Capítulo 11 · 11 min de lectura · 14 min de escucha
Las Clases y las Masas
«Hablamos de trabajo realizado contra la fuerza de la gravedad. Si la magnitud de una fuerza puede estimarse en algún sentido por la resistencia que tiene que vencer, entonces en verdad no hay tierra bajo el sol más apta que la India para mostrar las Grandes Fuerzas de la Gracia Omnipotente de Dios. Porque aquí tiene que hacer frente y vencer las resistencias combinadas del sistema de castas, del paganismo atrincherado y de filosofías hondamente sutiles. ¡Alabado sea Dios! Se puede hacer y se hará. Tú, que solo haces maravillas, sigue obrando. “Cantaremos y alabaremos tu poderío”.»
Rev. T. Walker, India.
QUIZÁ ayudaría a entender mejor estas cartas que nos detuviéramos a explicar un poco las cosas. Algunos se habrán preguntado, al leerlas, cómo es que, mientras los campos del sur de la India se citan constantemente entre los más fructíferos del mundo, nosotros parecemos tratar con una clase en la que el fruto es rarísimo, y tan expuesto a influencias que lo marchitan una vez que ha aparecido, que apenas nos atrevemos a hablar de él hasta que está maduro, segado y a salvo en el granero celestial. Creo que será más fácil entender todo esto si miramos la India del Sur, hindú y tamil (la única de la que trata este libro), desde fuera, y dejamos que se divida en dos grupos: las Clases y las Masas. Existe, desde luego, la línea fronteriza entre ambas, que cruzan por uno y otro lado algunos que pertenecen a las Clases pero son casi de las Masas, y algunos que pertenecen a las Masas pero son casi de las Clases. Hablando en términos generales, sin embargo, hay una diferencia clara entre las dos. En cuanto a su actitud hacia el Evangelio, las Clases y las Masas coinciden: les es del todo indiferente.
En una ponencia leída en la Conferencia de Estudiantes Voluntarios de 1900, un misionero del sur de la India resumió la cuestión en una frase de gran alcance: «Encerrados durante milenios por la gigantesca muralla del Himalaya al norte y por el océano infranqueable al sur, han vivido aislados del resto del mundo y han desarrollado instituciones sociales y concepciones del universo, y del bien y del mal, enteramente propias. Aceptan su propia religión y sus costumbres tradicionales como suficientes para satisfacer sus necesidades, y no tienen conciencia de necesitar enseñanza alguna de los extranjeros. Siempre escucharán cortésmente lo que decimos, y esto constituye una puerta abierta para el Evangelio; pero de necesidad consciente y de hambre del Evangelio hay poco o nada. Mientras se trate solo de predicar, no hay en el mundo oyentes más pacientes que los hindúes. Pero en cuanto se da el caso de que uno de ellos abandona las costumbres de la casta y el culto tradicional, se despierta toda su hostilidad, y la comunidad entera siente como un deber patriótico hacer todo lo posible por privar a esa persona de su libertad de acción y por defender los derechos adquiridos del hinduismo».
Porque el verdadero hindú es fervientemente hindú. Su religión «puede describirse como atada en el haz de su existencia diaria». Su intensa fe en ella, y en su casta, que forma parte de ella, da filo a la hoja con la que combate la entrada de una nueva religión en su hogar. Concibe esta nueva religión como algo intrínsecamente hostil a su casta, y como la casta está ligada en todos sus puntos con el hinduismo, entretejida con él, como si el hinduismo fuera la urdimbre y la casta la trama del tejido de la vida india, no podemos decir que se equivoque al considerar el cristianismo como un enemigo al que hay que combatir si quiere seguir siendo un hindú de casta. Hasta ahora, en la historia religiosa del sur de la India, no tenemos ningún ejemplo a gran escala de algo parecido al Bramo Samâj del norte. En el Sur, más conservador, casi no hay transigencia con la doctrina que hace a todos los hombres uno en Cristo, y poca asimilación de ella.
Volviendo a la división —Clases y Masas—, las Clases comprenden a los miembros de las llamadas castas altas, y al hablar de los pueblos y aldeas donde estos viven, y de los convertidos de entre ellos, se usa a veces el prefijo «de casta». Entre las Clases encontramos mujeres de gran ternura de sentimientos y con una cultura propia, pero su mente se estrecha por las vidas mezquinas que llevan, vidas que en muchos casos no tienen horizonte más amplio que los pensamientos sobre sus maridos, sus hijos, sus joyas y sus guisos, y siempre las riñas de la vecina de al lado y los chismes del lugar. Buena parte de esos chismes tratan de asuntos que no son precisamente edificantes. Nos lleva años entenderlos, porque la mayor parte de la conversación se lleva a cabo mediante alusiones o insinuaciones. Pero los niños los entienden. Una de nuestras convertidas me contó que a menudo pide en oración poder olvidar las palabras que oyó, las cosas que vio y los juegos que jugó cuando era niña en el cuarto de su madre.
Las muchachas de las castas altas viven en estricta reclusión. Durante esos años formativos permanecen encerradas tras los muros del patio, en la vida empequeñecedora de dentro, y como resultado se empequeñecen, y pierden recursos e independencia de criterio, y sobre todo valor; y esto pesa terriblemente en nuestra obra, pues hace muy difícil persuadir a una de ellas a pensar por sí misma o a atreverse a decidir creer. Esa reclusión no se siente como encarcelamiento; a la muchacha se la educa para considerarla lo correcto, y nunca encontramos entre las que viven así recluidas deseo alguno de saltar los límites y salir corriendo al aire libre. No lo sienten como una estrechez, como lo sentiríamos nosotros; es su costumbre.
Es esta costumbre la que hace que la obra entre las muchachas sea sumamente lenta y de poco fruto. Hay que alcanzarlas una por una, y se necesitan muchos meses de enseñanza antes de que la mente se abra lo bastante para entender que puede ser libre. Nunca se ve más claramente la influencia de lo físico sobre lo mental que en tales casos. A veces parece como si la mente no pudiera salir más allá de los muros que la oprimen; pero cuando, por la iluminación de Dios, ha recibido luz suficiente para ver dentro de las tinieblas del alma, y la gloria que espera para entrar a resplandecer en ella, imaginen la tremenda conmoción, el golpe de sentir que el suelo firme se hunde, cuando poco a poco o de repente le llega la convicción de que, si obra conforme a este nuevo conocimiento, no hay lugar para ella en su casa. Tiene que dejarlo todo, ¡todo!
¿Les extraña que pocas estén dispuestas a «seguir tan lejos»? ¿Les extraña que a veces el corazón casi se nos rompa, al darnos cuenta de lo que les cuesta? ¿Les extraña que, sabiendo que cada una es puesta como blanco del arquero que dispara contra las almas, temamos decir mucho de ellas, no sea que hagamos más visibles los blancos a sus ojos?
Los hombres y muchachos de las Clases llevan una vida más libre, y aquí se encuentran todos los matices de refinamiento. Hay también educación, y un gran respeto por el saber, y reverencia por su literatura y su lengua clásicas, una lengua tan antigua que hallamos ciertas palabras tamiles en las Escrituras hebreas, y tan rica que, mientras «casi todas las lenguas vernáculas de la India se han enriquecido mucho con el sánscrito, el sánscrito ha tomado préstamos del tamil». Casi cada aldea de casta tiene su propia escuelita, y cada ciudad tiene muchas, donde a los muchachos se les enseña a leer y escribir, poesía y cálculo mental.
No hay mucha educación entre las Masas. Aquí y allá destaca un hombre que se ha abierto camino a través de la ignorancia de siglos hasta la luz del conocimiento de los libros. Un hombre así es muy respetado por toda la comunidad. Las mujeres tienen la misma naturaleza bondadosa que las mujeres de las Clases, y a veces hay una sorprendente sensibilidad donde menos se esperaría. Hemos conocido a una mujer tamil, claramente de las Masas, nunca recluida en su juventud, sino dejada florecer como una flor silvestre en el campo, tan delicada de espíritu como cualquier dama de nacimiento. La gente es tosca y rústica en sus maneras, pero se observan ciertas leyes que muestran un espíritu de refinamiento latente entre ellos; hay costumbres que salen bien paradas comparadas con las costumbres de las masas en nuestra patria. En conjunto, son como las masas de otras tierras, con puntos buenos y puntos malos en fuerte relieve, y exactamente las mismas almas que salvar.
Los convertidos de entre las Masas, por regla general, pueden vivir en su casa. Hay persecución, pero no se les expulsa de la aldea, de la calle ni de la casa. A menudo vienen en grupos, quizá dos o tres familias juntas, o se pasa una aldea entera guiada por su jefe. Hay menos conversiones y confesiones individuales, una por una, aunque estas van en aumento, y son lo mejor que tenemos.
Es fácil entender cuánto más rápidamente se extiende el cristianismo en tales condiciones que en las que imperan entre las Clases; lo vemos ilustrado una y otra vez. Por ejemplo, en cierta ciudad hindú de casta alta, a unas millas de nuestra estación por el lado oriental, un joven oyó predicar el Evangelio en una reunión al aire libre; creyó, y lo confesó en el bautismo, rompiendo así con su casta y haciéndose un extraño para su propia gente. Desde entonces nunca ha podido vivir en su casa, y por eso no ha habido testimonio, ninguna oportunidad de que la vida muestre el amor de Dios. Los hombres de esa casa sin duda saben algo de la verdad; saben lo suficiente, al menos, para ser responsables de rechazarla; pero ¿qué pueden saber las mujeres? Solo que el hijo de la casa ha deshonrado su casa y su nombre; solo que ha destruido su casta y ha roto el corazón de su madre. «¡Vergüenza sobre él —claman a una voz—, y maldita sea la causa de la vergüenza, el “Camino” de Jesucristo!». Es inútil decir que no son más que mujeres y que no cuentan; sí cuentan. Su influencia cuenta muchísimo. En teoría, las mujeres en la India no son nada en lo que toca a la religión; en la práctica, son el corazón de la religión hindú, como los hombres son su nervio y su cerebro. Nunca ha habido otro convertido en esa ciudad desde que aquel joven fue desterrado de ella, expulsado por su casta.
Pero en una aldea a solo unas millas de esa ciudad, un muchacho pagano creyó, fue bautizado y volvió a su casa, no tan bien recibido como antes, pero no considerado demasiado contaminado para seguir contándolo como hijo de la familia. Su padre ha muerto, su madre es una enemiga encarnizada, pero después ha venido su hermano, y a un tiro de piedra otro más; y así sigue: la vida tiene ocasión de dar testimonio. Casi cada vez que hemos ido a esa aldea hemos encontrado a algunos dispuestos para el bautismo, y aunque ninguna de las madres ha sido ganada, dan testimonio del cambio en la vida de sus hijos. «El corazón de mi muchacho es ahora blanco como la leche», dijo una que había estado presente y había visto atar y azotar a ese muchacho por amor de Cristo. Rara vez «cambian de religión» estas viejas almas firmes; «¡Déjenme ir adonde está mi marido; él no quiso saber nada de esto!», dijo una, y nada parece conmoverlas; pero dejan que sus muchachos vivan en casa, y quizá, aun así, el amor acabe por vencer su resistencia. Le están dando una oportunidad.
Creo que este solo ejemplo explica mejor que muchas palabras la diferencia entre la obra entre las Clases y entre las Masas, y por qué una forma de obra es mucho más fructífera que la otra.
No hay que entender las Masas como una vasta Masa sin casta, expulsada por las Clases, porque el sistema de castas desciende hasta el estrato más bajo; pero sus reglas de casta permiten un trato más libre con los demás. Podemos visitar sus casas con más libertad, entrar más libremente en sus pensamientos, compartir más libremente los intereses de su vida. Estamos menos fuera, por así decirlo. Pero la diferencia principal entre unos y otros es más profunda; es una diferencia subterránea. Se traduce, sin embargo, en algo que todos pueden ver. Entre las Masas, los «movimientos de masas» son frecuentes; entre las Clases, salvo raras excepciones, cada uno tiene que salir solo.
Esto lo olvidan a menudo quienes observan el campo de la India desde la patria. Hay partes de ese campo donde los obreros parecen estar siempre atando gavillas y cantando cantos de cosecha; y de otras partes llegan menos cantos, porque allí hay menos gavillas, o puede que no haya ninguna, solo unas pocas espigas pobres, y hubo que recogerlas una por una, y no se notan en el campo.
Capítulo 11 completado
Las Clases y las Masas