugiarse con nosotras. Amaba mucho a los suyos; nunca habría venido a nosotras si la hubieran dejado vivir como cristiana en casa. Pero no: «Antes que eso, que arda», dijeron. Teníamos dudas sobre su edad, y temíamos tener que entregarla si el caso llegaba a los tribunales. ¿Y si teníamos que entregarla? Mirábamos aquel rostro dulce y confiado, y no podíamos soportar la idea; y sin embargo, según nuestros amigos, el Gobierno lo hacía todo seguro.

Por aquel tiempo llegó a la casa un documento; se daban nombres, fechas, medios de identificación, todo. Esta era la historia en resumen. Una joven brahmán de otro pueblo del sur de la India quería ser cristiana, y confesó a Cristo en su casa. Deseaba con fervor ser bautizada, pero entonces era demasiado joven, y esperó, aprendiendo con constancia y manteniéndose fiel, aunque se hizo todo lo que se pudo hacer para apartarla de su propósito. La comprometieron en matrimonio contra su voluntad con su primo, y le prohibieron tener trato alguno con los cristianos. «Nunca se le permitía salir sola, y era prácticamente una prisionera.»

Durante tres años aquella niña se mantuvo firme, dando testimonio con constancia en su casa y dejando bien claro que era cristiana y que lo seguiría siendo. En casa de su abuelo se celebró una ceremonia hindú importante para la familia, y ella se negó a ir. Esto llevó las cosas a una crisis. Su familia nombró un consejo de cinco para investigar el asunto. «Mantuvo un testimonio glorioso delante de todos ellos —dice el misionero—; declaró con valentía que era cristiana y que tenía la intención de unirse a nosotros; y cuando la desafiaron acerca de la Biblia, la sostuvo en alto y la leyó a la gente reunida.»

Por un tiempo pareció que había ganado la batalla, pero ciertos fanáticos religiosos del pueblo hicieron nuevos intentos contra su constancia. Le ofrecieron joyas, y eso fracasó; trataron de que se hiciera musulmana, puesto que eso era menos deshonroso que ser cristiana; y por último, y lo peor de todo, trataron de manchar de negro aquella alma blanca; pero, ¡gracias a Dios!, también fracasaron.

Por fin terminó el tiempo de espera; ya tenía edad para ser bautizada, y escribió a su amigo misionero para contárselo. Él le envió libros para leer y le prometió hacerle saber en dos días lo que podría disponer. «Su carta venía fechada en casa de su abuelo —escribe el misionero—, adonde, según decía, la habían enviado y encerrado sola en una habitación. Al día siguiente, al oír un rumor de su muerte, fui a casa de N. y allí encontré su cuerpo, fuera de la puerta. Hice que la policía se hiciera cargo de él, y la autopsia ha revelado que la pobre niña fue envenenada con arsénico. Se han usado sobornos sin reparo y se han dicho mentiras atroces, y el resultado neto de todas las investigaciones policiales, hasta ahora, es que no se puede presentar cargo alguno contra nadie.»

El año pasado nos encontramos en las montañas con uno de los misioneros de esta Misión, y le preguntamos si habían condenado a alguien. Dijo que no se había condenado a nadie: «la casta se había encargado de ello».

Aquí está, pues, una exposición de los hechos, despojada de toda emoción y de todo sensacionalismo. Encierran a una niña sola en una habitación y la envenenan; cuando está muerta, arrojan su cuerpo fuera de la puerta. Lo encontraron. Ha habido cuerpos que no se han encontrado; pero estamos bajo el Gobierno británico: ¡nada puede haberles pasado!

El Gobierno británico hace mucho, pero no puede hacerlo todo. Es notorio en la India que se pueden comprar testigos falsos a tanto por cabeza, según la clase de testimonio que se requiera. El soborno y la corrupción no son meros nombres aquí, sino hechos, muy difíciles de rastrear, seguir y combatir para cualquier funcionario honrado. Sabemos, y todos saben, que el Gobierno del Hombre Blanco, aunque bastante fuerte para conquistar y gobernar este Imperio de millones de habitantes, es débil como un niño blanco cuando se detiene ante la puerta de una casa india y quiere saber qué ha pasado dentro, o se propone regular lo que ha de pasar. No puede hacerlo. La idea es vana.»

«¿Por qué no ponerla bajo vigilancia?», preguntó un amigo, un militar, acerca de cierta muchacha que quería ser cristiana; como si tal vigilancia fuera practicable, o pudiera serlo jamás, en las condiciones que reinan en los círculos hindúes de casta alta y mahometanos, salvo en lugares que están directamente bajo la mirada del Gobierno. Sabemos que hay casas donde, con una hora de aviso, se puede preparar y administrar cualquier clase de veneno y de cualquier potencia: veneno rápido que mata en pocos minutos; venenos lentos que minan la salud y hacen su obra con tanta seguridad que nadie puede descubrirla; venenos del cerebro, peores que ambos, y quizá de uso más común, pues son igual de eficaces y mucho menos peligrosos. Pero no podríamos probar lo que sabemos, y el conocimiento sin pruebas, legalmente hablando, no vale nada.

Y sin embargo sabemos estas cosas; hemos oído «un clamor de lágrimas», hemos oído «un clamor de sangre»:

«Lágrimas y sangre tienen un clamor que traspasa el cielo
a través de todas sus aleluyas de júbilo;
Dios oye su clamor, y aunque se tarde,
no lo olvida.»


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