Capítulo 15 · 37 min de lectura · 48 min de escucha
Parte II
OBJECIONES A ESTE DEBER
Responderé ahora a algunas de las objeciones que pueden hacerse a la práctica que he venido recomendando.
OBJECIÓN 1:
Enseñamos a nuestro pueblo en público; ¿cómo, pues, estamos obligados además a enseñarles uno por uno?
RESPUESTA:
Ustedes oran por ellos en público: ¿no deben también orar por ellos en privado? Pablo enseñaba a todo hombre y amonestaba a todo hombre, y eso tanto públicamente como por las casas, de noche y de día, con lágrimas. Pero ¿qué necesidad hay de decir más, cuando la experiencia habla tan alto sobre este asunto? Cada día me veo obligado a asombrarme de cuán lamentablemente ignorantes son muchos de nuestro pueblo, que han parecido oyentes diligentes míos durante estos diez o doce años, mientras yo hablaba con toda la claridad de que era capaz. Algunos no saben que cada persona de la Trinidad es Dios; ni que Cristo es Dios y hombre; ni que llevó su naturaleza humana al cielo; ni en qué deben confiar para el perdón y la salvación; ni muchos otros principios importantes semejantes de nuestra fe. Más aún, algunos que asisten constantemente a las reuniones privadas son groseramente ignorantes; en cambio, en una hora de instrucción familiar en privado, parecen entender más, y recibirlo mejor, que en toda su vida anterior.
OBJECIÓN 2:
No toda la parroquia es la iglesia, ni asumo el cargo pastoral de todos ellos; por tanto, no estoy convencido de que esté obligado a tomarme este trabajo con ellos.
RESPUESTA:
[a] El sustento común que reciben la mayoría es para enseñar a toda la parroquia, aunque no estén obligados a tomarlos a todos como iglesia.
[b] ¿Qué necesidad tenemos de buscar una obligación más fuerte que el vínculo común que pesa sobre todos los cristianos de promover, hasta el máximo de su poder, la obra de la salvación de los hombres, el bien de la iglesia y la honra de Dios; junto con el vínculo común que pesa sobre todos los ministros de promover esos fines, mediante la enseñanza ministerial, hasta el máximo de su poder? ¿Es una obra tan buena, y que tan evidentemente conduce a beneficios tan grandes para las almas de los hombres, y aun así no pueden percibir ninguna obligación de hacerla?
OBJECIÓN 3:
Este método ocupará tanto tiempo que un hombre no tendrá oportunidad de proseguir sus estudios. La mayoría de nosotros somos jóvenes e inexpertos, y necesitamos mucho tiempo para mejorar nuestras propias capacidades y aumentar nuestro propio conocimiento, lo cual este método impedirá por completo.
RESPUESTA:
(1): Suponemos que aquellos a quienes persuadimos a esta obra entienden la sustancia de la religión cristiana y son capaces de enseñarla a otros; y añadir cosas inferiores y menos necesarias no ha de preferirse a esta necesaria comunicación de los principios fundamentales de la religión. Estimo mucho el conocimiento general, y no animaría a nadie a tenerlo en poco; pero estimo más la salvación de las almas. Aquella obra que es nuestro gran fin debe hacerse, quede lo que quede sin hacer. Es cosa muy deseable que un médico esté profundamente versado en su arte, y sea capaz de ver la razón de su práctica y de resolver las difíciles controversias que tiene delante. Pero si tuviera a su cargo un hospital, o viviera en una ciudad donde hiciera estragos la peste, y se pusiera a estudiar la fermentación, la circulación de la sangre, los vesicatorios y cosas semejantes, y otros puntos excelentes por el estilo, cuando debería estar visitando a sus pacientes y salvando la vida de los hombres; si llegara incluso a despedirlos y dejarlos perecer, diciéndoles que no tiene tiempo para darles consejo porque debe proseguir sus propios estudios, yo tendría a ese hombre por el más absurdo de los estudiosos, que prefiere los medios remotos al fin mismo de sus estudios; de hecho, lo tendría por una especie de asesino con buenos modales. Las almas de los hombres pueden salvarse sin saber si Dios predeterminó a la criatura en todos sus actos; si el entendimiento determina necesariamente la voluntad; si Dios obra la gracia por una causalidad física o moral; qué es el libre albedrío; si Dios tiene scientiam mediam», o decretos positivos acerca de la culpa por las malas obras; y otras cien cuestiones semejantes, que probablemente son las cosas que estarían estudiando cuando deberían estar salvando almas. Lleguen bien al cielo, y ayuden a su pueblo a llegar allá, y sabrán todas estas cosas en un momento, y mil más que ahora, con todos sus estudios, nunca podrán saber; ¿y no es este el camino más rápido y seguro hacia el conocimiento?
(2) Si no crecen extensivamente en conocimiento, por este camino de práctica diligente obtendrán el crecimiento intensivo, que es más excelente. Si no saben tantas cosas como otros, sabrán mejor que ellos las cosas grandes; porque este trato serio con los pecadores para su salvación les ayudará a comprender mucho más hondamente los principios salvadores de la religión que por cualquier otro medio; y un poco más de conocimiento de estos vale más que todo el otro conocimiento del mundo. ¡Oh, cuando miro hacia el cielo y contemplo la luz inaccesible, y aspiro al conocimiento de Dios, y hallo mi alma tan oscura y tan distante que estoy a punto de decir: «No conozco a Dios; él está por encima de mí, completamente fuera de mi alcance», me parece que de buena gana cambiaría todo el otro conocimiento que tengo por un destello más del conocimiento de Dios y de la vida venidera! ¡Ojalá nunca hubiera sabido una palabra de lógica o de metafísica, ni nada de lo que dijeron los escolásticos, con tal de tener una chispa más de aquella luz que me mostraría las cosas que pronto he de ver! Por mi parte, entiendo que, hablando seriamente de las cosas eternas y enseñando el Credo o algún catecismo breve, pueden crecer más en conocimiento (aunque no en el conocimiento de más cosas) y resultar hombres mucho más sabios que si gastaran ese tiempo estudiando cosas comunes o curiosas, pero menos necesarias.
Y quizá se descubra, antes de que terminemos, que esta ocupación tiende a hacer a los hombres pastores mucho más capaces para la iglesia que los estudios privados por sí solos. El médico, el abogado y también el teólogo más capaz será el que añada la práctica y la experiencia a sus estudios; mientras que resultará un zángano inútil el que rehúsa el servicio de Dios toda su vida con el pretexto de prepararse para él, y deja que las almas de los hombres pasen a la perdición mientras pretende estar estudiando cómo recuperarlas, o cómo adquirir más capacidad para ayudarlas y salvarlas.
(3) Sin embargo, permítanme añadir que, aunque tengo esto por lo principal, quisiera que tuvieran más, porque estas ciencias auxiliares son muy útiles; y por eso digo que, para que tengan tiempo suficiente para ambas cosas, no pierdan tiempo en recreaciones y ocupaciones vanas; no lo consuman en sueño innecesario; no malgasten ni un minuto. Lo que hagan, háganlo con todas sus fuerzas; y luego vean si no tienen tiempo suficiente para estas otras ocupaciones. Si apartan solo dos días por semana para esta gran obra, pueden hallar algún tiempo para los estudios comunes en los otros cuatro.
En verdad, ¿no son cuatro días por semana (después de tantos años pasados en la universidad) una proporción justa para que los hombres estudien controversias y preparen sermones? Aunque mi debilidad me priva de muchísimo tiempo, y las obras extraordinarias ocupan seis, si no ocho, partes de mi tiempo, bendigo a Dios porque puedo hallar tiempo para prepararme para predicar dos días por semana, a pesar de los dos días dedicados a la instrucción personal. Ahora bien, en cuanto a los que no están cargados con ninguna obra extraordinaria (me refiero a escritos y a ocupaciones de diversas clases, además de la obra ordinaria del ministerio), no puedo creer sino que, si están dispuestos, pueden hallar por lo menos dos medias jornadas por semana para esta obra.
(4) Los deberes han de tomarse juntos: el mayor ha de preferirse, pero no ha de descuidarse ninguno que pueda cumplirse; ninguno ha de alegarse contra otro, sino que cada uno ha de conocer su lugar propio. Pero si se diera un caso de necesidad tal que no pudiéramos proseguir estudios más avanzados e instruir también a los ignorantes, yo echaría a un lado todas las bibliotecas del mundo antes que hacerme culpable de la perdición de una sola alma; o, por lo menos, sé que ese sería mi deber.
OBJECIÓN 4:
Pero este método destruirá la salud de nuestro cuerpo, por el continuo desgaste de nuestras fuerzas, sin dejarnos tiempo para las recreaciones necesarias; y nos cerrará por completo el trato amistoso con los demás, de modo que nunca podremos salir de casa ni pasar un día con nuestros amigos para descanso de nuestra mente; sino que, así como pareceremos descorteses y huraños a los demás, así también nos agotaremos, y el arco siempre tenso correrá peligro de romperse al fin.
RESPUESTA:
(1): Este es el alegato de la carne en favor de su propio interés. Dice el perezoso: «El león está en el camino», y no quiere arar a causa del frío. No hay deber de importancia y de abnegación contra el cual, si consultan con la carne y la sangre, no les dé razones tan sabias como estas. ¿Quién habría sido jamás quemado en la hoguera por Cristo, si este razonamiento fuera bueno? Sí, ¿o quién habría sido jamás cristiano?
(2) Podemos tomar tiempo para la recreación necesaria y, aun así, atender a esta obra. Una hora, o media hora de paseo antes de comer, es toda la recreación que necesita para su salud la mayoría de los estudiosos de constitución más débil. Tengo razones para saber algo de esto por larga experiencia. Aunque tengo un cuerpo que ha languidecido bajo grandes debilidades durante muchos años, y mis enfermedades han sido tales que requieren tanto ejercicio como casi cualquiera en el mundo, y he hallado que el ejercicio ha sido el principal medio de mi conservación hasta ahora, y, por tanto, tengo tanta razón para abogar por él como cualquier hombre que conozca, he comprobado, sin embargo, que la proporción dicha ha sido bendecida para mi conservación, aunque sé que mucho más probablemente habría contribuido a una salud mejor. En verdad, no conozco a un ministro entre cien que necesite tanto ejercicio como yo. Sí, conozco a muchísimos ministros que apenas hacen ejercicio alguno, aunque no los alabo por ello. No dudo de que es nuestro deber hacer tanto ejercicio como sea necesario para la conservación de nuestra salud, en la medida en que nuestra obra lo requiere; de lo contrario, por el trabajo de un día perderíamos la oportunidad de muchos. Pero esto puede hacerse, y aun así hacerse también la obra en que estamos empeñados. En esos dos días por semana que apartan para esta obra, ¿qué les impide tomar una o dos horas para pasear y ejercitar el cuerpo? Mucho más en los otros días. Pero en cuanto a aquellos hombres que no limitan sus recreaciones a horas fijas, sino que deben tenerlas para complacer su humor voluptuoso, y no solo para capacitarse para su obra, tales sensuales necesitan estudiar mejor la naturaleza del cristianismo, aprender el peligro de vivir conforme a la carne, y adquirir más mortificación y abnegación antes de predicar estas cosas a otros. Si tienen que tener a toda costa sus placeres, no debieron haberse metido en una vocación que les exige hacer de Dios y de su servicio su placer, y que tanto los aparta de los placeres carnales. ¿No es su compromiso bautismal pelear contra la carne? ¿Y no saben que gran parte de la guerra cristiana consiste en el combate entre la carne y el espíritu? ¿Y que esta es la diferencia entre un verdadero cristiano y un inconverso: que el uno vive conforme al espíritu y mortifica las obras y los deseos del cuerpo, y el otro vive conforme a la carne? ¿Y hacen de predicar todo esto a otros su vocación, y, a pesar de ello, tienen que tener a toda costa sus placeres? Si así ha de ser, entonces, por vergüenza, dejen la predicación del evangelio y la profesión del cristianismo, y declárense lo que son; y como «siembran para su carne, de la carne segarán corrupción». ¿No dice el mismo Pablo: «Así que, yo de esta manera corro, no como a cosa incierta; de esta manera peleo, no como quien hiere el aire: antes hiero mi cuerpo, y lo pongo en servidumbre; no sea que, habiendo predicado a otros, yo mismo venga a ser reprobado»? ¿Y no tenemos pecadores como nosotros todavía más necesidad de hacerlo? ¿Cómo? ¿Mimaremos nuestro cuerpo y le daremos sus deseos en placeres innecesarios, cuando Pablo tiene que herir su cuerpo y ponerlo en servidumbre? ¿Tiene Pablo que hacer esto, no sea que, después de toda su predicación, venga a ser reprobado, y no tenemos nosotros mucha más razón para temerlo de nosotros mismos? Sé que algún placer es lícito; es decir, cuando sirve para capacitarnos para nuestra obra. Pero que un hombre esté tan enamorado de sus placeres que, por ellos, malgaste innecesariamente su precioso tiempo y descuide la gran obra de la salvación de los hombres, y aun abogue por ello como si debiera o pudiera hacerse, justificándose así en semejante conducta, es una maldad incompatible con la fidelidad común de un cristiano, cuánto más con la fidelidad de un ministro de Cristo. Tales desdichados, que son «amadores de los deleites más que de Dios», deben esperar ser amados por él en consecuencia, y son más aptos para ser echados de la comunión cristiana que para ser los principales en la iglesia; porque se nos manda: «a estos evita». Las recreaciones de un estudioso deben ser especialmente para el ejercicio de su cuerpo, ya que tiene delante tal variedad de deleites para su mente. Y deben usarse como el segador usa el afilado de la guadaña, es decir, solo en la medida en que sea necesario para su trabajo. Debemos cuidar que no nos roben nuestro precioso tiempo, sino que se mantengan dentro de los límites más estrechos posibles.
(3) El trabajo en que estamos empeñados no es probable que dañe mucho nuestra salud. Es cierto que debe ser serio; pero eso más bien excitará y reavivará nuestras fuerzas que las gastará. Los hombres pueden hablar todo el día de otros asuntos sin menoscabo alguno de su salud; ¿y por qué no podemos nosotros hablar con los hombres acerca de su salvación sin tan gran menoscabo de la nuestra?
(4) ¿Para qué tenemos nuestro tiempo y nuestras fuerzas, sino para emplearlos en Dios? ¿Para qué se hace una vela, sino para arder? Quemados y consumidos hemos de ser; ¿y no es más propio que sea alumbrando a los hombres hacia el cielo y trabajando para Dios, que viviendo para la carne? ¡Qué poca diferencia hay entre el placer de una vida larga y el de una vida corta cuando ambas han llegado a su fin! ¿Qué consuelo será para ustedes en la muerte haber alargado su vida acortando su obra? El que trabaja mucho, vive mucho. Nuestra vida ha de estimarse según sus fines y sus obras, y no según su mera duración. Como dice Séneca de un zángano: «Ahí yace, no ahí vive; y mucho tiempo estuvo, no mucho tiempo vivió». ¿No nos consolará más en la muerte repasar un tiempo breve fielmente empleado que una vida larga empleada infielmente?
(5) En cuanto a las visitas y cortesías, si son de mayor utilidad que nuestras ocupaciones ministeriales, pueden quebrantar el día de reposo por ellas; pueden dejar de predicar por ellas, y pueden dejar también esta obra privada. Pero si no es así, ¿cómo se atreven a convertirlas en pretexto para descuidar un deber tan grande? ¿Tiene Dios que esperar a sus amigos? ¿Qué importa que sean lores, caballeros o hidalgos? ¿Han de ser servidos antes que Dios? ¿O es su desagrado o su censura un daño mayor para ustedes que el desagrado o la censura de Dios? ¿O se atreven a pensar, cuando Dios les pida cuentas por sus negligencias, en despacharlo con esta excusa: «Señor, yo habría dedicado más de mi tiempo a buscar la salvación de los hombres; pero tal caballero, o tal amigo, lo habría tomado a mal si no lo hubiera atendido»? Si todavía «buscan agradar a los hombres», ya no son siervos de Cristo. El que se atreve a gastar su vida en complacer a la carne y en complacer a los hombres es más osado que yo. Y el que se atreve a malgastar su tiempo en cumplidos poco considera qué tiene que hacer con él. ¡Ojalá pudiera yo aprovechar mi tiempo conforme a mi convicción de la necesidad de aprovecharlo! A quien haya mirado a la muerte a la cara tantas veces como yo, no le agradeceré que valore su tiempo. Confieso que me asombran esos ministros que tienen tiempo de sobra; que pueden cazar, tirar o jugar a los bolos, o entregarse a recreaciones semejantes durante dos o tres horas, y aun días enteros seguidos; que pueden pasar una hora entera en conversación vana y gastar días enteros en visitas de cumplido y en viajes con tales fines. ¡Buen Señor! ¿En qué piensan estos hombres, cuando tantas almas a su alrededor claman por ayuda, y la muerte no nos da tregua, y no saben cuán poco tiempo podrán estar juntos su pueblo y ellos; cuando la parroquia más pequeña tiene tanto trabajo que puede ocupar toda su diligencia, de noche y de día?
Hermanos, espero que estén conformes con que se les hable con franqueza. Si no tienen sentido del valor de las almas, ni de lo precioso de aquella sangre que fue derramada por ellas, ni de la gloria hacia la que van, ni de la miseria que las amenaza, no son cristianos, y, en consecuencia, son muy poco aptos para ser ministros. Y si lo tienen, ¿cómo pueden hallar tiempo para recreaciones, visitas o conversaciones innecesarias? ¿Se atreven, como chismosos ociosos, a charlar y malgastar su tiempo, cuando tienen obras como estas que hacer, y tantas? ¡Oh tiempo precioso! ¡Qué velozmente pasa! ¡Qué pronto se habrá ido! ¿Qué son los cuarenta años de mi vida que han pasado? Aunque cada día fuera tan largo como un mes, me parece que sería demasiado corto para la obra de un día. ¿No hemos perdido ya bastante tiempo en los días de nuestra vanidad? Nunca me acerco a un moribundo que no esté completamente embotado sin que él vea mejor el valor del tiempo. ¡Oh, entonces, si pudieran hacer volver el tiempo, con qué fuerza lo llamarían! Si pudieran comprarlo, ¿qué no darían por él? Y, sin embargo, nosotros podemos permitirnos malgastarlo; sí, y consentírnoslo, y desechar voluntariamente las mayores obras de Dios. ¡Oh, qué cosa tan entontecedora es el pecado, que puede trastornar así a hombres que parecen tan sabios! ¿Es posible que un hombre con alguna compasión y honradez, o con alguna preocupación por su deber ministerial, o con algún sentido de lo estricto de la cuenta que ha de dar, tenga tiempo de sobra para la ociosidad y la vanidad?
Y debo decirles además, hermanos, que, aunque otro pudiera tomar algún tiempo para el mero deleite, que no es necesario, ustedes no pueden; porque su cargo los obliga a una dedicación más estricta que la que obliga a otros hombres. ¿Puede un médico, cuando hace estragos la peste, tomarse más descanso o recreación del necesario para su vida, cuando tantos esperan su ayuda en un caso de vida o muerte? Así como su placer no vale lo que valen las vidas de los hombres, mucho menos vale el de ustedes lo que valen las almas de los hombres. Supongan que una ciudad estuviera sitiada, y que el enemigo acechara, por un lado, todas las ocasiones para tomarla por sorpresa, y, por otro, procurara incendiarla con granadas», que estuviera lanzando continuamente; díganme, les ruego: si ciertos hombres asumen como su oficio vigilar las puertas, y otros apagar el fuego que pueda prenderse en las casas, ¿qué tiempo concederían a estos hombres para recreación o descanso, cuando la ciudad está en peligro y el fuego seguirá ardiendo y avanzando si ellos interrumpen su diligencia? ¿O excusarían a uno de estos hombres si abandonara su trabajo y dijera: Soy carne y sangre, necesito algún descanso y placer? Ciertamente, a lo sumo, no le concederían sino lo absolutamente necesario. No murmuren por esto, ni digan: «Dura es esta palabra; ¿quién la puede oír?». Porque es misericordia para ustedes; y están bien, si saben cuándo están bien, como les mostraré al responder a la objeción siguiente.
OBJECIÓN 5:
No creo que se exija a los ministros que se hagan esclavos del trabajo. Si predican con diligencia, visitan a los enfermos, cumplen los demás deberes ministeriales y, ocasionalmente, hacen bien a aquellos con quienes conversan, no creo que Dios requiera que nos atemos así a instruir a cada persona por separado y a hacer de nuestra vida una carga y una esclavitud.
RESPUESTA:
Ya he mostrado antes de qué utilidad y peso es este deber, y cuán claramente está mandado. ¿Y piensan que Dios no requiere de ustedes que hagan todo el bien que puedan? ¿Se quedarán mirando a los pecadores que boquean en las angustias de la muerte, y dirán: «Dios no me pide que me haga esclavo del trabajo para salvarlos»? ¿Es esta la voz de la compasión cristiana o ministerial? ¿O no es más bien la voz de la pereza sensual y de la crueldad diabólica? ¿Les da Dios una obra que hacer, y no quieren creer que él quiere que la hagan? ¿Es esta la voz de la obediencia o de la rebelión? Lo mismo da que su carne los venza hasta negarse a obedecer un deber reconocido, diciendo claramente: No obedeceré más allá de lo que me agrade; o que los lleve a rechazar voluntariamente la evidencia que debería convencerlos de que es un deber, diciendo: No creeré que es mi deber, a menos que me agrade. Es propio del hipócrita hacerse una religión de la parte más barata del servicio de Dios, la que es compatible con sus fines y su felicidad carnales, y rechazar el resto, que es incompatible con ellos. Y a las palabras de la hipocresía esta objeción añade las palabras de una impiedad grosera. Porque ¡qué miserable calumnia es esta contra el Dios altísimo, llamar a su servicio esclavitud y servidumbre! ¿Qué pensamientos tienen tales hombres de su Señor, de su obra y de su salario? ¿Los pensamientos de un creyente o los de un incrédulo? ¿Es probable que honren a Dios y promuevan su servicio estos hombres que tienen de él pensamientos tan bajos? ¿Se deleitan en la santidad estos hombres que la tienen por obra de esclavos? ¿Creen de verdad en la miseria de los pecadores los que tienen por tan gran servidumbre ser diligentes en salvarlos? Cristo dice que «el que no se niega a sí mismo, y no renuncia a todo, y no toma su cruz y lo sigue, no puede ser su discípulo». Pero estos hombres tienen por esclavitud trabajar duro en su viña y renunciar a su comodidad, en un tiempo en que tienen todas las facilidades y todos los estímulos. ¡Qué lejos está esto de renunciar a todo! ¿Y cómo pueden ser aptos para el ministerio estos hombres, que son tan enemigos de la abnegación y, por tanto, del verdadero cristianismo?
Me veo, por tanto, obligado a decir que de aquí nace la principal miseria de la iglesia: que tantos sean hechos ministros antes de ser cristianos. Si estos hombres hubieran visto la diligencia de Cristo en hacer el bien, cuando dejó de lado su comida para hablar con una sola mujer, y cuando ni aun tenía tiempo para comer pan, ¿no habrían sido del parecer de sus parientes carnales, que vinieron para prenderle y decían: «Está fuera de sí»? Le habrían dicho a Cristo que se hacía un esclavo del trabajo, y que Dios no requería tanto afán. Si lo hubieran visto todo el día predicando y toda la noche en oración, parece que habría recibido de ellos esta censura por su trabajo. No puedo sino aconsejar a estos hombres que examinen su propio corazón, para ver si creen sin fingimiento la Palabra que predican. ¿Creen de verdad que tal gloria aguarda a los que mueren en el Señor, y tal tormento a los que mueren sin convertirse? Si lo creen, ¿cómo pueden pensar que algún trabajo es demasiado para fines de tanto peso? Si no lo creen, díganlo, y salgan de la viña, y vayan con el pródigo a apacentar cerdos, y no se encarguen de apacentar el rebaño de Cristo.
¿No saben, hermanos, que es su propio beneficio lo que regatean? Cuanto más hagan, más recibirán; cuanto más gasten, más les entrará. Si son extraños a estas paradojas cristianas, no debieron haberse encargado de enseñarlas a otros. Al presente, lo que recibimos de vida espiritual y de paz nos llega por lo común en el camino del deber; de modo que el que más está en el deber es el que más tiene de Dios. El ejercicio de la gracia la aumenta. ¿Y es esclavitud estar más con Dios y recibir más de él que otros hombres? El principal solaz de un alma llena de gracia es estar haciendo el bien, y recibir haciéndolo; y ocuparse mucho en aquellas cosas divinas que tienen su corazón. Además, nos preparamos para recibir más plenamente en el más allá; ponemos nuestros talentos a rédito y, al hacerlos producir, haremos que cinco se conviertan en diez, y así seremos puestos sobre diez ciudades. ¿Es servidumbre enviar a las partes más lejanas del mundo para cambiar nuestras baratijas por oro y joyas? ¿No pretenden estos hombres justificar a los profanos, que tienen toda piedad diligente por servidumbre, y la vituperan como vida escrupulosa y tediosa, y dicen que nunca creerán sino que un hombre puede salvarse sin tanto afán? Así mismo dicen estos respecto de la obra del ministerio. ¡Toman esta diligencia por un fastidio ingrato, y no quieren creer sino que un hombre puede ser un ministro fiel sin tanto afán!
Es un pecado abominable ser negligente en un asunto tan grande; pero aprobar esa negligencia, y permanecer así impenitente, y alegar contra el deber como si no lo fuera, y, cuando deberían entregarse a la salvación de las almas, decir: No creo que Dios lo requiera, esto es un agravante tan grande del pecado que, donde la necesidad de la iglesia no nos obliga a servirnos de tales hombres a falta de otros mejores, no puedo sino tenerlos por dignos de ser echados fuera como escombro, y como «sal desvanecida, que ni para la tierra ni para el muladar es buena». «Quien tiene oídos para oír», añade Cristo, «oiga». Y si tales ministros llegan a ser refrán y oprobio, que se lo agradezcan a sí mismos; porque es su propio pecado el que los hace viles. Y mientras así rebajan el servicio de Cristo, no hacen sino rebajarse a sí mismos, y prepararse para una humillación mayor al final.
OBJECIÓN 6:
Los tiempos en que vivió Pablo requerían más diligencia que los nuestros. Las iglesias apenas se estaban plantando, los enemigos eran muchos y la persecución grande. Pero ahora no es así.
RESPUESTA:
Este argumento huele a hombre encerrado en un estudio y desconocedor del mundo. ¡Buen Señor! ¿No hay a nuestro alrededor multitudes que no saben si Cristo es Dios u hombre, si llevó su cuerpo al cielo o lo dejó en la tierra, ni lo que ha hecho por su salvación, ni en qué deben confiar para el perdón y la vida eterna? ¿No hay a nuestro alrededor tantos miles ahogados en la presunción, la falsa seguridad y la sensualidad, que, cuando hemos hecho todo lo posible en el púlpito, ni nos sienten ni nos entienden? ¿No hay tantos borrachos obstinados, mundanos, egoístas, maldicientes, aborrecedores de la vida santa, a quienes no les falta sino la muerte para quedar sin remedio? ¿No hay tantos profesantes ignorantes, torpes y escandalosos, tantos divisores, seductores y perturbadores de la iglesia? ¿Y aun así es tan grande la felicidad de nuestros tiempos que podemos excusarnos de la instrucción personal por la menor necesidad de la época? ¿Qué se necesita, sino fe y experiencia, para responder a esta objeción? Crean mejor por dentro y miren más por fuera entre los miserables, y les aseguro que no verán motivo para escatimar su trabajo por falta de obra o de necesidades que los llamen. ¿Qué ministro concienzudo no halla obra suficiente de un extremo del año al otro, aunque no tenga ni cien almas a su cuidado? ¿Son los impíos menos miserables porque hacen profesión de cristianismo, o lo son más?
OBJECIÓN 7:
Pero si imponen leyes tan severas a los ministros, la iglesia se quedará sin ellos. Porque ¿qué hombre escogerá para sí una vida tan trabajosa? ¿O qué padres impondrán tal carga a sus hijos? Los hombres la evitarán, tanto por el trabajo corporal como por el peligro para su conciencia si no la cumplieran bien.
RESPUESTA:
(1): No somos nosotros, sino Cristo, quien ha hecho e impuesto estas leyes que ustedes llaman severas; y si yo las callara o las interpretara mal, eso no las relajaría ni los excusaría a ustedes. El que las hizo sabía por qué lo hacía, y esperará que se le obedezca. ¿Hemos de poner en duda o sospechar de la bondad infinita, como si hiciera leyes malas o despiadadas? No; es pura misericordia de su parte imponernos este gran deber. Si a los médicos se les exigiera ser tan diligentes como fuera posible en los hospitales, o en las casas de apestados, o con otros pacientes, a fin de salvarles la vida, ¿no habría en esta ley más misericordia que rigor? ¡Cómo! ¿Tiene Dios que dejar que perezcan las almas de sus vecinos para ahorrarles a ustedes un poco de trabajo y sufrimiento, y esto por misericordia hacia ustedes? ¡Oh, qué mundo tan miserable tendríamos si el hombre ciego y presumido lo gobernara!
(2) En cuanto a la provisión de pastores, Cristo se encargará de ello. El que impone el deber tiene la plenitud del Espíritu, y puede dar a los hombres corazón para obedecer sus leyes. ¿Piensan que Cristo permitirá que todos los hombres sean tan crueles, despiadados, carnales y egoístas como ustedes? El que tomó sobre sí la obra de nuestra redención, y llevó nuestras transgresiones, y ha sido fiel como Príncipe de los pastores de la iglesia, no perderá todo su trabajo y sufrimiento por falta de instrumentos que lleven adelante su obra, ni volverá a bajar para hacerlo todo él mismo porque ningún otro quiera hacerlo; sino que proveerá hombres que sean sus siervos y ayudantes en su escuela, que tomen sobre sí el trabajo de buena gana, y se gocen de ser empleados así, y tengan por la vida más feliz del mundo la que ustedes tienen por tan gran fatiga, y no la cambiarían por toda la comodidad y el placer carnal de ustedes; sino que, por la salvación de las almas y la propagación del evangelio de Cristo, se contentarán con llevar la carga y el calor del día; y con cumplir en su carne lo que falta de las aflicciones de Cristo; y con obrar mientras es de día; y con hacer lo que hagan con todas sus fuerzas; y con ser siervos de todos, y no agradarse a sí mismos, sino a otros, para su edificación; y con hacerse todo a todos, para salvar a algunos; y con sufrirlo todo por amor de los escogidos; y con gastar y ser gastados por sus semejantes, aunque cuanto más amen, menos sean amados, y sean tenidos por enemigos por decirles la verdad. Tales pastores según su corazón proveerá Cristo a su pueblo, que «lo apacienten de ciencia y de inteligencia», como hombres que «no buscan lo suyo, sino a ellos». ¿Cómo? ¿Piensan que Cristo no tendrá siervos si los que son como ustedes, igual que Demas, se vuelven al mundo presente y lo abandonan?
Si les disgusta su servicio, pueden buscar uno mejor donde lo encuentren, y jactarse de su ganancia al final; pero no lo amenacen con la pérdida de su servicio. Él ha hecho leyes como estas que ustedes llamarán severas para todos los que quieran ser salvos, así como para sus ministros; porque todos los que quieran ser sus discípulos deben «negarse a sí mismos, y mortificar la carne, y ser crucificados al mundo, y tomar su cruz, y seguirlo». Y, sin embargo, Cristo no se quedará sin discípulos, ni ocultará a los hombres sus condiciones aparentemente duras para atraerlos a su servicio; sino que les dirá lo peor, y luego los dejará venir o no, como escojan. Los llamará de antemano a calcular el costo, y les dirá que «las zorras tienen cavernas, y las aves del cielo nidos; mas el Hijo del hombre no tiene donde recostar su cabeza»; que no viene a darles paz y prosperidad mundanas, sino a llamarlos a «padecer con él, para que reinen con él», y a «poseer sus almas en su paciencia», a vencer para ser coronados y «sentarse con él en su trono». Y todo esto hará que lo cumplan sus escogidos. Si han llegado con Cristo al punto en que estuvieron una vez los israelitas con David, y dicen: «¿Os dará el hijo de Isaí tierras y viñas? ¡Israel, a tus tiendas!»; y si dicen: «¡Provee ahora en tu casa, Hijo de David!», verán que Cristo proveerá en su propia casa; y ustedes provean en la suya lo mejor que puedan, y díganme, en la hora de la muerte y del juicio, cuál es el mejor negocio, y si Cristo tenía más necesidad de ustedes, o ustedes de él.
En cuanto a los escrúpulos de conciencia, por temor de fallar, nótese: Primero, no son las imperfecciones involuntarias lo que Cristo tomará tan gravemente; es la infidelidad y la negligencia voluntaria. Segundo, no les servirá de nada huir de la viña con el pretexto de escrúpulos porque no pueden hacer la obra como deben. Él puede seguirlos y alcanzarlos, como hizo con Jonás, con una tormenta tal que los ponga «en el vientre del sepulcro». Desechar un deber porque no se puede ser fiel en su cumplimiento resultará al final una pobre excusa. Si los hombres hubieran calculado bien desde el principio la diferencia entre las cosas temporales y las eternas, y lo que perderán o ganarán por Cristo, y hubieran poseído esa fe que es «la demostración de las cosas que no se ven», y hubieran vivido por fe, y no por vista, todas estas objeciones las resolveríamos fácilmente; y todos los alegatos de la carne y la sangre en favor de su interés parecerían razonamientos de niños, o más bien de hombres que hubieran perdido el juicio.
OBJECIÓN 8:
Pero ¿de qué sirve todo esto, cuando la mayor parte del pueblo no quiere someterse? No vendrán a nosotros para ser catequizados, y nos dirán que ya son demasiado viejos para ir a la escuela. Por tanto, es mejor dejarlos tranquilos que molestarlos a ellos y molestarnos a nosotros sin provecho.
RESPUESTA:
(1): No se puede negar que demasiadas personas son obstinadas en su maldad, que «los simples aman la simpleza, y los burladores desean el burlar, y los insensatos aborrecen la ciencia». Pero cuanto peores son, más triste es su caso, más dignos son de compasión y más diligentes deberíamos ser para su recuperación.
(2) Ojalá no fuera culpa de los ministros que gran parte del pueblo sea tan obstinada y desdeñosa. Si tan solo ardiéramos y alumbráramos delante de ellos como debemos; si tuviéramos sermones convincentes y vidas convincentes; si nos dedicáramos a hacer todo el bien que pudiéramos, costara lo que costara; si fuéramos más mansos y humildes, más amorosos y caritativos, y les hiciéramos ver que tenemos en poco todas las cosas del mundo en comparación con su salvación; mucho más podríamos hacer de lo que se hace, y se taparía la boca de muchos; y aunque los impíos seguirán obrando impíamente, más serían dóciles, y los impíos serían menos y más tranquilos de lo que son. Si dicen que algunos de los ministros más capaces y piadosos del país han tenido feligreses tan indóciles y burlones como otros, respondo que algunos hombres capaces y piadosos han sido demasiado señoriales y distantes, y algunos de ellos demasiado poco caritativos y mundanos, y remisos para las buenas obras costosas aunque necesarias; y algunos han hecho muy poco en privado, aunque hayan hecho excelentemente en público, y así han estorbado el fruto de sus trabajos. Pero donde no existen estos impedimentos, la experiencia nos dice que el éxito es mucho mayor, al menos en cuanto a inclinar al pueblo a más calma y docilidad; aunque no podemos esperar que todos sean llevados a tanta razón.
(3) La obstinación del pueblo no nos excusará de nuestro deber. Si no les ofrecemos nuestra ayuda, ¿cómo sabemos quién la rehusará? Ofrecerla es nuestra parte, y aceptarla es la suya. Si no la ofrecemos, los dejamos excusables, porque entonces no la rehúsan; pero entonces nosotros quedamos sin excusa. Pero si rehúsan nuestra ayuda cuando se les ofrece, hemos hecho nuestra parte y hemos librado nuestra propia alma.
(4) Si algunos rehúsan nuestra ayuda, otros la aceptarán; y el éxito con ellos puede ser tanto que recompense todo nuestro trabajo, aunque este fuera aún mayor. No todo nuestro pueblo es tocado por nuestra predicación pública, y aun así no debemos, por esa razón, abandonarla como inútil.
OBJECIÓN 9:
Pero ¿qué probabilidad hay de que se conviertan por este medio hombres que no se convierten por la predicación de la Palabra, siendo esta la ordenanza principal de Dios para ese fin? «La fe es por el oír, y el oír por la predicación de la palabra».
RESPUESTA:
(1) Ya les he mostrado antes las ventajas de este método, y por eso no las repetiré ahora; solo que, para que nadie piense que esto le impedirá predicar, puedo añadir a los muchos beneficios antes mencionados que será un medio excelente para ayudarles en la predicación. Porque así como la obra del médico está a medio hacer cuando entiende la enfermedad, así, cuando conozcan bien el estado de su pueblo, sabrán sobre qué predicar; y hablar una hora con un pecador ignorante u obstinado les proporcionará tanta materia útil para sus sermones como una hora de estudio, porque aprenderán en qué necesitan insistir y qué objeciones de ellos deben rebatir.
(2) Espero que no haya nadie tan necio como para pensar que esta conversación no es predicación. ¿Cómo? ¿Es el número de aquellos a quienes hablamos lo que la hace predicación? ¿O la hace dejar de serlo el diálogo? Ciertamente un hombre puede predicar tan verdaderamente a uno como a mil. Y, como ya hemos dicho, si lo examinan, hallarán que la mayor parte de la predicación registrada en el Nuevo Testamento fue por conversación, y con frecuencia en forma de diálogo, y eso con uno o dos, con menos o con más, según se presentaba la ocasión. Así predicaba Cristo mismo la mayoría de las veces. Además, debemos tener en cuenta lo que nuestro pueblo aprende, si nos importa el éxito de nuestra obra.
No hay, pues, nada de parte de Dios, de las Escrituras ni de la recta razón que nos haga poner en duda nuestra obra o estar poco dispuestos a ella. Pero de parte del mundo, de la carne y del diablo tendremos mucho, y quizá más de lo que esperamos. Pero contra todas las tentaciones, si acudimos a Dios y miramos, por un lado, nuestras grandes obligaciones, y por otro, los efectos esperanzadores y la bienaventurada recompensa, veremos que tenemos poca razón para retroceder o desmayar.
Pongamos delante de nosotros el modelo de nuestro texto, y aprendamos de él nuestro deber. ¡Oh, qué lección tenemos aquí delante! ¡Pero qué mal la aprenden los que todavía dudan de si estas cosas son su deber! Confieso que algunas de estas palabras de Pablo se han presentado tantas veces ante mis ojos, y se han grabado tanto en mi conciencia, que me han convencido mucho de mi deber y de mi negligencia. Y pienso que este solo discurso merece más un año entero de estudio que la mayoría de las cosas en que los jóvenes estudiantes gastan su tiempo. ¡Oh hermanos! Escríbanlo en las puertas de su estudio; pónganlo en letras mayúsculas como su modelo de escritura, para que esté siempre delante de sus ojos. ¡Si tan solo aprendiéramos bien dos o tres líneas de él, qué predicadores seríamos!
[a] Nuestra tarea general: Sirviendo al Señor con toda humildad, y con muchas lágrimas.
[b] Nuestra obra especial: Mirad por vosotros y por todo el rebaño.
[c] Nuestra doctrina: Arrepentimiento para con Dios, y la fe en nuestro Señor Jesucristo.
[d] El lugar y la manera de enseñar: Os he enseñado públicamente y por las casas.
[e] Su diligencia, su fervor y su afecto: De noche y de día, no he cesado de amonestar con lágrimas a cada uno. Esto es lo que ha de ganar las almas y preservarlas.
[f] Su fidelidad: Nada que os fuese útil he rehuido de anunciaros, y no he rehuido de anunciaros todo el consejo de Dios.
[g] Su desinterés y su abnegación por causa del evangelio: La plata, o el oro, o el vestido de nadie he codiciado; antes, estas manos me han servido para lo que me ha sido necesario, y a los que están conmigo, teniendo presentes las palabras del Señor Jesús, el cual dijo: Más bienaventurada cosa es dar que recibir.
[h] Su paciencia y su perseverancia: De ninguna cosa hago caso, ni estimo mi vida preciosa para mí mismo; solamente que acabe mi carrera con gozo, y el ministerio que recibí del Señor Jesús.
[i] Su espíritu de oración: Os encomiendo a Dios, y a la palabra de su gracia, el cual es poderoso para sobreedificar, y daros heredad con todos los santificados.
[j] Su pureza de conciencia: Por tanto, yo os protesto el día de hoy, que yo soy limpio de la sangre de todos.
Escriban todo esto en su corazón, y les hará más bien a ustedes mismos y a la iglesia que veinte años de estudio de aquellas cosas inferiores que, aunque les ganen mayor aplauso en el mundo, si se separan de estas, no harán de ustedes sino «metal que resuena, o címbalo que retiñe». La gran ventaja de que los ministros tengan un corazón sincero es esta: que la gloria de Dios y la salvación de las almas son su fin mismo; y donde ese fin se busca de verdad, ningún trabajo ni sufrimiento los detendrá ni los hará volver atrás; porque un hombre ha de alcanzar su fin, cueste lo que cueste. Olvide lo que olvide, siempre retendrá esta lección: Una cosa es necesaria; buscad primeramente el reino de Dios y su justicia. Por eso dice: «Me es impuesta necesidad; y ¡ay de mí si no anuncio el evangelio!». Esto es lo que más eficazmente hará fáciles todos nuestros trabajos, ligeras todas nuestras cargas y tolerables todos nuestros sufrimientos, y nos hará aventurarnos a cualquier riesgo, con tal de ganar almas para Cristo. Lo que una vez hice lema de mi estandarte en otra guerra, deseo que esté todavía delante de mis ojos en esta, que, sin embargo, según mis intenciones, no es del todo otra. De un lado: «El que quiera salvar su vida, la perderá». Del otro: «No arruines la causa por conservar la vida». El que sabe que sirve a un Dios que nunca permitirá que nadie salga perdiendo por él, no necesita temer los riesgos que corra por su causa; y el que sabe que busca un premio que, si lo alcanza, compensará infinitamente su costo, puede con audacia comprometer en ello toda su hacienda, y venderlo todo para comprar una perla tan rica. Pues bien, hermanos, no gastaré más palabras en exhortar a mercaderes sabios a semejante negocio, ni en decir a los maestros mismos verdades tan comunes; y si ya he dicho más de lo necesario, me alegraré. Espero poder dar ahora por sentado que están resueltos a emplear la máxima diligencia y fidelidad en la obra; y, sobre esta suposición, pasaré ahora a darles algunas indicaciones para llevarla a cabo como es debido.
Capítulo 15 completado
Parte II