El pastor reformado
Artículo 2

Capítulo 17 · 38 min de lectura · 49 min de escucha

Artículo 2

Habiendo usado estos medios para lograr que vengan y se sometan a sus instrucciones, hemos de considerar ahora cómo pueden ustedes tratar con ellos más eficazmente en esta obra. Y otra vez debo decir que me parece cosa mucho más fácil componer y predicar un buen sermón que tratar como es debido con un hombre ignorante para instruirlo en los principios más esenciales de la religión. Por mucho que algunos desprecien esta obra, no dudo que pondrá a prueba los dones y el espíritu de los ministros, y les mostrará la diferencia entre un hombre y otro más plenamente que la predicación. Y aquí, por convenir a mi propósito, transcribiré las palabras de un hombre doctísimo, ortodoxo y piadoso, el arzobispo Ussher, en su sermón ante el rey Jacobo en Wanstead sobre Efesios 4:13: «Nunca se alabará bastante el cuidado de Vuestra Majestad al disponer que los puntos principales del catecismo, en el ministerio ordinario, se propongan y expliquen diligentemente al pueblo por todo el reino; lo cual quisiera yo que se ejecutara en todas partes tan debidamente como piadosamente fue por vos dispuesto. «Quizá los grandes eruditos piensen que no conviene tanto a su reputación rebajarse de este modo, y gastar tanto de su tiempo en enseñar estos rudimentos y primeros principios de la doctrina de Cristo; pero deberían considerar que poner con pericia el fundamento, así como es lo de mayor importancia en todo el edificio, así es también la obra maestra misma del más sabio constructor. “Conforme a la gracia de Dios que me ha sido dada, yo como perito arquitecto puse el fundamento”, dice el gran apóstol. Y pruébelo el más docto de todos nosotros cuando quiera: hallaremos que poner bien este cimiento (es decir, acomodarnos a la capacidad del auditorio común, y hacer que un hombre ignorante entienda estos misterios en buena medida) pondrá a prueba nuestra destreza y nos dará mucho más trabajo que si tuviéramos que discutir una controversia o tratar algún punto sutil de erudición en las escuelas. Sin embargo, Cristo dio tanto a sus apóstoles, profetas y evangelistas como a sus pastores y maestros ordinarios para llevarnos a todos, doctos e indoctos, a la unidad de esta fe y de este conocimiento; y descuidar esto es frustrar toda la obra del ministerio. Porque, por muchos sermones que prediquemos al pueblo, nuestro trabajo se pierde mientras no esté puesto el fundamento y no se hayan enseñado los primeros principios, sobre los cuales ha de edificarse toda otra doctrina».

Las indicaciones que creo necesario dar para llevar bien esta obra son las siguientes:

1. Cuando su pueblo venga a ustedes, una familia o más, comiencen con un breve prefacio, para ablandar sus ánimos y quitar toda ofensa, renuencia o desaliento, y prepararlos para recibir sus instrucciones. «Amigos míos —pueden decir—, quizá a algunos de ustedes les parezca un asunto inusual y molesto este al que los llamo; pero espero que no lo tengan por innecesario, porque, si yo lo hubiera creído así, me habría ahorrado este trabajo, a ustedes y a mí. Pero mi conciencia me ha dicho, y aun Dios me ha dicho en su Palabra, con tanta solemnidad, lo que es tener a cargo almas, y cómo la sangre de los que perecen será demandada de las manos del ministro que los descuida, que no me atrevo a ser culpable de ello como lo he sido hasta ahora. ¡Ay!, todo nuestro quehacer en este mundo es llegar bien al cielo; y Dios nos ha designado como guías de su pueblo, para ayudarlos a llegar allí a salvo. Si esto se hace bien, todo está hecho; y si esto no se hace, estamos perdidos para siempre. El Señor sabe cuán poco tiempo podremos estar juntos ustedes y yo; y por eso nos importa hacer lo que podamos por nuestra salvación y la de ustedes antes de que yo los deje, o de que ustedes dejen el mundo. Todos los demás asuntos del mundo no son más que juguetes y sueños en comparación con este. Los trabajos de su oficio no son sino para apuntalar una choza de barro, mientras sus almas se apresuran hacia la muerte y el juicio, que quizá ya estén cerca. Espero, pues, que se alegren de recibir ayuda en una obra tan necesaria, y que no les parezca mucho que los ponga en esta molestia, cuando las bagatelas del mundo no se pueden conseguir sin una molestia mucho mayor». Esto, o algo en este sentido, puede servir para que estén más dispuestos a escucharlos, a recibir instrucción y a darles alguna cuenta de su conocimiento y de su práctica.

2. Cuando les hayan hablado así a todos, tómenlos uno por uno, y traten con ellos, en cuanto puedan, en privado, sin que los demás oigan; porque algunos no pueden hablar con libertad delante de otros, y algunos no soportarán ser interrogados delante de otros, porque piensan que redundará en su vergüenza que otros oigan sus respuestas; y algunas personas que saben responder mejor estarán listas, cuando se hayan ido, para hablar de lo que oyeron y desacreditar a los que no hablan tan bien como ellas; y así el pueblo se desanimará, y las personas reacias a este ejercicio tendrán pretextos para abstenerse de él y abandonarlo, y para decir: «No vendrán a que se burlen de ellos y los hagan objeto de risa». Deben, pues, tener mucho cuidado de prevenir todos estos inconvenientes. Pero la razón principal es que, según hallo por experiencia, la gente acepta mejor un trato llano y directo acerca de su pecado, su miseria y su deber cuando la tienen ustedes a solas que delante de otros; y si no tienen ocasión de hacer penetrar la verdad y de tratar con libertad con sus conciencias, lo frustrarán todo. Por tanto, si disponen de un lugar adecuado, que los demás esperen en una habitación mientras ustedes conversan con cada persona a solas en otra; solo que, para evitar escándalo, debemos hablar con las mujeres únicamente en presencia de algunas otras personas; y si perdemos con ello alguna ventaja, no hay remedio. Mejor es hacerlo así que destruir toda la obra dando ocasión de reproche a los malintencionados. Con todo, podemos disponerlo de manera que, aunque haya otros en la habitación, lo que sea menos apropiado que ellos oigan se diga en voz baja para que no lo oigan; y para ello pueden colocarse en la parte más apartada de la habitación; o, al menos, que no estén presentes sino los miembros de la misma familia, que tienen más confianza entre sí y no es tan probable que se reprochen unos a otros. Y entonces, en sus exámenes y reprensiones más enérgicos, traten sobre todo con los ignorantes, los confiados y los viciosos, para tener un fundamento más claro para su trato directo, y para que el oírlo despierte a los presentes, a quienes no parecen aplicarlo tan directamente. Estas pequeñas cosas merecen atención, porque se ordenan a una obra que no es pequeña; y los pequeños errores pueden estorbar mucho bien.

3. Comiencen su trabajo pidiéndoles cuenta de lo que han aprendido de las palabras del catecismo, y recibiendo su respuesta a cada pregunta; y si no son capaces de repetir sino poco o nada, prueben si pueden recitar el Credo y el Decálogo.

4. Luego escojan algunos de los puntos de más peso, y prueben con nuevas preguntas hasta dónde los entienden. Y en esto cuiden de lo siguiente:

(1) No comiencen por los puntos menos necesarios, sino por aquellos que ellos mismos puedan percibir que más de cerca les conciernen. Por ejemplo: «¿Qué crees que será de los hombres cuando mueren? ¿Qué será de nosotros después del fin del mundo? ¿Crees que tienes algún pecado, o que naciste con pecado? ¿Qué merece todo pecado? ¿Qué remedio ha provisto Dios para salvar a las almas pecadoras y miserables? ¿Ha sufrido alguien por nuestros pecados en nuestro lugar, o debemos sufrir por ellos nosotros mismos? ¿Quiénes son los que Dios perdonará, y quiénes serán salvos por la sangre de Cristo? ¿Qué cambio debe obrarse en todos los que serán salvos, y cómo se efectúa este cambio? ¿En qué consiste nuestra principal felicidad? ¿Y en qué deben estar más puestos nuestros corazones?». Y otras preguntas semejantes.

(2) Guárdense de hacerles preguntas sutiles, innecesarias, dudosas o muy difíciles, aunque sea sobre asuntos que en sí mismos son del mayor peso. Algunas personas engreídas se afanan tanto con preguntas que ni ellas mismas saben responder, y censuran tanto a la pobre gente que no puede responderlas, como si de ellas dependiera la vida o la muerte.

Quizá les pregunten: «¿Qué es Dios?»; ¡y qué respuesta tan deficiente tendrían que dar ustedes mismos! Pueden decir antes lo que él no es que lo que es. Si preguntan: «¿Qué es el arrepentimiento, qué la fe, o qué es el perdón de los pecados?», ¡a cuántos ministros podrían preguntar antes de obtener una respuesta correcta, pues de otro modo no estarían tan en desacuerdo sobre el punto! Lo mismo si les preguntan qué es la regeneración, qué es la santificación. Pero quizá digan ustedes: «Si los hombres no saben qué es Dios, qué son el arrepentimiento, la fe, la conversión, la justificación y la santificación, ¿cómo pueden ser verdaderos cristianos y ser salvos?». Respondo: Una cosa es saber exactamente qué son, y otra conocerlos en su naturaleza y en sus efectos, aunque sea con un conocimiento más general e indistinto; y una cosa es saber, y otra decir qué es esto o aquello. El nombre mismo, tal como se usa comúnmente, les significa la cosa, y se la hace expresar, sin definición; y entienden en parte lo que ese nombre significa, aunque no puedan decírselo con otras palabras; como saben lo que es arrepentirse, creer, ser perdonado. Por la costumbre del habla saben lo que esto significa, y sin embargo no pueden definirlo, sino que quizá los despachen con la respuesta del campo: «Arrepentirse es arrepentirse; y ser perdonado es ser perdonado»; o, si pueden decir: «Es ser indultado», ya es bastante. Con todo, no los disuado del todo de usar tales preguntas; pero háganlo con cautela, en caso de que sospechen alguna ignorancia grosera en el punto, especialmente acerca de Dios mismo.

(3) Dispongan sus preguntas de modo que ellos perciban lo que ustedes quieren decir, y que no es una definición sutil, sino sencillamente una respuesta, lo que esperan; y no busquen palabras, sino cosas, y aun déjenles responder con un simple Sí o No, o con la mera elección de una de dos descripciones que ustedes mismos hayan propuesto. Por ejemplo: «¿Qué es Dios? ¿Está hecho de carne y sangre, como nosotros, o es un Espíritu invisible? ¿Es un hombre, o no lo es? ¿Tuvo algún principio? ¿Puede morir? ¿Qué es la fe? ¿Es creer toda la Palabra de Dios? ¿Qué es creer en Cristo? ¿Es lo mismo que hacerse verdadero cristiano, o creer que Cristo es el Salvador de los pecadores, y confiar en él, como tu Salvador, para que te perdone, te santifique, te gobierne y te glorifique? ¿Qué es el arrepentimiento? ¿Es solo sentir pesar por el pecado, o es el cambio de la mente, del pecado a Dios, y el abandono del pecado? ¿O incluye ambas cosas?».

(4) Cuando perciban que no entienden el sentido de su pregunta, deben sacarles la respuesta mediante una pregunta equivalente o explicativa; o, si eso no basta, deben incluir la respuesta en la pregunta misma, y pedir por respuesta solo un Sí o un No. Muchas veces he preguntado a personas muy ignorantes: «¿Cómo crees que tus pecados, que son tantos y tan grandes, pueden ser perdonados?». Y me dicen: «Arrepintiéndonos y enmendando nuestra vida», y nunca mencionan a Jesucristo. Les pregunto además: «Pero ¿crees que tu enmienda puede dar a Dios alguna compensación o satisfacción por el pecado pasado?» Responden: «Así lo esperamos; si no, ¿qué otra cosa lo hará?». Uno pensaría ahora que estos hombres no tienen conocimiento alguno de Cristo, puesto que no lo mencionan; y a algunos, en efecto, los hallo sin conocimiento de él; y cuando les cuento la historia de Cristo, y lo que él es, e hizo, y padeció, se quedan maravillados como ante algo extraño; y algunos dicen que nunca habían oído tanto, ni lo sabían, aunque venían a la iglesia cada día del Señor. Pero algunos, según percibo, dan tales respuestas porque no entienden el alcance de mi pregunta, sino que suponen que doy por sentada la muerte de Cristo, y que solo les pregunto: «¿Qué dará satisfacción a Dios, como la parte que nos toca bajo Cristo?»; aunque también en esto revelan una triste ignorancia. Y cuando les pregunto: «¿Pueden sus buenas obras merecer algo de Dios?», responden: «No; pero esperamos que Dios las acepte». Y si pregunto además: «¿Puedes ser salvo sin la muerte de Cristo?», dicen: «No». Y si pregunto todavía más: «¿Qué ha hecho o padecido él por ti?», dirán: «Murió por nosotros; o derramó su sangre por nosotros», y profesarán que ponen en eso su confianza para la salvación. Muchos hombres tienen en la mente lo que no está maduro para expresarse; y, por una educación imperfecta y por falta de uso, son extraños a la expresión de cosas de las que, sin embargo, tienen alguna idea. Y, dicho sea de paso, pueden ver aquí la razón por la que deben tratar con mucha ternura a la gente común en materia de conocimiento y de deficiencia de expresión, si son enseñables y dóciles, y están dispuestos a usar los medios; porque muchos, aun personas piadosas de edad, no pueden expresarse con una propiedad mínimamente aceptable, ni aprender aunque se les pongan las expresiones en la boca. Algunos de los cristianos más piadosos, experimentados y probados que conozco (personas ancianas) se me quejan con lágrimas de que no pueden aprender las palabras del catecismo; y cuando considero sus ventajas —que han gozado de las más excelentes ayudas, en deber constante y en la mejor compañía, durante cuarenta, cincuenta o sesenta años seguidos—, eso me enseña qué esperar de la pobre gente ignorante que nunca tuvo tal compañía y trato ni por un año ni por una semana; y a no rechazarlos tan precipitadamente como algunos profesantes acalorados y demasiado altivos querrían que hiciéramos.

(5) Si los encuentran perdidos e incapaces de responder a sus preguntas, no los acosen demasiado, ni por demasiado tiempo, con pregunta tras pregunta, no sea que crean que solo pretenden confundirlos y avergonzarlos; sino que, cuando perciban que no pueden responder, intervengan ustedes mismos, quítenles la carga y respondan ustedes la pregunta; y háganlo a fondo y con llaneza, y denles una explicación completa de toda la verdad, para que, por su enseñanza, lleguen a entenderla antes de que ustedes se vayan. Y en esto es comúnmente necesario que tomen el asunto desde el principio y lo sigan por orden, hasta llegar al punto en cuestión.

5. Cuando hayan hecho lo que juzguen conveniente para probar su conocimiento, pasen luego a instruirlos ustedes mismos, y esto ha de ser conforme a la capacidad de cada uno. Si es un profesante que entiende los principios fundamentales de la religión, aborden algo que perciban que necesita más, ya sea explicando más a fondo algunos de los misterios del evangelio, o asentando las bases de algún deber del que pueda dudar, o mostrando la necesidad de lo que descuida, o señalando sus pecados o errores, según sea más convincente y edificante para él. Si, por el contrario, es alguien groseramente ignorante, denle en pocas palabras una exposición llana y familiar de la suma de la religión cristiana; porque, aunque ya esté en el catecismo, un modo más familiar puede ayudarle mejor a entenderla. Así: «Has de saber que desde la eternidad hubo un solo Dios, que no tuvo principio ni tendrá fin, que no es un cuerpo como nosotros, sino un Ser purísimo y espiritual, que sabe todas las cosas y puede hacer todas las cosas, y tiene en sí mismo toda bondad y bienaventuranza. Este Dios es uno solo, y sin embargo tres Personas, el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, de una manera que está por encima de nuestro entendimiento. Y has de saber que este único Dios hizo todo el mundo por su Palabra; hizo los cielos para que fueran el lugar de su gloria, y una multitud de santos ángeles para que le sirvieran. Pero algunos de ellos, por soberbia o por algún otro pecado, cayeron de su alto estado, y se han convertido en demonios, y serán desdichados para siempre. Cuando hubo creado la tierra, hizo al hombre, como su criatura más noble aquí abajo, a saber, un hombre y una mujer, Adán y Eva; y los hizo perfectos, sin pecado alguno, y los puso en el huerto del Edén, y les prohibió comer de un árbol del huerto, y les dijo que, si comían de él, morirían. Pero el diablo, que había caído él primero, los tentó a pecar, y ellos cedieron a su tentación, y así cayeron bajo la maldición de la ley de Dios. Pero Dios, en su infinita sabiduría y misericordia, envió a su propio Hijo, Jesucristo, para que fuera su Redentor; el cual, en el cumplimiento del tiempo, fue hecho hombre, nacido de una virgen por el poder del Espíritu Santo, y vivió en la tierra, entre los judíos, unos treinta y tres años, durante los cuales predicó él mismo el evangelio e hizo muchos milagros para probar su doctrina, sanando a los cojos, a los ciegos y a los enfermos, y resucitando a los muertos por su poder divino; y al final fue ofrecido en la cruz como sacrificio por nuestros pecados, para llevar la maldición que nosotros debíamos haber llevado.

«Y ahora, si los pecadores tan solo creen en él y se arrepienten de sus pecados, él les perdonará gratuitamente todo lo pasado, santificará su naturaleza corrompida, y al fin los llevará a su reino celestial y a su gloria. Pero si tienen en poco sus pecados y su misericordia, los condenará a la miseria eterna en el infierno. Este evangelio, Cristo, habiendo resucitado de los muertos al tercer día, encargó a sus ministros que lo predicaran a todo el mundo; y cuando hubo dado este encargo a todos sus apóstoles, ascendió al cielo delante de sus ojos, donde está ahora en gloria, con Dios el Padre, en nuestra naturaleza. Y al fin de este mundo vendrá otra vez en nuestra naturaleza, y resucitará a los muertos, y los traerá a todos delante de sí, para que “den cuenta de lo que hayan hecho por medio del cuerpo, sea bueno o sea malo”. Si, pues, quieres ser salvo, debes creer en Cristo como el único Salvador de la ira venidera; debes arrepentirte de tus pecados; debes, en suma, ser del todo una nueva criatura, o no habrá salvación para ti». Alguna breve exposición semejante de los principios de la religión, del modo más familiar que puedan idear, con un breve toque de aplicación al final, será necesaria cuando traten con los groseramente ignorantes. Y si perciben que no los entienden, repásenla otra vez, pregúntenles si la entienden, y procuren fijarla en su memoria.

6. Sean o no groseramente ignorantes, si sospechan que no están convertidos, procuren luego hacer una indagación prudente sobre su estado. El mejor modo, y el menos ofensivo, de hacerlo será prepararlos para la indagación diciendo algo que pueda ablandar sus ánimos y convencerlos de la necesidad de la indagación, y luego tomar ocasión de algún artículo del catecismo para tocar su conciencia. Por ejemplo: «Ya ves que el Espíritu Santo, por medio de la Palabra, ilumina la mente de los hombres, ablanda y abre su corazón, y los convierte de la potestad de Satanás a Dios por la fe en Cristo, y “limpia para sí un pueblo propio”; y que nadie sino estos será hecho partícipe de la vida eterna. Ahora bien, aunque no deseo escudriñar sin necesidad los secretos de nadie, sin embargo, puesto que es oficio de los ministros aconsejar a su pueblo en asuntos de salvación, y puesto que es cosa tan peligrosa equivocarse en puntos que implican vida eterna o muerte eterna, te ruego que procedas con honradez y me digas si alguna vez has hallado este gran cambio en tu propio corazón. ¿Has sentido alguna vez que el Espíritu de Dios, por medio de la Palabra, entraba en tu entendimiento con una vida nueva y celestial que te ha hecho una nueva criatura? El Señor, que ve tu corazón, sabe si es así o no; te ruego, pues, que te cuides de decir la verdad». Si te dice que espera estar convertido —que todos son pecadores—, pero que le pesan sus pecados, o cosa semejante, entonces háblale más en particular, en pocas palabras, de algunas de las señales más claras de la verdadera conversión, y así renueva y refuerza la indagación, de este modo: «Puesto que en esto está en juego tu salvación o tu condenación, de buena gana quisiera ayudarte un poco en ello, para que no te equivoques en un asunto de tanta importancia, sino que descubras la verdad antes de que sea demasiado tarde; porque, así como Dios nos juzgará con imparcialidad, así tenemos delante su Palabra, por la cual podemos juzgarnos a nosotros mismos; pues esta Palabra nos dice con toda certeza quiénes son los que irán al cielo y quiénes al infierno. Ahora bien, la Escritura nos dice que el estado de un hombre no convertido es este: no ve gran felicidad en el amor y la comunión de Dios en la vida venidera, que pueda atraer allá su corazón apartándolo de este mundo presente; sino que vive para su yo carnal, o para la carne; y el rumbo principal de su vida es que le vaya bien en la tierra; y la religión que tiene no es más que un poco de añadidura, por si acaso fuera condenado cuando ya no pueda retener el mundo; de modo que el mundo y la carne ocupan el lugar más alto en su estima, y el más cercano a su corazón, y Dios y la gloria quedan por debajo de ellos, y todo su servicio a Dios no es sino darle lo que el mundo y la carne pueden ahorrarse. Este es el caso de todo hombre no convertido; y todos los que están en este caso se hallan en estado de miseria. Pero el que está verdaderamente convertido ha tenido una luz de Dios que ha brillado en su alma, que le ha mostrado la grandeza de su pecado y de su miseria, y se la ha hecho una carga pesada sobre el alma; y le ha mostrado lo que Cristo es, y lo que ha hecho por los pecadores, y le ha hecho admirar las riquezas de la gracia de Dios en él. «¡Oh, qué buena noticia es para él que todavía haya esperanza para pecadores tan perdidos como él; que tantos y tan grandes pecados puedan ser perdonados; y que el perdón se ofrezca a todos los que quieran aceptarlo! ¡Con cuánta alegría acoge este mensaje y este ofrecimiento! Y para el tiempo venidero se entrega a sí mismo y todo lo que tiene a Cristo, para ser enteramente suyo y que él disponga de él, en orden a la gloria eterna que ha prometido. Tiene ahora tal visión del bienaventurado estado de los santos en gloria, que tiene todo este mundo por escoria y estiércol en comparación con él; y allí pone su felicidad y sus esperanzas, y considera todos los asuntos de esta vida solo como otras tantas ayudas o estorbos en el camino hacia aquello; de modo que el cuidado y el quehacer principal de su vida es ser feliz en la vida venidera. Este es el caso de todos los que están verdaderamente convertidos y serán salvos. Ahora bien, ¿es este tu caso, o no lo es? ¿Has experimentado un cambio semejante en tu alma?».

Si dice que espera que sí, desciendan a algunos detalles, de este modo: «Te ruego, pues, que me respondas a estas dos o tres preguntas.

(1) ¿Puedes decir de verdad que todos los pecados conocidos de tu vida pasada son el dolor de tu corazón, y que has sentido que por ellos te es debida la miseria eterna; y que, bajo el sentimiento de esta pesada carga, te has sentido un hombre perdido, y has recibido con alegría la noticia de un Salvador, y has echado tu alma solo sobre Cristo, para ser perdonado por su sangre?

(2) ¿Puedes decir de verdad que tu corazón se ha apartado del pecado hasta tal punto que aborreces los pecados que antes amabas, y amas aquella vida santa que antes no te atraía; y que ahora no vives en la práctica deliberada de ningún pecado conocido? ¿No hay ningún pecado que no estés sinceramente dispuesto a abandonar, cueste lo que cueste, ni ningún deber que no estés dispuesto a cumplir?

(3) ¿Puedes decir de verdad que has tomado hasta tal punto el goce eterno de Dios como tu felicidad, que él tiene la mayor parte de tu corazón, de tu amor, de tu deseo y de tu cuidado; y que estás resuelto, por la fuerza de la gracia divina, a dejar todo lo que tienes en el mundo antes que ponerlo en peligro; y que buscarlo es tu ocupación diaria y principal? ¿Puedes decir de verdad que, aunque tienes tus faltas y pecados, tu cuidado principal y el rumbo de toda tu vida es agradar a Dios y gozar de él para siempre; y que das al mundo, por así decir, las sobras de Dios, y no a Dios las sobras del mundo; y que tus negocios del mundo no son sino como el viajero que busca provisiones para su camino, y que el cielo es el lugar que tienes por tu hogar?»

Si responde afirmativamente a estas preguntas, díganle qué cosa tan grande es que el corazón de un hombre aborrezca su pecado y ponga sinceramente su felicidad en otro mundo, y viva en este mundo para otro que está fuera de la vista; y, por tanto, pídanle que se asegure de que en verdad es así. Luego vuelvan a algunos de los artículos del catecismo que tratan de aquellos deberes que más sospechan que omite, y pregúntenle si cumple tal o cual deber; por ejemplo, la oración en su familia o en privado, y el santo empleo del día del Señor.

Con todo, les aconsejaría que sean muy cautos en no pronunciar censuras demasiado apresuradas o absolutas sobre nadie con quien tengan que tratar; porque no es cosa tan fácil discernir que un hombre está ciertamente sin gracia como muchos se imaginan; y pueden hacer la obra que tienen entre manos tan bien sin una conclusión tan absoluta como con ella.

7. Pero si, ya sea por haber descubierto antes una ignorancia grosera, ya por estas últimas indagaciones sobre su estado espiritual, han discernido una probabilidad evidente de que la persona está todavía en estado no convertido, su siguiente tarea es emplear toda su destreza en llevar su corazón a sentir su condición. Por ejemplo: «En verdad, amigos míos, no tengo intención, el Señor lo sabe, de hacer su condición peor de lo que es, ni de causarles ningún temor o inquietud sin motivo; pero supongo que me tendrían por un enemigo traicionero, y no por un ministro fiel, si los adulara y no les dijera la verdad. Si buscan a un médico en su enfermedad, querrían que les dijera la verdad, aunque fuera lo peor. ¡Cuánto más aquí! Porque allí el conocimiento de su enfermedad puede, por sus temores, agravarla; pero aquí tienen que conocerla, o de lo contrario nunca podrán sanar de ella. Mucho me temo que todavía son ustedes extraños a la vida cristiana. Porque si fueran cristianos de veras, y verdaderamente convertidos, su corazón mismo estaría puesto en Dios y en la vida venidera, y harían su principal ocupación prepararse para la felicidad eterna; y no se atreverían, no querrían, vivir en ningún pecado deliberado, ni en el descuido de ningún deber conocido.

«¡Ay!, ¿qué han hecho? ¿Cómo han empleado su tiempo hasta ahora? ¿No sabían que tenían un alma que salvar o perder, y que habían de vivir para siempre en el cielo o en el infierno, y que se les dio la vida y el tiempo en este mundo principalmente para prepararse para otro? ¡Ay!, ¿qué han estado haciendo todos sus días, que están tan ignorantes, o tan poco preparados para la muerte, si ahora los hallara? Si tuvieran tan solo tanto interés por el cielo como por la tierra, habrían sabido más de él, y hecho más por él, e indagado con más diligencia acerca de él de lo que lo han hecho. Saben aprender a hacer sus negocios en el mundo; ¿y por qué no podían aprender más de la voluntad de Dios, si tan solo le hubieran prestado atención? Tienen vecinos que pudieron aprender más, que han tenido tanto que hacer en el mundo como ustedes, y que han tenido tan poco tiempo. ¿Creen que el cielo no vale su trabajo? ¿O que puede obtenerse sin ningún cuidado ni esfuerzo, cuando no pueden obtener sin ellos las bagatelas de este mundo, y cuando Dios les ha mandado buscar primeramente su reino y su justicia? ¡Ay, amigos míos!, ¿y si hubieran muerto antes de esta hora en estado no convertido? ¿Qué habría sido entonces de ustedes, y dónde estarían ahora? ¡Ay, que hayan sido tan crueles consigo mismos como para arriesgar su estado eterno tan desesperadamente como lo han hecho! ¿En qué pensaban? ¿No sabían todo este tiempo que pronto habían de morir, y ser juzgados según fueran hallados entonces? ¿Tenían alguna obra mayor que hacer, o algún negocio mayor que atender, que su salvación eterna? ¿Creen que todo lo que puedan conseguir en este mundo los consolará en la hora de la muerte, o comprará su salvación, o aliviará los dolores del infierno?»

Hagan penetrar estas cosas con un fervor particular; porque si no llegan al corazón, hacen poco o nada; y lo que no conmueve pronto se olvida.

8. Concluyan todo con una exhortación práctica, que debe contener dos partes: primero, el deber de creer en Cristo; y segundo, el de usar los medios externos de la gracia en lo sucesivo y evitar los pecados anteriores. Por ejemplo: «Amigo mío, me duele de corazón hallarte en un caso tan triste, pero más me dolería dejarte en él; y por eso déjame rogarte, por amor del Señor y por amor de ti mismo, que atiendas a lo que voy a decirte en cuanto al tiempo venidero. Es por la gran misericordia del Señor que no te cortó en tu estado no convertido, y que todavía tienes vida y tiempo, y que hay un remedio provisto para ti en la sangre de Cristo, y que el perdón, la santificación y la vida eterna se te ofrecen a ti lo mismo que a otros. Dios no ha dejado al hombre pecador a una destrucción completa, como lo ha hecho con los demonios; ni ha hecho en la oferta del perdón y de la vida eterna ninguna excepción contra ti más que contra cualquier otro.

«Si tuvieras siquiera un corazón que sangrara por el pecado, y pudieras venir a Cristo con fe para ser restaurado, y entregarte a él como tu Salvador y Señor, y quisieras ser un hombre nuevo en lo sucesivo, el Señor tendría misericordia de ti en el perdón de tus pecados y en la salvación eterna de tu alma. Y debo decirte que, así como ha de ser la gran obra de la gracia de Dios darte tal corazón, así también, si alguna vez se propone perdonarte y salvarte, obrará en ti este cambio: te hará sentir tu pecado como la carga más pesada del mundo, como lo más odioso en sí mismo, y lo que te ha hecho reo de su ira y de su maldición; te hará ver que eres un hombre perdido, y que no te espera otra cosa que la condenación eterna, a menos que seas perdonado por la sangre de Cristo y santificado por su Espíritu; te hará ver la necesidad que tienes de Cristo, y cómo toda tu esperanza y tu vida están en él; te hará ver la vanidad de este mundo y de todo lo que puede ofrecerte, y que toda tu felicidad está con Dios, en aquella vida eterna en el cielo, donde podrás, con los santos y los ángeles, contemplar su gloria, vivir en su amor y ocuparte en sus alabanzas. Déjame decirte que, mientras esta obra no se haga en ti, eres un hombre desdichado; y si mueres antes de que se haga, estás perdido para siempre. Ahora tienes esperanza y ayuda delante de ti, pero entonces no habrá ninguna.

«Déjame, pues, rogarte, si amas tu alma: Primero, que no descanses en la condición en que ahora estás. No te quedes tranquilo hasta que se obre en tu corazón un cambio salvador. Piensa, al levantarte por la mañana: ¡Oh, y si este día fuera el último, y la muerte me hallara en un estado no renovado! Piensa, cuando estés en tu trabajo: ¡Oh, cuánto mayor obra tengo aún que hacer, para que mi alma sea reconciliada con Dios y santificada por su Espíritu! Piensa, cuando estés comiendo o bebiendo, o mirando algo que posees en el mundo: ¿De qué me servirá todo esto, si vivo y muero enemigo de Dios, y extraño a Cristo y a su Espíritu, y así perezco para siempre? Que estos pensamientos ocupen tu mente día y noche hasta que tu alma sea cambiada. Segundo, te ruego que reflexiones seriamente en qué mundo tan vano es este, y cuán pronto te dejará en una fría tumba y en la miseria eterna, si no tienes un tesoro mejor que él. Y considera lo que es vivir en la presencia de Dios, y reinar con Cristo, y ser semejante a los ángeles; y que esta es la vida que Cristo te ha procurado, y que te está preparando, y te ofrece, si tan solo quieres aceptarla; y, oh, piensa si no es locura menospreciar una gloria tan sin fin, y preferir a ella estos sueños carnales y estas sombras terrenas. Acostúmbrate a consideraciones como estas cuando estés a solas, y deja que habiten en tu mente. Tercero, te ruego que ahora mismo, sin más demora, aceptes esta felicidad y a este Salvador. Abrázate al Señor Jesús, que te ofrece esta vida eterna; acepta su oferta con gozo y gratitud, como el único camino para hacerte feliz; y entonces podrás creer que todos tus pecados serán quitados por él. Cuarto, resuélvete ahora mismo contra tus pecados anteriores; descubre lo que ha contaminado tu corazón y tu vida, y échalo de ti como echarías veneno del estómago, y aborrece la idea de volver a tomarlo.

«Mi último ruego es que te entregues al uso diligente de los medios de la gracia hasta que se obre este cambio, y que después sigas usando estos medios hasta que seas confirmado y, al fin, perfeccionado.

(1) Puesto que no puedes por ti mismo efectuar este cambio en tu corazón y en tu vida, acude cada día a Dios en oración, y suplícale con fervor, como por tu vida, que perdone todos tus pecados, y cambie tu corazón, y te muestre las riquezas de su gracia en Cristo y la gloria de su reino. Persigue a Dios día y noche con estas peticiones.

(2) Huye de las tentaciones y de las ocasiones de pecar, y abandona tus antiguas malas compañías, y busca la compañía de los que temen a Dios y te ayudarán en el camino al cielo.

(3) Pon especial cuidado en pasar el día del Señor en ejercicios santos, tanto públicos como privados, y no pierdas ni un cuarto de hora de ninguno de tus tiempos; pero sobre todo de aquel tiempo preciosísimo que Dios te ha dado expresamente para que pongas tu mente en él, seas instruido por él y te prepares para tu fin. ¿Qué dices a estas cosas? ¿Harás esto ahora mismo, o al menos todo lo que puedas de ello? ¿Me das tu promesa en este sentido, y procurarás desde ahora cumplir esa promesa?»

Y aquí asegúrense, si pueden, de obtener su promesa, y de comprometerlos a la enmienda, especialmente a usar los medios de la gracia, a cambiar de compañías y a abandonar sus pecados, porque estas cosas están más a su alcance; y de este modo pueden esperar que se cumpla el cambio que todavía no se ha obrado. Y háganlo con solemnidad, recordándoles la presencia de Dios, que oye sus promesas y que esperará su cumplimiento; y cuando más adelante tengan ocasión, pueden recordarles su promesa.

9. Al despedirlos, hagan estas dos cosas:

(1) Vuelvan a ablandar sus ánimos con unas pocas palabras, apartando todo lo que parezca ofensa. Por ejemplo: «Les ruego que no tomen a mal que los haya puesto en esta molestia, o que haya tratado con ustedes con tanta franqueza. No es para mí más agradable que para ustedes. Si no supiera que estas cosas son verdaderas y necesarias, nos habría ahorrado este trabajo a mí y a ustedes; pero sé que estaremos aquí juntos solo por poco tiempo: estamos ya casi en el mundo venidero; y por tanto es tiempo de que todos miremos a nuestro alrededor y nos aseguremos de estar listos cuando Dios nos llame».

(2) Como puede que no tengan pronto ocasión de hablar con las mismas personas, pónganlas en camino de perfeccionar lo que ustedes han comenzado. Comprometan al cabeza de cada familia a reunir a toda su familia cada día del Señor para que repitan lo que han aprendido del catecismo, y a continuar esta práctica hasta que todos lo hayan aprendido perfectamente; y, cuando lo hayan hecho, a seguir oyéndolos recitarlo con regularidad, para que no lo olviden; porque, aun para los más juiciosos, será una ayuda excelente tener en la memoria una Suma de la Religión Cristiana, en cuanto a materia, método y palabras.

En cuanto a los cabezas de familia mismos, o a los que están bajo amos que no quieren ayudarlos, si solo han aprendido una parte del catecismo, comprométanlos a volver a ustedes (aun antes de su turno) cuando hayan aprendido el resto, o bien a ir a algún vecino capaz y experimentado y repetírselo a él; y válganse ustedes de la ayuda de tales personas cuando no tengan tiempo para hacerlo ustedes mismos.

10. Tengan consigo en un libro los nombres de todos sus feligreses; y cuando vengan y repitan el catecismo, anoten en su libro quiénes vienen y quiénes no; y quiénes son tan groseramente ignorantes que no son aptos para la Cena del Señor y otra santa comunión, y quiénes no; y según perciban las necesidades de cada uno, así traten con ellos en adelante. Pero en cuanto a los que son del todo obstinados, y no quieren venir a ustedes ni ser instruidos por ustedes, trátenlos como debe tratarse a los obstinados despreciadores de la instrucción en lo tocante a las ordenanzas que sellan y confirman; esto es, apartarse de ellos, y no tener santa ni familiar comunión con ellos en la Cena del Señor ni en otras ordenanzas. Y aunque algunos reverendos hermanos son partidarios de admitir a sus hijos al bautismo (y se ofenden conmigo por contradecirlo), yo no puedo, ni me atreveré a hacerlo bajo pretexto alguno de la fe de sus antepasados, o de una fe dogmática de estos padres rebeldes.

11. En todo el curso de su conversación con ellos, procuren que tanto la manera como la materia se ajusten al fin.

Y en cuanto a la manera, observen estos detalles:

(1) Que hagan diferencia según el carácter de las personas con quienes tienen que tratar. A los jóvenes deben avergonzarlos más de la sensualidad voluptuosa, y mostrarles la naturaleza y la necesidad de la mortificación. A los ancianos deben esforzarse más en desacreditar este mundo presente, y hacerles comprender la cercanía de su partida y lo agravado de su pecado, si viven y mueren en la ignorancia o en la impenitencia. Con los inferiores y los jóvenes deben ser más francos; con los superiores y los mayores, más reverentes. A los ricos deben mostrarles la vanidad de este mundo, y la naturaleza y la necesidad de la abnegación, y lo condenable de preferir el estado presente al venidero; junto con la necesidad de emplear sus talentos en hacer bien a otros. A los pobres deben mostrarles las grandes riquezas de gloria que se les ofrecen en el evangelio, y cuán bien puede prescindirse del consuelo presente cuando puede obtenerse el gozo eterno. También hay que insistir más en aquellos pecados a los que más inclina a cada uno su edad, su sexo, su temperamento, o su vocación y ocupación en el mundo; como en las mujeres, la locuacidad, las malas palabras, la ira, la malicia, el orgullo; en los hombres, la embriaguez, la ambición, etc.

(2) Sean tan condescendientes, cercanos y llanos como sea posible con los que son de menor capacidad.

(3) Denles prueba de la Escritura para todo lo que digan, para que vean que no son solo ustedes, sino Dios por medio de ustedes, quien les habla.

(4) Sean tan serios como puedan en todo el ejercicio, pero especialmente en la parte de aplicación. Apenas temo cosa alguna más que el que algunos ministros descuidados despachen esta obra de cualquier manera, y lo hagan todo superficialmente y sin vida, y la echen a perder como hacen con todos los demás deberes, convirtiéndola en mera formalidad: haciendo unas cuantas preguntas frías a su pueblo, y dándoles dos o tres frías palabras de consejo, sin vida ni sentimiento en sí mismos, y sin probabilidad de producir sentimiento alguno en los oyentes. Pero ciertamente el que valora las almas, y sabe qué oportunidad tiene delante, pasará por este ejercicio con profunda seriedad, y será tan ferviente con ellos como si se tratara de la vida o la muerte.

(5) Con este fin, me parecería muy necesario que, tanto antes de la obra como durante ella, pongamos especial empeño en nuestro propio corazón, para avivar y fortalecer nuestra fe en la verdad del evangelio, y en la gloria y la miseria invisibles que han de venir. Estoy seguro de que esta obra pondrá sumamente a prueba la fuerza de nuestra fe. Porque el que es cristiano solo superficialmente, y no está sano en el fondo, probablemente sentirá que su celo le falla del todo, sobre todo cuando el deber se haya vuelto ordinario, por falta de fe en las cosas de que ha de tratar. Un fervor afectado e hipócrita no resistirá mucho en deberes de esta clase. El púlpito tendrá más de él que una conversación con pobres almas ignorantes. Porque el púlpito es el escenario del ministro hipócrita: allí, y en la imprenta, y en otros actos públicos donde hay lugar para la ostentación, tendrán lo mejor de él, quizá todo lo que tiene. Son otra clase de hombres los que han de hacer eficazmente la obra que ahora tenemos entre manos.

(6) Es, pues, muy conveniente que nos preparemos para ella con oración secreta; y, si el tiempo lo permite y hay muchos reunidos, bueno sería que comenzáramos y termináramos con una breve oración con nuestro pueblo.

(7) Lleven adelante todo, aun los pasajes más fervientes, con claras muestras de amor por sus almas, y háganles sentir a lo largo de todo que no buscan otra cosa que su salvación. Eviten todo lenguaje áspero y desalentador.

(8) Si no tienen tiempo para tratar con cada individuo tan a fondo como aquí se indica, no omitan entonces las partes más necesarias. Tomen juntos a varios que sean amigos y que no procuren divulgar las flaquezas unos de otros, y háblenles en común de todo lo que concierne a todos. Solo el examen de su conocimiento y de su estado, y de su convicción de pecado y de miseria, y las indicaciones particulares para ellos, deben hacerse con cada individuo a solas; pero guárdense de despacharlo de cualquier manera con una pereza infiel, o por ser demasiado breves, sin una verdadera necesidad.

12. Por último, si Dios los capacita para ello, extiendan su caridad a los más pobres antes de que se separen de ustedes. Denles algo para su alivio y por el tiempo que así se quita a sus trabajos, especialmente para animar a los que lo hacen mejor. Y a los demás, prométanles otro tanto cuando hayan aprendido el catecismo. Sé que no pueden dar lo que no tienen, pero hablo a los que pueden. Y ahora, hermanos, he terminado mis consejos y los dejo a la práctica. Aunque los soberbios los reciban con desprecio, y los egoístas y perezosos con disgusto, o aun con indignación, no dudo de que Dios los usará, a pesar de la oposición del pecado y de Satanás, para despertar a muchos de sus siervos a su deber y promover la obra de una verdadera reforma; y de que su bendición acompañará la presente empresa, para la salvación de muchas almas, la paz de ustedes que la emprenden y la llevan a cabo, el estímulo de sus siervos por toda la nación para que los secunden, y el aumento de la pureza y la unidad de sus iglesias. Amén

Capítulo 17 completado

Artículo 2

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