Capítulo 12 · 5 min de lectura · 7 min de escucha
Artículo 2
MOTIVOS TOMADOS DE LAS DIFICULTADES DE LA OBRA
Habiéndoles expuesto la primera clase de razones, tomadas de los beneficios de la obra, paso a la segunda, que se toman de sus dificultades. Si estas, en verdad, se tomaran solas, confieso que podrían ser más bien motivos de desaliento que de estímulo; pero tomándolas junto con las que preceden y las que siguen, el caso es muy distinto: porque las dificultades deben incitar a una mayor diligencia en una obra necesaria.
Y dificultades hallaremos muchas, tanto en nosotros mismos como en nuestro pueblo; pero, por ser cosas tan evidentes que su experiencia no les dejará lugar a dudar de ellas, las trataré en pocas palabras.
1. Permítanme señalar las dificultades que hay en nosotros mismos.
(1) En nosotros hay mucha torpeza y pereza, de modo que no será fácil lograr que seamos fieles en una obra tan dura. Como el perezoso en la cama, que sabe que debe levantarse y, sin embargo, lo demora y quisiera quedarse acostado todo lo que pudiera, así hacemos nosotros con los deberes a los que nuestra naturaleza corrompida es contraria. Esto nos obligará a emplear todas nuestras fuerzas. La sola pereza atará las manos de muchos.
(2) Tenemos una vil disposición a agradar a los hombres, que nos hará dejar que los hombres perezcan por no perder su afecto, y dejar que se vayan tranquilamente al infierno por no enojarlos con nosotros al buscar su salvación; y estamos dispuestos a exponernos al desagrado de Dios y a arriesgar la miseria eterna de nuestro pueblo antes que atraer sobre nosotros su malquerencia. Este mal ha de resistirse con diligencia.
(3) Muchos de nosotros tenemos también una necia timidez, que nos hace remisos para empezar con ellos y hablarles con claridad. Somos tan modestos, por cierto, que nos sonrojamos de hablar por Cristo, o de contradecir al diablo, o de salvar un alma, mientras que, al mismo tiempo, nos avergonzamos menos de obras vergonzosas.
(4) Somos tan carnales que nuestros intereses de la carne nos arrastran a ser infieles en la obra de Cristo, por no disminuir nuestros ingresos, o traernos problemas, o poner a la gente en contra nuestra, o cosas semejantes. Todas estas cosas requieren diligencia para resistirlas.
(5) Somos tan débiles en la fe que este es el mayor impedimento de todos. De ahí que, cuando deberíamos acometer a un hombre con todas nuestras fuerzas para su conversión, aunque no haya dentro de nosotros movimientos de incredulidad acerca de si hay cielo e infierno, al menos la creencia en ellos es tan débil que difícilmente despertará en nosotros un celo afectuoso, resuelto y constante; de modo que todo nuestro movimiento será débil, porque el resorte de la fe es tan débil. ¡Oh, cuánta necesidad tienen, pues, los ministros, por sí mismos y por su obra, de cuidar bien su fe, y especialmente de que su asentimiento a la verdad de la Escritura acerca de los gozos y los tormentos de la vida venidera sea sano y vivo!
(6) Por último, tenemos comúnmente mucha falta de destreza y de aptitud para esta obra. ¡Ay, qué pocos saben cómo tratar con un hombre ignorante y mundano para su conversión! Penetrar en su interior y ganárselo; adaptar nuestras palabras a su condición y temperamento; escoger los temas más oportunos y proseguirlos con una santa mezcla de seriedad, temor, amor, mansedumbre y atractivos evangélicos: ¡oh!, ¿quién es apto para semejante cosa? Confieso seriamente que, por experiencia, me parece tan difícil conversar como es debido con una persona carnal así, con miras a su cambio, como predicar los sermones que ordinariamente predicamos, si no mucho más. Todas estas dificultades en nosotros mismos deberían despertarnos a una santa resolución, preparación y diligencia, para que no seamos vencidos por ellas, ni nos aparten de la obra ni nos estorben en ella.
2. Habiendo señalado estas dificultades en nosotros mismos, mencionaré ahora algunas que encontraremos en nuestro pueblo.
(1) Muchos de ellos se negarán obstinadamente a ser enseñados, y desdeñarán venir a nosotros, por creerse demasiado buenos para ser catequizados o demasiado viejos para aprender, a menos que tratemos con ellos sabiamente en público y en privado, y procuremos vencer su obstinación con la fuerza de la razón y el poder del amor.
(2) Muchos que están dispuestos son tan torpes que apenas pueden aprender una hoja de un catecismo en mucho tiempo, y por eso se mantendrán alejados, avergonzados de su ignorancia, a menos que seamos sabios y diligentes en animarlos.
(3) Y cuando vienen, es tan grande la ignorancia y la cortedad de entendimiento de muchos que te resultará muy difícil lograr que te entiendan; de modo que, si no tienes el feliz arte de hacer claras las cosas, los dejarás tan ignorantes como antes.
(4) Y aún más difícil te resultará obrar las cosas en su corazón, y llevarlas a lo vivo de su conciencia de tal modo que se produzca aquel cambio salvador que es nuestro gran fin, y sin el cual nuestro trabajo se pierde. ¡Oh, qué tronco, qué roca es un corazón endurecido y carnal! ¡Con cuánta fuerza resiste las persuasiones más poderosas, y oye hablar de la vida o la muerte eternas como de cosa de nada! Si, pues, no tienes gran seriedad y fervor, materia poderosa y propiedad de expresión, ¿qué bien puedes esperar? Y cuando lo hayas hecho todo, el Espíritu de gracia es quien ha de hacer la obra. Pero así como Dios y los hombres suelen escoger instrumentos adecuados a la naturaleza de la obra o del fin, así el Espíritu de sabiduría, de vida y de santidad no suele obrar por medio de instrumentos necios, muertos y carnales, sino por medio de persuasiones de luz, de vida y de pureza, las más semejantes a él mismo y a la obra que por ellas ha de efectuarse.
(5) Por último, cuando hayas producido en su corazón algunas impresiones deseables, si no los sigues de cerca y tienes un cuidado especial de ellos, su corazón pronto volverá a su dureza anterior, y sus antiguos compañeros y tentaciones lo destruirán todo de nuevo. En suma, todas las dificultades de la obra de la conversión, que sueles hacer conocer a tu pueblo, están delante de nosotros en nuestra obra presente.
Capítulo 12 completado
Artículo 2