Capítulo 99 · 3 min de lectura · 4 min de escucha
La gran bondad y el amor de Dios se muestran al hombre en este Sacramento
El discípulo
CONFIADO en tu bondad y en tu gran misericordia, Señor, vengo a ti como un enfermo al Médico, como un hambriento y sediento a la Fuente de la vida, como un necesitado al Rey del cielo, como un siervo a su Señor, como una criatura a su Creador, como un alma desolada a mi dulce Consolador.
Pero ¿de dónde a mí esto, que tú vengas a mí? ¿Quién soy yo para que te ofrezcas a mí? ¿Cómo se atreve el pecador a presentarse ante ti, y cómo te dignas tú venir al pecador? Tú conoces a tu siervo, y sabes que no hay en él nada bueno por lo que hayas de concederle esto.
Confieso, pues, mi indignidad. Reconozco tu bondad. Alabo tu misericordia y te doy gracias por tu inmenso amor. Porque lo haces por ti mismo, no por mérito alguno mío; para que tu bondad me sea mejor conocida, y se despierte en mí un amor mayor y nazca una humildad más perfecta. Y puesto que esto te agrada y así lo has querido, también a mí me agrada tu benignidad. ¡Ojalá mi pecado no le ponga estorbo!
Oh dulcísimo y misericordiosísimo Jesús, ¡cuánta reverencia, cuántas gracias y qué alabanza perpetua se te deben porque recibimos tu sagrado cuerpo, cuya dignidad ningún hombre puede expresar!
Pero ¿en qué pensaré en esta Comunión, al acercarme a mi Señor, a quien nunca puedo reverenciar como debo y a quien, sin embargo, deseo recibir con devoción? ¿Qué pensamiento mejor ni más provechoso para mí que humillarme por completo en tu presencia y ensalzar tu bondad infinita por encima de mí mismo?
¡Te alabo, Dios mío, y te ensalzo para siempre! Me desprecio a mí mismo y me postro ante ti en el abismo de mi indignidad. ¡He aquí que tú eres el Santo de los santos, y yo la escoria de los pecadores! ¡He aquí que te inclinas hacia mí, que no soy digno de alzar los ojos hacia ti! ¡He aquí que vienes a mí! ¡Quieres estar conmigo! ¡Me invitas a tu banquete! Deseas darme a comer el alimento celestial, el Pan de los ángeles, que no es otro que tú mismo, el Pan vivo que descendiste del cielo y das vida al mundo.
¡He aquí de dónde procede el amor! ¡Qué condescendencia resplandece aquí! ¡Cuántas gracias y alabanzas se te deben por estos dones! ¡Oh, qué saludable y provechoso fue tu designio al instituir este Sacramento! ¡Qué suave y deleitoso el banquete en que te diste a ti mismo como alimento!
¡Qué admirable es tu obra, Señor! ¡Qué grande tu poder! ¡Qué infalible tu verdad! Porque tú dijiste, y todo fue hecho; y se hizo esto que tú mandaste. Cosa admirable es, digna de fe y que sobrepasa el entendimiento humano, que tú, Señor, Dios mío, verdadero Dios y hombre, estés contenido entero y completo bajo la apariencia de un poco de pan y de vino, ¡y que sin consumirte seas comido por quien te recibe!
Tú, Señor del universo, que no tienes necesidad de nada, has querido habitar en nosotros por medio de tu Sacramento. Guarda limpios mi corazón y mi cuerpo, para que con una conciencia alegre y sin mancha pueda celebrar a menudo tus Misterios y recibir para mi salvación eterna lo que ordenaste e instituiste para tu honra especial y como memorial perpetuo.
Alégrate, alma mía, y da gracias a Dios por haberte dejado un don tan noble y un consuelo tan singular en este valle de lágrimas. Cuantas veces renuevas este Misterio y recibes el Cuerpo de Cristo, otras tantas realizas la obra de la redención y te haces partícipe de todos los méritos de Cristo, porque el amor de Cristo nunca disminuye y la riqueza de su misericordia nunca se agota.
Por eso debes prepararte para él renovando sin cesar tu corazón y meditando hondamente el gran misterio de la salvación. Cada vez que celebras la Misa o asistes a ella, debe parecerte tan grande, tan nuevo y tan dulce como si aquel mismo día Cristo se hiciera hombre en el seno de la Virgen o, pendiente de la Cruz, padeciera y muriera por la salvación del hombre.
Capítulo 99 completado
La gran bondad y el amor de Dios se muestran al hombre en este Sacramento