La imitación de Cristo
Cuatro cosas que traen gran paz

Capítulo 61 · 3 min de lectura · 3 min de escucha

Cuatro cosas que traen gran paz

La voz de Cristo

HIJO, ahora te enseñaré el camino de la paz y de la verdadera libertad.

Procura, hijo, hacer la voluntad de otros antes que la tuya.

Escoge siempre tener menos antes que más.

Busca siempre el último lugar y procura estar por debajo de todos.

Desea siempre y pide que la voluntad de Dios se cumpla en ti plenamente.

Mira: quien así obra entrará en el reino de la paz y del descanso.

El discípulo

Señor, este breve discurso tuyo encierra mucha perfección. Es corto en palabras, pero lleno de sentido y abundante en fruto. Ciertamente, si yo pudiera guardarlo con fidelidad, no me turbaría con tanta facilidad. Pues cuantas veces me siento inquieto y abatido, descubro que me he apartado de esta enseñanza. Pero tú, que todo lo puedes y amas siempre lo que conviene al bien de mi alma, auméntame la gracia, para que pueda guardar tus palabras y llevar a cabo mi salvación.

Oración contra los malos pensamientos

Señor Dios mío, no te alejes de mí. Dios mío, acude presto a mi socorro, porque se han levantado en mí pensamientos diversos y grandes temores que afligen mi alma. ¿Cómo escaparé de ellos sin daño? ¿Cómo los disiparé?

«Yo iré delante de ti», dice el Señor, «y humillaré a los grandes de la tierra. Abriré las puertas de la cárcel y te revelaré secretos escondidos».

Haz, Señor, como dices, y huyan de tu presencia todos los malos pensamientos. Esta es mi esperanza y mi único consuelo: acudir a ti en toda tribulación, confiar en ti, invocarte de lo más hondo del corazón y esperar con paciencia tu consuelo.

Oración para que el alma sea iluminada

Ilumíname, buen Jesús, con la claridad de la luz interior, y aparta toda tiniebla de la morada de mi corazón. Refrena mis pensamientos vagabundos y reprime las tentaciones que me acometen con tanta violencia. Pelea con fuerza por mí y vence a esas bestias malignas —los seductores deseos de la carne—, para que venga la paz por tu poder y resuene la plenitud de tu alabanza en el santo atrio, que es la conciencia pura. Manda a los vientos y a las tempestades; di al mar: «Calla», y al cierzo: «No soples», y se hará grande bonanza.

Envía tu luz y tu verdad para que alumbren sobre la tierra, porque soy como tierra desordenada y vacía hasta que tú me iluminas. Derrama de lo alto tu gracia. Riega mi corazón con el rocío del cielo. Abre las fuentes de la devoción para regar la faz de la tierra, a fin de que produzca los mejores frutos. Levanta mi corazón, oprimido por el peso de los pecados, y dirige todos mis deseos a las cosas celestiales, para que, habiendo gustado la dulzura de la felicidad de lo alto, no halle placer en pensar en las cosas terrenas.

Arrebátame y líbrame de todo consuelo pasajero de las criaturas, porque ninguna cosa creada puede aquietar y saciar del todo mis deseos. Úneme a ti con un vínculo inseparable de amor, porque solo tú bastas al que te ama, y sin ti todas las cosas carecen de valor.

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