Capítulo 15 · 11 min de lectura · 14 min de escucha
Muerte por desuso
«Hay una fuerte tendencia a considerar la expiación de Cristo como si poseyera alguna cualidad en virtud de la cual Dios puede excusar y pasar por alto el pecado en el cristiano; una disposición a ver el pecar como el acompañante inevitable de la naturaleza humana “hasta que la muerte nos separe”, y a ver el cristianismo como un sustituto de la santidad personal de vida, más que como su causa.»
Rev. I. W. Charlton, India.
«Por muchas cosas que he oído, me imagino que muchos en casa piensan en la misión como una especie de pequeño cielo en la tierra; pero cuando uno mira bajo la superficie, hay mucho que entristece. . . . ¡Oh, amigos, hace falta mucha oración! Muchos de los obreros, por lo que se ve, no saben nada de la conversión.
«Quizá no les guste que escriba con tanta franqueza, pero a veces parece como si solo se mostrara el lado luminoso, y uno siente que, si el pueblo de Dios que ora en casa entendiera las cosas más como realmente son . . . subiría a Dios más oración por un derramamiento del Espíritu Santo sobre nuestros obreros y convertidos. . . . Anhelamos ver a todos nuestros pastores y obreros como hombres verdaderamente convertidos, hombres de oración y de fe que, sabiendo que ellos mismos son salvos, anhelen con un gran anhelo ver a los paganos que los rodean sacados de las tinieblas a su luz, y a los cristianos que forman sus congregaciones, hombres y mujeres convertidos y fervientes.»
A. J. Carr, India.
«Cincuenta añadidos a la Iglesia suena muy bien en casa, pero si solo cinco de ellos son genuinos, ¿de qué servirá en el Gran Día?»
David Livingstone, África.
«¡Oh, que venga el Fuego que lo encienda todo y nos funda a todos en una sola y poderosa Iglesia del Espíritu Santo!»
Minnie Apperson, China.
SE estaban encendiendo las lámparas, batiendo los tambores, haciendo sonar los címbalos y tocando los cuernos para la pujah de la tarde en todos los templos y santuarios mayores de la «Ciudad Fuerte», cuando salimos de ella y, cruzando el arroyo que separa los dos lugares, fuimos a la aldea cristiana, que por contraste nos pareció en aquel momento como un rinconcito del huerto del Señor. Detrás quedaba el estrépito y el estruendo paganos de toda discordancia posible, y aquí el tañido constante de la campana para el culto de la tarde; detrás quedaba todo lo que jamás se ha querido decir con el «misterio de iniquidad», y aquí la pureza y la paz del cristianismo. Así me impresionó al principio; y aun ahora, después de una temporada de trabajo en el corazón del paganismo, la cristiandad, o el pedacito de ella que se encuentra a su lado, es hermosa por contraste. Allí tienes la muerte desnuda, la muerte sin adorno, el cadáver expuesto; aquí, si hay un cadáver, al menos está decentemente vestido. Y sin embargo, aquella tarde se me impuso la verdad de que la muerte es muerte dondequiera que se encuentre y por muy cuidadosamente que se la cubra.
La primera de los cristianos en darnos la bienvenida fue una viuda de aspecto alegre; esta es su fotografía. Pronto nos hicimos amigas. Nos contó que había «nacido en el Camino»; su abuelo se había unido a él, y nadie de la familia se había vuelto atrás, así que estaba segura de que todo estaba bien. Nosotras no estábamos tan seguras, y tratamos de averiguar si conocía la diferencia entre unirse al Camino y venir a Cristo. Esta no era más que una pobre aldeíta de campo, pero por dondequiera que hemos viajado, entre gente instruida y sin instrucción por igual, hemos encontrado mucha confusión de ideas sobre este tema.
«Dios conoce mi corazón —dijo—, Dios oye mis oraciones. Si veo un mal sueño por la noche, oro a Dios, y poniendo una Biblia bajo mi cabeza, duermo en perfecta paz.» ¿Podía haber algo más concluyente?
Había otras muchas pruebas a mano: si tu abuelo regaló a la iglesia seis lámparas, de tres rupias y media cada una (las lámparas siguen colgadas hoy y dan testimonio del hecho); si tu padre nunca dejó de pagar sus cuotas anuales, además de las colectas regulares del domingo (su nombre está en el informe de la iglesia, y lo que dio está impreso); si ayudas generosamente a los pobres y les das arroz con cáscara el día de Navidad (todo un saco); si nunca haces ofrendas a los demonios (no, ni siquiera cuando tus hijos están enfermos y los otros cristianos infieles te lo aconsejan); si nunca te atas el cilindro (un amuleto que con frecuencia, aunque a escondidas, llevan los cristianos puramente nominales); y por último, si has sido bautizada y confirmada, y «sin interrupción te unes a la Cena de la noche», ¿quién puede dudar razonablemente de que eres una cristiana de lo más respetable? En cuanto a preguntas sobre el cambio de corazón y el hábito crónico de pecados como la mentira, ¿quién en este mundo malvado vive sin mentir? Y cuando a Dios le plazca hacerlo, él cambiará tu corazón.
Nos encargamos de la reunión de la tarde para los aldeanos, que mientras tanto se habían juntado y escuchaban con aprobación. La privacidad, tal como nosotros la entendemos, es algo desconocido en la India. «Eso está bien —comentaron alegremente—; ¡denle muchos buenos consejos!» Y todos entramos en tropel en la sala de oración.
Una vez dentro, todos se pusieron una especie de cara de iglesia, y cada cual ocupó su asiento acostumbrado en un silencio decoroso. Los pequeños escolares se sentaron en filas delante, sobre las esteras, con los brazos recatadamente cruzados y los ojos chispeantes fijos con solemnidad; los mayores se sentaron en sus esteras detrás, a uno y otro lado, y nosotras en las nuestras, frente a ellos. Empezamos con un coro, que los niños aprendieron enseguida y cantaron a voz en grito, mientras los mayores se unían con más reserva; y luego nos pusimos manos a la obra.
Habló Bendición. Ella había sido una cristiana nominal, y sabía exactamente dónde estaba esta gente y cómo veía las cosas. Su corazón estaba muy conmovido mientras hablaba, y tenía lágrimas en los ojos, porque sabía que ninguno de estos amigos tenía el gozo de una salvación consciente, y después me dijo que había sentido sed y hambre por ellos. Pero escucharon sin inmutarse. Luego tuvimos oración y un rato de silencio; a veces el Espíritu obra más en el silencio, y nos levantamos con expectación; pero no hubo ninguna señal de vida.
Terminada la reunión, volvieron a reunirse a nuestro alrededor. En estas aldeítas siempre son muy cariñosos y amables; pero no podían entender qué era lo que nos preocupaba. ¿Acaso no eran todos cristianos?
Poco después vinieron, como es su amable costumbre, a traernos fruta y guirnaldas de flores el día de Año Nuevo. Eché de menos a mi primera amiga de aquella tarde y pregunté por ella. «¿Aquella viuda con la que usted habló? —dijo el viejo catequista—, hace tres días le dio fiebre, y…» Se interrumpió y alzó la mirada. Entonces anhelé saber cómo había muerto, pero nadie pudo decirme nada. ¡Oh, la cortina de silencio que cubre el paso de las almas!
Fuimos poco después a la aldea, seguras de que por fin la gente estaría conmovida, porque ella había sido una de las que guiaban a las mujeres, y su llamada, aun en esta tierra de llamadas repentinas, había sido muy repentina. Pero no encontramos que hubiera afectado a nadie. Todos se referían a ella en el tono compungido que se adopta en tales ocasiones y, suspirando, se recordaban unos a otros que Dios era misericordioso y que ella siempre había sido, en la medida de sus posibilidades, una mujer muy buena.
Sentíamos como si estuviéramos con cada una de aquellas personas por separado, en el pequeño espacio donde estábamos seguras de poder estar, delante de aquella cortina, y les hablamos como se habla con aquellos a quienes sabes que quizá nunca vuelvas a ver de este lado de ella. Pero ellos nos miraban y se preguntaban qué nos pasaba. ¿Acaso no eran cristianos? ¿No creían en Dios? ¿No oraban con regularidad noche y mañana pidiendo perdón, protección y bendición? Así que no podían entender.
¿Sería que la capacidad de entender se había marchitado dentro de ellos? ¿Estaba muerta el alma que Dios les dio, «condenada a muerte por desuso»? Muertos están en la apatía y la ignorancia y en costumbres que se pudren, y en la falsa seguridad que viene de adherirse al credo cristiano sin una conexión vital con Cristo. Estos pobres cristianos están muertos.
«¿Por qué se juzga entre vosotros cosa increíble que Dios resucite a los muertos?» Señor, no es cosa increíble. Ya lo has hecho antes. ¡Oh, hazlo otra vez! ¡Hazlo pronto!
Les he contado cuánto necesitamos su ayuda para la obra entre los paganos; pero a menudo sentimos que la necesitamos casi igual para la obra entre los cristianos. Se dice una y otra vez, pero todavía apenas se entiende, que los cristianos necesitan convertirse; que la inmensa mayoría no está convertida; que las estadísticas pueden engañar y no representan la obra para la Eternidad; que más de un pastor, catequista o maestro tiene nombre de que vive, pero está muerto; que la Iglesia en su conjunto está muy muerta, ¡gracias a Dios por cada excepción! No lo decimos a la ligera; escribir estas palabras es un dolor. Nos humillamos de que así sea y tomamos sobre nosotros la culpa. Es verdad que el cadáver de la Iglesia muerta está vestido, igual que en casa, solo que aquí está todavía más vestido; y como el espíritu de esta tierra es intensamente religioso, sus mortajas son vestiduras litúrgicas. Pero la muerte vestida sigue siendo muerte.
Esto será un golpe para quienes han leído historias de tal o cual cristiano nativo y, generalizando a partir de ellas, se imaginan la Iglesia como una compañía de santos. Dios tiene sus santos en la India, hombres y mujeres escondidos en lugares tranquilos, fuera de la vista, y unos pocos al frente; pero el clamor de nuestro corazón es por más. Por eso les decimos la verdad sobre las cosas como son, aunque sabemos que no será bien recibida, porque lo mejor es lo que más gusta en casa; y así, lo mejor es lo que más a menudo se escribe.
Esto puede parecer que tacha lo dicho antes, que a menudo se cuenta el lado más oscuro de la verdad. No lo tacha: lean las revistas y los informes, y encontrarán frases que revelan la verdad y muestran los hechos a quienes tienen ojos para ver; pero, aunque así sea, todos admitirán que la visión optimista, como se la llama, es con mucho la que más se ve, porque el hombre optimista es con mucho el escritor más popular, y por eso se le insiste más para que escriba. «La gente lee lo que es animoso y alegre; cuanto más tengamos de eso, mejor», escribió no hace mucho un secretario de Misión que estaba en el campo, a un misionero que no se sentía libre para escribir de esa manera. Los que, por citar a otro secretario, «tienen miedo de escribir siquiera, por temor a decir mentiras» —disculpen el lenguaje enérgico; cito, no invento— naturalmente escriben mucho menos, y así lo que se conoce es lo mejor.
Esto no es exactamente culpa de nadie. Las autoridades de casa imprimen en su mayor parte lo que se les envía. Incluso a veces llaman la atención sobre la visión menos alegre de las cosas; y si, cediendo de vez en cuando a la presión que ejerce sobre ellas un público al que le encanta oír lo que le gusta, le quitan el aguijón a algún párrafo fuerte añadiendo un «Sin embargo» editorial, ¿es tan asombroso?
¿Creen que escribimos así porque estamos desanimadas? No, no estamos desanimadas, salvo cuando a veces tememos que ustedes se cansen de orar antes de que llegue la respuesta. Esta India es la India de Dios. Esta obra es suya. Oh, únanse entonces a nosotras, como nosotras nos unimos a todos nuestros queridos hermanos y hermanas indios que están vivos en el Señor, para esperar en él con esa forma intensísima de espera que sigue esperando hasta que llega la respuesta; únanse a nosotras cuando oramos al poderoso Dios de los avivamientos: «¡Oh Señor, aviva tu obra! ¡Aviva tu obra en medio de los tiempos! ¡En medio de los tiempos hazla conocer!»
Capítulo 15 completado
Muerte por desuso