Capítulo 100 · 3 min de lectura · 4 min de escucha
Es provechoso comulgar a menudo
El discípulo
HE AQUÍ que vengo a ti, Señor, para enriquecerme con tu don y deleitarme en tu santo banquete, que tú, oh Dios, en tu dulzura has preparado para tus pobres. He aquí que en ti está todo lo que puedo o debo desear. Tú eres mi salvación y mi redención, mi esperanza y mi fortaleza, mi honra y mi gloria.
Alegra, pues, hoy el alma de tu siervo, porque a ti, Señor Jesús, he levantado mi corazón. Anhelo recibirte ahora con devoción y reverencia. Deseo llevarte a mi casa para merecer, como Zaqueo, tu bendición y ser contado entre los hijos de Abraham.
Mi alma suspira por tu Cuerpo; mi corazón desea unirse contigo. Dame a ti mismo, y eso me basta; porque sin ti no hay consuelo. Sin ti no puedo existir, sin tu visita no puedo vivir. Por eso debo acercarme a ti a menudo y recibir la fuerza de mi salvación, no sea que, privado de este alimento celestial, desfallezca en el camino. Una vez, misericordiosísimo Jesús, mientras predicabas al pueblo y sanabas sus muchas dolencias, dijiste: «No quiero enviarlos en ayunas, no sea que desmayen en el camino». Haz lo mismo conmigo, tú que te quedaste en este Sacramento para consuelo de los fieles. Tú eres el dulce alimento del alma, y quien te come dignamente será partícipe y heredero de la gloria eterna.
Es en verdad necesario para mí, que tan a menudo caigo y peco, que tan pronto me vuelvo flojo y débil, renovarme, purificarme y encenderme por medio de la oración frecuente, la confesión y la santa recepción de tu Cuerpo, no sea que, absteniéndome demasiado tiempo, me aparte de mi santo propósito. Porque los sentidos del hombre se inclinan al mal desde su juventud, y si la ayuda divina no lo fortalece, pronto cae más hondo. Pero la sagrada Comunión lo aparta del mal y lo afirma en el bien.
Si tan a menudo soy negligente y tibio cuando celebro o comulgo, ¿qué sucedería si no tomara este remedio ni buscara una ayuda tan grande? Aunque no estoy en condiciones ni debidamente dispuesto para celebrar todos los días, haré lo posible por recibir en los tiempos oportunos los divinos Misterios y participar de esta gracia tan grande. Este es, en verdad, el principal consuelo del alma fiel mientras, por su condición mortal, vive separada de ti: que, acordándose a menudo de su Dios, reciba a su Amado con devoto recogimiento.
¡Oh admirable condescendencia de tu amor hacia nosotros, que tú, Señor Dios, Creador y dador de vida a todos, te dignes venir a una pobre alma y saciar su hambre con toda tu divinidad y humanidad! ¡Oh mente feliz y alma bienaventurada, que merece recibirte a ti, su Señor Dios, y que, al recibirte, se llena de gozo espiritual! ¡Qué gran Maestro hospeda, qué amado huésped recibe, qué dulce compañero acoge, qué fiel amigo gana, qué hermoso y noble esposo abraza, amado y deseado sobre todo lo que puede amarse y desearse! Callen ante tu rostro, dulcísimo Amado, el cielo y la tierra con todos sus tesoros, porque toda la gloria y hermosura que tienen la deben a tu generosa condescendencia, y no pueden igualar la hermosura de tu nombre, cuya sabiduría no tiene medida.
Capítulo 100 completado
Es provechoso comulgar a menudo