El pastor reformado
Artículo 1

Capítulo 16 · 10 min de lectura · 13 min de escucha

Artículo 1

En primer lugar he de darles algunas indicaciones para lograr que su pueblo se someta a este método de catequesis e instrucción.

1. El medio principal de todos es este: que el ministro se conduzca de tal manera en el curso general de su vida y de su ministerio que convenza a su pueblo de su capacidad, de su sinceridad y de su amor no fingido hacia ellos. Porque si lo tienen por ignorante, despreciarán su enseñanza y se creerán tan sabios como él; y si lo creen interesado, o hipócrita, o alguien que no piensa lo que dice, sospecharán de todo lo que dice y hace por ellos, y no le harán caso. En cambio, si están convencidos de que entiende lo que hace, y tienen en alta estima sus capacidades, lo reverenciarán y se inclinarán con más facilidad ante su consejo; y cuando estén persuadidos de su rectitud, sospecharán menos de sus propuestas; y cuando perciban que no busca fines particulares suyos, sino únicamente el bien de ellos, se dejarán persuadir por él con tanta más prontitud. Y como se supone que aquellos a quienes escribo no se cuentan entre los ministros más capaces, y por eso pueden desesperar de ser reverenciados por sus dotes, yo les diría: ustedes tienen tanta más necesidad de estudiar y de trabajar para acrecentarlas; y lo que les falta en capacidad ha de suplirse con otras cualidades, y entonces su consejo podrá tener tanto éxito como el de otros.

Si los ministros estuvieran dispuestos a ganarse un lugar en el afecto de su pueblo al precio más costoso para su propia carne, y quisieran condescender con ellos, y ser cercanos, afectuosos y prudentes en su trato, y abundar en buenas obras conforme a su capacidad, podrían hacer con su pueblo mucho más de lo que ordinariamente hacen; no porque debamos estimar mucho ese lugar en su afecto por nuestro propio provecho, sino para estar en mejores condiciones de promover el interés de Cristo y de adelantar su salvación. Si no fuera por el bien de ellos mismos, poco importaría que nos amaran o nos aborrecieran; pero ¿qué comandante puede prestar algún gran servicio con un ejército que lo aborrece? ¿Y cómo podemos pensar que harán mucho caso de nuestro consejo mientras aborrecen o desprecian a las personas que se lo dan? Procuren, pues, ganar un lugar suficiente en la estima y el afecto de su pueblo, y entonces podrán prevalecer mejor con ellos. Pero quizá alguno diga: ¿Qué debe hacer el ministro que descubre que ha perdido el afecto de su pueblo? A esto respondo: Si es un pueblo tan vil que lo aborrece, no por alguna flaqueza o mala conducta suya, sino solamente por procurar su bien, y que aborrecería a cualquier otro que cumpliera con su deber, entonces debe seguir, con paciencia y mansedumbre, «corrigiendo a los que se oponen, por si quizá Dios les conceda que se arrepientan para conocer la verdad». Pero si es a causa de alguna flaqueza suya, o de alguna diferencia sobre opiniones menores, o de algún prejuicio contra su persona, procure primero quitar ese prejuicio por todos los medios lícitos; y si no puede, dígales: «No es por mí, sino por ustedes que trabajo; y por tanto, ya que no quieren obedecer la Palabra de mi boca, les ruego que consientan en recibir a algún otro que pueda hacerles el bien que yo no puedo»; y así déjelos, y vea si otro hombre no será más apto para ellos, y él más apto para otro pueblo. Porque un hombre de ánimo noble difícilmente puede quedarse con un pueblo contra su voluntad; y un hombre sincero, aún con mayor dificultad, por algún beneficio propio, permanecerá en un lugar donde probablemente será inútil y estorbará el bien que podrían recibir de otro hombre que tenga la ventaja de un mayor lugar en su afecto y estima. 2. Supuesta esta preparación general, lo siguiente que debe hacerse es usar los medios más eficaces para convencerlos del beneficio y de la necesidad de este método para sus propias almas. El modo de ganar el consentimiento del pueblo para cualquier cosa que ustedes propongan es probar que es buena y provechosa para ellos. Deben, pues, predicarles de antemano algunos sermones poderosos y convincentes con este propósito, y mostrarles el beneficio y la necesidad del conocimiento de las verdades divinas en general, y de conocer los primeros principios en particular; y que los ancianos tienen el mismo deber y la misma necesidad que los demás, y en algunos aspectos mucho mayor; por ejemplo, a partir de Hebreos 5:12: «Porque debiendo ser ya maestros a causa del tiempo, tenéis necesidad de volver a ser enseñados cuáles sean los primeros rudimentos de las palabras de Dios; y habéis llegado a ser tales que tengáis necesidad de leche, y no de manjar sólido», texto que nos ofrece muchas observaciones apropiadas a nuestro presente propósito:

Como estas:

(1) Que las palabras de Dios han de ser las lecciones del hombre.

(2) Los ministros deben enseñarlas, y el pueblo debe aprenderlas de ellos.

(3) Las palabras de Dios tienen ciertos principios fundamentales que deben conocer todos los que desean ser salvos.

(4) Estos principios deben aprenderse primero: ese es el orden correcto.

(5) Es razonable esperar que el pueblo crezca en conocimiento conforme a los medios de instrucción que posee; y si no lo hace, es un gran pecado suyo.

(6) Si algunos han vivido mucho tiempo en la iglesia, bajo los medios del conocimiento, y aun así ignoran estos primeros principios, tienen necesidad de que se les enseñen todavía, por viejos que sean.

Todo esto se desprende claramente del texto; de donde tenemos una buena ocasión para mostrarles, con muchas razones claras y convincentes: Primero, la necesidad de conocer las palabras de Dios. Segundo, y más especialmente, de conocer los principios fundamentales. Tercero, y particularmente en el caso de los ancianos, que ya han perdido pecaminosamente tanto tiempo, y que por tanto tiempo han prometido arrepentirse cuando fueran viejos; que deberían ser maestros de los jóvenes, y cuya ignorancia es doble pecado y doble vergüenza; que tienen ahora tan poco tiempo para aprender, y están tan cerca de la muerte y del juicio; y que tienen almas que salvar o perder lo mismo que los demás. Convénzanlos de cuán imposible es andar el camino del cielo sin conocerlo, habiendo en él tantas dificultades y enemigos; y cuando los hombres no pueden llevar sus negocios del mundo sin conocimiento, ni aprender un oficio sin aprendizaje. Convénzanlos de qué contradicción es ser cristiano y, sin embargo, negarse a aprender; porque ¿qué es un cristiano sino un discípulo de Cristo? ¿Y cómo puede ser discípulo de Cristo el que se niega a ser enseñado por él? Y el que se niega a ser enseñado por sus ministros se niega a ser enseñado por él; porque Cristo no volverá a bajar del cielo para enseñarles por su propia boca, sino que ha designado a sus ministros para que tengan escuela y les enseñen bajo su autoridad. Decir, pues, que no quieren ser enseñados por sus ministros es decir que no quieren ser enseñados por Cristo; y eso es decir que no quieren ser sus discípulos, o sea, que no son cristianos.

Háganles entender que no se trata de un asunto arbitrario que nosotros hayamos ideado e impuesto, sino que nos es impuesta necesidad, y que si no atendemos a cada miembro del rebaño conforme a nuestra capacidad, ellos pueden perecer en su iniquidad, pero su sangre será demandada de nuestra mano. Muéstrenles que es Dios, y no nosotros, quien ha ideado e impuesto esta obra, y que por tanto, al acusarla, culpan a Dios más que a nosotros. Pregúntenles si serían tan crueles con su ministro como para desear que perdiera su propia alma, a sabiendas y voluntariamente, por miedo a molestarlos al intentar impedir su condenación. Instrúyanlos plenamente sobre la naturaleza del oficio ministerial y la necesidad que la Iglesia tiene de él; cómo consiste en enseñar y guiar a todo el rebaño; y que, así como deben acudir a la congregación como alumnos a la escuela, así también deben estar dispuestos a dar cuenta de lo que han aprendido y a ser instruidos más a fondo, uno por uno. Háganles saber cuánto contribuye esto a su salvación, qué provechoso empleo de su tiempo será, y cuánta vanidad y cuánto mal evitará. Y una vez que descubran que es para su propio bien, se rendirán a ello con más facilidad.

3. Hecho esto, será muy necesario que demos uno de los catecismos a cada familia de la parroquia, sea rica o pobre, para que no tengan excusa; porque si se deja a su cuenta el comprarlos, quizá la mitad de ellos no los consiga; mientras que, cuando se les ponen los ejemplares en las manos, el recibirlos será una especie de compromiso de aprenderlos; y con solo que lean la exhortación (como es probable que lo hagan), tal vez los convenza y los mueva a someterse. En cuanto a la entrega, lo mejor es que el ministro avise primero en la congregación que se les llevarán a sus casas, y que luego vaya él mismo de casa en casa a entregarlos, aprovechando la ocasión para persuadirlos a la obra; y que, mientras hace la ronda, tome una lista de todas las personas que han llegado a la edad del discernimiento en las distintas familias, para saber de quiénes ha de cuidar e instruir, y a quiénes debe esperar cuando les llegue su turno. En otro tiempo, al repartir algunos otros libros entre mi pueblo, pedí a cada familia que viniera a buscarlos; pero hallé más confusión e incertidumbre por ese camino, y ahora adopto este como el mejor método. Pero en congregaciones pequeñas cualquiera de los dos puede servir.

En cuanto al costo de los catecismos, si el ministro puede, bueno será que lo cubra él; si no, que lo costeen entre ellos los mejor dispuestos de su pueblo que sean más acomodados. O bien, en un día de humillación, como preparación para la obra, empléese en comprar catecismos la colecta que se hace para los pobres, y pídase al pueblo que sea más generoso que de ordinario; y lo que falte, que lo completen los bien dispuestos hacia la obra.

En cuanto al orden de proceder, será necesario que tomemos al pueblo por orden, familia por familia, comenzando un mes o seis semanas después de la entrega de los catecismos, para que tengan tiempo de aprenderlos. Y así, tomándolos a todos en común, estarán más dispuestos a venir, y los remisos tendrán más vergüenza de quedarse fuera.

4. Asegúrense de tratarlos con dulzura, y quiten todo desaliento tan eficazmente como puedan.

(1) Díganles públicamente que, si ya han aprendido algún otro catecismo, no les insistirán en que aprendan este, a menos que ellos mismos lo deseen; porque la sustancia de todos los catecismos ortodoxos es la misma; y que la única razón para ofrecerles este ha sido su brevedad y plenitud, a fin de darles tanto como fuera posible en pocas palabras, y hacerles así más fácil la tarea. O, si alguno de ellos prefiere aprender algún otro catecismo, que tenga la libertad de elegir.

(2) En cuanto a los ancianos, que son de memoria débil y no es probable que vivan mucho en el mundo, y que se quejan de que no pueden recordar las palabras, díganles que no esperan que se atormenten demasiado por ello, sino que lo oigan leer a menudo, y procuren entenderlo, y que la sustancia les entre en la mente y en el corazón; y entonces se les puede tener paciencia, aunque no recuerden las palabras.

(3) Que su trato con aquellos con quienes comiencen sea tan amable, convincente y atrayente, que la noticia de ello anime a otros a venir.

5. Por último, si todo esto no basta para que algunas personas en particular se sometan, no las desechen; antes bien, vayan a ellas y razonen con ellas, averigüen cuáles son sus razones, y convénzanlas de lo pecaminoso y peligroso de descuidar la ayuda que se les ofrece. Un alma es tan preciosa que no debiéramos perder ni una por falta de trabajo, sino seguirlas mientras haya alguna esperanza, y no darlas por perdidas hasta que no haya remedio. Antes de abandonarlas, intentemos hasta lo último, para tener la experiencia de su obstinado desprecio que justifique el dejarlas. La caridad todo lo sufre y espera largamente.

Capítulo 16 completado

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