Capítulo 49 · 1 min de lectura · 2 min de escucha
Los deseos del corazón deben examinarse y moderarse
La voz de Cristo
HIJO, es necesario que aprendas muchas cosas que todavía no has aprendido bien.
El discípulo
¿Cuáles son, Señor?
La voz de Cristo
Que conformes tus deseos enteramente a mi beneplácito, y que no seas amante de ti mismo, sino celoso cumplidor de mi voluntad. Los deseos muchas veces te encienden y te arrastran con violencia; pero considera si obras por mi honra o por tu propio provecho. Si yo soy la causa, quedarás bien contento con cualquier cosa que yo disponga. Pero si se esconde en ti algo de búsqueda de ti mismo, eso es lo que te turba y te pesa. Cuida, pues, de no apoyarte demasiado en un deseo concebido de antemano sin referencia a mí, no sea que después te arrepientas y te desagrade lo que al principio te agradaba y deseabas como lo mejor. No todo deseo que parece bueno debe seguirse en seguida, ni, por otra parte, todo afecto contrario debe rechazarse al instante.
Conviene a veces usar de un poco de freno aun en los buenos deseos e inclinaciones, no sea que por demasiado afán te acarrees distracción de espíritu; no sea que por tu falta de disciplina des escándalo a otros; o no sea que, por la resistencia de otros, te turbes de repente y caigas. Otras veces, en cambio, debes hacerte violencia y resistir valientemente al apetito sensual. No debes atender a lo que la carne quiere o no quiere, sino procurar que se sujete, aun por la fuerza, al espíritu. Y se la debe castigar y obligar a permanecer sujeta hasta que esté dispuesta para todo y aprenda a contentarse con poco, a gozarse en las cosas sencillas y a no murmurar de las incomodidades.
Capítulo 49 completado
Los deseos del corazón deben examinarse y moderarse