Capítulo 13 · 11 min de lectura · 14 min de escucha
Artículo 3
MOTIVOS QUE NACEN DE LA NECESIDAD DE LA OBRA
La tercera clase de motivos se toma de la necesidad de la obra. Porque, si no fuera necesaria, las dificultades que acabo de mencionar podrían desanimar al perezoso en lugar de estimularlo. Pero como ya me he extendido más de lo que pensaba, solo les daré una breve indicación de algunos de los fundamentos generales de esta necesidad.
1. Este deber es necesario para la gloria de Dios. Así como todo cristiano vive para la gloria de Dios como su fin, así también tomará con gusto el camino que más eficazmente la promueva. Porque ¿qué hombre no querría alcanzar sus fines? ¡Oh hermanos, si pudiéramos poner en marcha esta obra en todas las parroquias de Inglaterra, y lograr que nuestro pueblo se sometiera a ella, y luego llevarla adelante nosotros mismos con destreza y celo, qué gloria pondría sobre el rostro de la nación, y cuánta gloria redundaría, por medio de ella, para Dios! Si nuestra ignorancia común fuera así desterrada, y nuestra vanidad y ociosidad se convirtieran en el estudio del camino de la vida, y cada tienda y cada casa estuvieran ocupadas en aprender las Escrituras y los catecismos, y en hablar de la Palabra y de las obras de Dios, ¡qué complacencia tendría Dios en nuestras ciudades y en nuestros campos! Él mismo habitaría en nuestras moradas y haría de ellas su delicia. Es la gloria de Cristo la que resplandece en sus santos, y toda la gloria de ellos es gloria suya. Por tanto, lo que los honra a ellos, en número o en excelencia, lo honra a él. ¿No se manifestará maravillosamente la gloria de Cristo en la Nueva Jerusalén, cuando descienda del cielo con todo el esplendor y la magnificencia con que se la describe en el libro del Apocalipsis? Si, pues, podemos aumentar el número o la fortaleza de los santos, aumentaremos con ello la gloria del Rey de los santos; porque él recibirá servicio y alabanza donde antes recibía desobediencia y deshonra. Cristo será honrado también en los frutos de su sangre derramada, y el Espíritu de gracia en el fruto de sus operaciones. ¿Y no exigen fines tan importantes como estos que usemos los medios con diligencia?
Todo cristiano está obligado a hacer cuanto pueda por la salvación de los demás; pero todo ministro lo está doblemente, porque ha sido apartado para el evangelio de Cristo y ha de entregarse por entero a esa obra. Es inútil poner más en duda nuestra obligación cuando sabemos que esta obra es necesaria para la conversión y la salvación de nuestro pueblo, y que, en general, se nos manda hacer todo lo necesario para esos fines, en la medida de nuestras fuerzas. Espero que entre nosotros nadie dude de que los inconversos necesitan conversión. Y que este sea un medio, y un medio de lo más necesario, la experiencia podría dejarlo fuera de toda duda, aunque no tuviéramos otra prueba. Que los que más se han esforzado en lo público examinen a su pueblo, y comprueben si muchos de ellos no son casi tan ignorantes y despreocupados como si nunca hubieran oído el evangelio. Por mi parte, procuro hablar con toda la claridad y el poder de conmover de que soy capaz (y, después de procurar hablar con verdad, este es mi principal estudio), y, sin embargo, con frecuencia me encuentro con personas que han sido mis oyentes ocho o diez años y que no saben si Cristo es Dios u hombre, y se asombran cuando les cuento la historia de su nacimiento, su vida y su muerte, como si nunca la hubieran oído. Y de los que conocen la historia del evangelio, ¡qué pocos conocen la naturaleza de la fe, el arrepentimiento y la santidad que este exige, o al menos conocen su propio corazón! La mayoría tiene una confianza sin fundamento en Cristo, esperando que él los perdone, los justifique y los salve, mientras el mundo posee su corazón y ellos viven para la carne. Y esa confianza la toman por fe justificadora. He comprobado por experiencia que algunas personas ignorantes, que habían sido durante tanto tiempo oyentes sin provecho, adquirieron más conocimiento y remordimiento de conciencia en media hora de conversación directa que en diez años de predicación pública.
Sé que predicar el evangelio en público es el medio más excelente, porque hablamos a muchos a la vez. Pero por lo común es mucho más eficaz predicarlo en privado a un pecador en particular, como dirigido a él mismo; porque el hombre más llano que haya apenas puede hablar en público con la claridad suficiente para que lo entiendan; pero en privado podemos hacerlo mucho mejor. En público no podemos usar expresiones tan sencillas ni repeticiones tantas como su torpeza requiere, pero en privado sí. En público nuestros discursos son largos, y desbordamos por completo su entendimiento y su memoria; quedan confundidos y perdidos, sin poder seguirnos; una cosa desplaza a la otra, y así no saben lo que dijimos. Pero en privado podemos llevar nuestra obra gradatim, y llevar a nuestros oyentes con nosotros; y, por nuestras preguntas y sus respuestas, podemos ver hasta dónde nos entienden y qué debemos hacer a continuación. En público, por la extensión y por hablar solos, perdemos su atención; pero cuando ellos son interlocutores, fácilmente logramos que atiendan. Además, podemos responder mejor a sus objeciones y comprometerlos con promesas antes de dejarlos, lo cual en público no podemos hacer. Concluyo, pues, que la predicación pública no basta: porque, aunque sea un medio eficaz para convertir a muchos, no lo es para tantos como la experiencia y el hecho de que Dios haya establecido otros medios pueden asegurarnos. Mucho tiempo podrán estudiar y predicar con poco fruto, si descuidan este deber.
2. Este deber es necesario para el bien de nuestro pueblo. Hermanos, ¿pueden mirar con fe a su pueblo miserable y no percibir que les están pidiendo ayuda a gritos? No hay un solo pecador cuyo caso no debieran compadecer hasta el punto de estar dispuestos a socorrerlo a un precio mucho más alto que este. ¿Pueden verlos, como al hombre herido junto al camino, y pasar de largo sin misericordia? ¿Pueden oírlos clamar a ustedes, como el varón macedonio a Pablo en visión: «Ven y ayúdanos», y aun así negarles su ayuda? ¿Se les ha confiado el cuidado de un hospital, donde uno languidece en un rincón y otro gime en otro, y clama: «¡Oh, ayúdame, ten piedad de mí, por amor del Señor!», y donde un tercero está furioso y loco, y quisiera destruirse a sí mismo y a ustedes; y aun así se quedarán sentados, ociosos, y negarán su ayuda? Si puede decirse del que no socorre los cuerpos de los hombres, ¡cuánto más del que no socorre sus almas!: «Si ve a su hermano tener necesidad, y le cierra sus entrañas, ¿cómo está el amor de Dios en él?». Ustedes no son tales monstruos, hombres de corazón tan duro, que no tengan compasión de un leproso; tendrán compasión del desnudo, del preso o del desamparado; tendrán compasión del que es atormentado por un dolor o una enfermedad graves; ¿y no tendrán compasión de un pecador ignorante y de corazón endurecido? ¿No tendrán compasión de uno que ha de ser excluido de la presencia del Señor y yacer bajo su ira sin remedio, si un arrepentimiento verdadero no lo impide pronto? ¡Oh, qué corazón es el que no se compadece de uno así! ¿Cómo llamaré al corazón de semejante hombre? Un corazón de piedra, una roca o un diamante; el corazón de un tigre; o más bien el corazón de un incrédulo: porque, ciertamente, si creyera en la miseria del impenitente, no podría dejar de tenerle compasión. ¿Pueden decir a los hombres desde el púlpito que ciertamente serán condenados si no se arrepienten, y sin embargo no tener compasión de ellos después de haberles anunciado tal peligro? Y si se compadecen de ellos, ¿no harán esto poco por su salvación?
¡Cuántos a su alrededor corren ciegamente a la perdición, mientras la voz de ustedes está señalada para ser el medio de despertarlos y hacerlos volver! El médico, doblemente obligado a socorrer a los enfermos, no tiene excusa, cuando hasta cualquier vecino está obligado a ayudarlos. Hermanos, ¿y si oyeran a los pecadores clamar tras ustedes por las calles: «¡Oh señor, tenga piedad de mí y deme su consejo! Tengo miedo de la ira eterna de Dios. Sé que pronto he de dejar este mundo, y temo ser desdichado en el otro»? ¿Podrían negar su ayuda a tales pobres pecadores? ¿Y si vinieran a la puerta de su estudio y clamaran por ayuda, y no se fueran hasta que les hubieran dicho cómo escapar de la ira de Dios? ¿Tendrían corazón para despedirlos sin consejo? Estoy seguro de que no. Pues, ¡ay!, tales personas son menos desdichadas que las que no claman pidiendo ayuda. Es el pecador endurecido, al que no le importa la ayuda de ustedes, quien más la necesita: y el que no tiene vida suficiente para sentir que está muerto, ni luz suficiente para ver su peligro, ni sentido suficiente para compadecerse de sí mismo, ese es el hombre más digno de compasión. Miren a sus vecinos alrededor y piensen cuántos de ellos necesitan su ayuda en un caso nada menor que el peligro evidente de condenación. Supongan que oyeran a cada impenitente que ven y conocen a su alrededor clamarles pidiendo ayuda: Así como alguna vez se compadecieron de los pobres desdichados, compadézcanse de nosotros, no sea que seamos atormentados en las llamas del infierno: si tienen corazón de hombres, compadézcanse de nosotros». Pues bien, hagan por ellos lo que harían si los siguieran con tales súplicas. ¡Oh, cómo pueden andar, conversar y divertirse con tales personas, conociendo su situación! Me parece que, al mirarlos a la cara y pensar que han de sufrir una miseria eterna, deberían romper en lágrimas (como el profeta cuando miró a Hazael), y luego lanzarse a las exhortaciones más insistentes. Cuando los visiten en su enfermedad, ¿no les herirá el corazón verlos a punto de partir hacia la miseria, sin que ustedes hayan tratado nunca seriamente con ellos acerca de su conversión? Oh, entonces, por amor del Señor y por amor de las pobres almas, tengan compasión de ellos, pónganse en movimiento y no escatimen ningún esfuerzo que pueda contribuir a su salvación.
3. Este deber es necesario para su propio bien, así como para el de su pueblo. Esta es su obra, según la cual, entre otras cosas, serán juzgados. No pueden salvarse sin diligencia y fidelidad ministeriales más de lo que ellos o ustedes pueden salvarse sin diligencia y fidelidad cristianas. Por tanto, si no les importan los demás, que al menos les importe su propia alma. ¡Oh, qué cosa tan terrible es tener que responder por el descuido de semejante encargo! ¿Y qué pecado hay más abominable que traicionar a las almas? ¿No les hace temblar aquella amenaza: «Si tú no hablas para amonestar al impío de su camino, el impío morirá por su maldad, mas su sangre demandaré de tu mano»? Temo, o más bien no dudo, que se acerca el día en que los ministros infieles desearán no haber conocido nunca el cuidado de las almas, sino haber sido carboneros, deshollinadores o caldereros, antes que pastores del rebaño de Cristo, cuando, además de todos sus demás pecados, tengan que responder por la sangre de tantas almas. Oh hermanos, nuestra muerte, igual que la de nuestro pueblo, está cerca, y es tan terrible para un pastor infiel como para cualquiera. Cuando veamos que hemos de morir sin remedio posible; que ni el ingenio, ni la erudición, ni el aplauso popular pueden desviar el golpe ni demorar la hora, sino que, queramos o no, nuestras almas han de partir, y eso a un mundo que nunca vimos, donde no se tendrá en cuenta nuestra persona ni nuestro interés mundano; ¡oh, entonces, quién tuviera una conciencia limpia que pueda decir: «No viví para mí mismo, sino para Cristo; no escatimé mis esfuerzos; no escondí mis talentos; no oculté a los hombres su miseria ni el camino de su restauración»! Oh señores, aprovechemos, pues, el tiempo mientras lo tenemos, y obremos mientras es de día; «la noche viene, cuando nadie puede obrar». Este es también nuestro día; y haciendo bien a otros, hemos de hacernos bien a nosotros mismos. Si quieren prepararse para una muerte consolada y para una recompensa grande y gloriosa, la cosecha está delante de ustedes. Ciñan los lomos de su entendimiento y pórtense varonilmente, para que puedan terminar sus días con estas palabras triunfantes: «He peleado la buena batalla, he acabado la carrera, he guardado la fe. Por lo demás, me está guardada la corona de justicia, la cual me dará el Señor, juez justo, en aquel día». Si quieren ser bienaventurados con los que mueren en el Señor, trabajen ahora, para que entonces descansen de sus trabajos, y hagan obras tales que deseen que los sigan, y no tales que resulten su terror cuando sean revisadas.
Capítulo 13 completado
Artículo 3