Capítulo 62 · 1 min de lectura · 1 min de escucha
Evitar la curiosidad por la vida ajena
La voz de Cristo
HIJO, no seas curioso. No te inquietes con cuidados vanos. ¿Qué te importa esto o aquello? Sígueme tú. ¿Qué te importa a ti que aquel sea de tal o cual manera, o que este haga o diga esto o aquello? Tú no tendrás que responder por los demás, pero sí tendrás que dar cuenta de ti mismo. ¿Por qué, pues, te entrometes en sus asuntos?
Mira, yo conozco a todos los hombres. Veo todo lo que se hace debajo del sol, y sé cómo están las cosas de cada uno: qué hay en su mente, qué hay en su corazón y a qué fin se dirige su intención. Encomiéndame, pues, todas las cosas, y consérvate en buena paz. Deja que el que anda turbado se inquiete cuanto quiera. Todo lo que haya dicho o hecho caerá sobre él mismo, porque a mí no puede engañarme.
No te afanes por la sombra de un gran nombre, ni por la amistad estrecha de muchos, ni por el afecto particular de los hombres. Estas cosas causan distracción y llenan el corazón de grandes tinieblas. Yo te hablaría de buena gana mi palabra y te revelaría mis secretos, si esperaras con diligencia mi venida y me abrieras tu corazón. Sé prudente, pues. Vela en oración y humíllate en todas las cosas.
Capítulo 62 completado
Evitar la curiosidad por la vida ajena