La imitación de Cristo
Sobre todos los bienes y todos los dones hemos de descansar en Dios

Capítulo 59 · 4 min de lectura · 5 min de escucha

Sobre todos los bienes y todos los dones hemos de descansar en Dios

El discípulo

SOBRE todas las cosas y en todas las cosas, alma mía, descansa siempre en Dios, porque él es el eterno descanso de los santos.

Concédeme, dulcísimo y amantísimo Jesús, que busque mi reposo en ti por encima de toda criatura; por encima de toda salud y hermosura; por encima de toda honra y gloria, de todo poder y dignidad; por encima de toda ciencia e ingenio, de todas las riquezas y artes, de todo gozo y alegría; por encima de toda fama y alabanza, de toda dulzura y consuelo; por encima de toda esperanza y promesa, de todo mérito y deseo; por encima de todos los dones y favores que tú puedes darme o derramar sobre mí; por encima de todo el gozo y júbilo que el alma puede recibir y sentir; y, finalmente, por encima de los ángeles y arcángeles y de todo el ejército celestial; por encima de todas las cosas visibles e invisibles; y que busque mi reposo en ti por encima de todo lo que no eres tú, Dios mío.

Porque tú, Señor, Dios mío, eres el mejor sobre todas las cosas. Solo tú eres altísimo, solo tú poderosísimo. Solo tú eres suficientísimo y plenísimo, solo tú dulcísimo y consoladorísimo. Solo tú eres hermosísimo y amantísimo, solo tú nobilísimo y gloriosísimo sobre todas las cosas. En ti está toda perfección que ha habido o habrá jamás. Por eso, todo lo que me das fuera de ti mismo, todo lo que me revelas de ti y todo lo que me prometes, es poco e insuficiente mientras no te vea ni goce plenamente de ti solo. Porque mi corazón no puede descansar ni contentarse del todo hasta que, elevándose sobre todos los dones y sobre toda cosa creada, descanse en ti.

¿Quién, oh amadísimo Esposo, Jesucristo, amante purísimo, Señor de toda la creación, quién me dará alas de verdadera libertad para volar a descansar en ti? ¿Cuándo se me concederá plenamente la libertad de ver cuán dulce eres, Señor, Dios mío? ¿Cuándo me recogeré enteramente en ti, de modo que por tu amor no me sienta a mí mismo, sino solo a ti, sobre todo sentido y medida, de una manera que nadie conoce? Pero ahora gimo a menudo y me duelo de mi desdicha, porque en este valle de miserias me sobrevienen muchos males que con frecuencia me turban, me entristecen y me oscurecen, que a menudo me estorban y me distraen, me atraen y me enredan, de modo que ni tengo libre acceso a ti ni gozo de los dulces abrazos que siempre están dispuestos para las almas bienaventuradas. Que te muevan mis suspiros y la múltiple desolación que padezco aquí en la tierra.

Oh Jesús, resplandor de la gloria eterna, consuelo del alma peregrina, ante ti mi boca no pronuncia sonido alguno y mi silencio te habla. ¿Hasta cuándo tardará en venir mi Señor? Venga a su pobre siervo y hágalo dichoso. Extienda su mano y saque a esta miserable criatura de su angustia. Ven, oh ven, porque sin ti no habrá día ni hora dichosa, pues tú eres mi dicha y sin ti mi mesa está vacía. Soy desdichado, como encarcelado y cargado de grillos, hasta que me llenes con la luz de tu presencia, me devuelvas la libertad y me muestres un rostro amigo. Busquen otros en lugar de ti lo que quieran; a mí nada me agrada ni me agradará sino tú, Dios mío, esperanza mía, salvación mía eterna. No callaré, no dejaré de orar hasta que tu gracia vuelva a mí y me hables interiormente, diciendo: «Heme aquí. He aquí que he venido a ti, porque me has llamado. Tus lágrimas y el deseo de tu alma, tu humildad y la contrición de tu corazón me han inclinado y me han traído a ti.»

Señor, te he llamado, te he deseado y he estado dispuesto a despreciarlo todo por ti. Porque tú fuiste el primero en moverme a buscarte. Bendito seas, pues, Señor, por haber mostrado esta bondad a tu siervo conforme a la multitud de tus misericordias.

¿Qué más puede decirte tu siervo, sino humillarse delante de ti, teniendo siempre presentes su iniquidad y su vileza? Nada hay semejante a ti entre todas las maravillas del cielo y de la tierra. Tus obras son sobremanera buenas, tus juicios verdaderos, y tu providencia gobierna todo el universo. Seas, pues, alabado y glorificado, oh Sabiduría del Padre. Que mi boca y mi alma y todas las cosas creadas se unan para alabarte y bendecirte.

Capítulo 59 completado

Sobre todos los bienes y todos los dones hemos de descansar en Dios

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