El pastor reformado
Dedicatoria

Capítulo 2 · 22 min de lectura · 28 min de escucha

Dedicatoria

A mis hermanos, y muy amados hermanos, los fieles ministros de Cristo en Gran Bretaña e Irlanda: gracia y paz en Jesucristo les sean multiplicadas

REVERENDOS HERMANOS

El tema de este tratado les concierne tan de cerca a ustedes y a las iglesias encomendadas a su cuidado, que me da valor para dirigirles estas palabras, a pesar de las imperfecciones en el modo de tratarlo y de la conciencia de mi gran indignidad para ser su amonestador.

Antes de llegar a mi encargo principal, les daré cuenta de los motivos de la obra que sigue y de la libertad de palabra que he usado, la cual a algunos quizá les desagrade. Cuando el Señor hubo despertado a sus ministros del condado de Worcestershire, y de algunas partes vecinas, a la conciencia de su deber en la obra de catequizar e instruir en privado a todos los de sus parroquias que no rehusaran obstinadamente su ayuda, y cuando hubieron suscrito un acuerdo que contenía sus resoluciones de cumplirla en adelante, juzgaron impropio emprender la obra sin humillar solemnemente sus almas delante del Señor por haber descuidado tanto tiempo un deber tan grande y necesario; y, por tanto, acordaron reunirse en Worcester el 4 de diciembre de 1655, y allí unirse en humillación y en ferviente oración a Dios, pidiendo el perdón de nuestros descuidos, su ayuda especial en la obra que habíamos emprendido y el buen éxito de ella entre la gente que nos habíamos comprometido a instruir; y para esa ocasión, entre otros, me pidieron a mí que predicara. Para complacer su deseo preparé el discurso que sigue; el cual, aunque resultó más largo de lo que podía exponerse en uno o dos sermones, tenía yo la intención de comenzarlo en aquella ocasión, exponiendo lo que fuera más pertinente para el momento y reservando el resto para otra ocasión. Pero, antes de la reunión, el aumento de mi dolor y mi debilidad habituales me impidió ir allá; y para compensar esa omisión involuntaria, accedí de buena gana a la petición de varios de los hermanos de publicar en seguida lo que había preparado, para que pudieran leer lo que no podían oír. Si se objeta que no debí hablar con tanta claridad y dureza contra los pecados del ministerio, o que no debí publicarlo a la vista del mundo; o, al menos, que debí hacerlo en otra lengua y no a oídos del vulgo; sobre todo en un tiempo en que los cuáqueros y los papistas procuran traer el ministerio a menosprecio, y el pueblo está demasiado inclinado a escuchar sus insinuaciones, confieso que tuve la objeción por muy digna de consideración; pero el que no bastara para cambiar mi resolución se debe, entre otras, a las razones siguientes:

1. Lo que habíamos acordado era una humillación solemne, y para ella se preparó y se destinó este discurso. ¿Y cómo íbamos a humillarnos sin una confesión llana de nuestro pecado? 2. La confesión tocaba principalmente nuestros propios pecados; ¿y quién puede ofenderse con nosotros porque confesemos nuestros propios pecados y tomemos sobre nosotros la culpa y la vergüenza, como nuestra conciencia nos decía que debíamos hacer? 3. Habiéndolo preparado por necesidad en lengua inglesa, no tenía tiempo libre para traducirlo al latín. 4. Cuando el pecado está a la vista del mundo, es vano intentar ocultarlo; todos esos intentos no harán sino agravar y aumentar nuestra vergüenza. 5. Una confesión franca es condición de una remisión plena; y cuando el pecado es público, la confesión también debe ser pública.

Si los ministros de Inglaterra hubieran pecado solo en latín, me habría ingeniado para amonestarlos en latín, o no les habría dicho nada. Pero si pecan en inglés, han de oír de ello en inglés. El pecado no perdonado nunca nos dejará descansar ni prosperar, por mucho cuidado y gasto que pongamos en encubrirlo: nuestro pecado ciertamente nos alcanzará, aunque nosotros no lo descubramos a él. La obra de la confesión tiene precisamente por fin dar a conocer nuestro pecado y tomar sobre nosotros libremente la vergüenza; y si «el que confiesa y se aparta de sus pecados alcanzará misericordia», no es de extrañar que «el que encubre sus pecados no prosperará». Si somos tan indulgentes con nosotros mismos y tan reacios a confesar, Dios será menos indulgente con nosotros, y él mismo redactará nuestras confesiones por nosotros. O forzará nuestra conciencia a confesar, o sus juicios proclamarán nuestras iniquidades al mundo.

6. Demasiados de los que han emprendido la obra del ministerio persisten con tanta obstinación en buscar lo suyo, en la negligencia, el orgullo y otros pecados, que se ha vuelto un deber necesario para nosotros amonestarlos. Si viéramos que tales hombres se enmendarían sin reprensión, gustosamente nos abstendríamos de publicar sus faltas. Pero cuando las reprensiones mismas resultan tan ineficaces que se ofenden más por la reprensión que por el pecado, y prefieren que nosotros dejemos de reprender antes que dejar ellos de pecar, creo que es tiempo de hacer más enérgico el remedio. Porque ¿qué otra cosa haríamos? Dar a nuestros hermanos por incurables sería una crueldad, mientras queden otros medios que usar.

No debemos aborrecerlos, sino reprenderlos con franqueza y no consentir pecado sobre ellos. Tolerar los vicios del ministerio es fomentar la ruina de la Iglesia; porque ¿qué camino más rápido hay para la corrupción y la perdición del pueblo que la depravación de sus guías? ¿Y cómo podemos promover más eficazmente una reforma que procurando reformar a los que dirigen la Iglesia? Por mi parte, he hecho como quisiera que se hiciera conmigo; y lo hago por la seguridad de la Iglesia y con tierno amor a los hermanos a quienes me atrevo a reprender, no para hacerlos despreciables y odiosos, sino para sanar los males que los harían tales, a fin de que ningún enemigo halle entre nosotros este motivo de reproche. Pero, sobre todo, porque nuestros fieles esfuerzos son de tanta necesidad para el bienestar de la Iglesia y la salvación de las almas de los hombres, que no se aviene con el amor a ninguna de ellas ser negligentes nosotros mismos, ni consentir en silencio la negligencia de otros. Si miles de ustedes estuvieran en un barco que hace agua, y los que debieran achicar el agua y tapar las vías estuvieran jugando o dormidos, o aun solo escatimándose el trabajo, con peligro para todos ustedes, ¿no los despertarían para que atendieran a su tarea y no los llamarían a trabajar como por sus vidas? Y si usaran cierta dureza e insistencia con los perezosos, ¿pensarían que estaba en su juicio el hombre que lo tomara a mal y los acusara de orgullo, presunción o mala educación por atreverse a hablar con tanto descaro a sus compañeros de trabajo, o que les dijera que los agravian al menoscabar su reputación? ¿No dirían: «Hay que hacer el trabajo, o somos todos hombres muertos. ¿Está el barco a punto de hundirse, y hablas tú de reputación? ¿O prefieres arriesgarte a ti y a nosotros antes que oír hablar de tu pereza?». Este es nuestro caso, hermanos. ¡La obra de Dios tiene que hacerse! ¡Las almas no deben perecer mientras ustedes se ocupan de sus negocios mundanos o de sus placeres mundanos, se dan al descanso o riñen con sus hermanos! ¡Ni debemos callar mientras ustedes apresuran a los hombres a la perdición y la Iglesia es llevada a mayor peligro y confusión, por miedo a parecer demasiado descorteses y groseros con ustedes o a desagradar a sus almas impacientes! ¡Si fueran tan impacientes con sus pecados como lo son con nuestras reprensiones, no oirían más de nosotros, sino que estaríamos todos de acuerdo! Pero ni Dios ni los hombres buenos los dejarán en paz en tales pecados. Con todo, si se hubieran dedicado a otra vocación, y pecaran solo para sí mismos y perecieran solos, no tendríamos tanta necesidad de molestarlos como ahora la tenemos; pero si quieren entrar en el oficio del ministerio, que existe para la preservación necesaria de todos nosotros, de modo que al dejarlos en paz en su pecado tendríamos que abandonar la Iglesia a la pérdida y al peligro, no nos culpen si les hablamos con más libertad de la que ustedes quisieran. Si su propio cuerpo estuviera enfermo y despreciaran el remedio, o si su propia casa estuviera ardiendo y ustedes se pusieran a cantar o a reñir en la calle, quizá yo podría soportarlo y dejarlos en paz (lo cual, sin embargo, por caridad no haría fácilmente); pero si se encargan de ser los médicos de un hospital, o de toda una ciudad infestada de la peste, o se encargan de apagar todos los fuegos que se enciendan en la ciudad, no hay manera de soportar su descuido, por mucho que les desagrade. Tómenlo como quieran, hay que decírselo; y si eso no basta, hay que decírselo todavía más claramente; y si eso no basta, y además de reprendidos son desechados, a ustedes mismos tendrán que agradecérselo. Todo esto no lo digo sino a los culpables.

Y así les he dado las razones que me obligaron a publicar en llano inglés tanto de los pecados del ministerio como lo he hecho en el tratado que sigue. Y supongo que cuanto más arrepentido y humilde sea alguno, y cuanto más desee la verdadera reforma de la Iglesia, con tanta mayor facilidad y plenitud aprobará tales confesiones y reprensiones francas. Pero veo que será imposible evitar ofender a los que son a la vez culpables e impenitentes; porque no hay otro modo de evitarlo sino nuestro silencio o su paciencia: y callar no podemos, a causa de los mandamientos de Dios; y pacientes no querrán ser, a causa de su culpa y su impenitencia. Pero los que hablan con llaneza siempre serán aprobados al final; y se acerca el tiempo en que ustedes confesarán que ellos fueron sus mejores amigos. Pero mi asunto principal está todavía por delante. Debo ahora tomarme el atrevimiento, hermanos, de ser su amonestador acerca de algunos de los deberes necesarios de que he hablado en el discurso que sigue. Si alguno de ustedes me acusara de arrogancia o inmodestia por este intento, como si con ello los acusara de negligencia o me juzgara suficiente para amonestarlos, les ruego que interpreten con benevolencia mi atrevimiento, y les aseguro que en esto no sigo el consejo de mi carne, sino que me desagrado a mí mismo tanto como a algunos de ustedes; y preferiría el descanso y la paz del silencio, si se compaginara con mi deber y con el bien de las iglesias. Pero es la pura necesidad de las almas de los hombres, y mi deseo de su salvación y de la prosperidad de la Iglesia, lo que me obliga a esta arrogancia e inmodestia, si así ha de llamarse. Porque ¿quién que tenga lengua puede callar cuando se trata de la honra de Dios, del bienestar de su Iglesia y de la felicidad eterna de tantas almas?

El primer punto, y el principal, que tengo que proponerles es este: ¿no es acaso deber indiscutible de la generalidad de los ministros de estas tres naciones dedicarse desde ahora a la obra de catequizar e instruir individualmente a todos los que están encomendados a su cuidado y que se dejen persuadir a someterse a ello? No necesito detenerme aquí a probarlo, pues lo he hecho suficientemente en el discurso que sigue. ¿Pueden pensar que la santa sabiduría lo contradirá? ¿Lo contradirá el celo por Dios, el deleite en su servicio o el amor a las almas de los hombres?

1. Que al pueblo se le deben enseñar los principios de la religión y las cosas de mayor necesidad para la salvación está fuera de duda entre nosotros.

2. Que se le deben enseñar del modo más edificante y provechoso, espero que estemos de acuerdo.

3. Que la conversación, el examen y la instrucción personales tienen muchas y excelentes ventajas para su bien está igualmente fuera de discusión.

4. Que la instrucción personal nos es recomendada por la Escritura y por la práctica de los siervos de Cristo, y aprobada por los piadosos de todas las épocas, es cosa que, hasta donde puedo ver, nadie contradice.

5. Está fuera de duda que debemos cumplir este gran deber con todo el pueblo, o con tantos como podamos; porque nuestro amor y nuestro cuidado por sus almas deben alcanzar a todos. Si hay quinientas o mil personas ignorantes en tu parroquia o congregación, es pobre manera de cumplir tu deber hablar de vez en cuando a unas pocas de ellas y dejar a las demás en su ignorancia, si eres capaz de prestarles ayuda.

6. No es menos cierto que una obra tan grande como esta debe ocupar una parte considerable de nuestro tiempo. Por último, es igualmente cierto que todos los deberes deben hacerse con orden, en cuanto sea posible, y por tanto deben tener sus tiempos señalados. Y si estamos de acuerdo en practicar conforme a estas verdades comúnmente reconocidas, no necesitamos discrepar en ninguna circunstancia dudosa.

Ahora, en nombre de Cristo, por amor de su Iglesia y de las almas inmortales de los hombres, ruego a todos los fieles ministros de Cristo que se apliquen a esta obra desde ahora y con eficacia. Únanse para cumplirla unánimes, a fin de que así se obtenga más fácilmente la sumisión de su pueblo. Debo confesar que, por alguna experiencia, hallo que esta es la obra que, por la gracia de Dios, que obra por medios, ha de reformar de veras; la que ha de desterrar la ignorancia general que prevalece entre nosotros; la que ha de doblegar el corazón obstinado de los pecadores; la que ha de responder a sus vanas objeciones y quitar sus prejuicios; la que ha de reconciliar su corazón con los ministros fieles, favorecer el éxito de nuestra predicación pública y hacer de la verdadera piedad algo más común de lo que hasta ahora ha sido. Hallo que nunca, hasta ahora, habíamos seguido el mejor camino para derribar el reino de las tinieblas. Me asombro de mí mismo, de cómo me mantuve tanto tiempo apartado de un deber tan claro y excelente. Pero me sucedió lo que supongo que les sucede a otros. Hacía mucho que estaba convencido de él, pero mi idea de las dificultades era demasiado grande, y mi idea del deber demasiado pequeña, y así estuve mucho tiempo impedido de cumplirlo. Imaginaba que la gente lo despreciaría y que solo unos pocos, los que menos lo necesitaban, se someterían a él; y pensaba que mis fuerzas nunca bastarían para llevarlo a cabo, teniendo ya sobre mí cargas tan grandes; y así lo dilaté mucho tiempo, lo cual ruego al Señor de misericordia que me perdone. En cambio, al ponerlo a prueba, hallo que las dificultades son casi nada (salvo por mi extraordinaria debilidad corporal) en comparación con lo que imaginaba; y hallo que los beneficios y consuelos de la obra son tales que no quisiera haberla dejado de hacer por todas las riquezas del mundo. Dedicamos el lunes y el martes, desde la mañana casi hasta la noche, a esta obra, atendiendo a unas quince o dieciséis familias por semana, para poder recorrer en un año la parroquia, en la que hay más de ochocientas familias; y todavía no puedo decir que una sola familia se haya negado a venir a mí, y solo unas pocas personas se han excusado y la han eludido. Y hallo más señales externas de fruto en la mayoría de los que vienen que en toda mi predicación pública a ellos. Si me dicen: «No es así en la mayoría de los lugares», respondo: ojalá la culpa de ello no recaiga en gran parte sobre nosotros mismos. Pero, aun si algunos rehúsan su ayuda, eso no los excusará a ustedes de no prestarla a los que la aceptarían. Si me preguntan qué método sigo para el orden y la rapidez, puedo mencionar aquí que, al repartir los catecismos, hago una lista de todas las personas con uso de razón de la parroquia, y el sacristán va una semana antes a cada familia para decirles qué día y a qué hora deben venir (una familia a las ocho, la siguiente a las nueve, la siguiente a las diez, etc.). Y el número me obliga a tratar con toda una familia a la vez; pero ordinariamente no admito que esté presente nadie de otra familia. Hermanos, ¿los invito ahora a esta obra sin la autoridad de Dios, sin el consentimiento de toda la antigüedad, sin el consentimiento de los teólogos reformados o sin la convicción de su propia conciencia? Vean lo que dice de paso la Asamblea de Westminster en el Directorio, acerca de la visita a los enfermos: «Es deber del ministro no solo enseñar en público al pueblo encomendado a su cargo, sino también en privado y particularmente amonestarlo, exhortarlo, reprenderlo y consolarlo en toda ocasión oportuna, en cuanto se lo permitan su tiempo, sus fuerzas y su seguridad personal. Debe amonestarlos en tiempo de salud a prepararse para la muerte. Y con ese propósito ellos deben conversar a menudo con su ministro acerca del estado de su alma», etc. Léanlo otra vez y considérenlo. Escuchen a Dios, si quieren tener paz con Dios. Escuchen a la conciencia, si quieren tener paz de conciencia. Estoy resuelto a tratarlos con llaneza, aunque les desagrade. Es cosa improbable que haya un corazón sinceramente consagrado a Dios en el hombre que, después de advertencias y exhortaciones, no se resuelve a cumplir un deber tan claro y tan grande. No puedo concebir que quien tiene una sola chispa de gracia salvadora, y por tanto aquel amor a Dios y aquel deleite en hacer su voluntad que hay en todos los santificados, pueda ser llevado a oponerse a una obra como esta o a rehusarla; a no ser bajo el poder de una tentación como la de Pedro cuando negó a Cristo, o cuando quiso disuadirlo de padecer y oyó una media excomunión: «Quítate de delante de mí, Satanás; me eres tropiezo, porque no pones la mira en las cosas de Dios, sino en las de los hombres». Han puesto la mano en el arado; están doblemente consagrados a él, como cristianos y como pastores; ¿y se atreven, después de esto, a volver atrás y rehusar su obra? Ven la obra de la reforma detenida, y están comprometidos por muchas obligaciones a promoverla; ¿y se atreven ahora a descuidar los medios por los cuales debe hacerse? ¿Mostrarán su rostro en una congregación cristiana como ministros del evangelio, y allí orarán por una reforma, por la conversión y salvación de sus oyentes y por la prosperidad de la Iglesia; y, cuando hayan terminado, rehusarán usar los medios por los cuales todo esto ha de llevarse a cabo? Sé que al ingenio carnal nunca le faltarán palabras ni apariencia de razón para contradecir la verdad y el deber que aborrece. Ahora es más fácil poner reparos al deber que cumplirlo; pero esperen al fin antes de dar su juicio definitivo. ¿Pueden convencerse a sí mismos de que podrán repasar con consuelo estos descuidos, o rendir de ellos a Dios una cuenta que les dé consuelo? Me atrevo a pronosticar, por el conocimiento de la naturaleza de la gracia, que todos los ministros piadosos de Inglaterra harán de este deber un asunto de conciencia y se aplicarán a él, excepto los que, por algún accidente extraordinario, estén impedidos, o los que estén bajo tentaciones como las ya dichas. No los exhorto a ello sin esperanza, sino que doy por sentado que se hará. Y si algunos hipócritas perezosos, celosos o malintencionados ponen reparos o se mantienen al margen, los demás no lo harán; sino que aprovecharán la oportunidad y no resistirán las advertencias del Señor. Y Dios desenmascarará a los hipócritas antes de mucho, y les hará saber, para su pesar, lo que era jugar con él. ¡Ay de ellos cuando tengan que dar cuenta de la sangre de las almas! Las razones que aquí los dejaban satisfechos contra el deber no los satisfarán entonces contra el deber, sino que se pondrá de manifiesto que fueron fruto de su necedad y que procedieron en su raíz de su voluntad corrompida y de su interés carnal. Ni su conciencia reconocerá en la hora de la muerte las razones que ahora parecen reconocer. Entonces sentirán, para su pesar, que el alma que parte no halla en el repaso de semejante deber descuidado el consuelo que hallan los que se han consagrado por entero al servicio del Señor. Estoy seguro de que mis argumentos en favor de este deber parecerán más fuertes al final, cuando se los considere en la hora de la muerte, en el día del juicio y, sobre todo, a la luz de la eternidad.

Y ahora, hermanos, les ruego encarecidamente, en el nombre de Dios y por amor de las almas de su pueblo, que no hagan esta obra a la ligera y de cualquier manera, sino con vigor y con todas sus fuerzas; y que la conviertan en su gran y seria ocupación. Se requiere mucho juicio para llevarla a cabo. Estudien, pues, de antemano cómo hacerla, como estudian para sus sermones. Recuerdo con cuánta insistencia pedí a algunos miembros del último parlamento que establecieran catequistas en nuestras congregaciones; pero, en verdad, no lamento que no se llevara a efecto, salvo para unas pocas de las congregaciones más grandes. Porque percibo que toda la vida de la obra, bajo Dios, está en conducirla con prudencia y eficacia, escudriñando el corazón de los hombres y aplicando la verdad a su conciencia; y el ministro más capaz es harto débil para esto, y pocos de dotes inferiores se hallarían competentes para ello. Porque nada temo más que el que muchos ministros que predican bien resulten estar solo imperfectamente capacitados para esta obra, sobre todo para llevarla a cabo con pecadores viejos, ignorantes y de corazón muerto. Y, en verdad, si el pueblo no reverencia a los ministros, más bien los menospreciará y discutirá con ellos que aprenderá de ellos y se les someterá con humildad: ¿cuánto más lo haría con hombres inferiores? Puesto que la obra ha recaído sobre nosotros, y somos nosotros los que debemos hacerla, o quedará sin hacer, levantémonos y pongamos manos a la obra con todas nuestras fuerzas. Cuando hablen a su pueblo, háganlo con la mayor prudencia y seriedad, y insistan con ellos como quien trata de vida o muerte; y sigan esta obra con tanta dedicación como sus exhortaciones públicas desde el púlpito. Declaro otra vez que es para mí la obra de mayor consuelo, después de la predicación pública (porque allí hablo a más personas, aunque con menos provecho para cada una), en que jamás he puesto la mano. Y no dudo que ustedes también la hallarán así, con tal que la cumplan fielmente.

Mi segunda petición a los ministros de estos reinos es que, por fin, sin más demora, se apliquen unánimes a la práctica de aquellas partes de la disciplina de la Iglesia que son indudablemente necesarias y parte de su obra. Es cosa triste que hombres buenos se acomoden tanto tiempo al descuido constante de un deber tan grande. El clamor común es: «Nuestra gente no está preparada para ello; no lo soportará». ¿Pero no es más bien que ustedes no quieren soportar la molestia y el odio que ocasionará? Si en verdad proclaman que nuestras iglesias son incapaces del orden y el gobierno de Cristo, ¿qué hacen sino entregar la causa a los que se apartan de nosotros y animar a los hombres a buscar sociedades mejores donde pueda tenerse esa disciplina? Porque, aunque la predicación y los sacramentos pueden omitirse en algunos casos hasta una ocasión más oportuna, y lo mismo la disciplina, es cosa grave acomodarse a un descuido constante durante tantos años seguidos, como lo hemos hecho, a menos que la obra fuera absolutamente imposible. Y si lo fuera, a causa de lo inadecuado de nuestros materiales, eso nos llamaría claramente a cambiar nuestra constitución, para que el material sea adecuado. Más adelante he hablado de esto con claridad, y espero que lo consideren a conciencia. Ahora solo les ruego, si quieren dar cuenta con gozo al Príncipe de los pastores y no ser hallados infieles en la casa de Dios, que no la demoren voluntariamente ni por negligencia, como si fuera cosa innecesaria; ni la rehúyan por la molestia que acarrea a la carne; porque así como eso es una triste señal de hipocresía, así también los deberes más costosos suelen ser los de mayor consuelo; y pueden estar seguros de que Cristo correrá con el costo.

Mi última petición es que todos los fieles ministros de Cristo, sin más demora, se unan y se asocien para ayudarse unos a otros en la obra del Señor y para mantener la unidad y la concordia en sus iglesias. Y que no descuiden sus reuniones fraternales con ese fin, ni las pasen sin provecho, sino que las aprovechen para su edificación y para llevar adelante la obra con eficacia. Lean aquella excelente carta de Edmund Grindal, arzobispo de Canterbury, a la reina Isabel, en favor de las reuniones y ejercicios ministeriales. La hallarán en la Historia de la Iglesia de Inglaterra de Fuller.

Hermanos, les pido perdón por las debilidades de esta carta; y, anhelando con fervor el buen éxito de sus labores, pediré cada día a Dios que los persuada a cumplir los deberes que aquí les he recomendado, y que los guarde y los prospere en ellos frente a toda la astucia de serpiente y la furia que ahora se han levantado para oponerse a ustedes y estorbarlos.

15 de abril de 1656

Su indigno consiervo

RICHARD BAXTER

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