La imitación de Cristo
Despreciar el mundo y servir a Dios es dulce

Capítulo 48 · 3 min de lectura · 3 min de escucha

Despreciar el mundo y servir a Dios es dulce

El discípulo

AHORA hablaré de nuevo, Señor, y no callaré. Hablaré a oídos de mi Dios, mi Señor y mi Rey, que está en los cielos. ¡Cuán grande, Señor, es la multitud de tus misericordias, que tienes guardadas para los que te aman! Pero ¿qué eres tú para los que te aman? ¿Qué eres para los que te sirven de todo corazón?

Verdaderamente supera el poder de las palabras la dulzura de la contemplación que das a los que te aman. A mí me has mostrado la dulzura de tu caridad, sobre todo al crearme cuando yo no existía, al traerme de nuevo a servirte cuando me había alejado mucho de ti, al mandarme que te amara.

Oh fuente de amor incesante, ¿qué diré de ti? ¿Cómo podré olvidarte, si tú te has dignado acordarte de mí aun después de haberme consumido y perdido? Has usado de misericordia con tu siervo más allá de toda esperanza, y le has mostrado gracia y amistad más allá de lo que merecía.

¿Qué te daré a cambio de esta gracia? Porque no a todos se les concede dejarlo todo, renunciar al mundo y abrazar la vida religiosa. ¿Es acaso gran cosa que yo te sirva a ti, a quien toda criatura está obligada a servir? No debe parecerme mucho; más bien debe parecerme grande y admirable que te dignes recibir a tu servicio a uno tan pobre e indigno. He aquí que todas las cosas son tuyas, aun las que tengo y con las que te sirvo. He aquí que el cielo y la tierra, que creaste para servicio del hombre, están dispuestos y cada día hacen todo lo que mandas. Pero aun esto es poco, porque también has destinado a los ángeles para servir al hombre; y más que todo esto, tú mismo te has dignado servir al hombre y le has prometido darte a ti mismo.

¿Qué te daré por todos estos millares de beneficios? ¡Ojalá pudiera servirte todos los días de mi vida! ¡Ojalá pudiera servirte dignamente siquiera un solo día! En verdad tú eres digno de todo servicio, de toda honra y de alabanza eterna. En verdad tú eres mi Señor, y yo tu pobre siervo, obligado a servirte con todas mis fuerzas y a alabarte sin cansarme jamás. Esto quiero hacer; este es mi deseo. Suple tú lo que me falte.

Gran honra y gran gloria es servirte y despreciarlo todo por ti. Los que se entregan con alegría a tu santísimo servicio poseerán gran gracia. Los que por tu amor desechan todos los deleites carnales hallarán el dulcísimo consuelo del Espíritu Santo. Los que entran por el camino angosto por tu nombre y dejan todo cuidado mundano alcanzarán gran libertad de espíritu.

¡Oh dulce y gozoso servicio de Dios, que hace al hombre verdaderamente libre y santo! ¡Oh sagrado estado de la servidumbre religiosa, que hace al hombre igual a los ángeles, agradable a Dios, terrible a los demonios y digno de la alabanza de todos los fieles! ¡Oh servicio digno de ser abrazado y deseado siempre, en el cual se ofrece el sumo bien y se gana un gozo que permanecerá para siempre!

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