La imitación de Cristo
Recordar los innumerables dones de Dios

Capítulo 60 · 3 min de lectura · 4 min de escucha

Recordar los innumerables dones de Dios

El discípulo

ABRE, Señor, mi corazón a tu ley y enséñame a andar por el camino de tus mandamientos. Haz que entienda tu voluntad. Haz que recuerde tus beneficios —todos ellos y cada uno en particular— con gran reverencia y cuidado, para que en adelante pueda darte por ellos dignas gracias. Sé que no soy capaz de darte las gracias debidas ni siquiera por el menor de tus dones. Soy indigno de los beneficios que me has concedido, y cuando considero tu generosidad, mi espíritu desfallece ante su grandeza. Todo lo que tenemos en el alma y en el cuerpo, todo lo que poseemos interior o exteriormente, por naturaleza o por gracia, son dones tuyos, y proclaman tu bondad y tu misericordia, de las que hemos recibido todos los bienes.

Si uno recibe más y otro menos, todo es tuyo, y sin ti nada se puede recibir. El que recibe cosas mayores no puede gloriarse de su propio mérito, ni creerse por encima de los demás, ni portarse con insolencia con los que reciben menos. El que se atribuye menos a sí mismo y es más humilde y devoto al dar gracias es, en verdad, el mayor y el mejor; y el que se tiene por inferior a todos los hombres y se juzga el más indigno está más dispuesto para recibir la mayor bendición.

Por otra parte, el que ha recibido menos dones no debe entristecerse, ni impacientarse, ni envidiar al más rico. Al contrario, debe volver su mente a ti y tributarte la mayor alabanza, porque das con tanta abundancia, tan gratuita y voluntariamente, sin acepción de personas. Todas las cosas proceden de ti; por eso has de ser alabado en todas ellas. Tú sabes lo que conviene a cada uno de nosotros; y por qué uno recibe menos y otro más no nos toca a nosotros juzgarlo, sino a ti, que tienes señalados los méritos de cada hombre.

Por eso, Señor Dios, tengo por un gran beneficio no poseer muchas cosas que el juicio humano considera dignas de alabanza y de gloria; porque quien reconoce su propia pobreza y vileza no debe entristecerse ni abatirse por ello, sino más bien consolarse y alegrarse, porque tú, oh Dios, has escogido a los pobres, a los humildes y a los despreciados de este mundo para que sean tus amigos y tus siervos. Testigos de esta verdad son tus apóstoles, a quienes hiciste príncipes sobre toda la tierra. Y, sin embargo, vivieron en este mundo sin quejarse, tan humildes y sencillos, tan libres de malicia y de engaño, que se gozaban incluso de padecer afrenta por tu nombre y abrazaban con gran afecto lo que el mundo aborrece.

Por tanto, el hombre que te ama y reconoce tus beneficios no debe alegrarse de nada tanto como de tu voluntad, del beneplácito de tu eterno designio. Con esto debe quedar tan contento y consolado que desee ser el menor como otros desean ser el mayor; que esté tan en paz y tan satisfecho en el último lugar como en el primero, y tan dispuesto a ser despreciado, desconocido y olvidado como a ser honrado por los demás y a tener más fama que ellos. Debe preferir tu voluntad y el amor de tu honra a todo lo demás, y esto debe consolarlo más que todos los beneficios que ha recibido o que recibirá.

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