Capítulo 4 · 37 min de lectura · 48 min de escucha
Sección 1 — La naturaleza de esta vigilancia
Consideremos qué es mirar por nosotros mismos.
1. Procuren que la obra de la gracia salvadora esté plenamente realizada en su propia alma. Miren por ustedes mismos, no sea que estén vacíos de esa gracia salvadora de Dios que ofrecen a otros, y sean extraños a la obra eficaz del evangelio que predican; y no sea que, mientras proclaman al mundo la necesidad de un Salvador, su propio corazón lo descuide, y ustedes queden sin parte en él y en sus beneficios salvadores. Miren por ustedes mismos, no sea que perezcan mientras llaman a otros a guardarse de perecer; y no sea que se mueran de hambre mientras preparan alimento para ellos. Aunque hay una promesa de resplandecer como las estrellas para «los que enseñan la justicia a la multitud», eso es solo bajo el supuesto de que ellos mismos se hayan vuelto antes a ella. Su propia sinceridad en la fe es la condición de su gloria, considerada en sí misma, aunque sus grandes labores ministeriales puedan ser condición de la promesa de una gloria mayor. Muchos han advertido a otros que no vayan a ese lugar de tormento, mientras ellos mismos se apresuraban hacia él: más de un predicador está ahora en el infierno, que cien veces exhortó a sus oyentes a poner el mayor cuidado y diligencia para escapar de él. ¿Puede algún hombre razonable imaginar que Dios salvará a los hombres por ofrecer la salvación a otros mientras ellos mismos la rechazan, y por decir a otros verdades que ellos mismos descuidan y abusan? Más de un sastre anda en harapos mientras hace ropas costosas para otros; y más de un cocinero apenas se chupa los dedos después de preparar para otros los platos más costosos. Créanlo, hermanos: Dios nunca salvó a ningún hombre por ser predicador, ni por ser un predicador capaz, sino por ser un hombre justificado y santificado, y por consiguiente fiel en la obra de su Señor. Miren, pues, primero por ustedes mismos, para que sean lo que persuaden a sus oyentes a ser, crean lo que los persuaden a creer y acojan de corazón al Salvador que les ofrecen. El que les mandó amar a su prójimo como a sí mismos daba a entender que debían amarse a sí mismos, y no aborrecerse ni destruirse a sí mismos y a ellos.
Cosa terrible es ser un profesante no santificado, pero mucho más ser un predicador no santificado. ¿No les hace temblar abrir la Biblia, por temor de leer allí la sentencia de su propia condenación? ¡Cuando escriben sus sermones, poco piensan que están redactando acusaciones contra su propia alma! ¡Cuando argumentan contra el pecado, que están agravando el suyo! ¡Cuando proclaman a sus oyentes las inescrutables riquezas de Cristo y de su gracia, que están publicando su propia iniquidad al rechazarlas y su desdicha al carecer de ellas! ¿Qué pueden hacer al persuadir a los hombres a venir a Cristo, al apartarlos del mundo, al instarlos a una vida de fe y santidad, sin que la conciencia, si estuviera despierta, les dijera que hablan todo esto para su propia confusión? Si hablan del infierno, hablan de su propia herencia; si describen los gozos del cielo, describen su propia miseria, puesto que no tienen derecho a «la herencia de los santos en luz». ¿Qué pueden decir, en general, que no sea contra su propia alma? ¡Oh vida miserable, que un hombre estudie y predique contra sí mismo, y pase sus días en un continuo condenarse a sí mismo! Un predicador sin gracia y sin experiencia es una de las criaturas más desdichadas de la tierra, y sin embargo de ordinario es muy insensible a su desdicha; porque tiene tantas fichas que parecen el oro de la gracia salvadora, y tantas piedras brillantes que se asemejan a las joyas cristianas, que rara vez le turban los pensamientos de su pobreza; sino que piensa que es «rico, y enriquecido, y que de nada tiene necesidad, cuando es pobre, y miserable, y ciego, y desnudo». Conoce las Sagradas Escrituras, se ejercita en los deberes santos, no vive en pecado abierto y vergonzoso, sirve en el altar de Dios, reprende las faltas ajenas y predica la santidad tanto del corazón como de la vida; ¿y cómo puede este hombre dejar de ser santo? ¡Oh, qué miseria agravada es esta, perecer en medio de la abundancia! ¡Morir de hambre con el pan de vida en las manos, mientras lo ofrecemos a otros y se lo instamos! ¡Que las ordenanzas de Dios, instituidas para ser medios de nuestra convicción y salvación, sean ocasión de nuestro engaño! ¡Y que, mientras sostenemos ante otros el espejo del evangelio para mostrarles el rostro y el aspecto de su alma, nosotros miremos la parte de atrás, donde no podemos ver nada, o lo inclinemos de modo que nos represente falsamente a nosotros mismos! Si un hombre tan desdichado tomara mi consejo, se detendría, pediría cuentas a su corazón y a su vida, y se pondría a predicarse a sí mismo por un tiempo antes de predicar más a otros. Consideraría si el alimento que está en la boca y no pasa al estómago puede nutrir; si el que «invoca el nombre de Cristo no debe apartarse de iniquidad»; si Dios oirá sus oraciones si «en su corazón mira a la iniquidad»; si le servirá de algo en el día de la cuenta decir: «Señor, Señor, hemos profetizado en tu nombre», cuando oiga estas tremendas palabras: «Apartaos de mí, no os conozco»; y qué consuelo será para Judas, cuando se haya ido a su propio lugar, recordar que predicó con los demás apóstoles, o que se sentó con Cristo y fue llamado por él «Amigo». Cuando pensamientos como estos hayan entrado en su alma y hayan obrado un tiempo saludablemente en su conciencia, les aconsejaría que fueran a su congregación y predicaran el sermón de Orígenes sobre Salmo 50:16-17: «Pero al malo dijo Dios: ¿Qué tienes tú que hablar de mis leyes, y que tomar mi pacto en tu boca? Pues tú aborreces la corrección, y echas a tu espalda mis palabras». Y que, una vez leído este texto, se sentaran y lo expusieran y aplicaran con sus lágrimas; y luego hicieran una confesión plena y franca de su pecado, lamentaran su condición delante de toda la asamblea y pidieran sus fervientes oraciones a Dios por la gracia que perdona y renueva; para que en adelante prediquen a un Salvador a quien conocen, sientan lo que dicen y recomienden las riquezas del evangelio por su propia experiencia.
¡Ay! Es el peligro y la calamidad común de la Iglesia tener pastores no regenerados y sin experiencia, y que tantos hombres lleguen a ser predicadores antes de ser cristianos; que sean santificados por la dedicación al altar como sacerdotes de Dios antes de ser santificados por la consagración del corazón como discípulos de Cristo; y que así adoren a un Dios desconocido, prediquen a un Cristo desconocido, oren por medio de un Espíritu desconocido, y recomienden un estado de santidad y de comunión con Dios, y una gloria y una felicidad, que les son del todo desconocidos y que probablemente les serán desconocidos para siempre. No será sino un predicador sin corazón el que no tiene en su corazón al Cristo y la gracia que predica. ¡Oh, si todos nuestros estudiantes de las universidades consideraran bien esto! ¡Qué pobre negocio es para ellos pasar el tiempo adquiriendo algún pequeño conocimiento de las obras de Dios y de algunos de los nombres que las lenguas divididas de las naciones les han impuesto, y no conocer a Dios mismo, ni exaltarlo en su corazón, ni conocer aquella única obra renovadora que los haría dichosos! No hacen sino «andar como una vana apariencia», y pasan la vida como hombres que sueñan, mientras ocupan el ingenio y la lengua en multitud de nombres y nociones, y son extraños a Dios y a la vida de los santos. Si alguna vez Dios los despierta con su gracia salvadora, tendrán pensamientos y ocupaciones tanto más serios que sus estudios y disputas no santificados, que confesarán que antes no hacían sino soñar. Se dan un mundo de ocupaciones por nada, mientras son voluntariamente extraños al Ser primero, independiente y necesario, que es todo en todos. Nada puede conocerse debidamente si no se conoce a Dios; ni estudio alguno se lleva bien, ni con gran provecho, si no se estudia a Dios. Poco sabemos de la criatura hasta que la conocemos en su relación con el Creador: letras sueltas y sílabas sin componer no son mejores que un sinsentido. El que pasa por alto a aquel que es «el Alfa y la Omega, principio y fin», y no lo ve en todo a él, que es el Todo de todo, no ve nada en absoluto. Todas las criaturas, en cuanto tales, son sílabas rotas; nada significan separadas de Dios. Si se separaran realmente, dejarían de existir, y la separación sería una aniquilación; y cuando las separamos en nuestra imaginación, no sacamos nada de ellas para nosotros. Una cosa es conocer las criaturas como Aristóteles, y otra conocerlas como cristiano. Nadie sino un cristiano puede leer una sola línea de su Física de modo que la entienda debidamente. Es un estudio alto y excelente, y de mayor utilidad de lo que muchos piensan; pero lo que Aristóteles puede enseñarnos es la parte más pequeña de él.
Cuando el hombre fue hecho perfecto y puesto en un mundo perfecto, donde todas las cosas estaban en perfecto orden, toda la creación era entonces el libro del hombre, en el que debía leer la naturaleza y la voluntad de su gran Creador. Cada criatura tenía el nombre de Dios grabado en ella de manera tan legible que el hombre podía leerlo a la carrera. No podía abrir los ojos sin ver alguna imagen de Dios; pero en ninguna parte tan plena y vivamente como en sí mismo. Era, por tanto, su tarea estudiar todo el volumen de la naturaleza, pero primero y sobre todo estudiarse a sí mismo. Y si el hombre hubiera seguido en ese camino, habría permanecido y crecido en el conocimiento de Dios y de sí mismo; pero cuando se empeñó en conocer y amar a la criatura y a sí mismo de un modo separado de Dios, perdió el conocimiento tanto de la criatura como del Creador, en cuanto podía hacerlo dichoso y merecía el nombre de conocimiento; y en su lugar obtuvo el desdichado conocimiento que codició, es decir, las nociones vacías y el conocimiento fantasioso de la criatura y de sí mismo así separados. Y así, el que vivía para el Creador y de él, vive ahora para las otras criaturas y de ellas, y para sí mismo y de sí mismo; y así, «todo hombre, aun en su mejor estado» (el docto tanto como el iletrado), «es completa vanidad. Ciertamente como una vana apariencia anda el hombre; ciertamente en vano se inquieta». Y debe observarse bien que, así como Dios no dejó a un lado la relación de Creador al hacerse nuestro Redentor, relación, sino que la obra de la redención está, en cierto sentido, subordinada a la de la creación, y la ley del Redentor a la ley del Creador, así también los deberes que debíamos a Dios como Creador no han cesado, sino que los deberes que debemos al Redentor, en cuanto tal, están subordinados a ellos. La obra de Cristo es traernos de vuelta a Dios y restaurarnos a la perfección de la santidad y la obediencia; y así como él es el camino al Padre, así la fe en él es el camino a nuestra antigua ocupación con Dios y nuestro antiguo gozo de él. Espero que perciban a qué apunto con todo esto, a saber: que ver a Dios en sus criaturas, amarlo y conversar con él era la ocupación del hombre en su estado de rectitud; que esto, lejos de haber dejado de ser nuestro deber, es aquello a lo que la obra de Cristo nos devuelve por la fe; y que, por tanto, los hombres más santos son los más excelentes estudiosos de las obras de Dios, y nadie sino los santos puede estudiarlas o conocerlas debidamente. «Grandes son sus obras, buscadas de todos los que las quieren»; pero no por ellas mismas, sino por aquel que las hizo. Su estudio de la física y de las demás ciencias no vale un comino si no es a Dios a quien buscan en ellas. Ver y admirar, reverenciar y adorar, amar a Dios y deleitarse en él tal como se muestra en sus obras: esta es la verdadera y única filosofía; lo contrario es pura necedad, y así la llama Dios mismo una y otra vez. Esta es la santificación de sus estudios: que estén consagrados a Dios, y que él sea el fin, el objeto y la vida de todos ellos.
Y, por tanto, me atreveré a decirles de paso que es un gran error, y de peligrosas consecuencias en las academias cristianas (perdonen la censura de uno tan poco apto para hacerla, pues la necesidad del caso la exige), que estudien la criatura antes que al Redentor, y se dediquen a la física, la metafísica y las matemáticas antes de dedicarse a la teología; siendo así que ningún hombre que no tenga lo vital de la teología es capaz de pasar de necio en filosofía. La teología debe poner el fundamento y abrir el camino de todos nuestros estudios. Si a Dios hay que buscarlo en nuestra investigación de la criatura (y no debemos pretender un conocimiento separado de ellas), entonces los tutores deben leer a Dios a sus alumnos en todo; y la teología debe ser el principio, el medio, el fin, la vida y el todo de sus estudios. Nuestra física y nuestra metafísica deben reducirse a la teología; y la naturaleza debe leerse como uno de los libros de Dios, escrito expresamente para la revelación de sí mismo. La Sagrada Escritura es el libro más fácil: cuando hayan aprendido primero de ella a Dios y su voluntad en cuanto a las cosas más necesarias, dedíquense al estudio de sus obras, y lean cada criatura como cristianos y como teólogos. Si no se ven a sí mismos y todas las cosas como viviendo, moviéndose y teniendo su ser en Dios, no ven nada, por mucho que crean ver. Si en su estudio de las criaturas no perciben que Dios es todo y en todos, y que «de él, y por él, y para él, son todas las cosas», quizá piensen que «saben algo; pero aún no saben nada como deben saber». No tengan en tan poco su física y las obras de Dios como para creer que son solo estudios preparatorios para muchachos. Es una parte altísima y nobilísima de la santidad investigar, contemplar, admirar y amar al gran Creador en todas sus obras. ¡Cuánto se han ocupado los santos de Dios en este alto y santo ejercicio! El libro de Job y los Salmos pueden mostrarnos que nuestra física no es tan poco pariente de la teología como algunos suponen.
Por tanto, en celo por el bien de la Iglesia y por el buen éxito de ellos mismos en sus labores más necesarias, propongo a la consideración de todos los tutores piadosos si no deberían leer a sus alumnos, o hacerles leer, las partes principales de la teología práctica (y no hay otra) tan temprano y con tanta diligencia como cualquiera de las ciencias; y si no deberían ir juntas desde el principio. Está bien que oigan sermones; pero eso no basta. Si los tutores hicieran su principal ocupación familiarizar a sus alumnos con la doctrina de la salvación, y trabajaran por aplicarla a su corazón, para que todo fuera recibido según su peso, y lo leyeran a su corazón tanto como a su cabeza; y si llevaran el resto de su instrucción de tal modo que se viera que lo hacen todo servir a esto, y que sus alumnos sintieran a qué apuntan en todo ello; y así enseñaran toda su filosofía in habitu theologico, esto podría ser un feliz medio para hacer una Iglesia feliz y un país feliz. Pero cuando las lenguas y la filosofía se llevan casi todo su tiempo y su diligencia, y, en lugar de leer la filosofía como teólogos, leen la teología como filósofos, como si no fuera cosa de más importancia que una lección de música o de aritmética, y no la doctrina de la vida eterna, ¡esto es lo que malogra a tantos en ciernes y aflige a la Iglesia con maestros no santificados! De ahí que tengamos tantos hombres mundanos que predican de la felicidad invisible, y tantos hombres carnales que anuncian los misterios del Espíritu; y ojalá no tuviera que decir tantos incrédulos que predican a Cristo, o tantos ateos que predican al Dios vivo: y cuando se les enseña filosofía antes que religión, o sin ella, ¡qué maravilla que su filosofía sea toda su religión, o la mayor parte de ella!
Por tanto, me dirijo de nuevo a todos los que tienen a su cargo la educación de la juventud, especialmente con miras a la preparación para el ministerio. Ustedes, maestros de escuela y tutores, comiencen y terminen con las cosas de Dios. Hablen cada día al corazón de sus alumnos de aquellas cosas que deben quedar labradas en su corazón, o de lo contrario están perdidos. Dejen caer con frecuencia de su boca algunas palabras penetrantes acerca de Dios, del estado de su alma y de la vida venidera. No digan que son demasiado jóvenes para entenderlas y acogerlas. Poco saben ustedes qué impresiones pueden causar. No solo el alma del muchacho, sino muchas almas pueden tener motivo para bendecir a Dios por su celo y su diligencia, y aun por una sola palabra oportuna. Tienen una gran ventaja sobre otros para hacerles bien: los tienen antes de que lleguen a la madurez, y los escucharán a ustedes cuando no quieran escuchar a otro. Si están destinados al ministerio, ustedes los preparan para el servicio especial de Dios; ¿y no deben ellos tener primero el conocimiento de aquel a quien han de servir? ¡Oh, piensen dentro de sí qué cosa tan triste será para su propia alma, y qué agravio para la Iglesia de Dios, si salen de sus manos con un corazón común y carnal para una obra tan grande, santa y espiritual! De cien estudiantes en uno de nuestros colegios, ¡cuántos habrá que sean jóvenes serios, experimentados y piadosos! Si enviaran a la mitad de ellos a una obra para la que no son aptos, ¡qué obra tan cruel harán en la Iglesia o en el país! En cambio, si ustedes son el medio de su conversión y santificación, ¡cuántas almas podrán bendecirlos, y qué bien mayor pueden hacer a la Iglesia! Una vez que su corazón esté afectado salvadoramente por la doctrina que estudian y predican, la estudiarán con más corazón y la predicarán con más corazón: su propia experiencia los guiará a los temas más adecuados, les proveerá de materia y los avivará para aplicarla a la conciencia de sus oyentes. Procuren, pues, no dar motivo a los gemidos y lamentos de la Iglesia, ni trabajo al gran atormentador de los asesinos de almas.
2. No se contenten con estar en estado de gracia, sino cuiden también de que sus gracias se mantengan en ejercicio vigoroso y vivo, y de predicarse a sí mismos los sermones que estudian antes de predicarlos a otros. Si lo hicieran por su propio bien, no sería trabajo perdido; pero les hablo por la causa pública, para que lo hagan por amor de la Iglesia. Cuando su mente está en una disposición santa y celestial, es probable que su pueblo participe de sus frutos. Sus oraciones, sus alabanzas y su doctrina les serán dulces y celestiales. Probablemente notarán cuándo han estado ustedes mucho con Dios: lo que más ocupa su corazón es probablemente lo que más llegará a sus oídos. Confieso que debo decirlo por lamentable experiencia: publico ante mi rebaño los males de mi propia alma. Cuando dejo que mi corazón se enfríe, mi predicación es fría; y cuando está confuso, mi predicación es confusa; y así también puedo observar a menudo en los mejores de mis oyentes que, cuando yo me he enfriado en la predicación, ellos también se han enfriado; y las oraciones que les he oído después se han parecido demasiado a mi predicación. Somos las nodrizas de los pequeños de Cristo. Si dejamos de alimentarnos nosotros, los mataremos de hambre; pronto se verá en su flaqueza y en el torpe cumplimiento de sus diversos deberes. Si dejamos que nuestro amor decaiga, no es probable que levantemos el de ellos. Si disminuimos nuestro santo cuidado y temor, se notará en nuestra predicación: si no lo muestra la materia, lo mostrará la manera. Si nos alimentamos de comida malsana, sean errores o controversias infructuosas, es probable que nuestros oyentes salgan perdiendo. En cambio, si abundamos en fe, en amor y en celo, ¡cómo rebosaría para refrigerio de nuestras congregaciones, y cómo se vería en el aumento de las mismas gracias en ellas! ¡Oh hermanos, velen, pues, sobre su propio corazón: cierren la puerta a las concupiscencias, a las pasiones y a las inclinaciones mundanas; mantengan viva la vida de fe, de amor y de celo; estén mucho en casa y mucho con Dios! Si no es su ocupación diaria estudiar su propio corazón, someter la corrupción y andar con Dios; si no hacen de esto una obra a la que atiendan constantemente, todo irá mal y matarán de hambre a sus oyentes; o, si tienen un fervor fingido, no pueden esperar que lo acompañe la bendición de lo alto. Sobre todo, dense mucho a la oración y la meditación en secreto. De allí deben traer el fuego celestial que ha de encender sus sacrificios: recuerden que no pueden decaer y descuidar su deber para daño de ustedes solos; muchos saldrán perdiendo, lo mismo que ustedes. Por amor de su pueblo, pues, cuiden su corazón. Si un acceso de orgullo espiritual los sorprendiera, y cayeran en algún error peligroso, y divulgaran sus propias invenciones para arrastrar discípulos tras de sí, ¡qué herida podría ser esto para la Iglesia que tienen a su cargo! Podrían llegar a ser para ella una plaga en lugar de una bendición, y ella podría desear no haberles visto nunca el rostro. ¡Oh, cuiden, pues, su propio juicio y sus afectos! La vanidad y el error se insinúan con astucia, y rara vez llegan sin bellos pretextos: los grandes desórdenes y apostasías suelen tener pequeños comienzos. El príncipe de las tinieblas se disfraza a menudo de ángel de luz para arrastrar de nuevo a las tinieblas a los hijos de la luz. ¡Con cuánta facilidad, además, se infiltran los desórdenes en nuestros afectos, y decaen nuestro primer amor, nuestro temor y nuestro cuidado! Velen, pues, por amor de ustedes mismos y de otros.
Pero, además de este curso general de vigilancia, me parece que un ministro debería esforzarse especialmente con su corazón antes de ir a la congregación: si entonces está frío, ¿cómo podrá calentar el corazón de sus oyentes? Por tanto, acude entonces de modo especial a Dios en busca de vida: lee algún libro que despierte y sacuda, o medita en el peso del tema del que has de hablar y en la gran necesidad de las almas de tu pueblo, para que vayas a su casa con el celo del Señor. Mantén de este modo la vida de la gracia en ti, para que se manifieste en todos tus sermones desde el púlpito, de modo que todo el que llegue frío a la asamblea reciba algo de calor antes de irse.
3. Miren por ustedes mismos, no sea que su ejemplo contradiga su doctrina, y pongan delante de los ciegos tales tropiezos que sean ocasión de su ruina; no sea que desdigan con su vida lo que dicen con su lengua, y sean los mayores estorbos para el éxito de sus propias labores. Mucho estorba nuestra obra que otros hombres estén toda la semana contradiciendo en privado a la pobre gente lo que nosotros les hemos dicho en público de la Palabra de Dios, porque no podemos estar a mano para exponer su necedad; pero mucho más estorbará su obra si ustedes se contradicen a sí mismos, si sus acciones desmienten a su lengua, y si edifican una hora o dos con la boca y toda la semana siguiente derriban con las manos. Este es el modo de hacer pensar a los hombres que la Palabra de Dios no es más que un cuento vano, y de hacer que la predicación no parezca mejor que la palabrería. El que dice lo que piensa ciertamente hará lo que dice. Una sola palabra orgullosa, áspera o altanera, una sola contienda innecesaria, una sola acción avara, puede degollar muchos sermones y malograr el fruto de todo lo que han estado haciendo. Díganme, hermanos, en el temor de Dios: ¿les importa el éxito de sus labores, o no? ¿Anhelan verlo en las almas de sus oyentes? Si no, ¿para qué predican, para qué estudian, y para qué se llaman ministros de Cristo? Pero si les importa, ciertamente no podrán resolverse a estropear su obra por una cosa de nada. ¡Cómo! ¿Les importa el éxito de sus labores, y sin embargo no quieren desprenderse de un poco en favor de los pobres, ni soportar un agravio o una palabra grosera, ni rebajarse ante el más humilde, ni dejar su trato colérico o altanero, no, ni siquiera por ganar almas y alcanzar el fin de todas sus labores? Poco valoran el éxito, en verdad, los que lo venden a tan bajo precio, o no quieren hacer cosa tan pequeña para alcanzarlo.
Es un error palpable de algunos ministros establecer tal desproporción entre su predicar y su vivir; estudian mucho para predicar con exactitud, y estudian poco o nada para vivir con exactitud. Toda la semana les parece poco para estudiar cómo hablar dos horas; y sin embargo una hora les parece demasiado para estudiar cómo vivir toda la semana. Les disgusta colocar mal una palabra en sus sermones o incurrir en algún defecto notable (y no los culpo, porque la materia es santa y de peso), pero no les importa nada colocar mal sus afectos, sus palabras y sus acciones en el curso de su vida. ¡Oh, con cuánto primor he oído predicar a algunos hombres, y con cuánto descuido los he visto vivir! Han sido tan meticulosos en la preparación de sus sermones que predicar rara vez les parecía una virtud, para que su lenguaje fuera más pulido; y todos los escritores retóricos que podían hallar eran puestos a su servicio para adornar su estilo (y los oropeles eran a menudo sus principales adornos). Eran tan delicados al oír a otros que no les agradaba nadie que hablara como pensaba, o que no ahogara los afectos, o que no embotara o trastornara el corazón con los acordes dominantes de un ingenio fantasioso. ¡Y sin embargo, cuando se trataba de la práctica, y una vez fuera de la iglesia, qué poco cuidadosos eran estos hombres, y qué poco les importaba lo que decían o hacían, con tal que no fuera tan palpablemente grosero que los deshonrara! ¡Los que predicaban con precisión no querían vivir con precisión! ¡Qué diferencia había entre sus discursos de púlpito y su conversación familiar! Los que menos toleraban barbarismos, solecismos y paralogismos en un sermón podían tolerarlos fácilmente en su vida y su conducta.
Ciertamente, hermanos, tenemos gran motivo para cuidar lo que hacemos tanto como lo que decimos: si hemos de ser de veras siervos de Cristo, no debemos ser siervos solo de lengua, sino servirlo con nuestras obras, y ser «hacedores de la obra», para que seamos «bienaventurados en nuestro hecho». Así como nuestro pueblo debe ser «hacedor de la palabra, y no tan solamente oidor», así nosotros debemos ser hacedores y no solo habladores, no sea que «nos engañemos a nosotros mismos». Una doctrina práctica debe predicarse de manera práctica. Debemos estudiar con tanto empeño cómo vivir bien como cómo predicar bien. Debemos pensar y volver a pensar cómo ordenar nuestra vida de la manera que más contribuya a la salvación de los hombres, lo mismo que nuestros sermones.
Cuando estás estudiando qué decir a tu pueblo, si tienes algún interés por sus almas, a menudo pensarás dentro de ti: «¿Cómo llegaré a su interior? ¿Y qué diré que más probablemente los convenza, los convierta y promueva su salvación?». ¿Y no deberías pensar con la misma diligencia: «¿Cómo viviré, qué haré y cómo dispondré de todo lo que tengo de la manera que más contribuya a la salvación de las almas de los hombres?». Hermanos, si la salvación de las almas es su fin, ciertamente lo procurarán fuera del púlpito tanto como en él. Si es su fin, vivirán para él y dedicarán todos sus esfuerzos a alcanzarlo. Preguntarán acerca del dinero de su bolsa, tanto como acerca de la palabra de su boca: «¿De qué modo lo emplearé para el mayor bien, especialmente de las almas de los hombres?». ¡Oh, si este fuera su estudio diario: cómo usar su riqueza, sus amigos y todo lo que tienen para Dios, lo mismo que su lengua! Entonces veríamos ese fruto de sus labores que de otro modo probablemente nunca se verá. Si procuran el fin del ministerio solo en el púlpito, parecería que se tienen por ministros solo mientras están allí. Y, si es así, creo que no son dignos en absoluto de ser tenidos por ministros.
Permítanme, pues, rogarles, hermanos, que obren bien tanto como hablan bien. Sean «celosos de buenas obras». No escatimen ningún gasto si puede promover la obra de su Señor.
(1) Conserven su inocencia y anden sin dar ocasión de tropiezo. Que su vida condene el pecado y persuada a los hombres a cumplir su deber. ¿Quieren que su pueblo cuide de su alma más que ustedes de la suya? Si quieren que ellos rediman el tiempo, no malgasten ustedes el suyo. Si no quieren que sean vanos en su conversación, procuren hablar ustedes mismos las cosas que edifican y que sirven para «dar gracia a los oyentes». Gobiernen bien sus propias familias, si quieren que ellos hagan lo mismo con las suyas. No sean orgullosos ni altaneros, si quieren que ellos sean humildes. No hay virtudes en que su ejemplo haga más, al menos para disminuir los prejuicios de los hombres, que la humildad, la mansedumbre y la negación de sí mismos. Perdonen las injurias; y «no seas vencido de lo malo, sino vence con el bien el mal». Hagan como nuestro Señor, «quien, cuando le maldecían, no respondía con maldición». Si los pecadores son obstinados, altivos y desdeñosos, la carne y la sangre los persuadirán a tomar sus armas y a dominarlos por sus medios carnales; pero ese no es el camino (más allá de lo que exijan la necesaria defensa propia o el bien público), sino véncanlos con bondad, paciencia y mansedumbre. Lo primero puede mostrar que ustedes tienen más poder mundano que ellos (en lo cual, sin embargo, ordinariamente pueden más que los fieles); pero solo lo segundo les dirá que ustedes los superan en excelencia espiritual. Si creen que Cristo es más digno de imitación que César o Alejandro, y que es más glorioso ser cristiano que conquistador, y aun ser hombre que bestia, pues las bestias a menudo nos superan en fuerza, luchen con caridad y no con violencia; opongan a la fuerza mansedumbre, amor y paciencia, y no fuerza contra fuerza. Recuerden que están obligados a ser siervos de todos. «Acomódense a los humildes». No sean extraños para los pobres de su rebaño; ellos tienden a tomar su distancia por desprecio. La familiaridad, aprovechada para fines santos, puede hacer abundante bien. No hablen a nadie con altivez o falta de respeto; sean corteses con el más humilde como con su igual en Cristo. Un trato amable y atrayente es un modo barato de hacer bien a los hombres.
(2) Permítanme rogarles que abunden en obras de caridad y beneficencia. Vayan a los pobres, vean qué les falta y muestren su compasión a la vez por su alma y por su cuerpo. Cómprenles un catecismo y otros libritos que probablemente les hagan bien, y háganles prometer que los leerán con cuidado y atención. Estiren su bolsa al máximo y hagan todo el bien que puedan. No piensen en ser ricos; no busquen grandezas para ustedes ni para su descendencia. ¿Qué importa si se empobrecen para hacer un bien mayor? ¿Será eso pérdida o ganancia? Si creen que Dios es el tesorero más seguro, y que gastar en su servicio es la mayor usura, muéstrenles que lo creen. Sé que la carne y la sangre pondrán reparos antes de soltar su presa, y nunca les faltará algo que decir contra este deber que va contra su interés; pero noten lo que digo (y el Señor lo aplique a su corazón): el hombre que tiene en el mundo algo tan querido que no puede desprenderse de ello por Cristo si él se lo pide, no es verdadero cristiano. Y porque un corazón carnal no quiere creer que Cristo se lo pide cuando no puede desprenderse de ello, y por eso hace de esto su pretexto para engañarse a sí mismo, digo además que el hombre que no se deja persuadir de que el deber es deber, porque no puede desprenderse por Cristo de lo que en él ha de gastarse, no es verdadero cristiano; porque un corazón falso corrompe el entendimiento, y este a su vez aumenta los engaños del corazón. No tengan, pues, por ruina hacerse amigos de las riquezas de maldad y hacerse tesoros en el cielo, aunque se dejen poco en la tierra. No pierden gran ventaja para el cielo por hacerse pobres: «En el camino, cuanto más ligero se viaja, mejor».
Sé que, donde el corazón es carnal y avaro, las palabras no arrancarán el dinero de las manos de los hombres; pueden decir todo esto, y más, a otros; pero una cosa es decir y otra creer. Pero con los que son verdaderos creyentes, me parece que tales consideraciones deberían prevalecer. ¡Oh, cuánto bien podrían hacer los ministros si tan solo vivieran en desprecio del mundo, de sus riquezas y de su gloria, y gastaran todo lo que tienen en el servicio de su Señor, y se privaran en la carne para tener con qué hacer el bien! Esto abriría más corazones a la recepción de su doctrina que toda su oratoria; y, sin esto, la singularidad en la religión no parecerá sino hipocresía, y es probable que lo sea. «El que practica el desinterés ora al Señor; el que arranca a un hombre del peligro ofrece un rico sacrificio; estos son nuestros sacrificios; estos son santos para Dios. Así, el más devoto entre nosotros es el que más se olvida de sí mismo», dice Minucio Félix. Aunque no necesitamos hacer como los papistas, que se retiran a los monasterios y se desprenden de sus bienes, no debemos tener nada que no tengamos para Dios.
4. Miren por ustedes mismos, no sea que vivan en los pecados que predican contra otros, y sean culpables de aquello que condenan cada día. ¿Harán su obra engrandecer a Dios y, cuando hayan terminado, lo deshonrarán tanto como otros? ¿Proclamarán el poder soberano de Cristo, y sin embargo lo despreciarán y se rebelarán ustedes mismos? ¿Predicarán sus leyes y las quebrantarán a sabiendas? Si el pecado es malo, ¿por qué viven en él? Si no lo es, ¿por qué disuaden de él a los hombres? Si es peligroso, ¿cómo se atreven a arriesgarse en él? Si no lo es, ¿por qué se lo dicen a los hombres? Si las amenazas de Dios son verdaderas, ¿por qué no las temen? Si son falsas, ¿por qué inquietan con ellas a los hombres sin necesidad, y los meten en tales espantos sin motivo? ¿«Conocen el juicio de Dios, que los que hacen tales cosas son dignos de muerte», y aun así las harán? «Tú, que enseñas a otro, ¿no te enseñas a ti mismo? Tú, que dices que no se ha de adulterar», o emborrachar, o ser avaro, ¿eres tú tal? «Tú, que te jactas de la ley, ¿con infracción de la ley deshonras a Dios?». ¡Cómo! ¿Hablará mal la misma lengua que habla contra el mal? ¿Censurarán, calumniarán y murmurarán de su prójimo los mismos labios que reprueban estas cosas y otras semejantes en los demás? Miren por ustedes mismos, no sea que reprueben el pecado y sin embargo no lo venzan; no sea que, mientras procuran derribarlo en otros, se inclinen ante él y se hagan ustedes mismos sus esclavos: «Porque el que es vencido por alguno es hecho esclavo del que lo venció». «A quien os prestáis vosotros mismos por siervos para obedecerle, sois siervos de aquel a quien obedecéis, o del pecado para muerte, o de la obediencia para justicia». ¡Oh hermanos, es más fácil reprender el pecado que vencerlo!
Por último, miren por ustedes mismos, para que no les falten las aptitudes necesarias para su obra. No debe ser un niño en conocimiento el que ha de enseñar a los hombres todas esas cosas misteriosas que deben conocerse para la salvación. ¡Oh, qué aptitudes son necesarias para un hombre que tiene sobre sí un cargo como el nuestro! ¡Cuántas dificultades de teología que resolver, y estas, además, acerca de los principios fundamentales de la religión! ¡Cuántos textos oscuros de la Escritura que exponer! ¡Cuántos deberes que cumplir, en los que nosotros y otros podemos errar si no estamos bien informados en cuanto a la materia, la manera y el fin! ¡Cuántos pecados que evitar, lo cual no puede hacerse sin entendimiento y previsión! ¡Qué cantidad de tentaciones astutas y sutiles debemos descubrir a los ojos de nuestro pueblo para que escape de ellas! ¡Cuántos casos de conciencia graves y a la vez intrincados tenemos que resolver casi a diario! ¿Y puede hacerse tanta obra, y obra como esta, por hombres inexpertos y sin aptitudes? ¡Oh, qué fortalezas tenemos que batir, y cuántas! ¡Qué resistencia sutil y obstinada debemos esperar de cada corazón con que tratamos! El prejuicio nos ha cerrado de tal modo el camino que apenas logramos que nos escuchen con paciencia. No podemos abrir una brecha en sus esperanzas infundadas y en su paz carnal sin que tengan veinte pretextos y razones aparentes para cerrarla otra vez; y veinte enemigos que parecen amigos están prontos a ayudarles. No disputamos con ellos en igualdad de condiciones. Tenemos que razonar con niños que no pueden entendernos. Tenemos que argumentar con hombres trastornados (en lo espiritual) que nos acallarán a gritos con disparates furiosos. Tenemos que tratar con gente obstinada e irrazonable que, cuando se la hace callar, no queda por eso más convencida, y que, cuando no puede darte razón alguna, te da su resolución; como el hombre con quien tuvo que tratar Salviano, que, resuelto a devorar los bienes de un pobre y rogado por este que desistiera, respondió: «No podía concederle su petición, porque había hecho voto de tomarlos»; de modo que el predicador, a causa de esta religiosísima mala acción, tuvo que retirarse. Disputamos la causa contra la voluntad y las pasiones de los hombres tanto como contra su entendimiento; y estas no tienen ni razón ni oídos. Sus mejores argumentos son: «No les creeré a ustedes, ni a todos los predicadores del mundo, en tales cosas. No cambiaré de parecer ni de vida; no dejaré mis pecados; nunca seré tan escrupuloso, venga lo que venga». No tenemos que disputar a la vez contra una, sino contra multitudes de pasiones furiosas y enemigos que nos contradicen, cada vez que emprendemos la conversión de un pecador; como si un hombre tuviera que disputar en una feria o en un tumulto, o en medio de una multitud de violentos alborotadores. ¿Qué trato justo, y qué éxito, podría esperarse aquí? Con todo, tal es nuestra obra; y es una obra que debe hacerse.
¡Oh hermanos! ¿Qué hombres deberíamos ser en destreza, resolución e incansable diligencia, nosotros que tenemos todo esto por hacer? ¿Exclamó Pablo: «Y para estas cosas, ¿quién es suficiente?». ¿Y seremos nosotros orgullosos, descuidados o perezosos, como si fuéramos suficientes? Como dice Pedro a todo cristiano, en consideración del gran cambio que se nos acerca: «¡Qué clase de personas debemos ser en santa y piadosa manera de vivir!», así puedo decir yo a todo ministro: «Puesto que todas estas cosas descansan en nuestras manos, ¡qué clase de personas debemos ser en todo santo esfuerzo y resolución para nuestra obra!». Esta no es carga para hombros de niño. ¡Qué destreza requiere cada parte de nuestra obra, y de cuánta importancia es cada parte! Predicar un sermón no es, a mi juicio, la parte más difícil; y sin embargo, ¡qué destreza se necesita para hacer clara la verdad; para convencer a los oyentes, hacer entrar una luz irresistible en su conciencia y mantenerla allí, y llevarlo todo a su término; para hacer penetrar la verdad en su mente y labrar a Cristo en sus afectos; para salir al paso de cada objeción y resolverla con claridad; para acorralar a los pecadores y hacerles ver que no hay esperanza, sino que inevitablemente han de convertirse o ser condenados; y para hacer todo esto, en cuanto al lenguaje y la manera, como conviene a nuestra obra, y a la vez del modo más adecuado a la capacidad de nuestros oyentes! Esto, y mucho más que debería hacerse en cada sermón, ciertamente requiere mucha santa destreza. Un Dios tan grande, cuyo mensaje entregamos, debe ser honrado por la manera en que lo entregamos. Es cosa lamentable que, en un mensaje del Dios del cielo, de importancia eterna para las almas de los hombres, nos comportemos con tanta debilidad, tan poca gracia, tanta imprudencia o tanta ligereza, que todo el asunto se malogre en nuestras manos, Dios sea deshonrado, su obra desacreditada y los pecadores más bien endurecidos que convertidos; ¡y todo esto por nuestra debilidad o nuestro descuido! ¡Cuántas veces los oyentes carnales se han ido a casa burlándose de los fallos palpables y deshonrosos del predicador! ¡Cuántos se duermen bajo nuestra predicación, porque nuestro corazón y nuestra lengua están adormecidos, y no traemos con nosotros tanta destreza y celo como para despertarlos!
Además, ¡qué destreza se necesita para defender la verdad contra los contradictores y para tratar con los que disputan y ponen reparos, según sus diversos modos y casos! Y si fallamos por debilidad, ¡cómo se gloriarán sobre nosotros! Pero eso es lo de menos: ¿quién sabe cuántos débiles pueden ser así pervertidos, para su propia ruina y para turbación de la Iglesia?
¡Qué destreza se necesita para tratar en privado con una pobre alma ignorante para su conversión!
¡Oh hermanos! ¿No se encogen y tiemblan ante la conciencia de toda esta obra? ¿Bastará una medida común de santa destreza y capacidad, de prudencia y demás aptitudes, para una tarea como esta? Sé que la necesidad puede llevar a la Iglesia a tolerar a los débiles; ¡pero ay de nosotros si toleramos y consentimos nuestra propia debilidad! ¿No les dicen la razón y la conciencia que, si se atreven a emprender una obra tan alta como esta, no deben escatimar esfuerzo alguno para estar capacitados para cumplirla? No es un bocado ocioso o una probadita de estudio de vez en cuando lo que bastará para hacer un teólogo capaz y sólido. Sé que la pereza ha aprendido a alegar la vanidad de todos nuestros estudios, y cuán enteramente el Espíritu debe capacitarnos para nuestra obra y asistirnos en ella; ¡como si Dios nos mandara usar los medios y luego nos autorizara a descuidarlos; como si fuera su manera hacernos prosperar en un curso de ociosidad, y traernos al conocimiento por sueños mientras dormimos, o subirnos al cielo y mostrarnos sus consejos mientras no pensamos en tal cosa, sino que estamos perdiendo el tiempo en la tierra! ¡Oh, que los hombres se atrevan con su pereza a «apagar el Espíritu», y luego aleguen el Espíritu para justificarlo! «¡Oh hecho escandaloso, vergonzoso y contra naturaleza!». Dios nos ha pedido que seamos «en el cuidado no perezosos», sino «ardientes en espíritu, sirviendo al Señor». Así debemos incitar a nuestros oyentes a ser, y así debemos ser nosotros mismos. ¡Oh, por tanto, hermanos, no pierdan tiempo! Estudien, oren, consulten y practiquen; porque por estos cuatro medios han de aumentar sus capacidades. Miren por ustedes mismos, no sea que sean débiles por su propia negligencia, y estropeen la obra de Dios con su debilidad.
Capítulo 4 completado
Sección 1 — La naturaleza de esta vigilancia