Capítulo 7 · 27 min de lectura · 35 min de escucha
Sección 2 — La manera de esta supervisión
Habiendo considerado así la naturaleza de esta supervisión, hablaremos a continuación de la manera de llevarla a cabo; no de cada parte por separado, para no hacernos tediosos, sino del conjunto en general.
1. La obra ministerial debe llevarse a cabo puramente para Dios y para la salvación de las almas, no para fines privados nuestros. Un fin equivocado hace mala toda la obra en cuanto procede de nosotros, por buena que sea en su propia naturaleza. No es servir a Dios, sino a nosotros mismos, si no lo hacemos para Dios, sino para nosotros. Los que emprenden esta obra como una ocupación cualquiera, para hacer de ella un oficio con que ganarse el sustento terrenal, hallarán que han escogido un mal oficio, aunque sea un buen empleo. La abnegación es de absoluta necesidad en todo cristiano, pero es doblemente necesaria en un ministro, pues sin ella no puede prestar a Dios ni una hora de servicio fiel. Los estudios arduos, el mucho saber y la predicación excelente, si los fines no son rectos, no son más que un pecar hipócrita más glorioso. Es comúnmente conocido el dicho de Bernardo: «Algunos desean saber solo por saber, y eso es vergonzosa curiosidad. Algunos desean saber para vender su saber, y eso también es vergonzoso. Algunos desean saber por causa de la reputación, y eso es vergonzosa vanidad. Pero hay algunos que desean saber para edificar a otros, y eso es digno de alabanza; y hay algunos que desean saber para ser edificados ellos mismos, y eso es sabiduría».
2. La obra ministerial debe llevarse a cabo con diligencia y con esfuerzo, como algo de tan indecible trascendencia para nosotros y para otros. Procuramos sostener el mundo, salvarlo de la maldición de Dios, perfeccionar la creación, alcanzar los fines de la muerte de Cristo, salvarnos a nosotros mismos y a otros de la condenación, vencer al diablo y derribar su reino, establecer el reino de Cristo, y alcanzar el reino de gloria y ayudar a otros a llegar a él. ¿Y han de hacerse estas obras con una mente descuidada o con una mano perezosa? ¡Oh, procuren, pues, que esta obra se haga con todas sus fuerzas! Estudien con empeño, porque el pozo es hondo y nuestro entendimiento es poco profundo; y, como dice Casiodoro: «Aquí el nivel común del saber no ha de ser el límite; aquí se demuestra una verdadera ambición; cuanto más se busca un conocimiento profundo, mayor es la honra de alcanzarlo». Pero, sobre todo, sean laboriosos en la práctica y el ejercicio de su conocimiento. Que las palabras de Pablo resuenen continuamente en sus oídos: «Me es impuesta necesidad; y ¡ay de mí si no anunciare el evangelio!». Piensen siempre en lo que pesa sobre sus manos: «Si no me esfuerzo, Satanás puede prevalecer, y el pueblo perecer eternamente, y su sangre ser demandada de mi mano. Si rehúyo el trabajo y el sufrimiento, atraeré sobre mí mil veces más de lo que evito; mientras que, con la diligencia presente, me prepararé para la dicha futura». Nadie salió jamás perdiendo con Dios.
3. La obra ministerial debe llevarse a cabo con prudencia y con orden. La leche debe ir antes que el alimento sólido; hay que echar el fundamento antes de intentar levantar el edificio. No se debe tratar a los niños como a hombres de plena estatura. Los hombres deben ser llevados a un estado de gracia antes de que podamos esperar de ellos las obras de la gracia. La obra de la conversión, y el arrepentimiento de obras muertas, y la fe en Cristo, deben enseñarse primero, con frecuencia y a fondo. Por lo común, no debemos ir más allá de la capacidad de nuestro pueblo, ni enseñar la perfección a quienes no han aprendido los primeros principios de la religión; porque, como dice Gregorio de Nisa: «No enseñamos a los niños pequeños los preceptos profundos de la ciencia, sino primero las letras, y luego las sílabas, etc. Así, los guías de la iglesia proponen primero a sus oyentes ciertas enseñanzas, que son como los elementos; y así, poco a poco, les abren las materias más perfectas y misteriosas». Por eso la iglesia se tomaba tanto trabajo con sus catecúmenos antes de bautizarlos, y no quería poner piedras sin labrar en el edificio.
4. A lo largo de todo el curso de nuestro ministerio debemos insistir principalmente en las verdades más grandes, más ciertas y más necesarias, y detenernos con menos frecuencia y más parquedad en las demás. Si tan solo logramos enseñar a Cristo a nuestro pueblo, se lo enseñaremos todo. Llévenlos bien al cielo, y tendrán conocimiento suficiente. Las grandes verdades de la religión, comúnmente reconocidas, son aquellas de las que los hombres han de vivir, y los grandes instrumentos para destruir sus pecados y elevar el corazón a Dios. Por tanto, debemos tener siempre delante de los ojos las necesidades de nuestro pueblo. Recordar que «una cosa es necesaria» nos apartará de las baratijas, de los adornos innecesarios y de las controversias inútiles. Muchas otras cosas son deseables de saber; pero esta debe saberse, o nuestro pueblo se pierde para siempre. Confieso que pienso que la NECESIDAD debería ser la gran ordenadora del curso de estudio y de trabajo de un ministro. Si fuéramos suficientes para todo, podríamos intentarlo todo y recorrer por orden toda la enciclopedia; pero la vida es corta, y nosotros somos torpes, y las cosas eternas son necesarias, y las almas que dependen de nuestra enseñanza son preciosas. Confieso que la necesidad ha sido la guía de mis estudios y de mi vida. Ella escoge qué libro he de leer, y me dice cuándo y por cuánto tiempo. Ella escoge mi texto y hace mi sermón, tanto en la materia como en la manera, en la medida en que puedo mantener fuera mi propia corrupción. Aunque sé que la constante expectativa de la muerte ha sido una gran causa de esto, no conozco razón alguna por la cual el hombre más sano no deba asegurar primero las cosas más necesarias, considerando la incertidumbre y la brevedad de la vida de todos los hombres. Jenofonte pensaba que «no había mejor maestro que la necesidad, que enseña todas las cosas con la mayor diligencia». ¿Quién puede, al estudiar, predicar o trabajar, estar ocupado en otras cosas, si sabe que esto DEBE hacerse? ¿Quién puede entretenerse o demorarse, si siente las urgentes espuelas de la necesidad? Como dice el soldado: «Donde la necesidad apremia, no hacen falta largas discusiones, sino una lucha rápida y fuerte»; tanto más debemos hacerlo nosotros, cuanto más importante es nuestro negocio. Sin duda, esta es la mejor manera de redimir el tiempo: procurar no perder ni una hora, empleándola solo en cosas necesarias. Esta es la manera de ser de mayor provecho a otros, aunque no siempre de ser el más agradable y aplaudido; porque, por la fragilidad de los hombres, es verdad lo que dice Séneca: «Nos atraen las novedades más que las cosas grandes».
De ahí que el predicador deba volver a menudo sobre las mismas cosas, porque las materias necesarias son pocas. No debemos fingir cosas necesarias, ni detenernos mucho en las innecesarias para contentar a los que buscan novedades, aunque debemos revestir las mismas verdades de una grata variedad en la manera de presentarlas. Los grandes volúmenes y las tediosas controversias que tanto nos turban y nos hacen perder el tiempo suelen estar compuestos más de opiniones que de verdades necesarias; porque, como dice Ficino: «La necesidad está encerrada dentro de estrechos límites; no así la opinión»; y, como dicen a menudo Gregorio Nacianceno y Séneca: «Lo necesario es común y evidente; es por lo superfluo por lo que perdemos el tiempo y trabajamos, y nos quejamos de no alcanzarlo». Por tanto, los ministros deben observar la situación de sus rebaños, para saber qué es lo más necesario para ellos, tanto en la materia como en la manera; y por lo común hay que atender primero a la materia, por ser de más importancia que la manera. Si ustedes tienen que escoger qué autores leer, ¿no tomarán más bien a los que les dicen lo que no saben, y que exponen las verdades más necesarias de la manera más clara, aunque sea en lenguaje tosco o poco elegante, antes que a los que les dirán con suma erudición y elegancia lo que es falso o vano, y «con gran esfuerzo no dicen nada»? Me propongo seguir el consejo de Agustín: «Da el primer lugar al sentido de la Palabra, de modo que el alma sea preferida al cuerpo; de lo cual se sigue que busquemos encontrar los discursos más verdaderos tanto como los más agudos, así como buscamos por amigos a los más sensatos tanto como a los más apuestos». Y ciertamente, lo que hago en mis estudios para mi propia edificación, debería hacerlo en mi enseñanza para la de otros. Por lo común son los hombres vacíos e ignorantes, a quienes falta la materia y sustancia del verdadero saber, los que se muestran excesivamente curiosos y solícitos en cuanto a palabras y adornos, mientras que los hombres de edad, experimentados y más sabios abundan en verdades sustanciales, presentadas por lo general con el ropaje más sencillo. Así como Aristóteles da como razón de que las mujeres sean más dadas que los hombres al orgullo en el vestir el que, conscientes de poco valor interior, procuran suplirlo con adornos exteriores prestados, así sucede con los predicadores vacíos y sin valor, que pretenden ser estimados por lo que no son y no tienen otro modo de procurarse esa estima.
5. Toda nuestra enseñanza debe ser tan clara y sencilla como sea posible. Esto es lo que mejor conviene a los fines de un maestro. El que quiere ser entendido debe hablar conforme a la capacidad de sus oyentes. La verdad ama la luz, y es más hermosa cuanto más desnuda. Es señal de un enemigo envidioso esconder la verdad; y es obra de un hipócrita hacerlo con el pretexto de revelarla; y por eso los sermones oscuros y pintados (como los vidrios pintados de las ventanas, que impiden el paso de la luz) son con demasiada frecuencia las marcas de hipócritas pintados. Si no quieres enseñar a los hombres, ¿qué haces en el púlpito? Si quieres, ¿por qué no hablas de manera que te entiendan? Sé que la altura de la materia puede hacer que un hombre no sea entendido, aun cuando se haya esforzado por hacerla tan clara como pueda; pero que un hombre oscurezca a propósito la materia con palabras extrañas y esconda su pensamiento al pueblo al que pretende instruir, es la manera de hacer que los necios admiren su profundo saber, y los sabios su necedad, su orgullo y su hipocresía. Algunos hombres ocultan su sentir con el pretexto de la necesidad, a causa de los prejuicios de los hombres y de la falta de preparación de los entendimientos comunes para recibir la verdad. Pero la verdad vence al prejuicio por la sola luz de la evidencia, y no hay mejor manera de hacer prevalecer una buena causa que hacerla tan clara y tan general y cabalmente conocida como podamos; es esta luz la que dispondrá a una mente no preparada. En el mejor de los casos, es señal de que un hombre no ha digerido bien la materia él mismo, si no es capaz de transmitirla con claridad a otros. Quiero decir, con tanta claridad como la naturaleza de la materia lo permita, en relación con capacidades preparadas para ella por verdades previas; porque sé que algunos hombres no pueden de momento entender ciertas verdades, aunque se las digas con toda la claridad con que las palabras pueden expresarlas; así como las reglas más fáciles de la gramática, enseñadas con la mayor claridad, no serán entendidas por un niño que apenas está aprendiendo el alfabeto.
6. Nuestra obra debe llevarse a cabo con gran humildad. Debemos comportarnos con mansedumbre y condescendencia con todos; y enseñar a otros de tal manera que estemos igualmente dispuestos a aprender de cualquiera que pueda enseñarnos, y así enseñar y aprender a la vez; no ventilando con orgullo nuestras propias ocurrencias y desdeñando todo lo que de algún modo las contradiga, como si hubiéramos alcanzado la cumbre del conocimiento y estuviéramos destinados a la cátedra, y los demás hombres a sentarse a nuestros pies. El orgullo es un vicio que mal sienta a quienes han de guiar a los hombres al cielo por un camino tan humilde; guardémonos, pues, no sea que, cuando hayamos llevado allá a otros, la puerta resulte demasiado estrecha para nosotros mismos. Porque, como dice Grocio: «El orgullo nace en el cielo, pero, como si olvidara que el camino desde aquel lugar está cerrado, ¡le es imposible volver después!». Dios, que arrojó fuera a un ángel soberbio, no admitirá allí a un predicador soberbio. Me parece que deberíamos recordar al menos el título de ministro, que, aunque los sacerdotes papistas lo desdeñen, nosotros no lo desdeñamos. Es este orgullo en la raíz el que alimenta todos nuestros demás pecados. De ahí la envidia, la contienda y la falta de paz entre los ministros; de ahí los obstáculos a toda reforma: todos quieren dirigir, y pocos quieren seguir o colaborar. De ahí también la falta de progreso de demasiados ministros, porque son demasiado orgullosos para aprender. La humildad les enseñaría otra lección. Puedo decir de los ministros, aun de los ancianos entre ellos, lo que Agustín dijo a Jerónimo: «Aunque es más propio de los ancianos enseñar que aprender, mucho más propio es aprender que ser ignorante».
7. Debe haber una prudente mezcla de severidad y de mansedumbre, tanto en nuestra predicación como en nuestra disciplina; cada una debe predominar según la calidad o el carácter de la persona o del asunto que tengamos entre manos. Si no hay severidad, nuestras reprensiones serán despreciadas. Si todo es severidad, se nos tendrá por usurpadores de dominio más que por persuasores de la mente de los hombres hacia la verdad.
8. Debemos ser serios, fervientes y celosos en cada parte de nuestra obra. Nuestra obra requiere mayor destreza, y sobre todo mayor vida y celo, que los que cualquiera de nosotros le aporta. No es poca cosa ponerse en pie delante de una congregación y entregar un mensaje de salvación o de condenación, como de parte del Dios vivo, en el nombre del Redentor. No es fácil hablar con tanta claridad que los más ignorantes nos entiendan, con tanta seriedad que los corazones más muertos nos sientan, y con tanta fuerza de convicción que los objetores más porfiados sean silenciados. El peso de nuestra materia condena la frialdad y la torpeza soñolienta. Deberíamos procurar estar bien despiertos nosotros mismos, y que nuestro espíritu esté en tal disposición que nos haga aptos para despertar a otros. Si nuestras palabras no están afiladas y no penetran como clavos, difícilmente las sentirán los corazones de piedra. Hablar a la ligera y con frialdad de las cosas celestiales es casi tan malo como no decir nada de ellas.
9. Todo nuestro ministerio debe llevarse a cabo con tierno amor a nuestro pueblo. Debemos hacerles ver que nada nos agrada sino lo que les aprovecha; que lo que les hace bien nos hace bien a nosotros; y que nada nos aflige más que su daño. Debemos sentir hacia nuestro pueblo lo que un padre siente hacia sus hijos; sí, el amor más tierno de una madre no debe superar al nuestro. Debemos aun sufrir dolores de parto hasta que Cristo sea formado en ellos. Deben ver que no nos importa ninguna cosa exterior, ni la riqueza, ni la libertad, ni la honra, ni la vida, en comparación con su salvación; sino que aun podríamos contentarnos, con Moisés, con que nuestros nombres fueran borrados del libro de la vida, es decir, con ser quitados del número de los vivientes, antes que ellos no fueran hallados en el libro de la vida del Cordero. Así deberíamos estar dispuestos, como dice Juan, a «poner nuestras vidas por los hermanos», y, con Pablo, a no estimar nuestra vida preciosa para nosotros, con tal de «acabar nuestra carrera con gozo, y el ministerio que recibimos del Señor Jesús». Cuando el pueblo vea que ustedes lo aman sin fingimiento, oirá cualquier cosa y soportará cualquier cosa de parte de ustedes; como dice Agustín: «Ama a Dios, y haz lo que quieras». Nosotros mismos tomamos bien todas las cosas de alguien que sabemos que nos ama de veras. Soportaremos antes un golpe que se nos da con amor que una palabra grosera que se nos dice con malicia o con ira. La mayoría de los hombres juzgan el consejo según juzgan el afecto de quien lo da; al menos, hasta el punto de darle una audiencia justa. ¡Oh, procuren, pues, sentir en su pecho un tierno amor por su pueblo, y que este lo perciba en sus palabras y lo vea en su conducta! Que vean que ustedes gastan y se desgastan por amor de ellos, y que todo lo que hacen es para ellos, y no para fines privados de ustedes. Con este fin son necesarias las obras de caridad, hasta donde alcance su hacienda; porque las meras palabras difícilmente convencerán a los hombres de que ustedes les tienen un gran amor. Pero si no pueden dar, muestren que estarían dispuestos a dar si tuvieran, y hagan el bien que puedan. Pero cuiden de que su amor no sea carnal, nacido del orgullo, como el de quien corteja para sí mismo más que para Cristo, y por eso ama porque es amado, o para ser amado. Guárdense, pues, de cerrar los ojos a los pecados de su pueblo con el pretexto del amor, porque eso sería contrariar la naturaleza y el fin del amor. La amistad debe cimentarse en la piedad. Un hombre malvado no puede ser un verdadero amigo; y si ustedes favorecen la maldad de ellos, muestran que ustedes mismos son malvados. No pretendan amarlos si favorecen sus pecados y no buscan su salvación. Al favorecer sus pecados, mostrarán su enemistad contra Dios; y entonces, ¿cómo pueden amar a su hermano? Si son sus mejores amigos, ayúdenles contra sus peores enemigos. Y no piensen que toda severidad es incompatible con el amor: los padres corrigen a sus hijos, y Dios mismo «azota a todo el que recibe por hijo». Agustín dice: «Mejor es amar aun acompañando el amor con severidad, que extraviar por (exceso de) blandura».
10. Debemos llevar a cabo nuestra obra con paciencia. Debemos soportar muchos abusos y agravios de aquellos a quienes procuramos hacer bien. Cuando hayamos estudiado por ellos, orado por ellos y exhortado y suplicado con todo fervor y condescendencia, y les hayamos dado lo que podemos, y los hayamos cuidado como si fueran nuestros hijos, debemos contar con que muchos de ellos nos pagarán con escarnio, odio y desprecio, y nos tendrán por enemigos porque les «decimos la verdad». Ahora bien, debemos soportar todo esto con paciencia, y perseverar sin cansarnos en hacer el bien, «corrigiendo con mansedumbre a los que se oponen, por si quizá Dios les conceda que se arrepientan para conocer la verdad». Tenemos que tratar con hombres trastornados que se lanzarán contra el rostro de su médico, pero no por eso debemos descuidar su curación. Es indigno de ser médico el que se deja ahuyentar de un paciente frenético por palabras groseras. Sin embargo, ¡ay!, cuando los pecadores nos vituperan y calumnian a cambio de nuestro amor, y están más dispuestos a escupirnos en la cara que a agradecernos el consejo, ¡qué rebeliones del corazón habrá, y cómo lucharán los restos del viejo Adán (el orgullo y la pasión) contra la mansedumbre y la paciencia del nuevo hombre! ¡Y qué tristemente salen muchos ministros de tales pruebas!
11. Toda nuestra obra debe realizarse con reverencia, como corresponde a quienes creen en la presencia de Dios y no usan las cosas santas como si fueran comunes. La reverencia es aquel afecto del alma que procede de una honda percepción de Dios e indica una mente muy familiarizada con él. Mostrar irreverencia en las cosas de Dios es mostrar hipocresía, y que el corazón no concuerda con la lengua. No sé lo que les pasa a otros, pero a mí el predicador más reverente, que habla como si viera el rostro de Dios, me conmueve más el corazón, aunque sea con palabras comunes, que un hombre irreverente con las preparaciones más exquisitas. Sí, aunque lo vocee con toda la aparente vehemencia del mundo, si la reverencia no corresponde al fervor, obra muy poco. De toda la predicación del mundo (que no diga mentiras descaradas), aborrezco aquella predicación que tiende a hacer reír a los oyentes, o a mover su ánimo con una ligereza que les hace cosquillas, y a conmoverlos como solían hacerlo las comedias del teatro, en lugar de conmoverlos con una santa reverencia del nombre de Dios. Jerónimo dice: «Enseña en tu iglesia, no para obtener el aplauso del pueblo, sino para mover el gemido; las lágrimas de los oyentes son tus alabanzas». Cuanto más de Dios aparece en nuestros deberes, tanta más autoridad tendrán ante los hombres. Deberíamos, por así decirlo, imaginar que vemos el trono de Dios y los millones de ángeles gloriosos que le sirven, para que su majestad nos llene de temor cuando nos acercamos a él en las cosas santas, no sea que las profanemos y tomemos su nombre en vano.
12. Toda nuestra obra debe hacerse espiritualmente, como por hombres poseídos del Espíritu Santo. Hay en la predicación de algunos hombres un tono espiritual que los oyentes espirituales pueden discernir y saborear; mientras que en la de otros falta de tal modo este sagrado matiz que, aun cuando hablan de cosas espirituales, lo hacen como si se tratara de asuntos comunes. Nuestras pruebas e ilustraciones de la verdad divina deben ser también espirituales, tomadas de las Sagradas Escrituras más que de los escritos de los hombres. No se debe engrandecer la sabiduría del mundo contra la sabiduría de Dios; hay que enseñar a la filosofía a inclinarse y servir, mientras la fe lleva el mando principal. Los grandes eruditos de la escuela de Aristóteles deben guardarse de gloriarse demasiado en su maestro y de despreciar a los que están por debajo de ellos, no sea que ellos mismos resulten más bajos en la escuela de Cristo, y «los más pequeños en el reino de Dios», mientras quieren ser grandes a los ojos de los hombres. Un hombre tan sabio como el que más de ellos no quería gloriarse en nada sino en la cruz de Cristo, y se propuso no saber nada sino a él crucificado. Los que están tan seguros de que Aristóteles está en el infierno no deberían tomarlo demasiado por guía en el camino al cielo. Es un excelente recordatorio el que nos ha dejado Gregorio: «Dios reúne en primer lugar a los indoctos; después, a los sabios. Y no hace de los oradores pescadores, sino que de los pescadores saca oradores». Los hombres más doctos deberían pensar en esto.
Den a todos los escritores la estima que les corresponde, pero no comparen a ninguno de ellos con la Palabra de Dios. No rechazaremos su servicio, pero debemos aborrecerlos como rivales o competidores. Es señal de un corazón destemplado perder el gusto por la excelencia de la Escritura. Porque hay en el corazón espiritual una connaturalidad con la Palabra de Dios, ya que esta es la simiente que lo regeneró. La Palabra es aquel sello que hizo todas las santas impresiones que hay en el corazón de los verdaderos creyentes y estampó en ellos la imagen de Dios; y, por tanto, por fuerza han de parecerse a esa Palabra y estimarla en alto grado mientras vivan.
13. Si quieren prosperar en su obra, asegúrense de mantener vivos deseos y expectativas fervientes de éxito. Si su corazón no está puesto en el fin de sus labores, y no anhelan ver la conversión y la edificación de sus oyentes, y no estudian y predican con esperanza, no es probable que vean mucho éxito. Así como es señal de un corazón falso y egoísta poder contentarse con seguir trabajando sin ver fruto alguno de su labor, así he observado que Dios rara vez bendice tanto la obra de un hombre como la de aquel cuyo corazón está puesto en el éxito de ella. Quede como propio de un Judas tener más cuidado de la bolsa que de su obra, y no preocuparse mucho de aquello por lo que aparentan preocuparse, y pensar que, si tienen su salario y el amor y los elogios de su pueblo, tienen bastante para estar satisfechos; pero todos los que predican por Cristo y por la salvación de los hombres no se den por satisfechos hasta tener aquello por lo cual predican. Nunca tuvo los fines rectos de un predicador quien es indiferente a si los obtiene o no, y no se aflige cuando no los alcanza ni se regocija cuando puede ver el resultado deseado. Cuando un hombre solo estudia qué decir y cómo llenar la hora con elogio, y no se ocupa más de ello, salvo para saber qué piensa la gente de su capacidad, y así sigue año tras año, no puedo menos que pensar que ese hombre predica para sí mismo y no para Cristo, aun cuando predica a Cristo, por excelentemente que parezca hacerlo. Ningún médico sabio o caritativo se contenta con estar siempre dando medicinas sin ver mejoría alguna en sus pacientes, sino que todos se le mueran en las manos; ni ningún maestro de escuela sabio y honrado se contentará con seguir enseñando aunque sus alumnos no saquen provecho de sus instrucciones; antes bien, ambos preferirían cansarse de su ocupación.
Sé que un ministro fiel puede tener consuelo cuando le falta el éxito; y que, «aunque Israel no se junte, nuestra recompensa está con el Señor», y nuestra aceptación no es conforme al fruto, sino conforme a nuestro trabajo; pero entonces, el que no anhela el éxito de sus labores no puede tener nada de este consuelo, porque no fue un obrero fiel. Lo que digo es solo para los que están puestos en el fin y se afligen si no lo alcanzan. Ni es este todo el consuelo que debemos desear, sino solo una parte que puede tranquilizarnos aunque nos falte lo demás. ¿Qué importa que Dios acepte a un médico aunque el paciente muera? Aun así, debe trabajar con compasión, anhelar un mejor desenlace y lamentarlo si no lo logra. Porque no es solo nuestra propia recompensa aquello por lo que trabajamos, sino la salvación de otros hombres. Confieso, por mi parte, que me maravillo de algunos hombres ancianos y reverendos que han vivido veinte, treinta o cuarenta años con un pueblo sin fruto, entre el cual apenas han podido discernir fruto alguno de sus labores, de cómo pueden seguir entre ellos con tanta paciencia. Si fuera mi caso, aunque no me atrevería a dejar la viña ni a abandonar mi llamamiento, sospecharía que era la voluntad de Dios que yo fuera a otra parte y que viniera en mi lugar otro que fuera más apto para ellos; y no me daría fácilmente por satisfecho con pasar mis días de esa manera.
14. Toda nuestra obra debe llevarse a cabo con un hondo sentido de nuestra propia insuficiencia y de nuestra entera dependencia de Cristo. Debemos ir en busca de luz, de vida y de fuerza a aquel que nos envía a la obra. Y cuando sentimos débil nuestra propia fe, y nuestro corazón torpe e inadecuado para una obra tan grande como la que tenemos que hacer, debemos acudir a él y decir: «Señor, ¿me enviarás con un corazón tan incrédulo a persuadir a otros a creer? ¿He de rogar cada día a los pecadores acerca de la vida eterna y de la muerte eterna, sin tener yo mismo más fe ni más sentimiento de estas cosas tan graves? Oh, no me envíes desnudo y desprovisto a la obra; sino, ya que me mandas hacerla, dame un espíritu adecuado para ella». La oración debe llevar adelante nuestra obra tanto como la predicación: no predica de corazón a su pueblo el que no ora fervientemente por él. Si no prevalecemos ante Dios para que les dé fe y arrepentimiento, nunca prevaleceremos ante ellos para que crean y se arrepientan. Cuando nuestro propio corazón está tan desordenado, y el de ellos tan desordenado también, si no prevalecemos ante Dios para que los enmiende y los ayude, probablemente nuestra obra tendrá poco éxito.
15. Habiéndoles presentado estas condiciones que acompañan a nuestra obra ministerial, tal como cada ministro ha de cumplirlas por separado, permítanme concluir con otra que nos es necesaria en cuanto somos colaboradores en la misma obra; y es esta: debemos procurar con todo empeño la unión y la comunión entre nosotros, y la unidad y la paz de las iglesias que supervisamos. Debemos ser conscientes de cuán necesario es esto para la prosperidad del conjunto, el fortalecimiento de nuestra causa común, el bien de cada miembro de nuestro rebaño y la mayor extensión del reino de Cristo. Y, por tanto, los ministros deben sentir dolor cuando la iglesia es herida, y estar tan lejos de ser cabecillas de divisiones que deben tener como parte principal de su obra prevenirlas y sanarlas. Día y noche deberían aplicar sus estudios a hallar medios para cerrar tales brechas. No solo deben escuchar las propuestas de unidad, sino proponerlas y llevarlas adelante; no solo aceptar la paz cuando se ofrece, sino aun seguirla cuando huye de ellos. Deben, por tanto, mantenerse cerca de la antigua sencillez de la fe cristiana, que es el fundamento y el centro de la unidad católica. Deben aborrecer la arrogancia de los que fabrican nuevas máquinas para atormentar y desgarrar la iglesia de Cristo con el pretexto de prevenir errores y mantener la verdad. Se debe sostener la suficiencia de la Escritura, y no imponer a otros nada que vaya más allá de ella; y si los papistas, u otros, nos piden el estándar y la regla de nuestra religión, es la Biblia lo que debemos mostrarles, más que cualquier confesión de las iglesias o escritos de los hombres. Debemos aprender a distinguir entre certezas e incertidumbres, entre cosas necesarias e innecesarias, entre verdades católicas y opiniones privadas; y a hacer descansar la paz de la iglesia sobre las primeras, no sobre las segundas. Debemos evitar la confusión común de hablar de quienes no hacen diferencia entre errores verbales y reales, y aborrecer aquella «locura que antaño reinó entre los teólogos», que despedazan a sus hermanos como herejes antes de entenderlos. Y debemos aprender a ver el verdadero estado de las controversias, y reducirlas al punto preciso en que está la diferencia, y no hacerlas parecer mayores de lo que son. En lugar de reñir con nuestros hermanos, debemos unirnos contra los adversarios comunes; y todos los ministros deben asociarse y mantener comunión, correspondencia y reuniones constantes con estos fines; y las diferencias menores de criterio no deben interrumpirlas. Deben hacer tanto de la obra de Dios como puedan en unidad y concordia, que es el uso de los sínodos; no para gobernarse unos a otros y dictar leyes, sino para evitar malentendidos, consultarse para la edificación mutua, mantener el amor y la comunión, y avanzar unánimes en la obra que Dios ya nos ha mandado. Si los ministros del evangelio hubieran sido hombres de paz, y de espíritu católico más que faccioso, la iglesia de Cristo no estaría en el estado en que ahora está. Las naciones de luteranos y calvinistas en el extranjero, y los diferentes partidos aquí en casa, no habrían estado tramando la ruina unos de otros, ni permanecerían a tal distancia y en tan poco caritativa amargura, ni fortalecerían al enemigo común, ni estorbarían la edificación y la prosperidad de la iglesia como lo han hecho.
Capítulo 7 completado
Sección 2 — La manera de esta supervisión